La lluvia caía con una obstinación antigua cuando Shujiro y Futaba, exhaustos tras escapar del templo Tenryū-ji, llegaron al puente que cruzaba el canal. Y ahí estaba él.
Bokotsu Kaniya.
Sentado en el borde del puente como si no tuviera prisa por nada. Como si la noche entera le perteneciera.
El coloso que dentro del templo solo observaba a los demás como carnaza, como un depredador al que le divierte el miedo de la presa antes del mordisco final. Ahora sonreía. Una sonrisa ancha, desfigurada, corroída, que no tenía nada de humana. Otros contendientes evaluaron que eran dos vidas fáciles de arrebatar y cargaron contra Futaba y Shujiro menospreciando las ansias de matar de Bokotsu. Cargó contra todos ellos con un rugido que hizo vibrar los paneles de madera de las casas cercanas, desmembrando a todo aquel que se pusiera entre él y su objetivo, ese que tanto tiempo había ansiado cruzarse. Cada golpe de su enorme y pesada espada contra las paredes dejaba cicatrices profundas; cada carcajada era una condena. Shujiro arrastraba a Futaba entre los adoquines mojados mientras esquivaba estocadas, escapando por mercados cerrados y tropezando con cajas vacías, saltando sobre cadáveres e ignorando el cansancio que atenazaba sus músculos. Este bestia jamás se iba a rendir así que, dentro de su volátil ventaja, soltó a Futaba y la insto a correr sin mirar atrás, pasase lo que pasase.
—¡Futaba corre! —dijo jadeando desesperadamente —¡Largo!
Futaba dudó, tembló… y al final obedeció. Sus pasos se perdieron en la noche.
Bokotsu atravesó una casa de lado a lado intentando ensartar a Shujiro por sorpresa, que tembloroso, aún no desenvainaba el filo de su katana. Shujiro bloqueaba con el cuerpo, absorbía la fuerza, desviaba el peso de los golpes con giros calculados y, a veces, liberaba patadas precisas, rápidas, para mantener la distancia. Cada movimiento era un desafío, cada respiración una prueba de control.
—Tss... desenvaina. Ya no te molesta esa mocosa — lo amenazó con una risotada siniestra.
Por más que lo intentaba... el tormento lo paralizaba. Con cada golpe que había encadenado Bokotsu, recordaba el peso de su pasado, su sobrenombre de asesino, las masacres que había cometido, los rostros que jamás olvidaría. Todo eso estaba contenido dentro de él, presionando desde su pecho, y la tentación de liberar su filo crecía con cada provocación, cada insulto, cada carcajada histérica.
—¡No me tomes el pelo! — gritó propinándole estocada tras estocada.
Bokotsu lo derribó con una patada en el estómago y lo inmovilizó sobre el barro de la orilla del río. Las gotas le tamborileaban en el rostro como un tambor de guerra y apenas podía diferenciar el rostro de su adversario de un borrón.
—¿Qué tipo de vida has llevado? Esos bastardos del gobierno son unos egoístas. Nos dicen que luchemos matemos y ahora nos obligan a deshacernos de la espada. Por eso estoy en deuda con quienquiera que inventase este juego. Porque ahora puedo volver a ser como antes. Y te aseguro que ahora es lo que más deseo. Shujiro se liberó con una patada torpe y tomó distancia arrastrándose.
—¡Has perdido tu hombría! ¿Qué eres sin tu espada, Kokushu? —escupió exasperado.
Con un estremecimiento profundo, como si cada centímetro de su cuerpo temblara al liberar lo que llevaba años conteniendo, Shujiro desenvainó la katana. El acero salió de la vaina con un sonido seco, un suspiro metálico que parecía cortar la lluvia misma.
El choque de espadas comenzó entonces, tan rápido que parecía un borrón bajo la cortina de agua. Estocadas, bloqueos, desplazamientos veloces, todo un lenguaje de guerra escrito en sus reflejos. Shujiro puso a Bokotsu en jaque, esquivando una estocada demasiado optimista y colocándose en posición ventajosa. Pero no bajó el filo sobre la nuca del enemigo, no rajó su cabeza; la misericordia fue su propia declaración de control, y eso enfureció aún más al bárbaro.
Bokotsu, histérico, comenzó a soltar improperios, gritos ahogados por la lluvia mientras sus movimientos se volvían erráticos, desesperados. Fue entonces que Futaba apareció, montada en un caballo robado, abriendo una vía de escape. Shujiro, sin dudar, la siguió, usando el galope como cobertura y dejando atrás, al menos temporalmente, la pesadilla que era Bokotsu.
Llegaron a la pensión Yahei empapados, con la ropa pegada a la piel, la respiración agitada y la piel marcada por rasguños y contusiones. Habían sobrevivido, pero la sombra de la bestia seguía persiguiéndolos, invisible y persistente, conscientes de que aquel combate apenas había sido el preludio de algo mucho mayor.
La estancia olía a té caliente y madera envejecida, un refugio modesto pero seguro en medio del caos de la ciudad. El dueño, un viejo amigo de Shujiro, los recibió con una sonrisa cálida y unas pocas palabras:
—Shujiro… cuánto tiempo sin verte. Me alegra que hayas llegado sano y salvo.
Shujiro asintió con gravedad, apenas pronunciando un gracias. Los acompañó a una estancia bien iluminada, seca y perfumada.
—Lo que hizo por mí tiene mucho más valor de lo que yo pueda hacer por usted.
—De eso hace ya mucho...
—Bien, si me disculpan — y el señor se retiró de la estancia privada dejándoles mudas limpias y cerrando tras de sí.
Mientras Futaba se acomodaba en una esquina intentando dormir, Shujiro colocaba cuidadosamente la katana a su lado, la mano descansando sobre la empuñadura como recordatorio silencioso de que no podía bajar la guardia, permaneciendo frente a la puerta corrediza, vigilante, percibiendo cada sonido que llegaba desde el pasillo.
Y entonces lo sintió, un movimiento de sombras sutil, un olor a kimono limpio y un crujido de tablones. Kyojin Ksuge había entrado sin hacer ruido, como un depredador que conoce el territorio, y estaba ahí, de pie, tranquilo detrás de la puerta, evaluando a los recién llegados. Detrás de él, entre las sombras del pasillo, Ikoku permanecía oculta, lo suficientemente cerca para escuchar cada palabra, pero lo bastante distante para no ser vista. Su mano descansaba sobre la empuñadura de su daga, lista para intervenir si la situación se volvía peligrosa.
—¿Qué haces aquí? — retó al Kyojin poniéndose a la defensiva, al igual que Futaba.
— ¿Qué tal si antes de nada hablamos cara a cara? Voy a entrar con las manos en alto, así que no me ensartes — terminó Kyojin y abrió la puerta cuidadosamente con el pie —Se os ve algo desmejorados.
—¿Qué quieres?
—Primero baja la espada. Si quisiera matarte no habría entrado por la puerta. Vamos, tú también niña — Kyojin frunció el ceño ante la negativa de ambos a bajar las armas — Mira que eres rígido Kokushū el carnicero.
—¿Dónde has oído ese nombre? —dijo sorprendido.
—Sinceramente, eso es lo de menos. Lo importante es que sepas a que he venido aquí — soltó dirigiendo una sonrisa venenosa a Futaba — He venido a hacer un maravilloso trato con vosotros.
—¿De qué se trata? —escupió Shujiro con desconfianza.
—¿Qué os parece si os aliáis conmigo?
—¿Con que fin? — se adelantó Futaba.
—¿No creéis que el Kodoku está envuelto en demasiado misterio? ¿Qué ganan ellos haciendo que nos matemos entre nosotros? ¿Por qué nos obligan a viajar hasta Tokio? ¿De verdad pretenden premiarnos con eso 100000 yenes que mencionaron? ¿Quién lo organiza? Seguro que tú también lo has pensado.
—Se rumorea que las fuerzas del antiguo shogunato están reuniendo están reuniendo guerreros para buscar venganza, o eso mencionaron algunos en el templo —completó Futaba intentando ser útil.
—Y también se dice que los extranjeros intentan provocar una guerra civil para acabar con Japón. Pero como veis, son solo rumores. No sabemos exactamente que está tramando el organizador. Ni lo que nos tendrá preparado a partir de ahora. Lo único que sabes, es que detrás tiene a un grupo muy poderoso. Si formamos equipo podríamos obtener más información, nos daría una cierta ventaja. Si conseguimos saber quién está detrás de esto, será casi como si consiguiéramos el premio. ¿Y bien, ya sientes curiosidad por lo que yo pueda ofrecer?
Kyojin acercando una mesa baja de té, desplegó un papel donde había representado la ruta hacia Tokio, con las distintas paradas mencionadas por el presentador del Kodoku.
—Si iniciamos 292 combatientes y para entrar en Tokio se necesitan 30 puntos, ¿significa que podremos salvarnos varios de nosotros? —preguntó Futaba esperanzada.
—Concretamente un máximo de nueve personas, muy inteligente señorita. Aunque una de dos: o dividen los 100000 yenes entre los vencedores o esos nueve deberán cumplir una última tarea. Dicho esto, si pueden ganar nueve personas, no hay ningún inconveniente en que nosotros cuatro formemos equipo.
Kyojin se recostó ligeramente, dejando que el silencio llenara la habitación unos segundos, mientras Shujiro y Futaba intercambiaban miradas de desconfianza. Mientras la tensión crecía, un movimiento silencioso captó la atención de Shujiro. Desde el patio central, una figura oscura se deslizó con agilidad, entrando a la estancia por el balcón lateral de la habitación. Su entrada fue sorpresivamente silenciosa y su rostro permanecía en sombra bajo la capucha rojo vino. Shujiro tensó la mandíbula y Futaba lo miró, consciente de que la presencia silenciosa de Ikoku alteraba la dinámica de manera significativa. Pero mientras Kyojin trataba de imponer su control, Ikoku parecía un recordatorio de que no todas las vidas eran piezas de un tablero de ajedrez. La distancia que mantenía con él y su postura alerta dejaban claro que solo estaba observando y que no le debía ninguna lealtad.
—¿No parece tan mala idea no? — añadió Kyojin con su descaro habitual, disfrutando de lo incómodo de haber añadido una nueva variable a la ecuación.
—Disculpad por la intromisión, se me conoce por Ikoku-jime. No soy el verdugo de nadie. Bajad las armas por favor.
Kyojin ladeó la cabeza, sonriendo con esa calma insolente que siempre lo caracterizaba.
—Ah… la pieza silenciosa finalmente aparece —musitó, divertido—Me alegra poder darle voz a tu misterio, señorita Geijin.
Ikoku lo miró fríamente, mientras sus ojos recorrían la estancia quitándole importancia al agravio y se posaban un instante en Futaba—Solo estoy aquí para asegurarme de que nadie muera antes de tiempo.
Futaba, que había permanecido tensa, respiró un poco más tranquila y bajó su espada corta al sentir la serena determinación de Ikoku, como si, pese al peligro, hubiera alguien que comprendiera que no todo se mide en tener ventaja y jugar sucio.
—Encantada de conoceros —dijo Ikoku, girando ligeramente hacia Shujiro y Futaba presentando una brece reverencia, rebajando la tensión— Espero que en un futuro no tengamos que matarnos entre nosotros.
Kyojin sonrió con malicia, pero un destello de desafío cruzó su mirada cuando se fijó en Ikoku, sabía que no podría manipularla con facilidad.
—Daños colaterales —siseó Kyojin sin miramientos.
—¿Por qué nos elegiste a nosotros entre tantos buenos guerreros? — interrumpió Shujiro yendo al grano.
—Porque sois peculiares, con objetivos distintos al resto de jugadores. Además, te tengo calado. Mientras ella te acompañe no me traicionarás — dijo refiriéndose a Futaba.
—Si te traicionara, ¿matarías a Futaba? —dijo Shujiro incrédulo.
—Correcto, se podría decir que es una rehén. Pero quien sabe, quizá llegue el momento, que como ya vaticinó Ikoku, te veas en la necesidad de matarla o yo a vosotros —sentenció con una sonrisa siniestra a la par que atractiva.
Kyojin disfrutaba incomodando a los presentes y manipulando las situaciones a su favor e Ikoku lo estaba aprendiendo a leer sin contenciones.
—No hay prisa ni necesidad de que aceptéis las condiciones de este narcisista ahora. En Yokkaichi hay una pensión llamada Uzuya. Si decidís aventuraros a sellar esta dudosa alianza, nos reencontraremos allí —suavizó Ikoku con una sonrisa cálida.
—Nos reuniremos allí en la tercera noche, si para entonces seguís vivos. Nos vemos.
—Espera. Respóndeme una cosa. ¿Por qué te has unido al Kodoku? —preguntó Shujiro inquieto.
—No sabría decirte. Supongo que deseaba presenciarlo, nada más. La caída de los samuráis. ¿Qué hay de ti, princesa? —hizo un ademán para que Ikoku respondiera.
— Entré porque llevaba demasiado tiempo viviendo como si ya estuviera muerta. Pensé que, si el destino quería cobrar su deuda, podía hacerlo aquí. Y si no, entonces significaría que aún tengo algo por lo que seguir respirando. Aunque no le temo a la muerte y nadie reclamaría mis restos, sospecho que ella sí empieza a temerme a mí —concluyó Ikoku seca, lúcida y contundentemente frente al asombro de todos los presentes.
La estancia se sumió de nuevo en el silencio, con la tormenta de fondo en todo su apogeo y Futaba reflexionando sobre la confesión de esos dos nuevos aliados potenciales.
ns216.73.217.39da2


