La noche aún pesaba sobre la montaña cuando emprendieron el descenso. El alba apenas insinuaba un resplandor azul detrás de las nubes bajas, insuficiente para iluminar el sendero. Sus capuchas anchas los cubrían por completo, y la llovizna fina convertía Kyoto en un espejismo grisáceo donde cualquiera podía confundirse con una sombra errante. 62Please respect copyright.PENANA6EOeIpBhC4
Pasaban desapercibidos, no solo por su aspecto, sino por la forma casi coreografiada en que se movían: ligeros, calculados, sin atraer miradas. Ikoku caminaba medio paso por detrás, observando a Kyojin y tratando de leer su comportamiento: sonrisa ladeada, mirada evaluadora, tono sereno y embaucador... y siempre impredecible, demasiado ágil para su condición corporal. Era imposible saber si Kyojin estaba relajado o preparado para saltar sobre alguien.
—Cinco placas, ¿eh? —murmuró él sin mirarla— ¿No lo ves excesivo?
Ikoku resopló, casi riéndose, sin detenerse. 62Please respect copyright.PENANAgn2U5TQETU
—Lo dice el que camina con tres capas encima de sus propias mentiras—giró apenas la cabeza hacia él, lo justo para clavarle la mirada— Dime Kyojin Tsuge, ¿qué hace un ninja del clan Iga en una matanza tan burda y frontal? ¿Sin vigas ni techos oscuros a los que trepar, sin desaparecer antes de que el cadáver toque el suelo?
Kyojin arqueó una ceja, divertido —Vaya, has hecho los deberes.
—No temo a los fantasmas —continuó con voz afilada— Iga no pelea de frente. No cree en el honor, ni en el duelo, ni en la gloria. Entran como humo, salen como tal… y dejan el trabajo sucio hecho para que otro cargue con el muerto —Se inclinó un poco hacia él— Asesinos a sueldo para el mejor postor.
Kyojin la observó unos segundos más de la cuenta, como si calibrara si aquello era una provocación o una sentencia.
—Curioso que alguien como tú hable de honor —respondió al fin—. Pensé que sabrías que el honor es un lujo para los que pueden permitirse morir por él.
—Y sin embargo aquí estás —replicó Ikoku— Peleando como un buey en una plaza, esperando aplausos —Una mueca torció su boca— O quizá solo te cansaste de obedecer órdenes sin rostro y viniste a ganarte el protagónico.
El silencio cayó entre ambos, espeso.
—Tal vez —dijo Kyojin con una sonrisa ladeada— O tal vez las sombras ya no son benevolentes ni con sus habitantes más antiguos.
Kyoto aún quedaba más abajo, pero esta aldea servía como punto de paso para viajeros y mercaderes. A esa hora, sin embargo, solo los gatos cruzaban entre los callejones. Siguieron avanzando mientras la llovizna se convertía en un velo que escondía el movimiento de otras siluetas en la distancia. Ninguno confiaba en nadie.
A veces, desde alguna calle transversal, llegaban ecos: un choque metálico, un grito ahogado, pasos apresurados. El sonido de espadas, pero lejano, y cubierto por la lluvia. Las contiendas fuera de su vista eran solo recordatorios de que cualquiera podía ser el siguiente.
Kyojin frenó el paso.
—Están empezando antes de tiempo.
—Siempre empiezan antes de tiempo —respondió Ikoku con naturalidad— A los descerebrados sin hogar ni futuro les da igual el momento. Cuando no hay mañana, cualquier hora sirve para morir.
—Y los inteligentes, ¿si saben esperar el momento oportuno? 62Please respect copyright.PENANA587BiMH968
—O los cobardes —añadió ella con media sonrisa.
Kyojin la miró de lado, sin ofenderse.
—A veces es lo mismo. Sólo espero que no estén demasiado cansados cuando nos los crucemos — dijo con tono de autosuficiencia.
Siguieron avanzando hasta llegar a un recodo, donde una linterna apagada marcaba la entrada del hostal. Era una construcción baja, discreta, casi oculta por un pequeño porche cubierto. El lugar parecía dormido, pero desde el interior emanaba un halo cálido, como si alguien hubiese mantenido el fuego despierto toda la noche.
Kyojin se acercó y tocó la puerta con un patrón leve, apenas perceptible. Detrás de la madera se escuchó movimiento y un ojo se asomó por la estrecha rendija.
—¿Tenéis reserva? —susurró el dueño, con miedo evidente.
—Ahora sí —respondió Kyojin, mostrando una de sus placas sin enseñar la marca ni el nombre.
La puerta se abrió completa, permitiéndoles entrar en la penumbra cálida del pequeño hostal. El contraste entre el interior y el caos húmedo del exterior era tan marcado que casi parecía que hubieran cruzado un umbral a otro mundo.
Antes de que la puerta se cerrase, el sonido de una espada chocando con otra resonó peligrosamente cerca, detonando impaciencia contenida.
Ikoku se apartó la capucha y murmuró:
—Será una noche larga.
—O podríamos hacerla más corta—jugueteó Kyojin.
—¿A quién esperamos exactamente? —preguntó en voz baja, sin apartar la vista del pasillo oscuro y obviando la insolencia de su acompañante.
Kyojin se recostó contra la pared, cruzando los brazos con naturalidad, como si la noche no le pesara en absoluto y tragándose el hostal sus pasos.
—A nadie en particular —respondió, con esa calma que siempre sonaba a advertencia— Estamos esperando a una apuesta desesperada.
Ikoku frunció levemente el ceño. 62Please respect copyright.PENANAQARKYdJ165
—Un movimiento —corrigió Kyojin, sonriendo apenas— Siempre aparece alguien que cree que la oscuridad le dará ventaja. Solo tenemos que ver quién se atreve a venir primero.
Ella exhaló exasperada y él siguió sonriendo, como quién disfruta de un buen sake.
Y afuera, en la aldea empapada, algo metálico volvió a resonar.
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Flashback:
El fulgor de la masacre aún ardía en los ojos de Shujiro cuando empujó a Futaba dentro del pequeño almacén del templo. Afuera, los gritos, los rugidos y el choque desesperado de los hombres que se degollaban por una placa parecían rebotar entre las vigas como fantasmas de hierro. El olor a sangre y humo se filtraba por las rendijas de la puerta, mezclándose con el aroma viejo de madera húmeda y arroz derramado. Allí dentro, en la oscuridad irregular entre vasijas rotas, cajas medio podridas y herramientas abandonadas, el silencio no era alivio, era apenas una capa frágil que temblaba con cada respiración rota.
Shujiro había intentado desenvainar su espada, pero la hoja se resistía entre sus dedos. No era rigidez del metal ni óxido: era él. A penas intentaba deslizar el filo fuera de la vaina, escuchaba nítidamente el estallido de los cañones y los aullidos de sus compañeros de armas, que el tsuba golpeteaba contra la vaina desesperantemente. Desde la muerte de su hija, nada había vuelto a asentarse en su interior. Pero unos minutos antes, cuando había visto a Futaba entre la multitud de hombres sucios, deshonrosos, babeando ante su indefensión como perros hambrientos, había sentido cómo un hilo invisible tiraba de su alma y lo devolvía, de golpe, a la noche en que sostuvo a su niña muerta en brazos, consumida por el cólera. La misma impotencia y el mismo miedo por llegar demasiado tarde.
Futaba, a su lado, respiraba como un gorrión atrapado. Era tan inexperta que un simple empujón podría romperle las costillas, y aun así intentaba no llorar. Con las rodillas recogidas contra el pecho, con la espalda encorvada entre sombras, temblaba en silencio. Shujiro desesperado, le puso una segunda placa al cuello a la niña de apenas 13 años. Una que había recogido mientras intentaba salvaguardar la integridad de Futaba en el caos del patio.
—Debes dirigirte a la puerta —apenas quedó en un susurro ahogado.
Primero fue un arrastre. Luego, un crujido de madera. Después, el sonido húmedo y pegajoso de huellas que seguían un rastro.
El hombre que se acercaba respiraba fuerte, como si estuviera oliendo la sangre que aún no había derramado. La puerta del almacén gimió. Shujiro contuvo el aire, abrazando la empuñadura que no podía desenvainar. Futaba enterró la cabeza entre los hombros, con un sollozo mínimo que se perdió entre las sombras.
El ronin entró moviendo la cabeza a los lados como una fiera que huele la carne. Vio las huellas húmedas en el suelo, la lluvia, mezclada con el barro del patio, los había delatado y sonrió con dientes amarillos.
No llegó a dar un segundo paso.
Un silbido cortó el aire y un kunai se le hundió al intruso en el lateral del cuello. El sonido fue breve, burbujeante, como agua cayendo sobre ceniza. El ronin cayó de rodillas, provocando un sonido hueco y se desplomó entre los fardos de arroz con un golpe sordo.
Delicadamente, Kyojin Ksuge llenó a duras penas el marco. Tuvo que agacharse para entrar y, aun así, su presencia pareció agrandar el almacén entero. Limpió el kunai con el forro del kimono oscuro y arrancó la placa ensangrentada. Su sonrisa tenía la calma de un hombre que veía el mundo arder y encontraba belleza en las llamas.
—Vaya escondite tan… optimista —comentó, mirando alrededor con un brillo divertido.
Shujiro, tembloroso, se puso frente a Futaba. No tenía caso. Si Kyojin hubiera querido matarlos, ya lo habría hecho. El ninja caminó hacia ellos, apartando el cadáver con la punta del pie como si fuera un saco vacío. Luego extendió la mano y dejó caer la placa de madera del ronin a los pies de Shujiro. Suficiente.
—Toma, para ti —dijo con despreocupación—. Lo tengo más fácil para salir. Ustedes, en cambio…
—¿Qué pretendes?
—¿Por qué no te has empleado a fondo, Kokushū el carnicero? — dijó Kyojin a la par que levantaba las manos en gesto defensivo — ¿Padeces de algún trastorno? Insomnio, palpitaciones... muchos enloquecieron tras la guerra Boshin— sentenció observando sus manos temblorosas —Si tu plan es sobrevivir junto a esa niña, inevitablemente tendrás que empezar a matar.
Shujiro recogió dubitativo la placa con manos blanquecinas de apretar su katana junto al cinto, mirándolo como si quisiera agradecerle y maldecirlo al mismo tiempo. Antes de que pudiera hablar, Futaba inclinó el torso con torpeza, casi perdiendo el equilibrio.
—¡Señor… muchísimas gracias! —balbuceó, con una mezcla de miedo y resolución que hizo que Kyojin alzara una ceja, genuinamente entretenido.
El ninja sonrió, esa sonrisa suya que nunca revelaba del todo si era benevolencia o simple aburrimiento disfrazado.
—No me debe nada señorita, tienes todo mi apoyo—dijo girando la cabeza—Solo procuren que mi esfuerzo no haya sido en vano.
Y sin esperar respuesta, giró sobre sus talones, salió del almacén y se perdió entre el caos del templo, dejando tras de sí el olor metálico de la sangre y el silencio abrumado que solo queda tras la muerte contenida.
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—Número 108, Shujiro Saga.
—Número 120, Futaba Katsuki
—Kokoshū el carnicero con una niña a cuestas, esto se pone interesante — se rieron los cinco hombres que observaba la carnicería al resguardo de las copas de los árboles, en las alturas, como aves carroñeras a la espera.
*Kokushū: término asociado a alguien seguido por la muerte, quién deja cadáveres a su paso, denotando mal augurio, desgracia. No es un título noble, sino un sobrenombre oscuro, casi mítico, que encaja con alguien conocido por si brutalidad o por su pasado sangriento.
*Tsuba: guardamano de una katana japonesa. Pieza metálica redonda u ovalada, que se coloca entre la empuñadura y la hoja de la espada, siendo su principal función la de proteger la mano del portador para que no se deslice sobre la hoja afilada durante el combate.
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