Sorcha sentía demasiado frío. Instintivamente se giró hacia la ventana, aún abierta. Desde allí, logró ver a Nikolaus durmiendo en el diván. No había visto hombre tan oscuro. Eso ya era decir mucho: su padre, con todo desprecio, ya le parecía una sombra del mismísimo diablo. Pero Nikolaus de una forma distinta. No era la crueldad en su rostro lo que lo volvía temible, sino el peso de su silencio. Su figura, incluso en reposo, parecía tensa, como si luchara constantemente contra algo dentro de sí. Y, sin embargo, sus ojos, cuando los abría, un vacío absoluto se reflejaba en ellos.
Un pequeño chubasco se asomaba en el horizonte. La lluvia comenzaba a colarse entre las nubes con trazos de luz. Esa visión la devolvió a la realidad. Se calzó los botines y se acercó a la ventana. Tal vez si la cerraba, tanto él como ella dejarían de temblar.
—¿Qué hace, señorita? —se sobresaltó al escucharlo. Dedujo que a eso se debían sus ojeras. Probablemente no dormía del todo. Sus ojos tenían el peso de un insomnio viejo—. Puedo sentirla.
Nikolaus, percibía el calor de Sorcha. El olor a jazmín que desprendía su cuerpo, lo incitaba a acercarse a ella tanto como alejarse.
—Consideré que podría tener frío, disculpe si he interrumpido su sueño. Yo… tengo mucho frío —con la vacilación de Sorcha, Nikolaus se sintió culpable. Si tan solo no cargara con esa maldición, ni siquiera estarían allí, pero era peor que muriera por la ricina que por el frío.
—Vuelva a dormir, aún falta para que amanezca —dijo a penas en un susurro.
—Es que yo suelo levantarme a esta hora señor, ya casi amanece —respondió con suavidad. En la casa de su padre, ella tomaba el papel de una criada de lujo. Quizá con un rango elevado, pero criada al fin. Aun así, tenía obligaciones. Especialmente en la cocina.
—De ahora en adelante no tiene por qué ser así —dijo él, cubriéndose la cabeza con la manta. Esa gesto le indicó a Sorcha que la conversación había terminado.
Pero para Nikolaus ese solo fue un acto para alejarla. Su cercanía lo alteraba, deseaba más que nadie que las cosas no fueran precipitadas ni obligatorias, pero él solo era una persona cobarde y maldita.
Probablemente quería dormir. El cansancio visible en su rostro. Su mirada sin brillo y los parpados vencidos se lo confirmaban o al menos eso quería creer Sorcha.
Aunque regreso a la cama, no logró conciliar el sueño. Cuando hubo amanecido y el sol ya se encontraba sobre ellos, partieron rumbo a Londres en tren. Sorcha ocupó una cabina sola; Nikolaus la contigua. No cruzaron palabras durante todo el trayecto.
Y como Sorcha nunca había viajado en tren todo le intrigaba. Estaba descubriendo tanto y tocando tantas cosas que no lo creía posible.
Veía a mujeres tomadas del brazo de sus esposos, acompañadas de hijos bien vestidos. Tal vez eran de clase media: no parecían ricos, pero sus ropas no estaban desgastadas. Veía señoritas junto a sus doncellas ruborizándose por como compartían miradas recriminadoras con personas del sexo opuesto. Todos parecían felices y encantados, esperando quizá lo que les esperaba al finalizar el trayecto. Ella también se sentía así. Lo inimaginable y el descubrimiento de cosas nuevas saciaban su felicidad.
Una vez que llegaron al Canal de la Mancha, se detuvieron en un minimercado, esperando a que empezarán a abordar. Lo que Sorcha había imaginado leyendo no se comparaba con la realidad. Todo era magnifico. Podía sentir los distintos olores que emanaban de cada calle por la que pasaban. La brisa salada del mar pegándose a su cabello, a pesar de ir cubierto. Su cabello se impregnaba del entorno como si deseara absorber el mundo del mismo modo que ella también lo quería.
De su ensoñación la saco la vacilación de un niño que se aferraba a su falda. Se sobresalto. Recordó a los pequeños niños del bosque que una vez la hirieron. Había leído sobre la maldad que habitaba en el alma. Esa nube que cubría el espejo de sus corazones desde tan corta edad. Ella constantemente se hundía en su dolor, sin fijarse en la vida de los demás. Pero había cosas más desgarradoras. No tener comida en su mesa cuando debería. No tener un techo bajo el cual refugiarse. Esas eran las razones que probablemente habían influenciado en la vida de esos niños. Los tenía presentes. No olvidaba las semejantes atrocidades que hicieron y dijeron.
Y aún lo recordaba vívidamente. Ese día el miedo se apoderó de ella. Sus piernas no respondían. Incluso el cielo, cubierto de nubes espesas, parecía advertirle que no habría salida.
—¡Mátala, es una rata blanca! Mamá dice que, si vendemos su cuerpo, nunca más pasaremos hambre —dijo el niño mayor.
Intentó retroceder, pero fue inútil. Los cuatro la rodearon.
—La zorra entiende —musitó el niño más pequeño, con los ojos encendidos de desprecio—. Tienes un aspecto espeluznante. Seguro ni se atreve a mirarse al espejo.
—Yo… les daré lo que necesiten. Déjenme ir a casa, traeré lo que pidan —suplicó. Pero los niños, consumidos por una rabia que no sabían nombrar, negaron con resoplidos y carcajadas cargadas de crueldad.
—Tú no impones las reglas, somos nosotros —escupió uno, antes de clavarle el cuchillo. La herida pulsaba de forma errática. Iba a morir. Estaba segura de ello. Se sentía perdida, la opresión en el pecho no la dejaba concentrarse en nada. Lloró, por todo lo que nunca hizo, por todo lo que sufrió y porque su padre nunca la amó. Las puertas de la muerte se estaban abriendo ante sus ojos y no sabía cómo evitarlo; sin embargo, una voz la despertó del terror que la acorralaba.
—¡Pequeñas pestes, alejaos de aquí! —Nunca había sentido alivio al escuchar al señor Draf, que se acercó a ella con pasos agigantados. No sabía si realmente moriría, la herida en su vientre junto al dolor punzante no la dejaban asimilar la situación.
—Duele —susurró. Vio cómo todos los niños salían huyendo. Con la sangre saliendo de su estómago, sintió que estaba a salvo.
Sacudió la cabeza. No era aquel bosque. Este niño no la miraba como había creído minutos antes. Solo pasaba en dirección a su madre que lo esperaba con los brazos abiertos. Ella no había recibido abrazos de su padre. Si su madre hubiera vivido, quizá todo hubiese sido diferente.
Nikolaus la observaba en silencio, casi hipnotizado. La felicidad que irradiaban sus iris violeta lo llenaba de un éxtasis extraño. Evidente resultaba la belleza y elegancia innata con la que se acercaba con timidez a todo lo que le despertaba la curiosidad. Lo dejaba sin palabras. Viéndolo desde fuera, jamás se habrían pensado que ambos llevaban consigo maldiciones e irregularidades. Parecían, por un momento, simples viajeros en busca de algo más allá del destino.
En el momento que un niño paso frente a ella haciéndola trastabillar, se removió incomodo. Toda la alegría que había reflejado el rostro de Sorcha se había esfumado. A lo lejos el niño iba abrazar a quien parecía ser su nana o su madre. El dolor que ahora procedía de sus entrañas hizo que, en un intento fugaz por acercarse a ella, uno de sus guantes rozara una cristalera rota.
Sorcha, al ver la sangre brotar de la mano de Nikolaus, se apresuró a tocarlo.
Un miedo visceral lo sacudió: ella no podía morir.
Retrocedió con desesperación, y alejó su mano de ella, levantándola todo lo que pudo. Al mirar su mano en el aire reaccionó, pero la sangre ya había caído sobre la multitud. Los gritos inundaban el pequeño mercado costero. Uno a uno, los cuerpos comenzaron a colapsar.
—No es momento para jugar, cariño, despierta —gritaba una mujer con desesperación. Un hombre con la vista perdida en algún punto en el cielo iba perdiendo el color con cada segundo. La mujer que lo tenía sobre su regazo inclinó los hombros y enterró su rostro en el hueco del cuello del hombre —. Dijiste que seríamos felices con un nuevo comienzo —murmuró ella. La última suplica que probablemente le dirigió al cuerpo sin vida.
Nikolaus no soportaba ver el dolor de aquella mujer. Bajó su rostro, no soportaba fijarse en lo que él había ocasionado, pero mirará donde mirase, la muerte ya había hecho lo suyo.
—Llévatelo, hay una campiña donde dan primeros auxilios —alzó la voz una mujer de mayor edad a una señora que levantaba a un niño. Era el mismo niño que había pasado minutos antes al lado de Sorcha—. Si quieres que viva, debes ser férrea.
Algunas cuantas personas seguían vomitando. Se escuchaban lamentos ajados y alaridos cargados de alarma. Otros sangraban por los ojos y la boca. El horror no dejaba de propagarse. Nikolaus no se movía. La culpa lo clavó al suelo como un espectro. Un caos se había ocasionado y sabía, que él era la causa, una peste en la tierra.
El miedo de no saber que ocasionó tales hechos volvía loco a todos. Sorcha no podía controlarse entre las personas que la empujaban. En un momento dado cayó al suelo. Sus medias rasgadas y varios pisadas en sus manos la impulsaron a levantarse como pudo. Buscó a Nikolaus, pero esté estaba demasiado inmerso en sus pensamientos.
—¡Nikolaus, reacciona! ¡Salgamos de aquí! —gritó, sujetando con fuerza las solapas de su abrigo. Su voz, como un eco humano entre la pesadilla, lo hizo parpadear. Ella lo miró. Esos ojos —tan suyos— le dijeron todo: miedo, sí… pero también compasión. Y eso le dolió más.
La muerte lo seguía como una sombra fiel. Pero Sorcha, por primera vez, no huyó. Y eso, más que el veneno, fue lo que lo desarmó.
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