Los peelers se aproximaban con paso marcial. El coraje que Sorcha se empeñaba en sostener se estaba diluyendo. Nikolaus aún palidecía. No cabía duda: su sangre había matado. Estaban lejos del tumulto de gentes, pero el daño ya lo había hecho.
Se aproximaron al barco y se subieron como pudieron. Huir sería la opción más sensata. El mayordomo que los había acompañado durante el viaje —un hombre huesudo de expresión severa—, le dio a Nikolaus un bofetón con lo que encontró, lo sacudió hasta hacerlo reaccionar. A Sorcha le pareció demasiado, sin embargo, la mirada que Nikolaus le dio al mayordomo parecía ser de agradecimiento.
Suspiro sin poder contener los temblores que la recorrían. Quiso convencerse de que no había sido él. Pero los recuerdos eran claros. Y el miedo también. ¿Acaso era él una especie de brujo o una criatura más antigua, más condenada? Y, no obstante, algo en ella se resistía a huir de él.
El mayordomo los guio a un camerino. Ambos se habían establecido ahí. El señor se cubrió con una máscara extraña, de forma y material desconocidos, junto a unos guantes que parecían de otro siglo. Aquella imagen perturbadora se quedó grabada en la mente de Sorcha. Ese hecho solo le confirmaba que algo raro pasaba con su prometido. El señor seguía en su labor de suturar las heridas lo más rápido posible, hasta que se marchó susurrándole algo al oído.
—¿No le parezco una abominación? —refunfuñó Nikolaus—. Usted hizo esa pregunta primero… —gruñó Nikolaus sin mirarla. Recordó la noche que se establecieron en la taberna, hacía dos días—. Pero yo… no sé si puedo darle una respuesta justa.
La expresión en el rostro de Sorcha, se mostraba tensa y rota. Confirmó la respuesta que estaba esperando. Él la había asustado. Ella no gritó ni retrocedió, pero en su silencio había más rechazo que en mil palabras.
Evidente resultaba que de inteligencia no carecía, una mujer como ella había pasado tanta amargura y desolación como él. Las manos de Sorcha se aferraban a un pasamanos. Sus nudillos se tornaron pálidos. Nikolaus no pudo evitar sentirse mal. Estaba claro. Ella no lo amaría. Para que todo funcionara necesitaba que esa criatura blanca lo amara.
—No entiendo por qué debería parecerme una abominación —logró responder Sorcha con fingida calma. Entre las opciones que tenía en su cabeza, fingir ignorancia le resultaba más útil.
—Usted hizo la pregunta primero —le instó Nikolaus—. Debería salir del camarote señorita Fraser —Abrió la puerta y la guio a un cuarto contiguo.
—Me pueden ver —murmuró, aunque en realidad no lo sentía. Lo que realmente temía era perderlo de vista. No porque añorara su compañía, más que otra cosa, quería descubrir por qué su sangre hizo lo que vio.
—Ya me encargué de todo, solo descansé. Aún falta mucho para llegar —cerró la puerta y se fue.
Se quedó en silencio, escuchando el sonido del mar que se colaba por la escotilla. Ahora, todo parecía insalvable.
Intentó recostarse en la cama. La sentía incomoda. Se levantó y vio a través del ojo de buey. El mar se extendía con todo su esplendor. Los rayos del sol hacían que el azul del mar se intensificara. Traqueteos de madera la hicieron trastabillar. Se asomó a la puerta y pudo escuchar la voz de una mujer.
—Está ahí, deberías creerme. El noble de hielo iba junto a una mujer —Sorcha no era participe de escuchar conversaciones ajenas. Pero estando tan aburrida, no le pareció mal. Al fin y al cabo, eran ellos los que se habían parado frente a su puerta.
—En serio mujer, crees que me creeré semejante disparate. Él con una señorita. Ni en sueños —las carajadas graves resonaron por los pasillos. Seguramente pertenecían a un hombre de mayor edad.
—¿Y si la mata? —la pregunta de la joven descolocó a Sorcha. Sintió como su rostro se contraía por la sorpresa ¿Matarla a ella? Estaba casi segura de que hablaban de Nikolaus.
—Dejadlos a su suerte y ponte a trabajar —murmuró el señor que por lo visto pertenecía al servicio del barco. Aunque intento pegarse todo lo que pudo a la puerta, las voces ya se habían alejado.
Con los nervios de punta, Sorcha estaba empezando a creer que todo lo que los rodeaba tenía aspecto sospechoso. Quizá esas dos personas no hablaban de Nikolaus. Tranquilizarse era lo más sensato.
***
Para Anselm, los acontecimientos no lo sorprendieron. A veces por más que Nikolaus intentará que su mala suerte no ajusticiara a nadie, las cosas pasaban. El conde de Lichtenthal estaba convencido de que su amigo terminaría acabando con su vida si la solución no resultaba favorable, pero las cosas no debían serlo. Él lo sabía mejor que nadie.
—Nunca me imagine presenciar un caos como ese —habló entre respiraciones agitadas, Ailsa. La señorita no dejaba de ver intrigada al tipo que había pasado frente a ellos—. ¿Será el prometido de mi hermana el noble de hielo? —la curiosidad de Ailsa, estaba empezándolo a irritar.
—Debería procurar que no la vean en lugar de prestar atención a conversaciones que no le incumben —Ailsa sabía que para ser alguien noble, en esos momentos no estaba vestida como tal. Pero las cosas no pintaban muy bien, solo temía que a Sorcha le sucediera algo y que no pudiera ayudarle.
Resignada y con un último suspiro siguió a Anselm, quien se veía demasiado tranquilo a pesar de lo ocurrido.
***
Sorcha encerrada en ese diminuto espacio no pudo más y se recostó sobre el suelo. El techo del barco estaba demasiado rústico para su gusto; sin embargo, verlo la relajaba. No se dio cuenta en qué momento se quedó dormida hasta que unos golpes en la puerta la despertaron.
—Sorch —susurraba Nikolaus, a quien ya le había colocado un apodo “el hombre de hielo” si no era de él que hablaban no le importaba. Pensó que el apodo le hacía justicia. Decidió que se olvidaría por ahora de esa conversación.
Se puso en pie y abrió la puerta
—Ya hemos llegado —dijo. Ella se acomodó el plaid y sintió la delicada tela del tartán.
Era la única prenda que tenía y que alguna vez le perteneció a su madre. Al menos el que se hacía llamar su padre le dio eso y recordar ese momento la hacía ver una pizca de sentimientos en ese hombre.
—Tu madre lo usaba con mucha vehemencia —dijo su padre. Supuso que le atraía muchos recuerdos ya que no lo soltaba.
—Si lo sueltas yo también lo atesorare —susurró Sorcha para que finalmente se lo entregara. Desde hace más de diez años lo ha cargado consigo.
Después de desembarcar y subir a un carruaje, la diferencia climática los azotó. El aire más seco, y el otoño que ha sido su estación favorita, ya teñía los árboles de rojo, amarillo y ámbar, los tonos eran más apagados que en Escocia. Fue entonces que lo supo, nada sería igual de ahora en más.
Cuando logró avistar el castillo que emergía en una colina aún lejana, el alma se le encogió. Un rio bordeaba las faldas de la montaña, reflejando el cielo pálido como un espejo antiguo. La visión de la fortaleza entre el bosque y la piedra, la hizo estremecer. Parecía una visión sacada de las escrituras druídicas: una Duada perdida en la tierra de hombres.
Nikolaus, aunque estaba al otro extremo del carruaje, logró percibir la admiración con la que Sorcha veía el horizonte. Todo será nuestro. “Más suyo que tuyo”, le recordó su voz interior. Esa que lo acosaba con más resistencia al acercarse al castillo. “Ya no se sentirá vacío”, susurraban ecos sin cuerpo en su oído. Voces que lo conocían mejor que él mismo. A veces creía que esas voces les pertenecían a todas las almas con las que había acabo.
—Puede quitarse el plaid del rostro —dijo Nikolaus con tono más neutral de lo habitual. La duda se reflejaba en el rostro de Sorcha. Se preguntaba si era seguro que las personas que habitaban ese castillo la vieran, con su piel de luna y ojos ajenos a este mundo—. Ellos no le temerán —añadió él, tras una pausa. Con una seguridad que sonó menos firme de lo que hubiera querido. Sabía que, nunca habría cosa más monstruosa que él encerradas en ese castillo.
—Es inevitable no desconfiar —susurró ella, apenas audible.
Por otro lado, Nikolaus no dijo nada. No tenía caso. Tampoco sabía que podría decir, él mismo no sabía si confiar en sí mismo. En esa tensión que permanecía entre ellos, como si todo pendiera de un hilo.
El carruaje seguía avanzando sobre el camino de tierra húmedo, que se aproximaba cada vez más al castillo. El cielo, empezaba a cubrirse por un velo grisáceo, dejando caer gota tras gota. El castillo, en lo alto, parecía vigilarlo todo. Sorcha lo observaba con una mezcla de temor reverente y fascinación. No miraba como una niña ante lo desconocido, sino como alguien que arrastraba siglos de ausencia en la piel, y por fin encuentra un lugar donde cada piedra guarda un secreto que no sea ella.
—¿Todo ese lugar, le pertenece? —preguntó. Conforme avanzaban el castillo se volvía más inmenso. Los hacía sentir como hormigas a sus pies.
—Nuestro —la corrigió.
—Más bien es su hogar —sentencio Sorcha, con un tono que era más acusación que curiosidad. Nikolaus bajó la mirada, como si el castillo lo juzgara y estuviera atento a sus palabras.
—No exactamente —dijo, tras una vacilación palpable—. Es el único lugar donde se nos permitirá existir.
Sorcha, sintió el peso de sus palabras. Resultaba tan evidente, que ninguno de los dos la había tenido fácil.
Nikolaus parpadeó una vez, lento. Bajó la mirada, como si el castillo mismo lo hubiera reprendido por sus palabras. Como si al momento de entrar a estas tierras, se haya perdido todo rastro de un Nikolaus más amable y menos expresivo.
Y Nikolaus se transportó al momento que llegó al Castillo de Eltz. Con dieciséis años ya había sufrido la pérdida de su madre y de su padre. La condesa viuda —su tía— lo recibió sin ganas, siendo ella la única pariente que le quedaba. Se tenían solo entre ellos. Aunque las cosas no siempre fueran buenas. La condesa viuda nunca fue amable.
Juraba que por su culpa había muerto su hermana. La madre de Nikolaus murió por causas desconocidos. Eso fue lo que leyó cuando investigó. A su padre por otro lado no quería ni recordarlo.
Ese castillo para Nikolaus representaba el exilio para sus sentimientos. La nueva puerta que se abría hacía lo desconocido.
Susurros empezaban a adentrarse en su cabeza. El sentimiento de ser vigilado era más persistente que nunca. Escapar del castillo no sería una opción. Si se marchaba siempre terminaría regresando.
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