Class lo observó con una avidez que no pudo ocultar. Sus dedos temblaban, pero su ambición era más sólida. No dijo nada. Tzerach apareció sin anunciarse, como una sombra que siempre estuvo allí.
—¿Estás con ella? —le preguntó Enediel.
—No me hagan reír, son unos estúpidos. El amor no existe. Solo la grandeza y el poder. Desperdiciar su vida por otra persona es lo más insensato que he escuchado. Estoy harto de todos los que se creen grandes —lo escucharon con una rabia contenida. Sospechaban de él, esa forma de ver el mundo no pertenecía a la de un alma pura. Pero eran más que amigos, como hermanos.
—Debes controlarte querido —la anciana le acarició el rostro a Class—. Lo has hecho bien, dentro de poco serás el amo de todos estos idiotas.
Con un gesto simple, el libro se lo arrebataron de las manos de Enediel. El demonio intentó resistirse, pero algo lo ataba al suelo.
Ardesiel quería el libro, pero ni su determinación fue capaz debido a algo que guardaba la presencia de Tzerach, que lo hizo retroceder sin rechistar. No era poder lo que imponía, sino una especie de vacío. Un silencio absoluto que devoraba cualquier voluntad.
—Que muchachitos tan bellos. Me habéis ahorrado mucho tiempo —dijo con una voz más antigua que la piedra—. Ahora empieza el verdadero trabajo.
Enediel no alcanzó a moverse cuando una cadena de luz oscura le ató las muñecas por la espalda.
Ardesiel cayó al suelo, inmovilizado por un conjuro que no vio venir. Class por su parte, siguió a la anciana mientras le hablaba al oído.
Ninguno de los dos se sentía suficientemente potente. La traición de Class los había dejado en un limbo. La impotencia les carcomía el alma.
—¿Qué haces? ¡Tu dijiste que nos ayudarías! —bramó Enediel, con los ojos encendidos como brasas. Intentaba controlarse, no debía permitir que el descontrol se apoderará de él.
—Mentí —respondió Class, sin molestarse en voltear.
Class había soñado con ese momento durante incontables lunas, pero ahora que lo tenía frente a él, una pequeña grieta se abría en su pecho. Aun así, no se detuvo.
La emoción de la anciana Tzerach retumbaba en la biblioteca sagrada. Ninguna de los dos demonios sabía qué hacer. Mientras más se esforzaban por salir más agotados se sentían. Como si les mermaran las energías. Pero eran conscientes que solo una razón más poderosa necesitaba para romper las cadenas que los retenían.
—El ritual ya casi está listo —gritó la anciana—. Solo nos falta algo.
Un altar de piedra, sellado con polvo lunar. Círculos grabados con sangre de mansión. Y al centro, el libro de los veintiochos sellos lunares murmuraba lenguas muertas. Un nombre pronunciaba sus hojas. Los ecos imposibilitaban entenderlo.
—¿Qué… qué nos falta? —se apresuró a preguntar Class.
—La sangre de un demonio enamorado —Tzerach, la única que entendía a quién se refería el libro.
Class frunció el ceño. Habían hablado de eso, sí, pero él no pensaba que fuera real. No hasta que vio el rostro de Tzerach torcerse en una sonrisa demente.
—Debemos encontrarla —alzó la voz la Tzerach.
—¿A Annuncia? —susurró Class, con una chispa de duda.
—Ella es el portal entre lo celestial y lo terrenal. Es la única que puede abrir los sellos sin que el universo se rompa —la anciana giró la cabeza lentamente—. Tráela. Viva.
Class salió maquinando una idea sobre como atraparla y que ella no dudara. Tenía una intuición de donde encontrarla. El único lugar donde pasaba casi todo el tiempo. Un chasquido con los dedos era suficiente para llegar hasta ella.
—Me ha asustado —Annuncia se sobresaltó al ver a Class aproximarse con prisas—. ¿Ha sucedido algo?
—Nada con importancia. Es que estaba en la biblioteca y he encontrado un libro que tiene mucho que ver con sus funciones, pero no sé cuál es el lugar correcto —Class se rascó la cabeza. Esperaba que esa mentira funcionase para no tener que llamar la atención arrastrándola.
—Ya veo, con gusto le ayudo —Annuncia casi nunca pensaba mal de los demás. No había razón, sin embargo, a veces sentía que el aire le comunicaba cosas. Pero casi siempre las ignoraba.
Cuando llegó a la biblioteca y Class la guio a un semisótano, la alerta empezó a subir a su cabeza.
—Creo que se ha equivocado —intentó alejarse de él, pero fue demasiado tarde.
—Hueles a pecado Annuncia —Class se aferró a su brazo izquierdo. Las uñas de él se estaban adentrando en su piel haciendo que sintiera escozor.
—Me lastima —Annuncia intentó no poner resistencia. La traición de Class y la mirada vacía de Tzerach pesaban más que cualquier grillete. Ella sabía que Class era considerado casi un amigo para Enediel y Ardesiel, él conocía sus secretos.
La ataron, la hirieron, y aun así no lloró. Solo pensaba en Enediel. En si él estuviese bien. Él le había contado del plan que tenían. No estaba segura de que si lo recordase cuando todo terminara. Sabía el poder que guardaba el libro. Los demonios con sed no podían invocarlo, pero los que eran como ella… el libro los llamaba. Ella escucho su nombre de entre las lenguas muertas.
Pero Enediel no estaba bien. Él sentía cada herida de Annuncia como propia. Verla a través de ese maldito espejo lo desesperaba. Cada gritó contenido, cada gota de sangre que caía de su piel, lo rompía más. Ya no era el demonio de la segunda mansión. Era algo más primitivo. Algo que no podía ser contenido. Su furia tan vasta que la niebla se hizo ceniza.
—¡Déjenla! ¡Annuncia! —gritó, rompiendo las cadenas con un aullido que no pertenecía a ninguno de los dos mundos.
Su irá, fruto de sentimientos que no se les permitían a los demonios, lo embestían recargándolo de un poder ajeno a su mansión.
Tzerach que estaba casi por terminar el conjuro, no lo logró.
El altar estalló en fragmentos etéreos y fuego. Todo era una mezcla de colores y olores desagradables.
El libro cayó al suelo. Annuncia, sangrando, tomó el libro antes que nadie. Lo abrazó con lo que le quedaba de fuerza y con las alas rotas, escapó. Fue al lugar en el que consideraba estaría a salvo de todo. La tierra la recibió con brutalidad. Cayó entre ramas y barro, su cuerpo machacado por ambos mundos cayó justo frente a Sabine. La mirada asustada de Sabine Kaltenbrück, la hizo reaccionar ante quien estaba. Jamás había visto un ser como ella, porque Sabine no huía. Su bondad y humildad irradiaba luz.
La sostuvo, temblando, sin entender lo que Annuncia decía.
—¿Por qué… cómo tienes alas? —murmuró.
—No. Ayúdame, necesito —la voz rasposa de Annuncia la hizo tomarla entre sus brazos y con la poca firmeza que disponía la llevo a un recoveco cerca de ahí.
—Tranquila, te traeré agua —pero hidratarse era lo que menos deseaba Annuncia. La tomó del brazo impidiendo su marcha.
—Cuídalo… prométemelo —Annuncia apenas podía hablar, pero aun así alzó el libro y lo colocó contra el pecho de la joven.
—¿El libro?
—Prométeme que lo guardarás donde nadie lo halle… donde nadie pueda usarlo… ni siquiera tú.
Sabine, por alguna razón que no comprendía, asintió. Su amiga, aunque con un aspecto diferente, yacía casi sin vida sobre la naturaleza.
—Lo juro —la determinación se apoderó de ella.
—Entonces… lo sello en ti.
Fue un susurro. No entendió las palabras dichas por Annuncia.
Y con ese murmulló, un brillo blanco envolvió a ambas. El alma de Annuncia se fracturó para proteger aquello que todos deseaban. El libro ya no estaría en ninguna parte… excepto en Sabine. Ese fue el momento decisivo en el que sus vidas se unieron por el destino. Ambas suspiraron con letargo. Sus ojos vieron el pasado, el presente y sus futuros. Quizá el mecanismo más poderoso era olvidar que vieron las líneas de tiempo. Quizá sus vidas estaban hiladas desde un inicio y no solo por el libro.
Todo se olvidó de la misma forma en que llegó. Los gritos comenzaron pronto, Sabine, sobresaltada, levantó el rostro. Al atardecer, las personas se fueron agrupando. Aunque la lluvia caía sobre ellos no les importaba.
No ayudaba el hecho de que raíces salían de la tierra tomando a Annuncia. Como si se la quisieran llevar con ellas.
Alguien había visto a la joven con "una bruja". La familia Kaltenbrück, en su arrogancia, creyó que estaban salvándola. Y Annuncia, aún viva, pero sin fuerza, fue llevada al centro del pueblo. Las pocas energías que la madre tierra había inyectado en ella la ayudaron a asimilar y a aceptar que la muerte ahora era más segura para un demonio como ella.
La amarraron. Le gritaron. La golpearon.
Las piedras le susurraban perdón. Los leños utilizados para la hoguera la acogieron intentando calmar su dolor.
—¡Bruja!
—¡Demonio!
Sabine gritaba. Lloraba. Se interpuso, pero sus plegarías no fueron escuchadas.
—¡Ella me salvó! ¡Déjenla! —sin embargo, ya no escuchaban. Solo veían fuego y miedo.
Enediel llegó tarde.
Demasiado tarde.
Desde una colina, fue testigo de cómo las llamas envolvían el cuerpo de quien había amado con toda su existencia. No gritó. No se movió. Solo dejó que las lágrimas cayeran, negras como el fondo del cielo.
La naturaleza, el mundo terrenal al que Annuncia amaba, terminó con ella.
Y cuando el último suspiro de Annuncia se elevó con el humo, Enediel descendió. No para salvar, sino para maldecir. Un odio fuerte y arrasador lo embriagaba con una lenta danza. Ella estaba muerta, el humano en su ignorancia y rencor se la habían arrebatado. Sí, dijo que no quería perder el poco poder que tenía. Pero si tan solo hubiera tenía una oportunidad de que estuvieran juntos un instante más. Si su sonrisa no se hubiera perdido en las llamas.
—Kaltenbrück… ustedes han matado a lo único que era puro en este mundo. —Las palabras no fueron habladas. Fueron grabadas en los huesos de cada Kaltenbrück—. Desde hoy, no conocerán el amor. Cada vez que lo toquen, se les escapará. Cada vez que lo abracen, morirá. Y su linaje… se extinguirá. Uno a uno. Hasta que solo quede el polvo de su nombre. Sufrirán en la pérdida. Sufrirán incluso en la alegría.
La maldición se clavó como una aguja infinita en la sangre de los Kaltenbrück. Y aunque muchos no supieron jamás el porqué de su destino, la llama que ardió esa noche lo cambió todo.
El libro había sido sellado. Annuncia había muerto. Y Enediel… ya no era un demonio. Era furia viva. Era tragedia encarnada. Y desde entonces, los Kaltenbrück llevaron consigo un eco que jamás se apagó. Un eco que decía: “No merecen ser amados”.
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