Después de ese encuentro. Sorcha desconocía si ahora eran más cercanos o no. Sobre todo, cómo comportarse frente a Nikolaus, la dejaba en una vigilia constante. Todo lo acontecido le parecía extraño. Llevaba cinco días enteros en esa habitación, la cual antes le había parecido hermosa y ahora una prisión. Solo deseaba una cosa. Vivir apartada de todo, justo como en la casa que veía desde su ventana. Solo recordar las cenas con Nikolaus con su semblante sombrío, Ailsa coqueteando con Anselm, esté devolviéndole las miradas y la condesa viuda decaída, su humor decaía.
La vorágine de emociones que había sentido la rebasan, tanto las buenas como las malas. Sumado a ello, seguía desconociendo muchas cosas de su prometido.
—¿A dónde conduce está puerta? —cuando Ailsa se acercaba a la puerta, Sorcha reaccionó.
—Solo es un adorno —resultaba evidente para su hermana que esa puerta no era eso.
—Por tu actitud ya he deducido a donde va —la risa picará de Ailsa resonó en su cuarto con eco. Como todo en ese castillo el eco no faltaba.
Por momentos a ambas hermanas se les pasaba por la cabeza que ese lugar tenía muchas almas en pena. Desde pequeñas habían escuchado las historias de la señora Vilham. Ella les decía que el eco eran las voces de almas prisioneras que repetían lo que les rodeaba, hasta que se las pudieran tragar.
—Me siento más cómoda cuando estas lejos de mi —Ailsa tomo el pomo de la puerta ignorando a su hermana—. Deja eso —ordenó Sorcha.
Ella creía que desconocer el hecho de que había un conducto entre ambas habitaciones, le resultaría más llevadero.
—Es el cuarto del conde —el desafío iluminaba el rostro de Ailsa—. Será tan lúgubre como su existencia o mejor aún, tan fría como su corazón —cuando se comportaba de esa forma, Sorcha la aborrecía todavía más.
—Siempre eres tan impertinente —se levantó e impidió que abriera.
—No seas aguafiestas Sorch —Ailsa se recostó y pegó su rostro a la madera—. Una puerta de caoba, magnifico. El color natural le queda. Yo también hubiera optado por eso.
—Sal de mi habitación.
—Está bien, lo haré —antes de salir se giró—. Solo quiero que recuerdes que, detrás de esa puerta se encuentra un conde, con un torso marcado y musculoso. Que se baña y duerme a unos pasos de ti. Que se remueve sobre sus sabanas y que también es consciente de que al lado su futura esposa duerme, con un camisón de terciopelo fino y su cabello suelto.
—Eres insoportable.
—Ahora intenta dormir —a Sorcha le costaba entender si debía hacerlo o no. Las palabras de Ailsa no dejaban de perturbarla.
¿Se daba cuenta Nikolaus de que Sorcha estaba ahí?
No caería en los juegos de su hermana. Sabía que nadie la vería atractiva, ni inquietaría a ninguna persona, no de ese estilo. ¿Quién podría querer tocar a alguien que parecía ser un fantasma? Le bastaba evocar las innumerables ocasiones en las que Nikolaus, teniendo la oportunidad de rozar su mano, no lo había hecho. Por mucho que rememorará la forma en la que la veía, no encontraba aliciente para su alma. ¿Y si él también la deseaba? No podía ser. ¿O sí? Tal vez, Nikolaus no se sentía capaz de controlarse teniendo su cercanía.
Sorcha no quería hacerse ilusiones. Esperar que el hombre que dormía al otro lado, deseará tenerla le parecía poco probable.
Se levantó y se vio en el espejo. Su camisón le cubría hasta los tobillos. Si bien no le quedaba demasiado grande, tampoco resaltaba ninguna curva de su cuerpo. Y el color no ayudaba, se fundía con su piel y su cabello. Definitivamente no era atractiva como lo era Ailsa.
Mientras tanto, en la habitación contigua.
—Ailsa me pidió que te preguntará algo —Anselm veía a Nikolaus expectante—. ¿Graf quieres saber de qué trata la pregunta? —insistió, pero este no le prestaba atención.
Nikolaus estaba tan sumido recapitulando la conexión entre su piel y el calor que sintió emanar del cuerpo de Sorcha, que no se había advertido que Anselm le hablaba.
—Graf Nikolaus von Kaltenbrück —Odiaba ese nombre, Nikolaus sentía que era demasiado largo, eso no le gustaba para nada.
—¿Qué sucede?
—Ailsa pregunta ¿Si eres consciente de que a través de esa puerta tu prometida duerme?
—Eso no tiene nada que ver con ella —Nikolaus, no reparaba en la presencia de Ailsa. Era como si para él solo existiera Sorcha.
—Ni conmigo, y también me gustaría saberlo. Te contienes tanto que me exasperas. Deberías dejar de evitarla, sino serán totalmente desconocidos el día de la boda. Me refiero a que se conozcan con palabras.
Anselm se retiró de la habitación.
Nikolaus consciente de cada movimiento que Sorcha daba en su dormitorio. No dormía muy bien. El hecho era que de nada servía serlo, cuando rozarla podría matarla.
Ambos se acostaron en sus respectivas camas. Sorcha alejaba las palabras de su hermana. Nikolaus se imaginaba a Sorcha con su cabello extendido sobre la almohada.
Ninguno se sentía tan cómodo sabiendo que con girar la manecilla estarían entrando al espacio del otro. No porque fuera malo. En realidad, era lo que más los hacía fantasear… tenerse cerca, acariciarse, contemplarse y abstraerse en el espacio del otro.
Nikolaus después de una larga exhalación se levantó. Quizá si hablaban un poco las cosas serían más simple entre ellos.
Sorcha, con la cabeza pegada a la puerta dudaba si debía acercarse o esperar. ¿Estaría bien ser ella la que lo buscara?
Los dos se quedaron inmóviles al verse. Nikolaus abrió la puerta con rapidez y Sorcha casi le caía encima.
—Yo… debí llamar antes —en lo que llevaba en ese castillo, no había visto lo bien que Nikolaus lucía con una simple camisola.
—Y yo no debí recostarme en la puerta —quitar los ojos de su piel era un castigo, tanto como seguir viéndolo. Su camisa con las mangas arremangadas le mostraban sus brazos pálidos. Las venas se remarcaban sobre su piel. El poco vello con el que contaba dejaba a la vista su piel firme y suave.
—Creí que sería buena idea hablar un poco —el titubeó de Nikolaus, hizo que se recompusiera de ese escrutinio que le estaba secando la garganta.
Él entró a la recamara de Sorcha y ella no le molesto que entrara sin preguntar.
—Sí, opino igual. Quizá para que las cosas no se vean mal. Me gusta muchísimo el cuarto, es agradable —se sentía nerviosa, las palabras no dejaban de salir de su boca—. ¿Ve esa casa a lo lejos? La luz casi siempre no se ve, pero hoy ilumina un poco más. Suelo verla varias veces al día. Me calma saber que afuera todo sigue su curso.
Nikolaus se asomó a la ventana. Las abrió y salió al balcón. Su silueta en contraste con la poca iluminación, le revolvió el estómago a Sorcha. Ella sentía que Nikolaus se acoplaba con la oscuridad de una forma hilarante. Le gustaba, al menos debía admitirlo para tranquilizar su errático corazón.
—Es la casa de Heinrich, el guardabosques del castillo —se giró hacía ella. Como si la ecolocalización le avisará que Sorcha se aproximaba a él. Intentó memorizar el olor que la brisa le llevaba. El aroma a jazmín que siempre despedía Sorcha.
Ella observaba la casa sumida en el revoltijo de sus pensamientos.
Nikolaus se alejó un poco, no porque no quisiera tenerla cerca, más bien temía arruinar la atmosfera que habían creado.
—Está helando, deberíamos ir a dormir —Sorcha esperaba algo más. Ella quería, a lo mejor que le hablase de todo lo extraño que lo rodea. Contenía tantas preguntas que estaba en un punto de ebullición que cada vez le era insoportable.
Seguía desconociendo al hombre que en menos de una semana sería su esposo. La forma en la que él la observaba —como si no dejará nada fuera de ella —, hacia que su corazón latiera acompasado a su escrutinio.
Ninguno dijo más que un “buenas noches” en sus respectivos idiomas. Fue entonces que reaccionaron. En sus conversaciones no se ponían de acuerdo con qué dialecto hablarían, si fuese el de él o el de ella. Simplemente lo hacían. Y así, ambos volvieron a cerrar sus puertas, pero no podían asilar las preguntas que los desvelaban.
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