Un ejército avanzaba al ritmo de su comandante. Y por más que hubiesen marchado desde el alba hasta entrada ya la oscuridad, y sin apenas armadura en sus monturas para ir más aprisa, ser Logan Guiscard se había demorado más de la cuenta aquel día en reanudar la partida. Por lo que había podido escuchar, la impaciencia comenzaba a aflorar en algunos, mientras que en otros ya hacía estragos en su conducta. De camino al lugar de reposo de su caballero había presenciado dos riñas entre las filas de soldados de a pie, entre aquellos seguidores menos curtidos en el respeto y la norma.
Daba tristeza ver como las pisadas de los hombres y los juegos de cascos de los caballos mancillaban la vida de un suelo que había sido de un esmeralda brillante el día anterior. El asentamiento abarcaba el lago de hierbas hasta sus confines con las montañas, con un innúmero de comensales sin techo ni mesa, bien dispuestos ante un puñado de tiendas reservadas para los más poderosos.
El espadachín de rostro afligido que bendecía sin falta su arma de justicia todos los días a la misma hora dibujaba una cruz en el aire siguiendo la forma de su mandoble. Gracias a él, Valysar supo que era mediodía sin necesidad de recurrir al cielo.
— Qué Dios os bendiga y os proteja, joven escudero. — le había dicho en cada ocasión que se lo cruzaba.
Valysar lo reverenciaba con un gesto de cabeza y repetía sus palabras todo el tiempo. Y aquella vez no fue la excepción.
« Desperdiciamos horas de luz. ¿A que estará esperando el Ser? »
Llevó por las riendas al corcel de su caballero por treinta pasos más allá. Después fueron cuarenta, cincuenta, y así hasta que, una voz desagradable y conocida le hizo girar la cabeza.
— ¡Dios santísimo, apiádate de mí, y hazme caer en esa tentación! — Se persignó, boquiabierto. — Madre de Dios. — Imran el Dispar se pavoneaba, con el pecho inflado y las manos metidas en el cinto de la espada. Se detuvo muy cerca de una mujer alta y de largo vestido, y se cubrió la boca con una mano. — Mujer, no puedo dejar de verte. Tan exquisita te ves y qué hambre la mía por comerte toda.
— ¿Y tú de qué escondrijo saliste? — La muchacha se hubo girado con un rostro deformado por la rabia. Cuando Imran carcajeó y estiró una mano para engancharla en torno a la cintura, ella se la apartó de un manotazo. — ¡Fuera de aquí, imbécil!
Aquellos hombres que habían sido llamados por el escándalo no hacían más que presenciar el maltrato con una sonrisa en sus rostros.
Valysar observó con aversión tan detestable acto y desfachatez. Habría seguido de largo con el mismo desdén, de no haber sido porque Imran se dispuso a acercase todavía más. Aborrecible a más no poder era aquel sujeto. Mientras ella intentaba crear espacio entre ambos, el soldado recortaba distancia con mayor rapidez. La estudiaba de pies a cabeza, babeando, como si se tratase de un filete jugoso, y se oprimía el bulto de la entrepierna.
El escudero le cortó el paso al animal, apartándolo con una mano. Colocó la otra sobre la empuñadura de la espada. Recordó de inmediato que solo portaba el peto de hierro, pero era más de lo que Imran llevaba encima.
— Creo que mi lady fue lo bastante clara — Y desenfundó un cuarto de la hoja acerada como advertencia. —. Fuera de aquí.
El Dispar no movió un dedo ni se inmutó. En cambio, se le quedó viendo con ambos ojos de distinto color entrecerrados.
— Esta damisela no está en apuros, Falso Caballero — Le mostró los dientes con una sonrisa. Por absurdo que pareciera, tenía los dientes blancos y perfectos, a diferencia del rostro desgraciado. —. Le quiero dar amor, no angustias.
— Con tu presencia ya tengo suficientes angustias. — le dijo la mujer, ceñuda.
— Ya la escuchaste, Imran.
Aun así, él se mantuvo firme en su lugar con su sonrisa descarada. Era por lo menos cinco dedos más bajo que Valysar.
— Mi lady, dices — rio y volteó a ver a su alrededor. — Míranos, niño. Aquí no todos somos señores, caballeros y damas que danzan entre terciopelo y normas de conducta. Si me la cepillo, no pasará nada. A su edad, debió haber recibo ya el bautismo de unos veinte, con eso que nos sale a los hombres por donde ya sabes.
— Dile a tus amigos que no se metan en esto. — Con un brazo, hizo para atrás a la mujer y cogió distancia por si algún golpe a mano limpia amenazaba. « Deberíamos todos tener la mente fija en el verdadero objetivo. »
— Imran no tiene amigos, solo compañeros de copa y enemigos, dizque caballero — Un segundo después, levantó las palmas hacia arriba y se encogió de hombros. —. Ah, y también esposas de una noche. — Hizo una seña a los presentes para que se dispersaran.
— Detesto a la gentuza como tú — dijo, todavía con la mano en la empuñadura. —. La próxima vez no dudaré en desenfundar la espada.
Y por fin Imran comenzó a caminar hacia atrás, pero antes se mostró extrañamente satisfecho con aquellos ademanes tan exagerados que le disfrazaban el rostro y lo hacían parecer un bufón. También, se reía de igual forma que un bufón baboso.
— «La próxima vez no dudaré en desenfundar», vaya, vaya. A ver, ojitos azules, dicen que en guerra todo hueco es trinchera, pero no me van esas cosas. Por más que hayan pasado tantos días — Y desbarató la sonrisa en un gesto de preocupación, llevándose la mano de nuevo a la entrepierna. —. Joder, en serio han pasado muchos días.
El desenlace concluyó sin pena ni gloria. Cuando lo hubo perdido de vista entre la multitud de soldados que iban y venían, se volvió hacia la mujer, y le dedicó una mirada galante. Tenía un rostro ovalado bastante común, pero agraciado en cierta medida, con los ojos color castaño claro y un cabello oscuro recogido en una coleta.
— ¿Os encontráis bien?
— Estoy bien. — le hizo saber tajantemente. Y regresó en seguida a la tarea que antes hacía. Valysar pudo ver a simple vista que se trataba de una sirvienta, pues atendía a las aves de mensajería encerradas en jaulas sobre cajas de provisiones. La mujer cogió un trocito de pan mojado en miel, y se lo tendió a un halcón blanquecino. No tendría ni cinco años más que él.
— Mi lady, ¿podría...?
— No. No me digas así. Nadie lo hace, y tampoco me agrada. Ya escuchaste lo que dijo el otro, el que intentó pasarse de listo conmigo. — Ni siquiera volteó a verlo. Le prestaba tan poca importancia que hacía como si hablase con el ave. —. No te necesitaba.
— Lo lamento, nada más quería ser cortés. Es lo que debe hacer un caballero.
— Pero si no eres un caballero. — Abrió la rejilla de otra jaula, e hizo lo propio con un segundo halcón.
— Cierto, pero lo seré pronto. Bueno, espero serlo, si Dios así lo quiere.
Acto seguido, la mujer cerró la pequeña celda con tal fuerza que la sacudió y el ave se estremeció dentro. Miró a los ojos a Valysar por primera vez. Por extraño que pareciera en primera instancia, lucía más agraciada vista frente a frente, puesto que no se le notaban las orejas inclinadas un tanto hacia delante. Sin embargo, en su ceño fruncido no había nada que resultase mínimamente bello.
— ¿No deberías estar haciendo cosas de escuderos? Como limpiarle el orto a tu caballero, cuando termine de hacer del baño.
Las palabras le cayeron, crudas, como un balde de agua fría.
— Entiendo. Lamento haberos molestado. — Mientras se retiraba de la batalla con todavía un poco de orgullo fragante, ella lo atrapó suavemente por un codo y lo hizo volverse.
— Te lo agradezco. Caray, y también lo siento. Valysar — Se sorprendió con creces de que supiera su nombre. —. Es que no me agrada nada este lugar. Vine aquí por qué me obligaron.
« La mente de una mujer alberga misterios que ni ellas conocen. »
— Mires a donde mires, encontrarás que todos han venido por gusto o en busca de algo más. Nadie te obligó a partir con nosotros.
— No lo entenderías. Tampoco interesa mucho — Sacudió la cabeza. —. Supongo que me molesté, porque aquel que vino a mi rescate, aunque no lo necesitara, fuese un caballero. O un intento de caballero, al menos. No me gustan los de tu clase.
— ¿Por qué no? — El corcel de ser Andrew se estaba impacientado. Resoplaba y hundía los cascos delanteros en la tierra. Cogió las riendas con mayor firmeza.
— Se te hace tarde, Valysar. Olvídalo y vete.
— ¿Por qué no? — repitió con voz calmada y mirada clemente.
— Fue un caballero quién me obligó a venir aquí en primer lugar — le confesó al cabo de un gran suspiro. —. Fue él quién mató a mi padre y a mi hermano mayor. No diré cómo ni por qué. Después, nos hizo jurarle lealtad y sumisión a mí y a todos los que conocía, mientras los cuerpos de mi familia se encontraban desparramando sangre. En el pueblo hemos estado a su merced desde entonces, porque la mitad lo alaba y otros le temen. — Su impasibilidad y lo duro de sus palabras ponían en evidencia las infinitas veces que había contado aquella historia en voz alta. Eso, o mentía. —. Como verás, no todos los caballeros son tan honorables, misericordiosos y todo eso que se recitan en leyendas y canciones. Son como los demás hombres. Si tienen poder, lo usan a su favor sin mirar a izquierda o derecha; son como todos nosotros que llevamos una bestia escondida dentro, y la dejamos ver cada tanto.
— ¿Quién es? ¿Cabalga con nosotros? Puedes decírmelo.
— No te preocupes por él — Y por primera vez le mostró su sonrisa, fue un regalo cálido. Sus dientes algo grandes más que empobrecer su rostro, la embellecían con vestigios de inocencia —, un amigo ya me juró que lo mataría pronto.
— Aun así, quisiera saberlo — Se mostró insistente por un tiempo, pero ella se negó a decírselo sin recurrir a su difunta tosquedad. —. Entonces, mi más sentido pésame. — No tuvo más opción que dar su brazo a torcer, si bien no pretendía rendirse.
— Llegas años tarde para eso. Y llegarás tarde también con tu caballero, ya te lo digo. Olvida mi historia y vete. — Uno, dos pasos hacia atrás y se giró para atender a una paloma esta vez.
— Aguarda, ¿cómo supiste mi nombre? — Al verla sonreír con la boca cerrada por largo rato, supuso que no obtendría nada de ello. — ¿Puedo saber el tuyo, siquiera?
— Soul.
Se le aflojó una risita, no supo bien decir por qué.
— Soul, te juro por mi madre, que no todos somos como crees.
— Pero si tú solo eres un Falso Caballero.
Cuando entregó a ser Andrew las riendas de su corcel grisáceo, no recordaría haber andado el resto del camino. El cuerpo se le había movido por sí solo, pues su mente se ofuscaba en imaginar ideas acerca de Imran el Dispar y del caballero traicionero del que hablaba Soul. Caviló sobre todo acerca del primero, de quién debía cuidarse las espaldas de ahora en adelante.
« No, zoquete, no solo tú debes cuidarte de él », repasó, mientras su caballero le ordenaba otra encomienda.
— Ve y amolala con la piedra — Le entregó su espada sin dar gracias por lo anterior. En realidad, nunca daba las gracias por nada, por más que fuese un hombre educado. — hasta que su filo quede inmaculado como el de una Daga Sagrada.
Se hizo entonces con el arma y la encomienda. Guardó cada palabra del caballero, aun cuando su atención se hallase en otro lugar, muy lejos.
« No desistirá en ir tras Soul. Tengo que velar por ambos. Pero ¿cómo? » Minutos después, no le resultó difícil hacerse con una solución. De camino a su destino, entre centenares de soldados y algún que otro caballo tirador de carretas, se encontró con ser Braxton tendido en el suelo durmiendo plácidamente sobre una capa, pese al escándalo del campamento, y a su escudero, Rodrick Barmettler, sentado sobre un par de cajas de provisiones sin mucho por hacer.
— Amigo mío, eres cruel, por decir lo menos — le confesó a Valysar, cuando este hubo terminado de contarle sus planes para él. —. Ni pensarlo. Qué se cuide ella sola. ¿A mí qué? Es una sirvienta nada más.
Pero conservaba una carta ganadora escondida bajo la manga.
— «Te debo una, Valysar. Una muy grande», te escuché decir, si mal no recuerdo. — Una vez su amigo había extraviado, en apenas el segundo día, el corcel que su caballero le diese como obsequio. Valysar lo había presenciado de cerca todo; Rodrick se cayó del lomo como si fuese un paje insignificante y se golpeó la cabeza contra el suelo. Mientras yacía al borde de la inconciencia, el animal escapó. —. Te eché agua encima para que te desperezaras y te dieras cuenta de que te habías abierto la cabeza, aquella vez detrás de las gradas de justas. Después te ayudé a encontrar a tu caballo. Venga, nunca te he pedido nada.
Con claras dudas acabó aceptado, después de que Valysar amenazará con contárselo todo a su tutor. Puso en sus manos, la responsabilidad de mantener la honradez de Soul. Aunque hizo bien en no contarle sus sospechas sobre la existencia de cierto caballero desleal.
Dedicó la siguiente hora a amolar la espada de ser Andrew, en compañía de otros escuderos.
— ¿Qué tanto nos van a hacer esperar? — lanzó al aire Matt Devan, entretanto frotaba con esmero las grebas esmaltadas y con incrustaciones de madreperla de su caballero. — Ya se nos fue la mayor parte del día.
— Veo que alguien tiene prisa por morir pronto. No te sulfures, ya te llegará la hora. — dijo Garret, un boca suelta mal hablado con la cabeza cuadrada y mentón más cuadrado todavía.
Conrad era el único que no hacía más que mirar, ocioso, hacia los lados. Llevaba todo el rato sin musitar una sola palabra.
— En época de paz los hijos entierran a sus padres, en época de guerra los padres entierran a sus hijos. — Aquel comentario y su voz sombría estuvieron tan fuera de lugar, que los demás intercambiaron una mirada. Al final, decidieron pasarlo por alto.
— ¿A cuántos de esos desgraciados creen que matarán antes de caer del caballo? — siguió Garret. Le echó un vistazo admirativo al cuchillo que había afilado con rueda y pedal. Y apuntó a Valysar con él. — ¿A cuántos, Maine?
Reflexionó antes de responder.
— Uno, dos o más… ¿Qué importancia tiene? Lo que vale es a quién matas, no a cuántos. Acabas con los cabecillas, y todo ejército enemigo se desmorona.
— En este caso, creo que es más valioso el número que la jerarquía. — rebatió Matt Devan. — ¿Cómo saber quiénes están al mando, si no conoces al enemigo?
A Garret se le ensanchó el pecho y la sonrisa al mismo tiempo.
— Ahí es donde tengo la ventaja. — Y fue objeto de todas las miradas. — ¿Ya les conté que he visto de cerca a ser Raymond el traidor? — Después, solo fue objeto de risas. Se sabía por experiencia, que tenía más de charlatán que de guerrero. — Joder, qué es cierto. Lo vi, hace años. Era un niño, entonces, pero sé que era él.
— ¿Cómo sabes que era él? Desertó de la Guardia de la Realeza, cuando todavía no habíamos nacido.
— Por las historias que se cuentan — aseguró Garret. — Se dice que el anterior Rey de la Horda perdió la vida en combate a manos de él, pero casi lo vence en dos ocasiones. Le dejó una cicatriz horrible que le cruza toda la cara. Lo vi muy adentrado en el bosque. Llevaba una armadura oscura como la noche. Cabalgaba solo, aunque después desmontó y sin razón alguna comenzó a asestar golpes con una espada roma a todo lo que veía. Hasta que consiguió destrozarla contra un árbol.
« Asumiría que una espada cualquiera. » Y no la Espada de Nuada, que cada líder de la Horda heredaba como símbolo de su poder.
Según contaban los druidas, aquel acero había estado alguna vez imbuido con hechizos que lo convertían en un arma mortífera, infalible. Su filo era devastador y sus heridas incurables. Y por si esto fuera poco, era capaz de asistir a su poseedor en la batalla, para que no fallase su ofensiva. Pero aquella magia había caído en desgracia junto al poder de la Horda, siglos atrás.
— Lo escuché maldecir y lamentarse por un tiempo — continuaba diciendo su amigo —, y en un abrir y cerrar de ojos se golpeaba la cabeza como si estuviese loco, poseído o hechizado. También gritaba y hasta creo que lo escuché susurrar el nombre de una mujer.
— ¿Qué mujer? — inquirió Valysar, aunque fuese para dejarlo en evidencia con más detalles.
El charlatán se encogió de hombros.
— Oí por ahí que violó a una mujer hermosa antes de desertar. También conozco a esa mujer y dónde vive. La he visto, y se les derretiría la boca, si la mirasen a la cara y ella les devolviese la mirada tan solo un segundo. Dios, maldita sea, su belleza no es humana.
— Ya, muy bien. ¿Y qué hacías tan adentrado en el bosque tú solo? — quiso saber Matt Devan.
— No estaba solo. Cazaba junto a mi padre, pero él no tuvo oportunidad de verlo.
— Claro, entonces eres el único que sabe en realidad lo que pudiste haber visto. Que conveniente. — le recriminó Valysar.
— Se los juro, vi a ser Raymond.
— Claro, así como juraste haber visto también a un árbol caminar hace un año.
— A ese también lo vi. Qué gente tan incrédula.
— Ah, y cómo olvidar al supuesto Ogro en Galmest. — apuntó Matt con una risotada.
— Bueno, está bien — Se llevó una mano a la cabeza. —. Eso sí que lo inventé. — Y el grupo rompió en carcajadas nuevamente, todos excepto uno, Conrad, quién yacía con el labio fruncido y mirando para otro lado. —. Venga, Conrad, pelmazo, ríete un poco. ¿Por qué esa cara tan mierdorra?
Conrad se levantó del suelo, y se les quedó viendo un buen rato. El ataque de histeria pareció surgir de la nada.
— ¿No se dan cuenta? No son los únicos que hablan de matar y ajusticiar a cada miembro de la Horda. A todo escudero que escucho, suelta la misma mierda por la boca. ¿Venganza? ¿Qué nos han hecho a nosotros cuatro o alguno de los que amamos? Nada. Esta no era nuestra guerra.
Garret era el mayor, y Valysar le seguía de cerca por un año. Pero de entre el grupo, con apenas catorce, era Conrad el que más lejos estaba de ser considerado un hombre. Y su voz aniñada no favorecía mucho a disuadir la idea de que aún había algo de niño nerviosete dentro de él.
— ¡Quita esa mano! — Y la apartó de un manotazo, cuando Valysar intentó calmarlo. — No deberíamos estar aquí. Nuestro pueblo los cazó desde un principio, ¿y por qué? ¿Acaso se lo han preguntado? Ahora nos mandan a nosotros a terminar el trabajo sucio. O a morir en vano.
— Gobiérnate — le recriminó él. —, no es para tanto.
— ¿No lo es? ¡No te hagas el tonto, Valysar! Tú bien sabes lo que vi — Y antes de salir despedido lejos de allí, se cubrió los ojos con un brazo como tratando de que no lo vieran llorar.
— Solo lo que quisiste contarme. — « Aún es un niño que recién dejó de ser un paje. Sensible e imaginativo como mi pequeña hermana. Y al igual que ella, no había salido antes de la ciudad », se animó a pensar esto, hasta que cayó en cuenta que era, a lo mucho, cuatro años mayor que él.
Días atrás, había cabalgado a metros de Conrad mientras la hueste avanzaba como una columna hermanada a través del terreno plano de un valle. El suelo en que se afianzaban los cascos de los caballos aún estaba blando y húmedo por las lluvias recientes. A mitad del camino, Conrad le advirtió a su caballero que había visto algo muy en lo alto, cuesta arriba. Señaló el punto, pero el tutor de Conrad hizo la vista gorda. Y desde entonces, se había estado comiendo la cabeza con aquel asunto.
— Ha de ser una cabra montañera. — hubo intuido Valysar aquella vez, pues tuvo la oportunidad de atestiguar el desprendimiento de unas rocas no mayores a un puño caer desde la cima.
— Sí, creo que tenía cuernos, pero ninguna cabra anda a dos patas de esa manera.
El Corredor de las Montañas lo llaman, porque en solitario era el único punto de acceso por el cual atravesar una cordillera de pequeñas montañas que se desplegaba por un cuarto del reino, seccionándolo de norte a sur. De no haber escogido aquel sendero magnífico, se habrían retrasado días enteros de viaje.
— Qué va, ¿pueden creerlo? — Garret se mostró indignado y con creces. — No debería haber lugar aquí para estos críos.
— Si así fuera, ninguno estaría aquí.
Aún restaba una hora de luz a lo mucho, cuando ser Andrew Broadbent lo llamó para que lo escoltase hasta una no tan pequeña tienda de campaña que se había levantado con presteza. Pronto percibió al entrar que ninguna de las noches a la oscura intemperie hubo sido tan áspera como la cortesía que encontró allí. Por lo que su caballero le hubo confesado y después pudo confirmar por otros, el Ser había mandado a convocar sin previo aviso a capitanes, oficiales y caballeros del más alto rango junto a sus leales escuderos.
Fueron de los primeros en acudir, con lo que el sitio se hallaba casi vacío. Pero, aun así, a Valysar le llegaba la fragante tensión que desprendían los expectantes congregados. Rápidamente, detrás de ellos, guerreros nobles fueron haciendo acto de presencia, hasta casi atestar un paraje destinado para no más de sesenta hombres y mujeres. Los observaba según iban apareciendo, sentado en el asiento contiguo al de su tutor. Solo pudo reconocer al rubio de la barba trenzada y pelirroja: ser Ludwing Kessler, más por la franja de oro cruzada y estampada en su peto glauco que por el aspecto de su característico rostro. El caballero intercambiaba sus inquietudes con otro hombre de aspecto más común.
Si los caballeros errantes sirviesen a un rey, estos servirían al más icónico de los suyos: ser Ludwing el Bogatyr. De él se contaban muchas historias, entre las cuales se aseguraba que había recorrido el continente de cabo a rabo, desde los mares de arena más sureños de Barmania hasta el pico nevado más alto de White Kingdom al norte.
— Ser, no ha sido así — le hacía saber algún que otro caballero, la mayoría para sulfurarlo. —. No lo lograsteis. No fuisteis al verdadero norte, pues no llegasteis a la Hiperbórea.
— ¡Qué va! — respondía siempre, fuera de sus cabales ante el agravio del demerito. — Subí a la cima del mundo a pie, el punto más alto y más al norte que se pueda imaginar, y desde allí no vi más que océano y nubes. No había nada más en el horizonte que el borde donde acaba el mundo. — Lo cierto era que, la leyenda del inexplorado país de hielo se inclinaba más hacia el lado de los sueños que al de la realidad. Sin embargo, dando crédito a sus historias, el caballero había traído consigo jarrones de vidrio desde los confines de un infierno helado con la sangre azul del Yeti con el que se enfrentase. Había cargado durante años con la gigantesca cabeza de pelo blanco del monstruo a donde quiera que fuese, hasta que un mal día un ladronzuelo hizo de las suyas con su trofeo.
Aún con ello, poco o nada tenía para envidiar la más antigua de sus crónicas. La canción que con más de treinta versos entonados en la lengua madre de White Kingdom narraba las proezas casi milagrosas con las que a pulso se hubo ganado el nombre de el Bogatyr.
El siguiente con el que se topó su vista fue un noble no tan loado por sus hazañas, pero sí más viejo y curtido en el arte de la guerra. De largo caballo negro aderezado y peinado hacia atrás y un rostro mal acomodado por un ceño donde resaltaba la enorme hendidura de su barbilla. Lo que más le sorprendió del hermano menor del Gran Conde de Rismont y capitán de compañía, Walter Arkwright, fue su heredera Joanna, único vástago del lord, quien además hacía bien las veces de hijo y de hija, según dictase la ocasión.
Había escuchado hablar de ella, quién a los dieciséis casi perdiese la cabeza por la espada de su tío a consecuencia de haber faltado a su palabra e insultado a su propia alcurnia. Aun cuando se le hubo prohibido, Joanna decidió alistarse en secreto e ir a la batalla vestida como alabardero de la milicia contra una caterva de bandidos que habían salido huyendo de los dominios de Rhinosten. Al final del día, los sobrevivientes del bando vencedor de aquella carnicería alabaron a un soldado raso que hubo ejecutado a una docena de enemigos con el beso de su arma y le arrebató la vida al líder enemigo sumergiéndolo en el lago. Después salió a nado aún bajo el peso de media armadura.
Pero aquel día, en el cenáculo de ser Logan, Joanna Arkwright vestía un jubón de piel endurecida con la capa ceñida a dos broches, y no con un peto de hierro, sobre los pechos hinchados por el reciente parto de su segundo hijo. Por lo que Valysar intuía, se encontraba allí, la única mujer que no fuese sirvienta, como recurso de inteligencia militar. Cuando ella se acomodó la trenza castaña de un lado para otro, dejó ver la cicatriz que su tío le había grabado en el cuello al detener su espada en el último instante en un arrebato de reserva.
« Maldición, Valysar — Mientras les dedicaba instantes de admiración, ora a Joanna, ora a ser Ludwing, la voz de ser Konash surgió como si viniese desde detrás de su oreja. —. Vives pensado en las historias de mejores hombres que tú. » Después recordó que el caballero platinado al que creía la mejor espada de Dranova había hecho con ambos lo que quiso en algún torneo. Había jugado con ellos haciéndolos danzar y trastabillar para su deleite y presunción.
Pese a todo, aquella voz tenía razón. Nada menos que el día anterior había soñado que alguna vez conociera a ser Damon Kingsley presenciando su más grande hazaña, gracias a ser Braxton y a sus anécdotas de tertulia.
Pero en el instante en que su orgullo salió a relucir y de buenas a primeras decidió parar de construirles un monumento en su cabeza, ser Andrew le tuvo preparado un platillo distinto. El caballero hacía tiempo que estirase una mano para hacerse con el cuero de un mapa. Sonrió luego de desdoblarlo y observar su contenido.
— ¿Sabíais, joven escudero — le dijo, girándose hacia él. —, por qué el sitio al que vamos fue bautizado por los antiguos como el rio Eris?
« Cómo no, si mi padre me contó la historia — Pero antes de responder examinó su rostro de gesto afable a medio encanecer. —. A los viejos no solo les gusta hablar sobre el pasado. Mayor es su contento si creen que les dan una lección a los más jóvenes. » Ser Andrew se inclinó hacia delante, arqueando una ceja en el camino. Y en aras de que se encontraba de mejor humor que otros quienes, impacientes, demandaban respuestas y la presencia de ser Logan, no vio más opción que tragarse las memorias de otras dos personas que, aún impías, fueron mucho mejores que Valysar.
— Nada más conozco que en el pasado separó a la Dranova occidental de otros dos pueblos. — señaló, para no parecer idiota.
— Sí, eso fue antes del nuevo milenio. En tiempos cuando los brujos y algunas criaturas del demonio regían por encima de los hombres de Fe — Se rascó la barba salpicada por canas, con visibles dudas al respecto. —. Qué ironías más grotescas se guardan para algunos… El Rey que nos unificó como nación fue quemado en la hoguera por crímenes de magia negra a la orden del mismo pueblo al que liberó. Dante los unió en dos ocasiones: una en contra de sus enemigos y la última en contra de él mismo y de su esposa, la Reina Bruja. Por los mismos poderes que convirtieron la tierra en las que se posaban en sitiales magníficos de piedra. La hexarquía de épocas remotas había sido reducida a tres reinos como fruto del sueño e intrepidez de un hombre extraordinario y una mujer sin precedentes.
» Para no irme por las ramas, muchacho, Dante y la Doncella de Bronce congregaron a un ejército, multiplicando sus números más rápidos que conejos en celo. Uno a causa de su espada de mil terrores, Espectro, maldecida por fuerzas de lo oscuro, según dicen; y la otra por el pacto que había hecho con el mismísimo Diablo con tal de someter a engendros de la índole de centauros, un Dragón y hasta un Ave Fénix.
De un momento a otro, Valysar advirtió que a las mesas se servía una frugal cena a base de platillos pequeños. Aunque serían una bendición para el paladar después del pescado en salazón que llevaba más de una semana atorándosele en la garganta.
— Un día en mitad de la campaña — continuó ser Andrew. —, cuando los últimos opositores eran dos reinos rebeldes bautizados con los nombres de las familias a las que servían — Y le echó una mirada cuidadosa a Joanna y a su padre Walter, sentados a cinco o seis puestos, —, Arkwright y Ridpell…, Equidna cayó enferma de fiebre y el avance de la campaña del futuro Rey se detuvo de súbito durante meses. Se detuvo aquí, en realidad — Dibujó con el dedo toda la línea sinuosa que sesgaba a Dranova a la mitad. —. El rio Eris. La discordia entre tres naciones.
Mentiría al decir que el caballero no le había enseñado un par de cosas desde que estuviese bajo su manto, pero estas eran poco más que menudencias. Aun así, Valysar había estado asintiendo todo el tiempo, como si escuchase con especial atención su relato. Cuando a ser Andrew le fue servida su comida, hizo el favor de enmudecer. Por un minuto. Después, sus palabras se tornaron una voz más de fondo.
— Cabe acotar que… — empezó diciendo, mientras comía. Y a secas oyó fragmentos de cómo la Doncella de Bronce se había recuperado, y ella y Dante habían logrado la conquista de manera diplomática.
Nada más verla, por alguna razón, echó por tierra cualquier enseñanza. Esta vez llevaba el cabello suelto sobre los hombros, y un mal humor tan plasmado en el rostro mientras servía en las mesas que saltaba a la vista lo poco que le agradaba aquella actividad. No recordaría habérsele quedado viendo a Soul, con una diminuta sonrisa bailándole en los labios, pero cuando ella lo atrapó admirándola cayó en cuenta de lo que hacía. La muchacha se recogió un mechón de cabello ondulado de su semblante dotado por una extraña belleza, y se echó a reír.
Se complacía ella de un rostro peculiar. Tenía dientes grandes, sí, pero también una sonrisa hermosa, brillante, de perlas blancas y boca sonrosada. Cejas un tanto pobladas, y debajo unos grandes ojos marrones de largas pestañas.
Cruzaron un par de miradas, y cuando de reojo advirtió que otra sirvienta le tendía un plato con una especie pato al horno, Soul se acercó y rodeó toda la mesa larga para llegar hasta él con un jarrón de bebida en cada mano.
— Sin embargo, aquello fue algo que tardó casi dos años en concretarse — iba terminando de narrar ser Andrew. Su voz fue un restallido que abordó su mundo de sopetón, como un pinchazo de realidad. —. Por generaciones este rio fue una frontera de desigualdades no resueltas y una zona de tensión sin tregua para el entonces recién nacido reino de Dranova.
— ¿Agua o hidromiel, ser? — preguntó Soul. Por un instante pensó que no se refería a él.
— ¿Ahora resulta que sí soy un caballero? — respondió con aplomo y regocijo.
Ella no le contestó. En cambio, oprimió los labios para encubrir el gesto de dicha, y se inclinó para llenarle una copa de madera.
— ¿No estabas encarga de las jaulas de aves?
— Tengo más obligaciones de las que puedes pensar. Ser.
Y con la misma se retiró a servirle a alguien más. Creyó haber olido de ella la estela de dulzor que su aroma dejó junto a él. Después entendió que era solo la bebida. Se llevó una desilusión, pero…
« Da igual. El rostro se le ha endulzado ». Y la siguió con la mirada mientras iba de aquí para allá con mayor soltura y gallardía que antes. Al llevarse la copa a los labios descubrió que no podía siquiera beber por estarse riendo tontamente en silencio.
Su interés por ella había estado muy mal disimulado. La cara sin reparo que se le quedó a ser Andrew fue de una noble condolencia.
— También sé lo que se siente ser joven y enérgico, pero tened cuidado por donde pisáis. Si no, os hundiréis.
— ¿Disculpadme? — Se quedó de piedra.
— No es para vos, Maine — Y le colocó una mano en el hombro. —. Lo lamento, pero es una sirvienta. ¿Qué se diría de vos, si caéis tan bajo? No es asunto mío, pero os lo advierto.
Al darse cuenta de ello, sintió un nudo en el estómago y un escalofrío que le recorrió el cuerpo como un rayo. No recordaba haber sentido algo como aquello. Apenas tuvo voz para hacerse oír.
— No es lo pensáis, ser — se le ocurrió de pronto. —. Fui caballeroso al sacarla de un apuro esta mañana. Nada más eso.
— Amén por eso — Entrechocaron las copas en un brindis. —. De vos no se espera que seáis menos que vuestro padre. Lo más seguro es que heredéis su compañía de escoltas y la ensanchéis con más honor y gloria.
No tuvo tiempo a lamentarse, a echar la vista atrás, o mínimamente maldecir a su suerte por haber caído hasta el fondo de una trampa.
En un instante, el General al mando de las huestes surgió de una abertura trasera de la tienda. No fue de extrañar que aquellos quienes hasta entonces se habían mostrado impacientes por la demora de la partida, enmudecieran al verlo allí erguido y con el rostro inmutable como tenía por costumbre.
Los que se levantaron para darle la bienvenida fueron los mismos que no habían tocado sus comidas, la mayoría de los presentes.
— Ser, nos habéis tenido todo el día anclados a esta llanura sin dar razones, cuando deberíamos estar de camino al rio Eris. — Joanna Arkwright se había puesto de pie lentamente y tomado la palabra antes que todos los hombres, con un tono no excepto de acritud.
— Así se habla. — asintió un caballero con la Flor de Lis pintada en sable sobre el abdomen de la armadura lustrada. Y una tímida barahúnda se hizo escuchar entre el medio centenar.
— Fui en vuestra búsqueda al mediodía y la escolta no me permitió el paso. — confesó Walter Arkwright, dedicando una mirada desdeñosa a Dareon y Jerome, la pareja de hermanos que siempre andaban bajo la sombra del castellano.
— ¿Por qué, ser? — preguntó alguien en voz baja, sin muchos ánimos de exigir.
Nadie más allá de los Arkwright, en realidad, demandaba respuestas ávidamente; se guardaban la austeridad para sí mismos en presencia de ser Logan.
— Tomad asiento — les espetó en seco a todos. —. Tomad asiento y no me agotéis la paciencia. Bien, si así lo queréis, qué sea rápido — Él, que no era demasiado dado a dilaciones, de entre las láminas en oro negro de su armadura provisional retiró un trozo de papel, y lo mostró. —. Esta mañana estuvimos a punto de partir. Os encontrabais a la orden, pero esto me llegó un minuto antes. Y he estado cavilando desde entonces. Esto amerita una decisión que no se debe tomar a la ligera — Se acercó a una de las mesas, y el elegido fue el Bogatyr, quien recibió el papel con extrañeza. —. Está codificada. Ya la habré leído doscientas veces. Pasadla al siguiente, ser. Y antes de que preguntéis, procede del puño y letra del Gran Conde Jason de Novus Horizon, quién se adelantó sin saberlo a las circunstancias. Resulta que un grupillo de avanzada fue más allá de donde debía. Su comandante fue osado y desobedeció órdenes, sí, pero creo que se lo sabré agradecer. El hijastro descerebrado del Gran Conde quería ganarse unas cuantas palmaditas, supongo.
En un segundo irreal de dilación, Valysar mantenía los ojos puestos en aquellos caballeros y señores que se pasaban uno a uno el mensaje.
— No queda ni un alma en el corazón de Dranova. La Horda desmontó su campamento, y se fue de allí. — siguió, y después calló para que la oleada de consternación ahogase su silencio. Incontables fueron las maldiciones que se alzaron e irreconocibles las palabras que se mantuvieran atadas a la reflexión. — ¿¡Ya os escuchasteis!? ¡Callad, por Dios! ¡Parecéis niños! ¡Gobernaos!
Valysar no hizo más que palidecer en sepulcral silencio. Pero su caballero fue más allá. Ser Andrew se puso en pie, sereno.
— ¿Qué tan confiable es esta información, mío ser? ¿Cómo podemos estar seguros de que no es una estratagema disuasoria?
No por mera casualidad su mente acudió a Soul y al cuento del caballero ruin. El mensaje de ser Andrew había sido claro. ¿Pudiera ser que hubiese gato encerrado tras las sombras de aquel asunto? Esto dio lugar a que con su vista fuera buscando a la muchacha en cada rincón dentro de la carpa, pero fue inútil. Ya no se encontraba allí. De hecho, ninguna de las sirvientas se había quedado.
— Ya os dije que estaba en código, ¿no? ¿Y a puño y letra de lord Jason? — anunció a medio camino del desprecio. — El código marcial de las cartas cambia de reglas cada poco tiempo para mayor seguridad. Nada más mis capitanes de compañía, los líderes de las demás huestes y yo conocemos dicha codificación — Suspiró. —. No os mandé a llamar para que cuestionarais la veracidad de estas palabras, sino para que valoréis el peso de nuestra decisión. ¿Entendéis? Si no están allí donde nos decían, ¿dónde mierda podrían estar? Un gran perímetro fue oteado, y no se encontró ni rastro.
« Compartir la culpa es más liberador que compartir la gloria. », lo entendió.
— Un ejército de esos números no se esfuma de la noche a la mañana. — Un escudero ya entrado en edad pensó en voz alta, y de inmediato fue el objeto de las miradas.
— Ahh sí, los escuderos — saboreó con agrado el Ser. —, de ellos me olvidaba. Tengo algo para vosotros. Levantaos. — Aquello no solo tomó por sorpresa a Valysar, también a la otra docena de jóvenes. — Iros. Corred y anunciad al campamento que aquí tendrá lugar una pequeña y pasajera democracia. ¿Avanzaremos y reorganizaremos nuestras filas, todas ellas, en el rio Eris? ¿O qué cada hueste vuelva la marcha hacia su hogar? En el último caso, os aseguro que a la siguiente atacaremos con mayor agresividad y número. Lo que sea que ocurra, pero no nos quedaremos ni un minuto más. Como veis, no tendréis voto, pero si una voz. Así que, salid de mi vista.
Y salieron disparados cual saetas, cada uno por su lado. Valysar lo hizo por un costado de la tienda de campaña. De no ser porque lo vieron surgir de la carpa con desasosiego, el primer grupillo de caballeros con el que se encontró no lo habría tomado en serio. Le explicó que debían prepararse de inmediato para la partida, aunque hizo bien en no dar demasiados detalles.
— Vale, vale, escudero, ya comprendimos. — anunció uno de ellos.
— Me encargaré de correr la voz, Falso Caballero. — le aseguró uno de otro grupo.
« Imran, maldito seas.»
Para su sorpresa, al próximo que divisó fue a su amigo Rodrick, apenas a unos cinco pasos. El caballero del pelo blanco lo saludó de buena manera esta vez, pero Valysar desplazó la cortesía con la noticia sobre una partida apresurada. Y les concedió el dato del entonces furtivo paradero de la Horda.
— Rodrick, ve a por los caballos. — fue todo lo que ser Braxton dijo antes de marcharse a zancadas a algún lugar.
Pero Valysar detuvo al escudero con un jalón de brazo, y lo hizo quedarse. De repente, abrazó al miedo de sus inquietudes.
— Espera, se supone que debías estar vigilando a Soul.
— No puedo darme el lujo de estar de aquí para allá todo el día detrás de una cualquiera. Tengo obligaciones, al igual que tú.
— ¿Una cualquiera? — se le acercó, con una furia insólita a nada de desbordarle. — Rodrick, ¿dónde rayos está ahora?
— ¿Yo qué sé? La vi salir de la tienda en aquella dirección — Se giró para ver a donde señalaba, pero al volverse de regreso apreció en él un rastro de vergüenza. —. Valysar, ehh… También vi a ese tal Imran ir para allá.
— ¡Idiota! — lo empujó, pues una locura hasta entonces desconocida en él lo imperaba. — ¿¡Por qué no fuiste tras ella!? — No se quedó allí para oír su respuesta.
No consiguió odiarlo por más que quiso, aunque lo hubiese condenado en un comienzo. No se le daba bien odiar a alguien, por lo que fuera que hiciese. Y en lo que respectaba a Imran, esperaba el favor de Dios para que no pusiese a prueba su buena Fe. En seguida, el calor del momento fraguó un ímpetu en él de tal magnitud que no recordaría por cuánto hubo corrido y cuánto deseó que el siguiente vistazo al algún lugar diese con el rostro contento de la sirvienta.
En determinado punto, los encontró a ambos forcejeando. El bullicio de una mujer chillona lo llevó hasta ellos, abajo, al pie de una enorme depresión del terreno. Un sitio un tanto retirado dónde se encontraban además caballos, arcas vacías y un hombre que se tambaleaba, con una mano en el estómago y derramando sangre. Valysar al instante notó que era un guardia. La hierba alta lo engullía, mientras se alejaba.
Supuso lo peor.
A primera vista, advirtió que Imran llevaba un cuchillo ensangrentado en la mano y su espada en el cinto; Soul se encontraba ilesa, intentado poner distancia con un palo acabado en punta; la otra mujer, que a gritos suplicaba piedad, yacía detrás de Soul, en el suelo e intentando protegerse con los brazos. Al verla aún decorosa, aferrada a su integridad, no pudo más que dar gracias al Cielo. Sin embargo, no respiró aliviado. Claro que no, en cambio, desenfundó su espada que refulgió en el aire con uno de los últimos minutos de vida del sol. Sin el más mínimo aviso o vacilación, lo atacó por un costado. Pero se reservó el deshonor de enviarlo a la otra vida de un tajo.
Imran se giró antes de recibir el golpe, aunque nada pudo hacer para evitar caerse dando tumbos al suelo. La inercia de la embestida y el espanto lo hicieron rodar, y clavarse el cuchillo en la pierna por error.
— ¿Esto es lo que querías, Imran? — escupió el escudero con sumo desprecio. Se acercó a él con la espada en manos. Por más que los instintos de la caballería le gritaran que lo asesinase, buscaba mantener la mente fría. — ¿Hacer de mujeres indefensas tus esposas de una noche?
El soldado de inmediato se apoyó en la rodilla de su pierna buena, y retiró la espada de su vaina. Sin embargo, a Valysar le bastó con poner un poco de su empeño en desármalo, arrojándole una estocada. El filo de su espada le besó la punta de los dedos, y los hizo llorar sangre. El acero y los trocitos de uña y carne del enemigo salieron volando.
— ¡No, por favor! — escuchó de una súplica entre llantos. No se trataba de Soul, podía apostarlo. — ¡Déjalo! Por favor.
— Acaba con ese tipejo ahora, Valysar. — Aquella sí qué era su bendita voz.
— Eres un perrocostra y arrastrado. Coño, ya déjame en paz — le dedicó Imran con una risa agotada, como a punto de echarse a llorar —. Me cago en tu… Joder, como duele. Qué niñato barbudo me ha tocado y qué pesado eres. ¡Solo me quería desahogar con ella! ¿Qué nunca has tenido esa necesidad de sacar todo lo que llevas dentro? — Y se echó al suelo de espaldas, como resignado.
No se había percatado hasta aquel momento. Imran podía llegar a tener más aspecto de bufón que de soldado. En su rostro y expresiones se dibujaba una cómica tragedia, mostrándose más dispuesto a quejarse que a luchar. Aun así, nadie estaba para risas. Valysar se acercó, y lo apuntó con el arma.
— La única necesidad que siento es la de cumplir con lo que se me enseñó. A los que roban sin necesidad se les cortan las manos. ¿Qué crees que se hace con los violadores? — Y le pinchó con suavidad el bulto de la entrepierna desaforada.
— ¡No lo hagáis! — escuchó de la mujer chillona. Cuando giró el cuello, se llevó una terrible sorpresa. Soul la agarraba por los pelos con una mano. — ¡Ser, por favor! ¡Piedad! — La mantenía bien sujeta, o al menos así fue hasta que la mujer se zarandeó como pez fuera del agua. Después, se precipitó a morderle a Soul la mano que llevaba suelta. La empujó con todo el peso de su cuerpo, mientras se alzaba, provocando que Soul tropezara y cayese al piso. Ni bien consiguió liberarse, corrió hasta Valysar, y lo hizo retroceder de puro asombro. — ¡Os lo ruego! ¡Si pensáis en asesinarlo, tendréis que empezar conmigo!
Se había abalanzado sobre Imran para interponerse entre ambos. Llevaba ella un rostro dócil que parecía anunciarle que le besaría los pies de buena gana a cambio de sus vidas. Con la nariz chata, la frente amplia, y las cejas gruesas, no era una mujer precisamente bella.
— Pero ¿esto que es?
— Imran, te lo dije — le recriminó en un mar de lágrimas. —. Te dije, amor mío, que no lo hiciéramos. No la necesitas a ella también, me tienes a mí. Si no te complací, déjame hacerlo otra vez. Saciaré todas tus necesidades, ya verás.
— ¿Qué rayos? — Valysar la cruda realidad aún no la digería.
— Si no vas a arrancarles la cabeza, deja que yo lo haga. ¡Me enferman! — anunció Soul, posicionándose a su lado, desdeñosa. Y con infinita razón.
— ¿Todas mis necesidades? — Por más absurdo que fuese, el bufón hacía como si nada hubiese realmente ocurrido. Se apretó los minúsculos muñones de los dedos, y gimió de dolor. — ¿Tienes hermanas? ¿Alguna prima?
— Sí, las tengo.
— ¿Alguna que sea bonita? Noo, solo estoy bromeando.
Sintió lástima por ella, quien sería uno de esos amores de una noche. Puso la espada de vuelta en su vaina, pues Imran el Dispar no le había dado suficientes razones para matarlo u odiarlo, más allá del guardia al que hiriese en el afán incontrolable de saciar su apetito. Alguien se encargaría de ajusticiarlo por aquella fechoría.
— Sois tal para cual — le espetó con cierto asco. —. Iros antes de que me arrepienta. Pero no creas, Imran, que esto no lo haré llegar al general. Casi matas a un hombre. Esta vez, desenfundé. La próxima no tendré piedad contigo.
— No fui yo, imbécil, quien lo hizo.
En pocos segundos, se libró una lucha nada gloriosa en la que el despreciable soldado se retiró cojeando y apoyándose en el hombro de aquella pobre mujer enamorada hasta la locura.
Cuando se volvió hacia Soul, rescató un asombro nada incipiente en su rostro.
— ¿Te hicieron algún daño? — Valysar le tendió una mano para ayudarla, pero ella lo rechazó y se levantó por sus propios medios.
— Yo… Yo habría podido con él, con los dos, si hubieses tardado un minuto más — Luego, sacudió la cabeza, y el laberinto de emociones que era su ceño se desbarató. —. Pero, no. No, estoy bien.
Y finalmente pudo respirar tranquilo.
— Al parecer ahora estás en deuda conmigo. — le dijo con una sonrisa.
Ella le sonrió de vuelta, pero no dijo nada. A Valysar le costaba admitir lo débil que lo hacía sentirse, cuando se le quedaba observando con aquel gesto y sin decir palabra.
— Soul, tienes que decirme todo lo que sepas sobre ese caballero. Si lo que dices es cierto, un hombre como él nos viene mejor con grilletes en las manos en lugar de una espada.
— ¿Sigues con eso? Él no está aquí. — Sus palabras le sentaron como una patada en el estómago. Había creído desde un primer momento que, si lo atrapaba, obtendría el crédito, como un caballero desmontado a otro en una justa obteniendo un trocito de gloria. — ¿No te lo dije ya? Lo importante es que cuando vuelva a casa, veré su cabeza clavada en una lanza.
— Comprendo, debiste empezar por ahí. — Se retiró un paso, cabizbajo, pero Soul lo cogió por un codo, y lo obligó a quedarse. Rescató de ella el mismo gesto de desilusión que había creído era solo suyo.
— ¿Por eso viniste? ¿Por qué querías atrapar a ese hombre del que nada sabes? ¿Por eso también le pediste a tu amigo nada discreto que me siguiera?
— Quería velar por tu seguridad — Al entender que ella no diría nada, prosiguió. — ¿Qué acto más atroz que el que Imran tenía pensado? Gracias a Dios no consiguió siquiera tocarte. Gracias a Dios, porque de lo contrario tendría que haberlo matado y después atenerme a las consecuencias.
— Ah, ¿sí? ¿Lo juras? — Pese a la poca luz, los ojos castaño claro destellaron.
— Todo lo que digo es cierto — dijo, como si en verdad lo jurara. —. Siempre.
— Con el tiempo me he convencido de que — inició mientras se apegaba a él y lentamente lo envolvía a la altura del torso con sus brazos. — la mitad de los hombres son unos cerdos que practican malos tratos para obtener lo único en lo que piensan; y la otra mitad solo es gentil, como medio para llevarlas a la cama — A dos dedos o menos de distancia, estaba tan cerca de él como para respirar de su aliento y que lo encerrase su aroma. Los ojos de ella quedaban a la altura de los labios de Valysar; y lucía como si no le bastara con nada más verlos. —. Y todo lo que digo es también cierto, ¿no es así?
En esta ocasión, fue él quien se ahogó en su propio silencio. El temor de enfrentarse algo para lo que no estaba preparado le aceleró el pulso rápidamente. Cuando Soul se inclinó y le presionó la boca con sus labios, se dejó llevar, pero a sabiendas de que su honor sería la verdadera víctima de sus tratos. Los encantos de aquella mujer le obstruyeron la razón, y cedió bajo la presión del beso. Y el juego al que solo jugaban los amantes lo sedujo por más tiempo del que hubiese pensado. O querido.
Solo Dios supo cuánto tiempo transcurrió hasta que surgiese el primer pensamiento, concebido por una caricia de ella que se deslizaba por debajo de su abdomen. Lo siguiente que Valysar notó fue que la muchacha batallaba por desanudarle el lazo. El intento fue torpe, casi desesperado, así que aprisa decidió introducirle una mano en el pantalón, mientras aún mantenía su boca húmeda fundida a la suya con el ardor de sus cuerpos.
— No, espera — consiguió gemir en el efímero instante en que se despegó de ella, pero al siguiente tuvo la boca ocupada nuevamente por su pasión desenfrenada. — Soul. — La empujó con fuerza hacia atrás. Sentía el corazón atorado en la garganta. — ¡Basta, Soul! No.
La mujer trastabilló, tanto que casi cae sin remedio a la hierba. Al final se sostuvo de pie, aunque ya era tarde para conservar de paso también el orgullo.
— ¿¡Qué eres, Valysar, idiota o impotente? — le rugió como una leona, limpiándose la saliva con el dorso de la mano.
« No, un hombre de Dios. También alguien que cumple su palabra », pensó, aunque con la vergüenza evidente de quién había cometido el pecado. Sin embargo, no se ruborizó, ya estaba demasiado curtido en la batalla como para ello. Anudándose el pantalón, trató de hacer como que nada había ocurrido. Pero estaba en un error. No podía mentirse a sí mismo. Por unos segundos había ansiado yacer junto a ella y dentro de ella, al igual que dos amentes.
— Idiota. — sentenció Soul con un amargado murmullo.
— Es demasiado, no puedo hacerlo. — « No me lo permito. »
— ¿Es que acaso nunca has estado con una mujer? — De repente, lo observó de pies a cabeza con una mirada que narraba náuseas — ¿O te van más las pollas?
— No, no.
— ¿No qué?
— Ninguna de las dos. — Ya era tarde para recuperar la compostura. Para él. Pues Soul se acomodó los cabellos revueltos, y se echó a reír.
— Ay, cariño, qué dulce resultaste. Olvidé que eras solo un escudero, apenas un hombre que acaba de madurar. — Sus carcajadas de júbilo tardaban demasiado en morir.
— No veo lo gracioso.
— Ni yo — Se pasó una mano por los ojos para lavarse las lágrimas. —. Al contrario, me da gusto que te aterres de esa manera tan… — Y reanudó la marcha hacia él. — tan inaceptable — Valysar, indeciso a ratos, pues el demonio aún lo tentaba con sus artimañas, permitió que llegara hasta él. Soul le quitó de la barba los rastros de su saliva. —. Seré unos cuántos años mayor, pero tengo muucho que enseñarte.
— Soul, no sé si deba. No puedo. Bueno, es que no debo.
— Veo que impotente no eres — le dijo deliciosamente al oído, al rozarle con la rodilla su entrepierna endureciéndose. —. Te deseo, es lo que sé, y veo que tú también me deseas. Déjate llevar, por esto, que vale más que cualquier otra cosa.
— ¿Aunque no nos amemos? — Cerró los ojos, y dio un salto de Fe.
— ¿Qué? ¿Qué tiene que ver el amor en esto?
— ¿Aunque sea un caballero y tú una sirvienta?
— Sí, sí y sí. Creo que serás de esos caballeros de los que cuentan las leyendas. No eres como él, nunca lo serás. Serás mi caballero, mi protector, mi amante.
— Pero no tú esposo. — le confesó con un suspiro de desilusión que supo desvanecer a cabalidad su antojo traicionero —. Soy un hombre de Dios, Soul. Entiéndelo. Debo mantenerme casto hasta el día en que contraiga nupcias con una mujer. Una mujer noble.
« No hay nada más peligroso que una mujer fría y con coraje a la que se le ha importunado », le hizo saber una voz en su mente. Después, cuando prestó atención a la ira que se acumulaba en aquellos ojos castaños, se enteró que era la voz de su tío.
Ella lo observó con maniático disgusto que velozmente degeneró en odio.
— Desgraciado infeliz. — Y le arrojó un trozo de leña que cogió del suelo. Al enterarse de que había fallado, como una fierecilla se le echó al cuello a punta de manotazos y patadas. Lo intentó por todos los medios, por izquierda, por derecha, por debajo, pero solo consiguió asestarle dos bofetadas a Valysar, quién se protegía extendiendo los brazos entre ellos. Aunque, a decir verdad, la sarta de insultos sí le llovían con mayores aciertos. Y antes de lograr contenerla, se llevó un nada despreciable puntapié en la cara externa de la pierna. Tomó aquel último golpe como una victoria, puesto que había conseguido desviar el ataque que iba dirigido a sus gónadas.
Al cabo de un rato y sin importarle que todo dios la escuchase en el campamento, su ira, fruto amargo del despecho, rozaba las estrellas sobre sus cabezas.
— ¡Espero que la Horda de las Bestias haga que te pudras bajo tierra! ¡Tú y todos los putos caballeros de Dranova!
Los sonidos de un ejército despertando su aliento a cuentagotas le llegaron junto al viento y una brizna de horror.
— ¡Por Dios, haz silencio! Todos te escucharán.
Y casi de inmediato se dio cuenta de su error y del peso de sus palabras. Palideció, tan blanca como el vestido de lana que la cubría. La historia de rencor que contaban sus facciones se fue deteriorando con el tiempo y con las voces extrañas que se iban sumando, para dejar pasado a un miedo infantil, uno que Valysar no se explicaba.
— ¿¡Qué significa esto!? — consiguió rescatar de aquella marea turbia de frases que chocaban unas contra otras como olas.
Sin embargo, no había nadie más alrededor, lo cual fue a la vez fuente de alivio y de perplejidad.
— ¿¡Y estos quienes son!? — gritó alguien con una voz parecida a la de ser Braxton. Posiblemente fuera él.
— ¡Dejadlos pasar! ¡Qué los dejéis pasar, coño!
Ambos comprendieron al unísono que aquellos clamores desesperados provenían todos de la parte occidental del campamento y que nada tenían que ver con ellos.
— Sigo teniendo la razón acerca de todos los hombres, porque tú no eres un hombre, Valysar. — Fue lo último que escuchó en labios de Soul antes de que desapareciera bajo las sombras de la noche, corriendo en dirección contraria a las voces.
En un instante de debilidad, se permitió suspirar por ella, su dama de baja alcurnia, quién de alguna forma había sabido calar profundo dentro de él. Pero en contraste a este suplicio, no podía sentirse menos que satisfecho y en salvedad con sus creencias y a todo lo que le habían enseñado. Continuaba con rectitud.
Una vez hubo vuelto en sí mismo, advirtió el apenas perceptible calor húmedo que emanaba su mano de la espada y de la mancha de sangre entre sus dedos.
« Habrá sido Imran. », pensó.
El último rayo de sol se extinguió mientras corría hacia la tienda de campaña. Mayor fue su sorpresa al alzar la vista, pues insólito era lo que sucedía por encima de la tierra convulsa. Tres cometas empezaban a asomar en el cielo, deslizándose con lentitud a través de la bóveda celeste, y sus estelas largas parecían abrir heridas a su paso. Hasta entonces de ellos no había escuchado o visto nada semejante. Y a pesar de la extrañeza y grandiosidad de aquel suceso que se confundiese con un milagro, no tuvo tiempo ni caprichos de detenerse.
Para cuando arribó al sitio, se encontró con que una multitud de soldados se fundía en los alrededores. Unos pocos correteaban agitados, al igual que él, cuando gran parte del ejército se mostraba presto para una escaramuza y no para una puesta en marcha. Se abrió camino entre los congregados y la semioscuridad, pues nadie se había preocupado en encender una maldita antorcha.
— ¿Qué demonios está sucediendo? — le arrojó a Rodrick, quien no hizo más que encogerse de hombros con el semblante congelado en una expresión de perplejidad. Misma que compartía con los soldados que allí se encontraban y aquellos que seguían llegando.
No comprendía por qué nadie actuaba, y supuso lo peor al percibir que la parte delantera del pabellón se hallaba resquebrajada y los trozos de tela tremolaban al viento. Así que cerró los dedos en torno a la empuñadura de su espada e irrumpió en la tienda con determinación. E incluso así, todo lo que habría podido decir o hacer murió en el acto. Los Cadzows no habían tensado sus cuerdas todavía, pero se hallaban con una flecha en el arco, prevenidos para dispararla dada la orden.
— Vosotros dos, ¿¡qué significa esto!? — se oyó vociferar al General con iracundo vozarrón. Ambos individuos a lomos de trotones descabalgaron de un salto. Llevaban ropajes y rostros teñidos por la intemperie y la extenuación. Valysar los dio por campesinos, pero ostentaban un porte saludable y en muy buena forma. — Aguardad, ¿acaso sois…?
— Ser — se adelantó uno de ellos —, dejamos nuestras armaduras que juramos nunca quitar en servicio, porque así lo demandaban las circunstancias.
El segundo no se quedó atrás, y dio unos cuantos pasos en medio de jadeos.
— Nuestros corceles los cambiamos por otros que encontramos, cuando ya no pudieron más — Dobló una rodilla y desenfundó la espada. Después se habría dejado ver que en realidad había caído al suelo, presa del agotamiento. Reconoció al caballero por la hoja brillante del arma que portase, cuando la hundió en la tierra. —. Pero nos tenéis a nosotros como prueba inequívoca, ser Logan.
Cada par de ojos se encontró a la expectativa. Aun cuando más de uno no conociese sus rostros, desde luego los reconocían por el fulgor de sus espadas platinadas. Y Valysar Maine con espanto echó al abismo del olvido a Soul, al caballero perverso y a toda idea acerca del rio Eris.
— No ha sido Raymond Hailstone el mayor traidor — sentenció ser Lancelot —, sino el Consejero del Rey. Os ha vendido humo. Regresad a la Capital, todos, ahora.
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