La puerta se abrió, chirriante, desde dentro. La mano de uno de los Caballeros Platinados lo empujó hacia delante. Vyler no supo cuál de todos los traidores al Reino lo había escoltado hasta la entrada de la torre. Desde el intento de escape de Konash y los hombres de su compañía, a sus captores se le aflojaba la mano al menor gesto, y puesto que a Vyler se le translucía todo su desprecio en el rostro, había concluido no mirar al enemigo a los ojos. Se limitaba a verlos a la altura del peto, pero sin nunca llegar a bajar la mirada del todo.
— Maine.
En cambio, tuvo que levantar la vista rápidamente al oír su voz. Fue más un gesto instintivo que uno de estupor. Sabía que aquel hombre recorría el castillo como un lobo en busca de su presa. Hacía veintidós años que lo viera por última vez, pero su aspecto no había cambiado demasiado. Aún seguía teniendo toda la pinta de mala persona estampada en su faz. El tiempo no le había traído justicia. Tan solo le había regalado unas arrugas y un par de cicatrices. En presencia de otros, no tendría que llamarlo Raymond. Tampoco se referiría a él como Majestad, y mucho menos como ser Raymond. No se merecía ninguno de sus títulos.
— Ser Vyler, hijo de ser Vyken, de la Compañía de Escoltas Maine — dijo riéndose con una amarga risotada — ¿Dónde está tu padre ahora?
— Muerto.
— Veo que el tiempo se me adelantó. — Y una mueca de disgusto le borró la sonrisa.
— Murió feliz — añadió Vyler, como intentado remover el cuchillo entre sus entrañas. —, satisfecho de todo lo conseguido en vida.
El traidor torció de nuevo la boca, sopesando el comentario, antes de echar a reírse, mientras se acercaba. La suya era una risa muy profunda, ahogada en la garganta, casi como el gruñido de un animal a punto de atacar. Como si deseara arrojársele encima en cualquier segundo.
— No tengo nada en contra de tu hijo o de tu hermano, pero si presenciar sus muertes consigue herirte, los mataré con gusto. ¿Dónde está el crío?
Vyler estaba libre de sus cadenas, pero incluso las cadenas habrían podido servirle como armas en aquel momento.
— Doy gracias a Dios porque esté fuera.
— Se fue con Logan, entonces… Tienes una esposa y una hija — Y giró su cabeza hacia el sujeto que había abierto la puerta. —. ¿Las encontraste ya?
— La casa está vacía.
La base de la torre estaba bien amueblada e iluminada por candelabros y fungía como una especie de antesala para el resto del fortín. Un lugar cuanto menos peculiar había elegido Raymond para matarlo, o por lo menos torturarlo.
— Y vaya casa de seguro que es, Maine — continuó diciendo, intentado ocultar la amargura tras un diáfano velo de tranquilidad. —. Viviendo de las ganancias de tu compañía de escoltas.
— He dedicado la vida a causas tan justas como generosas. A diferencia de otros.
— Continuad buscando a la familia — ordenó, sin hacer apenas caso de lo que Vyler le decía. —. A la niña solo la mataré. Por otro lado, a la madre le haré primero sufrir ante tus ojos.
«No las encontrareis. — le hubiera gustado añadir en voz alta. — No a mi Grace y Elizabeth.»
— Déjamelo un par de horas. Le sacaré todo lo que sabe. — mencionó con astucia, el súbdito de Raymond. Celta, pudiera ser, aunque vistiera como un hombre civilizado.
— No, no haré que lo torturen — apuntó Raymond calmadamente. Giró una silla y se sentó a horcajadas, apoyando los brazos en el respaldo, y le indicó a Vyler que tomara asiento. —. Te necesito, Vyler, en plena forma. Una vez me convierta en Demogorgón, destrozaré solo con mis manos a toda tu compañía, a todos los hombres que te han seguido, incluso a todo aquel que se haga llamar «ser» que consigamos. Cien hombres armados, cien caballeros, contra un único semi-dios. Tu hermano no tuvo nada que ver en lo que ocurrió aquel día, pero dicen que es el mejor espadachín de este reino y puede que de este lado del mundo. También lo destriparé en el campo de batalla.
Raymond o Rex Azus, como también gustaba que lo llamaran, se le mantuvo viendo. Quizás aguardando una réplica o, simple y llanamente, disfrutaba de cada segundo de su venganza. Después de dos décadas rogándole a Dios para que le quitara la vida y lo arrojara a los Infiernos, lo tenía delante, más vivo y fuerte que nunca, cara a cara, a pesar de todas las atrocidades que había cometido.
— Dile a tus hombres que revisen de nuevo la residencia. De pies a cabeza. El ático y el sótano también. Y todas las casas de alrededor — Cuando el súbdito salió de la torre, Raymond puso de nuevo sus ojos negros sobre él. —. No te haces a la idea de cuantas ganas tengo de desmembrarte aun estando vivo. Pero he esperado esto durante mucho tiempo. No me importa esperar una semana más.
— ¿Eso es lo quieres? ¿Convertirte en un demonio en cuerpo y alma? Vas a morir contra la Bestia. — El desprecio que su boca conseguía oprimir se le escapaba por los ojos. Y por más que Vyler intentara fusilarlo con la mirada, Raymond no parecía reaccionar con la misma agresividad de sus hombres.
— Poco probable. Aunque toda acción que cometes trae consigo un riesgo. Y aquí estoy. Todavía en pie de lucha. ¿Crees que me importa si me muero en el intento? Me quitasteis todo lo que tenía. Mi libertad, mis posesiones, todos mis deseos, hace más de veinte putos años, y ahora a la mujer a la que amo.
— ¿Está muerta? ¿Aloy? — El golpe que le asestó el pecho fue frío y contundente, pero dejó atrás una extraña sensación de alivio. — Que Dios la tenga en su gloria. Mejor en el Cielo que al lado de alguien como tú.
Por fin, el rostro de serenidad del traidor se inmutó. Se echó hacia delante en la silla.
— ¿Sabes qué? Voy a desmembrarte, brazos y piernas. Tengo a un hechicero de sangre que podrá mantenerte con vida, mientras te torturo. Verás todo lo que voy a hacerle a esta nación de mierda, y sabrás que has tenido parte de la culpa. — Iba diciendo, como deleitándose de alegría con cada palabra. — Voy a masacrar a la Casa Real de los Liongborth. Voy a borrar la estirpe de los Maine. Eso será lo más sencillo, lo más rápido. Luego, me dedicaré a arrasar con la Iglesia Cristiana, no solo en Dranova; en todo el continente. Puede que incluso haga desaparecer todo linaje y toda costumbre de esa isla de la que formaba parte tu pueblo. Solo por diversión. — Hizo una pausa, removiéndose como entusiasmado sobre el asiento. — ¿Qué haré después? La vida de un Demogorgón es longeva. Dedicaré la mitad de todo ese tiempo en encontrar a Atenea Pryce.
«Atenea, niña, eres muy joven todavía para morir. Espero que estés con vida. Segura. Lejos de aquí». Le vino a la mente la imagen de la pequeña durante su bautizo. Y pensar que no la había vuelto a ver hasta unos pocos días atrás.
— ¿La conoces? — inquirió Raymond, arqueando las cejas. No aguardó respuesta. — El Infierno ha caído sobre la tierra, Maine. Voy a encontrarla. Y esta vez no habrá Iglesia, no habrá Maine, no habrá Corona que me lo impida. Tendré todo de vuelta. Mi libertad, mis riquezas, más tierra y poder que lo que mi Casa alguna vez tuvo. Tendré de vuelta a la mujer a la que amo, o al menos lo que queda de ella.
Se concentró en el peso de la cruz de plata que llevaba escondida bajo la ropa, sobre su pecho, a modo de llenar aquel vacío. Si Aloy realmente estaba muerta, Marcus se habría ido junto con ella. Era una apuesta casi segura, y Vyler lamentaba que su pesimismo tuviera las de ganar. Su buen amigo de la juventud. Si resultaba que era verdad, Atenea estaba sola en el mundo. Una espada y un escudo era todo lo que la chica tenía para apoyarse. Ojalá Dios también le otorgase gran habilidad y fuerza.
— Sigues viviendo del pasado. Necio, insensato, sin honor. — le reprochó Vyler, moviendo la cabeza con pesar. — Todos estos años no te han servido para admitir tus propios errores. Traicionaste tus votos y mataste gente para escapar.
— El único error que cometí fue el de ser demasiado joven, demasiado estúpido, cuando pronuncié esos votos. Me endulzaron el oído con palabrería, con mentiras. Me dieron falsas esperanzas. Y no encontré más que desilusión. Solo pretendía renunciar a mi antigua vida, y vosotros no lo quisisteis así.
Aquel autoproclamado Rey que tenía delante había cambiado su espada platinada por un arma símbolo de los celtas, pero seguía siendo el mismo hombre. El mismo desgraciado sin corazón.
— Un buen hombre, un caballero de verdad, no haría nunca lo que hiciste — dijo derramando repugnancia sobre cada palabra. — Te llevaste a una mujer a la fuerza como rehén. Era inocente, estaba indefensa. Lo que le hicisteis pasar…
— Mentiras — gruñó entre dientes, incorporándose de la silla. — Mentiras proferidas por un Rey, para difamarme — Raymond se dio la vuelta, y desechó la idea con un gesto de mano. Vyler creyó entonces que el traidor iría a por la espada apoyada en la mesa, de manera que se levantó lentamente y recorrió la habitación con la mirada en busca de un arma, pero en su lugar no encontró más que confusión. Raymond ignoró la espada, y se quedó observando con melancolía el mechón de pelo rubio sobre la mesa. — Una mujer así de hermosa, desprotegida… ¿Sabes lo mal que lo pasó antes de que yo llegara? Hice todo lo que pude para velar por su seguridad durante medio año. Cuando decidí irme, la llevé conmigo. No iba a dejarla sola ni tampoco que volviera a servir en mesas de otros nobles. Iba a darle una buena vida, con todas las riquezas de la Casa Hailstone. Riquezas que me pertenecían.
— La violaste.
Vio su cuello hincharse de la ira, cuando se dio la vuelta. Apretó la mandíbula.
— No lo hice.
— Hablo en palabras de ella. La mantuviste cautiva. La torturaste, no físicamente, no querías estropear su cuerpo, sino su mente. Ella se rehusó…
Oprimió los dientes, como intentado tragarse el grito que estaba por surgir. La cicatriz de debajo de la oreja le llegaba hasta su mentón, y parecía deslizarse mientras rezongaba. Aquella marca era el recuerdo grabado en su piel de la salvación, de su suerte en el combate, y el eterno remordimiento de ser Vyler como caballero. Si el filo de su espada hubiera calado unos centímetros más, o si tan solo Raymond no hubiera ladeado la cabeza en aquella pelea, ninguno de los males que azotaba la ciudad habría ocurrido. Raymond habría muerto antes de siquiera unirse a los celtas, y Marcus y él habrían vivido en paz el resto de sus días.
«Fallé. Y porque poco». Marcus había sido tan buen espadachín como Vyler. Sin embargo, Raymond siempre se había desempeñado mejor que todos los demás. Había hecho falta que ambos lo arrinconaran aquel día en el lago Halfmoon en un duelo dos contra uno, e incluso así no consiguieron detenerlo.
— Claro que se rehusó — comenzó diciendo Raymond al cabo de un rato. —. Solo al principio. Porque tuve que matar a un par de hombres ante sus ojos. Dos caballeros platinados que me perseguían. Entró en pánico. Creyó que estaba loco, aunque lo hiciese por los dos. Y no la culpo. Era demasiado buena persona, pero eso me gustaba de ella. No teníamos tiempo, así que me la lleve a la fuerza. Le tomó días aceptarme de buena gana, aunque nunca me volvió a mirar de la misma forma.
El traidor se quedó observando a la nada, con un rostro de pronto cansado. Se hizo un silencio de muerte hasta el instante en el que se escuchó la puerta abrir. Era el guardia de antes, quién había regresado.
— Raymond… — dijo Vyler con cautela. —. No vas a conseguir todo lo que te propones. No necesito recurrir a Dios para saberlo. Ningún hombre consigue todo lo que se propone.
— Ya perdí la paciencia contigo. Después de veinte años en el exilio, esta es una de las primeras veces en las que puedo intentar defenderme de las acusaciones. Debería sentir ira, al menos decepción, de que gente como tu deseche mis testimonios con tantísima facilidad, salvo que no es así. Siento alivio de por fin poder defenderme. Mis pecados no son ni la mitad de lo que me acusáis vosotros, ni mucho menos la mitad de atroces. Sin embargo, vivirás lo suficiente como para ver todos los demás pecados que estoy dispuesto a cometer ahora. No era tan malo como pensáis, pero puedo llegar a serlo, incluso más de lo que imagináis, Dranova. — Y le hizo una seña al guardia para que se acercara.
— Espera — añadió, cuando Raymond estaba por irse. — ¿Quieres hacer frente a cien soldados a la vez? Todo caballero al que quieras desafiar, y eso incluye a mis hombres, necesitarán más agua y comida, con los que llegar fuertes al día del enfrentamiento. Si estás tan confiado, puedes darnos eso.
— Bien.
— Estar sentados y encadenados no le hacen bien al cuerpo. Déjanos recuperar forma, aunque sea a través de trabajos forzados.
La suya fue una corta y profunda risa, casi gutural, antes de dedicarle una última mirada.
— No hay honor ni orgullo que valga en la esclavitud, ser Vyler. Pero… ¿Cómo ibas a saberlo? Nunca has puesto tu vida entera al servicio de alguien más.
Raymond salió por la puerta, mientras uno de sus súbditos lo cogía del brazo y lo instaba a que subiera los escalones que llevaban hacia solo Dios sabría dónde. Dejaron atrás el vestíbulo.
«Mi padre, el Rey Leonor y su padre, ser Arthur, Aloy y mi buen amigo Marcus… Somos pocos los de la antigua generación que aún continuamos aquí».
A través de una escalera enroscada, subió conducido por el guardia hacia el primer piso de la torre. La habitación que apareció delante lucía como una especie de limbo perdido en el tiempo. Era una estancia amplia, de color gris, en forma circular. Los sirvientes de la Corona, ahora convertidos en siervos de la Horda, desempolvaban el mobiliario bajo luces mortecinas. No había soldados entre ellos, y aun así estos buenos hombres y mujeres obedecían al silencio y a la tranquilidad de su labor. Vyler recibió con un suspiro de alivio la mirada de un rostro conocido. Nora, su antigua criada, seguía con vida.
El celta lo empujó con una mano para que siguiera su camino al segundo piso.
Los sonidos que rebotaban en los muros precedieron a las mil y una perversiones que se cocían en aquel lugar. La sala era un despilfarro de inmoralidades, donde hombres y mujeres se habían abandonado a la más absoluta depravación de sus carnes, donde los gemidos de dolor y chillidos de placer se hacían escuchar a partes iguales. Era como estar en el averno, que para monstruos como aquellos era un lugar al que llamaban costumbre. Mirase hacia donde mirase, tenía lugar una desgracia. Vio como dos mujeres eran obligadas a darse amor usando sus manos ante la amenaza del hacha de lascivos soldados. Vio a tres hombres arrinconar a un joven al fondo de la sala y levantarlo en brazos para practicar con él la sodomía y la humillación; a otro, ser bañado en fluidos, en contra su voluntad. Vio allí incluso a mujeres demasiado mayores como para volver nunca a ser madres. Y los había, además, desvergonzados quienes cuyo umbral del placer solo se alcanzaba violentado a látigos a sus víctimas.
Paganos, impíos, aquella era la manera que tenían de honrar a sus demonios; la única forma que los salvajes concebían para comportarse. Hubo tiempos, no muy lejanos, en los que la Capital era considerada por muchos un pequeño paraíso en la tierra.
«Y estos malditos la han convertido en la Capital de los Infiernos.»
Su lado más piadoso lo hizo volver el rostro con asco, en busca de alivio en su mente hasta recordar que había conocido martirios mucho peores, como las escaramuzas de una batalla, cuando la mitad de los combatientes yacían en el suelo muertos o moribundos, pisoteados por los que aún quedaban en pie.
Esta vez, el celta que lo acompañaba no lo apremió de inmediato para que continuara subiendo. En cuanto al tercer piso, había quienes aún celebraban su victoria, ocurrida hacía ya más de una semana, surtiéndose con todo el exceso de comida y bebida que se había producido durante las cosechas. Sus enemigos comían de grandes manjares, como una manada de cerdos y jabalíes cebándose con las carnes de otros animales más nobles que cualquiera de ellos. El olor de la comida lo hizo darse cuenta de lo hambriento que estaba. Y rumió con tristeza el hecho de que la ciudad había caído durante el Festival del Otoño. Para aquel entonces ya estaban entrando en el invierno, y las fiestas tradicionales no habían llegado a tener un cierre digno.
«El bendito festival… Solían ser los días más felices de la ciudad. Los de mayor abundancia. Solíamos dar gracias al Cielo, en lugar de pedirle ayuda.»
En el cuarto piso, tres hombres separaban las monedas de plata de las de oro, y las arrojaban a sus respectivos cofres, mientras otros dos sujetos no se ponían de acuerdo en las cantidades que debían repartirse aquel pequeño trozo del saqueo. Antes de perderlos de vista, advirtió a una chica llevarse una mano rápida a la cintura, cuando pasaba por la mesa. Alguien la pilló y la señaló con una mano para que todos la vieran. El guardia que iba con Vyler rio.
Y la pelea por las monedas que no alcanzó a ver, se hizo presente en el piso de arriba, donde un puñado de bárbaros discutían acaloradamente. No llegó a saber el motivo. El celta era un idioma que a sus oídos era extraño y, a la vez, desagradable.
El sexto círculo de la torre encontró a Vyler preparado para lo que fuera. De entrada, parecía tranquilo, casi vacío, salvo por un grupo sentado a una mesa. El guardia saludó a una tal Iloura y una chica levantó la mano en respuesta. Vyler había conocido sus aficiones, aunque no su nombre. Era una mujer joven, con un extraño gusto por el fuego. Una bruja. Una hereje, al igual que su amigo sentado a su derecha. Hilillos de sangre habían salido de sus dedos la primera vez que la vio, trazando en el aire un hechizo de los que traían muerte y peste destructora. Si no estuviera con la boca tan seca, Vyler habría escupido al suelo.
Un momento más tarde, en el piso siguiente, estalló una pelea entre un hombre y una mujer. Ninguno llevaba armas a la vista. Se batían a duelo a puño limpio, propinándose una patada alguna que otra vez. Los celtas de alrededor no intervenían; al contrario, celebraban la violencia con gritos de aliento y una mano al aire. ¿Qué otra cosa se podía esperar de los salvajes? Según tenía entendido, entre los de su calaña las mujeres, e incluso los niños, no constituían una excepción. Importaba poco quienes fueran. Tenían la imposición de dar palizas o en cambio las recibirían. Desde pequeños se les criaba como iguales y se acostumbraban a vivir de la misma cruda y brutal forma.
Para cuando se hallaron en el penúltimo piso de la torre era tarde para sentirse atormentado o mínimamente sorprendido. Reconoció al Ariete por su pelea contra la hija de Marcus Pryce, pero el rostro que más llamó su atención fue el de otro malnacido igual o peor que este. La escalera enroscada había llegado a su fin, de manera que el guardia lo apuró a que se adentrara en la sala presidida por una docena de soldados jugando a las cartas. Vyler se concentró en el hombrecillo encorvado sentado a la derecha del Ariete. No iba a olvidar su faz, aún después de medio año de aquella jugarreta: con una pelusa de cabello en la cabeza y otra pelusa sobre el labio y ojos inquietos.
— Me pregunto si eres un celta o simplemente un puto traidor — le soltó sin pensar, con la sangre hirviéndole en las venas. —. Da igual. En cualquiera caso, no dejas de ser un mierdecilla tramposo, un sinvergüenza.
Lo había timado con cincuenta monedas en una apuesta jugando a los dados. Estaba seguro de que había hecho trampas. ¿Si era un celta como los demás, cuanto tiempo llevarían planeando el ataque? ¿Cuánto tiempo llevarían infiltrados?
— ¿Oíste eso? — preguntó un soldado dando un codazo a alguien más.
— Rowan. — dijo el Ariete como protestado.
— Haz que se entere. — agregó el primero de ellos a un Rowan confundido, que miraba a todos lados como en busca de una explicación. Quizás no se acordaba en específico de Vyler, con tanta gente que habría defraudado con el mismo truco.
— Sí, qué se entere. — resolvió decir de un momento para otro, con su voz afilada. Dio un manotazo en la mesa y saltó para lanzarle un puñetazo en el rostro a Vyler.
No tuvo tiempo de reaccionar y esquivar el golpe, aún debilitado por el cautiverio, pero al menos al que llamaban Rowan tampoco la fuerza necesaria para aturdirlo. Los soldados rieron en un principio, luego su carcajada se transformó al unísono en una protesta, una vez Vyler se arrojó sobre Rowan. Sin embargo, lo detuvieron antes de que pudiera devolverle el golpe.
— Se acabó. No me des más problemas, maldita sea — protestó su escolta, mientras ponía su cuerpo en medio de él y los amigos de Rowan. Lo empujó lejos de ellos. —. Sube, joder.
Había sido imprudente, había sido estúpido, y no había logrado más que hacer que le sangrara la nariz. Pero la impotencia, la vergüenza de estar encerrado por sus enemigos y con todo lo visto abajo… Le habían calentado los ánimos. Era demasiadas las atrocidades que cometían a sus anchas sin pagar por ello.
En breves, ascendieron por unos escalos de piedra que daban al último piso.
— Venga. No te acobardes — escuchó decir de una mujer al otro lado de la puerta. — Ya te he dicho que el riesgo es mínimo.
Junto a la puerta de madera había una ventana sin postigos que daba hacia la oscuridad profunda de la noche. A Vyler le recorrió una sensación de extrañeza en todo el cuerpo al ver a un jilguero posado en el alfeizar. Cantó una vez y después echó a volar, asustado por el rechinido de la puerta.
Fue un suceso raro. ¿Cantos del amanecer en plena noche? Mal augurio.
— ¿Y a vos qué más os da si vivo o muero, lady Blood? — Aquella voz.
«Edward», pensó con animosidad.
— El viejo nos enseñó que si podemos curar a alguien es nuestro deber hacerlo — iba diciendo la chica. —. En tanto no sea, claro está, un enemigo. Y tú, Eddie, eres un aliado. Nada de esto hubiera sido posible sin ti.
— Mi lady es muy considerada, pero la respuesta sigue siendo un rotundo no.
— Por favor. — rogó juntado sus manos, como si rezara.
— No.
— Por favor.
— No.
— Dame una oportunidad.
— No insistas más, hechicera.
— Maestro de Hechiceros desde ahora — se quejó ella. —. Y no podría ser Maestro de Hechiceros sin ser buena en lo que hago. ¿Tienes ganas de morirte, Edward? La vida está llena de posibilidades.
«¿Hechicera?», se guardó para sí. La observó con ojos concienzudos. Parecía una mujercita indefensa. No muy alta. Ni abultaba gran cosa. Y encima, se vestía de una forma en la que una niña como Grace lo haría.
— Por enésima vez, Mary…
¿Mary? ¿Aquella bruja? Sonaba como una broma de mal gusto.
— Ya, ya… Eres un cobarde y no entiendo por qué. Vas a morirte de todas formas. En mitad del experimento o en la última etapa de tu enfermedad.
Y por fin, el mayor de los traidores reparó en la presencia de Vyler.
— Déjanos. — le anunció a la chica.
Mary se dio la vuelta con un suspiro, y caminó hacia la puerta, estudiando al caballero de pies a cabeza. Sin embargo, en lugar de retirarse, se detuvo ante Vyler mientras lo olisqueaba. Sintió un escalofrío cuando la bruja puso aquellos ojos fríos como hielo sobre él. Los agujeros de la nariz se le abrían y cerraban, mientras aspiraba. Y de un momento a otro, resolvió estirar una mano hacia la cara de Vyler. Tanta era la diferencia de altura que la chica tuvo que ponerse de puntillas para alcanzarle la nariz, y limpiarle la sangre que le caía sobre el labio con un dedo.
Había sentido el impulso irrevocable de apartarle la mano de un manotazo, y empujarla lejos de él. Lo más lejos posible. Pero se resistió. Esa no era la manera de tratar a una mujer. Fuera o no una bruja como ella. ¿Cierto?
—. Eddie, esta sangre es compatible con la tuya — advirtió Mary, divertida al olerla. —. Podríamos sacarte esa sangre pocha que te enferma, y transferirte esta.
Edward Stanford se quedó de piedra, sin expresión ni miramiento, al igual que Vyler.
— ¿La sangre de este hombre?
Por algún motivo que se le escapaba, la tal Mary lo cogió de la mano y se apegó a él.
— Tienes un tipo de sangre muy rara, amigo mío. Qué casualidad que el donante que necesitamos aparezca justo en este preciso momento. — Edward levantó una ceja — No estoy jugando contigo, Eddie. Esto debe significar algo. El Destino, o lo que sea, te quiere vivo.
Edward se sacudió el asombro con un movimiento de cabeza antes de resoplar una risotada.
— Prefiero morir desangrándome gota a gota, antes que cargar con la de este hombre el resto de mis días.
Pese a todo, el caballero hizo acopio de suficiente mesura como para desligarse de la mano de aquella bruja, con gentiliza y disimulo.
— ¿Qué dices? No hay nadie entre los celtas con esta sangre — insistió Mary. —. Y a saber si podré conseguir a otro donante a tiempo entre los ciudadanos.
Vyler se limpió la nariz con el dorso de la mano, permitiéndose disfrutar por un momento.
— ¿Cómo explicas esta casualidad, Edward? ¿Una señal del Destino o lo que sea? ¿Cómo puedes encontrarle una explicación a esto, maldito ateo, si no crees en nada?
Mary observó a Vyler desde abajo. Luego volteó el rostro, asqueada, como si de pronto hubiera captado un mal olor. Estuvo a punto de decir algo, pero…
— Ya me oíste, Mary. No lo haré. — se apresuró a hablar Edward.
La bruja se limpió la mano que lo había tocado, con las faldas del vestido, y retrocedió, con mala cara.
— Al final va a ser que estás enfermo de la cabeza y no de la sangre. Eres un cobarde. — le dijo a Edward antes de salir por la puerta.
— Hay que ser valientes para aceptar la muerte — respondió el mayor de los traidores, girándose en la silla para continuar tocando su instrumento. — O incluso más, para adelantar las cosas por cuenta propia.
Cobarde. Fue también uno de los insultos que Vyler eligió en su mente. No obstante, cobarde era el más leve de ellos, e insuficiente para describir cada una de sus acciones.
Se quedó en silencio por largo rato, receloso. Cuando miró atrás, la bruja se había ido y el guardia quedado tras la puerta. Los habían dejado a solas. A un diestro caballero y a un hombrecillo al que nunca se le había conocido por su destreza en combate. Otro más que daba sin cuidado la espalda a un prisionero. ¿Se podía ser más arrogante en la victoria?
«¿Sois tan incautos cómo para pensar que ya lo habéis conseguido?», pensó mientras dejaba fluir el suave y lento tañido de las cuerdas.
Edward yacía sentado en el balcón, junto a una mesita en la que apoyaba el arpa; una enorme pieza de madera de cedro pulida y tallada con inscripciones de los celtas. Aquel hijo de puta se regocijaba de la belleza de su propia música, al tiempo que el aura roja de las llamas se alzaba sobre el cielo. Habían prendido fuego a otra sección de la ciudad.
Vyler recurrió a la imagen de su hija y de su talento musical, a manera de conservar la calma.
— Así que… no mentías. ¿Es tu sangre? — mencionó Vyler, sin obtener respuesta.
Se sintió satisfecho durante un segundo. Su enfermedad era el castigo apropiado por sus miserables actos. Por abrirle las puertas a los celtas, por rodearse de brujos, por negar a Dios y por ser el culpable de la muerte y el sufrimiento de miles de personas. La ciudad era un caos, le habían dicho; las calles y los edificios ardían. Vyler no quería acercarse para comprobar las vistas.
— Desechaste el trabajo de una vida entera. — le recriminó subiendo la voz.
Tras esto, Edward abandonó la melodía. Dejó descansar el arpa sobre la mesa, y se giró.
— Todo lo que he hecho no ha servido para nada. No alcanzaré a ver concluida mi obra y hace mucho que perdí el entusiasmo por continuarla. Años atrás, intentaba cambiar esta nación. Me daba pena morir y que el mundo siguiese igual que antes. Inmutable en aspecto e imparable en sus actividades, como si nunca hubiese existido — Hablaba en tono neutro, sin emoción. —. Me llevaré todo por delante. El mundo no se detenía antes para un muerto. Pero ahora lo hará.
Se decía que, era una tarea más sencilla que un hombre trascendiera a la historia por sus malas acciones que por sus bondades.
— ¿Todo esto es el delirio de un hombre que teme ser olvidado?
— No. ¿Qué sentido tiene que me recuerden? Todo acaba cayendo al olvido en algún momento — Se levantó casi sin energías, con el rostro apagado. —. Tenía planes para Dranova. Prósperos. Pero la vida siempre se ha empeñado en demostrarme lo insignificante de mis actos. Del poco sentido que conllevan. De lo efímero que todo intento, incluso toda victoria, resulta. Tarde o temprano, todo acaba. Todo se muere. ¿Por qué no dejarlo morir ahora y presenciarlo, mientras cierro mis ojos por última vez?
«Alguien como tú no mereces seguir viviendo. No es digno de perdón o el mínimo reconocimiento», quería escupirle, pero no tenía ganas de comenzar una batalla que seguramente no le llevaría a ningún lado.
— Estoy muriendo — siguió Edward. —, y esto es de lo poco que me hace sentir vivo. Si no fuera por esto, no tendría nada.
Vyler bajó la mirada, cavilando su siguiente pregunta. Sus ojos se encontraron con los restos de una comida para al menos una docena de personas servida en la mesa. Aún quedaba pan, manzana y rebanadas de cordero intactos. La vajilla estaba salpicada por salsa y trozos de hueso muy grandes. Y la cubertería a medio usar y colocada afinadamente en su sitio. Algo que salvajes no acostumbrarían. Sobre la servilleta más cercana a él, había cucharas, tenedores y un cuchillo para carnes.
— ¿Que pasa por la mente de un hombre que no cree en nada cuando está a punto de morir?
El traidor carcajeó, cubriéndose la boca con el dorso de la mano.
— Todo cuanto hacéis, ser Vyler, es para complacer alguien más. Para ganaros un Cielo que pensáis que existe. Cuando alguien como vos yace a las puertas de la muerte, piensa en sus seres queridos, piensa que los volverá a ver en el futuro y los esperará en un lugar mejor. Vivir es más sencillo, cuando crees que hay un segundo lugar. Pero una vez has llegado allí, ¿qué es lo que sigue? ¿Vivir por toda la eternidad? ¿Cuál es el propósito siguiente? ¿Continuar viviendo para qué? — Caminó por la sala, dándole de nuevo la espalda a ser Vyler — ¿Para seguir con tu propia existencia? Carece de sentido.
El caballero cogió el cuchillo de la mesa, lenta y descaradamente. Fuera, la ciudad gritaba de odio y dolor. Los sonidos parecían llegarle como murmullos.
— Para servir a Dios. Para ser recompensado por Él. Para vivir entre paz, amor y justicia en aquel segundo lugar, una vez ya has probado que eres digno.
— ¿Malgastar tu tiempo de vida en servirle, para que ese dios te permita continuar sirviéndole y continuar malgastando tu tiempo? — pregonó, de pronto divertido, como si hablara para un público. — Vivir para servir. Y servir para vivir. Y todo eso sin haberlo pedido.
Escuchó el rumor de unos pasos a su derecha. Vyler se giró, tenso, con el cuchillo todavía en la mano. Para su sorpresa, quien le devolvió la mirada fue un niño. No tendría más de ocho o nueve años. El chiquillo quedó paralizado, salvo por sus ojos que huyeron rápidamente hacia la mano de Vyler. ¿Era un sirviente? Se preguntó. ¿Un cautivo o un celta? Estaba limpio y no veía en él señales de tortura.
«No todas las torturas son físicas», se recordó. Era apenas un niño que no abultaría más que Grace. Tenía un rostro pecoso y una maraña de cabellos castaños. Vyler frunció la boca, apenado, al verlo reunir fuerzas para acercarse.
— Daría gracias, ser Vyler — iba diciendo Edward. —. A lo que fuera. O incluso a la nada misma. Daría gracias, porque esta existencia tuviese un fin.
Se guardó el cuchillo para después. De todos modos, estaba condenado.
— Cuando mueras, ¿qué piensas que sucederá? — preguntó al traidor, al tiempo que el niño pasaba delante de él para recoger la mesa.
— Que importa lo que crea. Lo que tenga que suceder pasará de cualquier manera.
Trató de no mirar de nuevo al chico. En cambio, dirigió toda inquina hacia el antiguo Consejero del Rey.
— Un hombre que no cree en nada es un hombre muerto, incluso en vida.
Aquello le hizo gracia a Edward, quien finalmente lo volteó a ver.
— Digo que no creo en nada y que todo carece de sentido, pero no puedo dudar de mis palabras, y tengo que creer al menos en mi protesta — Le hizo un gesto al niño para que no retirara su plato. —. Quiero creer en ciertas cosas. Quiero creer en mis propias ambiciones. Algunas ya se han cumplido, y quiero creer que las que me faltan también lo harán.
— Perdiste el camino, la cordura y cualquier oportunidad de redención. Esa enfermedad que tienes…, ¿crees que es casualidad? Es el pago por todas las atrocidades que sabemos has cometido y todas las que aún no han visto la luz. Vas a morir. Muy lentamente. Y luego de eso, conocerás lo que es el sufrimiento. Te regodeas observando la destrucción de la ciudad, maldito hombre, pero el verdadero Infierno no se comparará al pequeño pandemónium que has creado allí afuera. Y pronto lo sabrás.
Si sus palabras habían causado mella en él, no lo dejó saber. Edward se sonrió. Y se sentó a comer.
— ¿Eres de corazón una buena persona, Vyler? ¿O todo lo que haces es por llegar al Cielo? ¿Qué imaginas que sucedería con todos esos buenos valores que defiendes, que te hacen ser quién eres, si de un día para otro dejarás de creer? — Se llevó un trozo de cordero a la boca y esbozó un rostro de auténtica felicidad — Quizás nunca pararás de creer por miedo a enfrentarte a esa catarsis del vacío. Siento envidia y pena a la vez. Incluso con mentiras, encuentras un propósito. Todas las personas buscan un motivo por el cual seguir, pero no llegarás nunca a buenas ideas por medio de sentimientos.
Habían pasado demasiadas noches desde la última vez que se llevase a la boca algo mínimamente parecido a los platillos que restaban en la mesa. Edward se regocijaba de su estado famélico, o al menos era lo que parecía. A pesar de todo, aquel intento de tortura no era nada comparado a la condena que estaban atravesando otros.
— ¿Por qué me mandaste a buscar?
— Algunas de ellas encuentran ese motivo en la búsqueda de salvación. En las palabras bonitas proferidas por ese sentimiento que los une a otros y los hace sentir seguros.
— ¿Por qué me mandaste a buscar? — repitió, enfadado.
— No solo para entretenerte con mi impía verborrea, eso seguro. Tengo curiosidad. Sois un hombre inteligente y respetado. Conocido por muchos, y a muchos conocéis. Además, erais amigo íntimo de Marcus Brandfort. Veréis, Darren IV confió las cuatro Dagas Sagradas de la ciudad a otras personas. Era un hombre piadoso, así que dos de ellas fueron entregadas a la Iglesia. Supieron como resguardarlas de manos ajenas, pero fueron incautos al mostrarlas a ojos de todos. Fue evidente que las tenían. Una tarea mucho más ardua fue encontrar a quienes se le habían entregado la tercera. A los Brandfort, renombrados como los Pryce. El padre de Leonor fingió la muerte de su hombre más leal, y le permitió renunciar a su puesto, aunque nunca dejó de estar a las órdenes de la Corona. No obstante, hallar a quienes les fue entregada la cuarta reliquia ha sido una tarea tan ardua como imposible.
Hizo una pausa para beber del vino, como alargando la situación más de lo necesario.
— Dime lo que sepas. Y convenceré a Azus de que no vaya en busca de tu familia. Dime algo que me sea realmente de ayuda, y mandaré a tu esposa e hija en barco lejos de todo peligro. — Aquello lo sorprendió. Vyler esperaba no haberlo dejado ver. — Sus padres fueron ultimados y no se encontró rastro de la Daga. Es casi seguro que Atenea escapó con ella. Tu conociste a esa niña. ¿A dónde habrá ido?
«Moira — No pudo evitar pensar —. Marcus tenía una hermana llamada Moira. Sé dónde solía vivir» Lo que fuera para poner a salvo a su familia.
— No lo sé. Solo la vi un par de veces. — dijo en su lugar.
No sabía nada acerca de ninguna Daga que pudiera tener Marcus en su poder. Pero, a decir verdad, el relato de Edward aclarecía algunas cosas para Vyler. Se había preguntado desde siempre cómo Marcus consiguiera deshacerse de sus votos.
«Amigo mío, era tu deber. Haberlo sabido. Por eso te alejaste de todos.»
— ¿Qué hay de la cuarta Daga? — inquirió el traidor, sin darle tregua. — ¿Quién la tiene? Dame algún nombre. Algún indicio.
— No me fío de ti. ¿Cómo puedo estar seguro de que cumplirás tu palabra? Mi familia a salvo.
— A diferencia de Azus, no tengo ningún rencor personal contra ti.
Colocó una mano en la mesa para apoyarse sin mucho éxito. Tuvo que dejarse caer en la silla.
— Si los hombres de Azus encuentran a mi familia, ¿qué va a pasar?
— Saldrán ilesas de todo mal. — declaró, impasible.
— Casa Hansbury.
— ¿Qué? — dijo Edward tosiendo y atragantándose con la comida.
Lo que fuera por Grace y Elizabeth.
— Edmond Hansbury — dijo tratando de sonar convincente. —. Llevará muerto casi quince años. Esposo durante poco tiempo de la hermana menor de Marcus, Moira Brandfort. No pudo darle herederos, así que Hansbury alejó a Moira de su Casa. La chica no podía recuperar el nombre Brandfort, y al igual que su hermano fingió su muerte, para convertirse en Moira Pryce. Un suicidio luego de una perdida suena como algo bastante creíble. Ya deberías saber que buena era la relación de los Hansbury con el antiguo Rey. Tanto Edmond como Moira estuvieron allí el día en que Atenea fue bautizada. Los recuerdo bien. — Se encogió de hombros. —. El asunto es… ¿Sigue estando en manos de los Hansbury?
Un jilguero; símbolo de los Hansbury. Vyler mentía, solo a medias. Por lo menos, su historia sobre ellos era real. Edward podría confirmarlo por sus propios medios. Una argucia sencilla, sutil, que podría comprar la seguridad de su familia en caso de que las encontraran.
Edward soltó los cubiertos y se quedó pensativo, como intentado atar cabos.
— Eran buenos amigos de los Liongborth. Practicaban la cetrería con los hijos de Darren IV — Edward lo miró, incrédulo, alzando una ceja. — No le mentirías a tu prójimo, ¿o sí?
— Es todo lo que sé de ellos.
La seguridad de su familia a cambio de la de otros… Qué vergüenza. Si bien era cierto que tenía una trena personal con los Hansbury, no era motivo para inculparlos. De todos modos, Vyler se reservó cualquier gesto de culpa para sí mismo. Los Hansbury no estaban en la ciudad. Había declinado la propuesta de escoltarlos durante su viaje de medio año antes de partir a Barmania. No hallarían nada. Vyler podría apostar todas sus esperanzas a que el enemigo mantendría la duda acerca de que se hubieran llevado consigo la supuesta Daga.
— No pierdo nada con intentarlo — concluyó Edward. Chasqueó los dedos repetidas veces —. Niño, ve a buscar a uno de los guardias. Que venga aquí.
Vyler apretó el puño por debajo de la mesa. Arrojarlo por el balcón, o como mínimo partirle la cara, serviría para saciar su rabia, pero lo pondría en una peor posición de la que se encontraba entonces. Lo miró con desprecio. Al parecer no había podido sacarle información alguna al Rey que jurase servir. El carcelero les había dicho que lo torturaron antes de crucificarlo de cabeza.
— Edward, deja ir a estas personas — dijo inclinándose hacia él. — A los inocentes. ¿Qué culpa pueden tener un niño como él o los sirvientes de Liongborth? No son la clase de rehenes que necesitáis aquí.
Edward no le hizo caso.
— Hace tiempo que perdí la ilusión por continuar creando. No sentía nada más que rechazo, pesadez y ahogo por construir. Como si cada ladrillo se sostuviera sobre mis hombros, como si estuvieran a punto de caerme encima. Estaba exhausto y carente de entusiasmo, al ser consciente de cuantos años más harían falta. El país con el que soñaba no sucederá — Y fue apagando con los dedos las velas de los candelabros sobre la mesa. —. Nadie continuará mi obra, si soy incapaz de concluirla. Que caiga destruida antes que manchada por las manos de alguien más. He tenido que mantener a raya esta fijación mía por devastar y quemarlo todo, para poder llevar una vida común. Aunque no encontraba felicidad en ello, sabía que siendo libre tenía más posibilidades que un hombre muerto. Ojalá hubiera sabido que, al no dejarme llevar por mis pasiones, como el resto de vosotros, habría terminado por morir lentamente cada día un poco más.
Vyler asestó un puñetazo a la mesa, y se levantó de golpe, alejándose tanto como podía de aquel mísero hombre. Apostó por la sinceridad esta vez para desahogarse.
— Abriste las puertas para los celtas. Ahora son ellos los que dirigen la ciudad. Asesinarte ahora no cambiaría nada. De cualquier manera, tu fin está cerca.
— ¿Y qué importancia tiene? No habrá nadie allí para juzgarme.
Su insolencia. Su sonrisa ladina. Su constante regodeo… Maldito fuera. Si no hubiera sido por los guardias que entraron en aquel preciso instante, se habría llevado la mano al cuchillo.
— Todo tiene su tiempo, Edward — Se limitó a decirle. —. Dios juzgará al justo y al malvado. Y ya he hecho las paces con Él. Hay una razón por la que este desastre fue permitido. Él no causa el mal, pero lo permite, para que puedan existir esas bondades que sin el mal no serían posibles. No habría perdón en un mundo donde nadie hiciera nada malo. Sabes lo que la compasión es, pues has conocido el sufrimiento. De cada mal particular, se concentra en sacar todo el bien posible. Y créeme, Edward, que vamos a sacar algo bueno de todo este desastre. Rezaré para que amanezca pronto.
— Destino, determinismo, o simplemente El Plan de Dios…. Si todo ya está escrito, ¿cuál es el sentido? ¿Para qué rezas? Hagas lo que hagas, no podrás parar lo que algún día será o dejará de ser.
Respiró para sus adentros. Y asintió, convencido de sus palabras.
— Trajiste a la Horda a este lugar, pero Dios enviará a alguien para desterrarlos.
Edward suspiró, antes de levantarse con rostro importunado.
— Siempre es la misma discusión con los de vuestra clase. Siempre los mismos argumentos. Las mismas consecuencias que os llevan a arrojaros de cabeza hacia la Fe. Miedo, una búsqueda vacía de propósito y la salvedad de que al final seréis felices. Estoy cansado de los de vuestra clase. No quiero oír hablar más. — Y le hizo una seña al guardia para que se lo llevara. — Tu dios no ha muerto. Realmente nunca existió. Al igual que todos los demás.
Muerto o encerrado en una celda. No se merecía menos un traidor.
Cuando se acabaron las conversaciones, un hombre lo sacó forcejeando fuera de la habitación.
— A tu celda — le indicó, con un gesto de cabeza. — Ya conoces el camino.
Vyler se le quedó viendo desconcertado. Su escolta le dio la espalda, y comenzó a hablar en céltico con uno de los suyos.
— Que te vayas a tu celda, maldito perro. — bufó el segundo de ellos, mientras sonreía, como regocijándose de tenerlo atado hasta tal punto que no hubiera más opción o lugar a donde ir.
Estaban seguros de que no escaparía. Edward lo conocía demasiado bien. Aunque lo dejaran libre, no intentaría huir, si eso significaba dejar atrás a sus compañeros. Además, un hombre como él no suponía muchos problemas mientras permaneciera desarmado.
Buscó descender por la escalera exterior de la torre, a manera de sortear todas las perversiones que se cocían en cada nivel del edificio. Salió a la noche, con el corazón encogido. El aire fresco supuso una sorpresa agradable, y el panorama de una ciudad medio dormida le sentó como amapola para su intranquilidad. Respiró, entonces, aliviado, pues en los calabozos corría el rumor de que la luna se había llenado de sangre, de que la ciudad había ardido con llamas negras y rojas y que los celtas habían traído a sus demonios a la Capital. No sabía si dar crédito a las historias de sus captores. El fuego ardía, como salpicaduras en uno de los lienzos de su hija, aquí y allá. No eran llamas normales, eso sí; eran completamente rojas.
En una plaza resplandecía una corona de fuego de profusa elevación, pero su brillantez y la vista desgastada por los años le dificultaban reconocer la estructura que se abrasaba dentro.
No obstante, nada que estuviera a la altura del horror que aseguraban algunos.
« Estrategia básica de la guerra. Hacer que la moral de vuestros enemigos flaqueé, por cualquier medio posible. Aún inventado esas historias. »
Camino abajo, advirtió el movimiento de un pajarillo que cruzaba el patio y se dirigía hacia la muralla exterior en silencioso vuelo. Creyó ver, pese a la distancia y a la semioscuridad, que se trataba del mismo jilguero de antes. Cosa mala, el surco de un ave a plena noche. Apretó los dedos en torno a la cruz de plata de su colgante para darse fuerzas.
« Espero no haya sido un error. Haberlos inmiscuido en esto ». Aun cuando estuvieran lejos de la ciudad, había puesto una diana sobre la cabeza de los Hansbury. Y ni hablar de Moira Brandfort. Pobre chica. Simplemente nombrarla en una mentira lo estaba ahogando de la vergüenza. Nunca llegó a conocerla bien, pero Marcus había sido un gran amigo, un gran hombre y caballero.
« Ya era un objetivo para ellos desde el principio, ¿no? Una Brandfort », se dijo tratando de convencerse de que no era para tanto. Las posibilidades de que la encontraran eran escasas y a cambio distraería la atención de Edward de su familia durante un tiempo. Esperaba de corazón no arrepentirse algún día.
Continuó bajando, con cierta torpeza en su andar, por cuanto tenía ya las piernas entumecidas del trayecto. Encima, se sentía incompleto sin la armadura. Menos confiado y audaz. Lo atravesaban dudas que antes solían rebotarle. Y no se sentía precisamente también más ligero. Cargaba con más peso que nunca.
Ansiaba haber podido hacer más por la ciudad. Ante todo, no haber confiado en la palabra de un salvaje como Conway. También aguantado más; salvado más vidas; ayudado escapar a otras y haber reducido más el número de sus enemigos. La Compañía de Escoltas había conseguido salvar a un puñado de personas y derrotado a una docena de celtas durante el asalto, antes de que sus enemigos pidieran la redición del grupo usando rehenes.
Sentía que no había sido suficiente.
A la larga nunca era suficiente para Vyler. Podía haber hecho más, para evitar que la ciudad cayese.
«Lady Jessabelle, te fallé. A ti también Ronnie, amigo mío. Cúlpame, si eso te quita un peso de encima.» ¿Y a cuántos otros había fallado durante el ataque? No sabía sus nombres.
— En momentos como este, que no hubierais tenido hijos fue algo bueno para vosotros. De lo contrario, Ronnie, estarías no solo herido, sino también muerto de la preocupación como lo estoy ahora.
Valysar se encontraba bien. Tenía que estarlo. Cualquier sitio era mejor que la ciudad. Su esposa y su hija allá afuera… A salvo, esperaba, escondidas bajo la mansión. Konash estaba con vida en algún lugar del castillo. Todos ellos todavía en este mundo que había probado ser tan cruel. Y, sin embargo, tenía razones para conservar la Fe y esperanza puestas en Dios.
« Aunque no creas en Él, Connor. Eres tú quién más canas me provoca » Su hijo mayor era un malhumorado, incluso a veces un maleducado. Connor siempre estaba descontento por algún motivo que prefería guardarse para sí, pero continuaba siendo un buen muchacho. Como de costumbre, desconocía su paradero, lo que estaba haciendo o cómo se encontraba.
Quizás, después de tantos años, finalmente había aceptado a Vyler como padre. O tal vez nunca lo haría. Cuando se trataba de él, nunca se podía estar seguro.
— Él está bien. Se las apaña bien. Cabalga como caballero, piensa como un erudito de esos… Tiene recursos para pelar y una suerte en el combate que ya quisiera yo. Será suerte, o Dios lo ha iluminado de algún modo.
La vergüenza eran azotes que se decidía a recibir en silencio o cuando no había nadie cerca que oyera sus quejidos. No había habido instante en estos últimos catorce años en los que lo mirase a los ojos sin desear haber podido salvar a sus padres de la muerte.
«Cúlpame, si eso te quita un poco de ese enojo, hijo mío. Se suponía que tenía que haber estado más atento. Fue en gran parte mi culpa. Pero no culpes ni descargues tu rabia contra Dios. Todo pasa por una razón.» Para evitar un mal aún peor, se animó a creer.
— Incluso un desastre como el que estamos viviendo.
Aunque nada más podía haber hecho, aunque las circunstancias escaparan a su poder, deseaba haberse esforzado el doble. Aun cuando en miles de cosas hubiera acertado y cien golpes de suerte recibido, no podía parar de pensar en las pocas cosas que salieron mal alguna vez. Había sido una vida llena de remordimientos.
Culpable de haber tratado de manera tan fría a su hermano, mientras crecían.
« Solo intentaba imitar a nuestro padre, pero ahora hubiera preferido ser más atento, comprensivo, amable ».
Culpable de que los Belmont murieran por el fuego. Parecían buenas personas, si bien practicaran la brujería. No merecían un final como el que tuvieron.
Culpable, pues pudo haberle dado muerte a Raymond en batalla hacía veinte años, pero falló. Culpable, en cierta forma, de todas las cosas que estaban ocurriendo.
No podía cambiar el pasado, y sin importar cuantas veces se lo repitiese, lo lamentaba con el mismo pesar. Llegaba a reprocharse cosas que ni siquiera eran su culpa, le decía Elizabeth cada vez que lo veía llevarse las manos a la cabeza. Y no dejaba de pensar en ellas, pese a los años transcurridos.
Había sido una vida llena de arrepentimientos.
Y muchas más de las que se lamentaría de no salir con vida de aquella situación. Le había enseñado a caminar, pero nunca a montar a caballo. De todos sus seres queridos, quién más necesitaba de él era su pequeña, Grace. Tenía que estar allí para ella.
Bajaba los últimos escalones hacia el patio interior, cuando notó a la distancia unas siluetas moverse en la penumbra. Más tarde, una de las antorchas de la plazoleta las alumbraría. Se trataba de dos mujeres y un niño alejándose a paso vivo. Tras esto, dos celtas salieron de la torre asestando un portazo y protestando en voz baja. Vyler, por mero instinto, se echó hacia el muro y se ocultó. Cuando aquellos celtas señalaron hacia la plazoleta y echaron a correr, las mujeres y el niño estaban ya a una buena distancia, y se giraron solo para percatarse de que los habían pillado en el acto.
El cuerpo se le movió hacia delante por propia voluntad. Su deber dejó atrás el cansancio de sus piernas. Para cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, corría detrás de aquellos dos celtas. Los siguió por el patio, moviéndose tan rápido como era posible sin delatar su presencia. Sus pasos urgidos lo llevaron a una entrada menor del castillo. Al cruzar la puerta, vislumbró durante un segundo a una mujer girar en un recodo de manera atropellada, y a los dos soldados atravesar el pasillo, a unos treinta metros de donde Vyler se encontraba. Cogió aire, lamentando y no por primera vez, la falta de ejercicio. Una mano invisible comenzaba a oprimirle el pecho, pero aun así les recortó camino. Los dos hombres se encontraban tan ocupados lanzándose maldiciones el uno al otro, que no alcanzaban a oír los ecos de las pisadas que resonaban detrás. Las voces de la discusión le indicaban el camino, cuando los perdía de vista. Una, dos, hasta tres veces le señalaron el trayecto a través de pasillos estrechos que se dividían.
— Suéltame, malnacido — chilló una de las mujeres en la sala al final del pasadizo — ¡Suéltame!
— Tú, ayúdame aquí. ¿Qué no ves?
— ¿Por qué pensáis que sois mejores que yo? Lo vuestro ha destruido tanto como lo mío. — Al termino de estas palabras, Vyler irrumpió en la sala, para verla forcejear con uno de los celtas. El otro hombre, en cambio, estaba parado frente a ellos, como sin saber qué hacer. No vio llegar al caballero.
Vyler lo atacó por la espalda y sin anunciarse, con un duro puñetazo detrás de la cabeza. No sintió el contacto en la mano, pero aquel el hombre se tambaleó hacia la pared, aturdido por el golpe. Ser Vyler, con las fuerzas de pronto revividas, lo cogió por la cabeza y empujó su cráneo contra la pared. No alcanzó a oír su voz, o siquiera el crujido del hueso contra la piedra, sino el suspiro de asombro de una mujer horrorizada. El celta cayó de bruces sobre el suelo, desvanecido, mientras el segundo hombre se arrojaba encima del caballero.
Le estaba pasando un brazo por detrás de la cabeza, intentado reducirlo, cuando Vyler sacó el cuchillo y se lo clavó en una pierna. El segundo de los celtas gruñó, y se perdió, distraído, durante un segundo en el dolor.
Lo siguiente que intentó fue rasgarle la pierna hasta la ingle, pero el mango se desprendió a medio camino. Después, le asestó un codazo en el estómago y otro más en la mandíbula, con lo que consiguió deshacerse de las manos que lo atenazaban. Vyler lo empujó rápidamente hacia un lado, y cayeron dando tumbos sobre una librería pequeña. De una manera u otra, el caballero resultó ileso, mientras el celta había terminado sobre los escombros de madera y las astillas del tamaño de un dedo. El hombre alzó ambas manos hacia la cara de Vyler, debatiéndose, rehusándose a perder, como intentado sacarle los ojos. Sin embargo, sucumbió ante el último de los golpes que el caballero le asestó en la cara.
Se incorporó, digno, aunque muerto de cansancio.
— ¿Estáis bien? — les preguntó con apenas un hilo de aliento.
— Ser — resopló una de ellas con un suspiro de sorpresa.
« Vaya, si se trataba de vos », rescató entre sus pensamientos con admiración. Nora se acercó un paso, con las manos recogidas sobre el pecho y el rostro iluminado y rejuvenecido por una sonrisa. Y sin saber por qué, la mujer que iba con ella, la cogió del brazo, para detenerla. Con su mano diestra apuntaba un trozo de vidrio hacia él.
— Soltadlo. No hay necesidad. — dijo despacio para tranquilizarla.
— ¿Conoces a este hombre? — le preguntó a Nora desesperadamente, como un animal acorralado, retrocediendo unos pasos.
— Vyler. Es un caballero
— Hoy en día eso no es garantía de nada.
— Serví a su padre muchos años. Es un Maine. Un caballero honrado.
La mujer lo escudriñó con la mirada, con cristal todavía empuñado. Vyler hizo lo propio, mostrándole las manos vacías. Tenía el cabello rojizo, ensortijado y despeinado. Era esbelta, de rostro tan fino como severo, con la edad para ser madre del niño que iba con ella.
El niño... Era el mismo pecosillo que se había encontrado sirviendo a las órdenes de Edward.
— Aunque no lo parezca, por mi aspecto. — admitió.
— Vistes como un prisionero — Y bajó su arma improvisada. —. Vale, no eres uno de ellos.
— Os he seguido un buen trecho. Vi que iban a por vosotros.
— Gracias, Vyler. Nos salvaste la vida. — dijo Nora, con una voz como si estuviera a punto de echársele a llorar.
— ¿Salvaros la vida? Pensaba que os maltratarían. Como a todos.
— Íbamos a escapar. Venid con nosotros, ser Vyler.
— ¡Nora! — le recriminó la mujer, con austeridad. — Íbamos a escapar — admitió luego. Sacudió la cabeza, cogiendo al niño de la mano. —. Lo haremos. Vamos a escapar.
— Ya veo — agregó Vyler. Miró por la ventana y comenzó a escrutar el lugar con cierto apuro, tan pronto se dio cuenta de la situación. —. Las puertas se abrirán en cualquier momento. Una tropa saldrá pronto a hacer una expedición. Deberán salir en carros. Podéis aprovechar el alboroto y...
— Lo sabemos.
— Bueno. Si vais a salir en los carromatos, podéis ocultaros en…
— Lo sabemos. — repitió con aridez. — No creíais que íbamos a bajar por las murallas hacia el pozo, ¿o sí?
— Hemos estado esperando la oportunidad, ser. — mencionó Nora, entusiasmada.
— Ocultaros bien. La partida irá al norte. Hacia la propiedad de la Casa Hansbury. Salid una vez hayan parado. — Era uno bueno, un plan sencillo, fácil. Quiso convencerse de ello.
— Venid con nosotros, ser, por favor. Ayudadnos.
— No, no puedo. No voy a dejar a mis compañeros atrás — Le colocó las manos sobre los hombros para intentar calmarla. —. Siendo tres ya llamáis demasiado la atención. Os será más sencillo ocultaros sin mí.
El niño jaló del brazo a su madre.
— No podemos irnos. Él dijo que vendría por nosotros.
— Ya no hay tiempo. — le aseguró la mujer. Con impaciencia, y porque quizás no fuera la primera vez, se soltó del niño, y se alejó cojeando hacia el otro extremo de la sala.
— No podemos irnos — insistió, intranquilo. Sus palabras se oían trastocadas por el miedo. Vyler conocía bien ese miedo. — ¿Y si viene y no estamos?
Se arrodilló para ponerse a su altura. Lo cogió de la mano, como siempre había hecho para Grace, y para Connor cuando era pequeño. Con Valysar, sin embargo, nunca fue necesario.
— Calma, chico, esto acabará pronto.
— No lo compredéis, ser. Mi padre envió un pájaro diciendo que vendría. Va a sacarnos de aquí.
— Estoy seguro de que se alegrara de que salgas. No importa la manera. Tienes una oportunidad para reunirte con él ahora mismo. — El niño pareció aceptarlo. Le echó una mirada a la mujer, quien todavía rebuscaba algo entre las librerías, los cajones y las estanterías. — Bien, os acompaño hasta al patio. Tenéis que iros ya. — continuó diciendo, como un recurso para darles aliento.
— No será necesario. Conozco un atajo — La mujer sacó la mano del cajón. Y de inmediato se escuchó algo detrás de la pared; un sonido metálico, articulado, como el accionar de una cerradura. Fue hacia la pared, y una sección entera de ella se abrió como una puerta escondida en el muro. La descubrió apretando los labios, aguantándose la sonrisa. —. Nos atraparon en el último par de metros y vos nos salvasteis en el último segundo. Ser Vyler, gracias. No hay más forma de pagar una vida que salvando otra. Manteneos atento, por si escucháis un silbido. Birdwhistle os está en deuda.
En pocos momentos, la puerta del pasadizo se selló ante sus ojos, y el mecanismo se cerró desde el otro lado. Nora, la mujer de rojo y el niño habían desaparecido. La sección de la pared no dejó indicio alguno de haberse separado del resto. De repente, se encontró solo, despreocupado y satisfecho de sus actos. Cerró cada uno de los cajones y puso de nuevos libros en su lugar, preguntándose el truco, y a la espera de que nadie lo accionara de nuevo para seguirlos.
Antes de irse, observó a los hombres a los que había abatido en la pelea. Ambos estaban heridos, pero no había riesgo de muerte en sus lesiones. No habría corrido para ayudarlos, de cualquier manera. Tampoco iban armados. Ni siquiera con un simple puñal.
Más adelante, se topó con una salida al patio principal, donde los carros se reunían y se prepararan para salir. Una brisa fresca le acarició el rostro. Libertad luego de semanas de cautiverio. Tenía a su alcance la salida, pero no podía escapar. No iba a dejar a sus hombres y a su hermano atrás. Esperaría otra oportunidad. Regresó a su celda sin aquel desánimo que lo había estado acompañando, sin ningún arrepentimiento más sobre la espalda.
La puerta se cerró, chirriante, tras su paso. Y el sonido frío, seco, metálico de la cerradura lo acompañó el resto de la noche.
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