Cometieron una locura.
Ni bien se dieron tiempo de curar sus heridas y reponer su Ka, cuando Ast impuso que debían llegar cuanto antes a Meroe. Nebet-Het insistió que pensaran bien en lo que harían con su situación, a lo que su hermana hizo oídos sordos. Llegaron sin perder tiempo a la capital de Kush, y pidieron audiencia con la Kandake.
Los espíritus a cargo de la Soberana Kushita, Amesemi, las escoltaron a una habitación privada para descansar y sanar sus alarmantes heridas mientras su ama lograba atenderlas. Al instante, y cómodas con la hospitalidad, ambas nechers se despojaron de sus capas y velos, horrorizas por los daños físicos que aquella misión les dejo. Zonas de su piel quemadas como si el sol les hubiera golpeado con sus puños. Ast uso heka lunar para restaurarse. Sin embargo, el proceso iba lento y el dolor al fin se manifestaba al moverse. Duraron todo el día y noche. Tiempo para que ambas Sangres de Atum recuperaran sus fuerzas.
—De no ser por las ropas que creaste, no la habríamos librado—dijo Ast trasmitiendo un Ka azul sobre su hermana—. Gracias a Maat que tu heka de protección es muy bueno.
Nebet-Het gruño. En lugar de sentirse elogiada por ser capaz de crear telas tan poderosas como una armadura, estaba enfadada por haber apenas sobrevivido al peligro que su hermana las arrastro. Fue un milagro que sus telas funcionaran, ni ella estaba segura que soportarían lo que se enfrentaron a ese agujero. Entraron a ciegas, sin garantías de sobrevivir.
Desde que llegaron, no perdió la vista del maldito paquete que trajeron consigo de la cuarta catarata. También estaba envuelto en sus telas, pero eso no impedía que el calor fuera inexistente.
—Ast, no me gusta esto—advirtió Nebet-Het molesta. Ast empuño los ojos y la ignoro—. Sabes que esto es una locura ¡esa cosa! —señalo la caja—. ¡Viste el sello! ¡Le perteneció a…
—¡Ya lo se! —grito Ast fastidiada, cortando su flujo de Ka. Alzo la mirada—. ¿Crees que, si no supiera, habría anticipado el tipo de trampas que enfrentaríamos?
Nebet-Het tardo unos segundos en reaccionar.
—Me dijiste que toda indicaba que era de una Soberana extranjera—comentó ella como si acabara de enterarse que fue engañada.
—Pues aquí ella es una extranjera—reafirmo y volvió a tratar las heridas de su hermana, pero Nebet-Het se apartó y alejo unos pasos.
—¡Por eso no querías que Anhur y las Ojos Solares nos acompañaran antes! —reclamo recapacitando—. ¿Cómo pude ser tan tonta? —se culpó con una mano en la frente—. ¡Estuvimos dando mil vueltas a ese lugar! Yo creí que se trataba de un trabajo molesto que los kushitas no querían hacer y por eso nos lo dejaron a nosotras ¡Y resulta que tú siempre supiste lo que nos encontraríamos!
—¡Si, Nebet! ¡Siempre lo supe, porque fui yo quien le pidió ese trabajo a la Kandake! —confeso Ast sin perjuicio.
—¿Qué? —pregunto atónica.
Ast suspiro y enderezo su postura para lucir imponente.
—¿Por qué crees que propuse que nos refugiáramos en Kush? —lanzo la pregunta al aire, sin esperar que su hermana respondiera—. Pudimos escondernos en un mundo mucho más discreto. Asir hizo buenas amistades en varios de ellos cuando aún estaba en vida. No rechazarían hospedaje de su esposa e hijos.
La misma pregunta se platáneo en secreto Nebet-Het y los otros Nechers por mucho tiempo. Hace cuatrocientos mil años, tras el castigo de concubinato hacia las Ojos Solares, ellas y sus hijos perdieron a sus mejores protectoras. Las únicas Ojos Solares que lograron escapar gracias a que justamente estaban con ellos cuando se dictó la sentencia, fueron Serket y Merseguer. Anhur apareció de sorpresa junto a Hor como un aliado rebelde. Pero sin el prestigio que antes poseían, se volvieron otros objetivos para el rey y sus cazadores. Ninguno estaba seguro en Kemet, y tarde o temprano los atraparían. Por eso, la única opción era escapar de su mundo.
Desde el inicio, Ast impuso Kush, con todas sus ventajas y beneficios al ser amparados por uno de los mundos más poderosos con los que Asir estableció alianza. En un inicio, sonaba bien y con mucho sentido. Este mundo no era fuerte por mérito propio, sino por haber creado una sociedad con mundos más pequeños. Atacar o meterse con Kush era provocar el líder de la sociedad, y, por consiguiente, el resto de sus miembros.
Nebet-Het jamás quiso dudar o cuestionar la postura de su hermana…y menos después de la falta que ella cometió contra su hermana hace tiempo. La sumisión y el respecto, era lo mínimo que debía darle por haberse metido con su pareja. En silencio, se culpaba por todo lo que esa acción desato en su familia. Se consideraba la vergüenza de toda su familia, indigna de ser tolerada por su Ast, quien evitaba traer a la mesa ese tema.
Aun así, con todo eso. Lo que Ast estaba haciendo se salía de lo razonable y seguro. Podría peligrar su vida y las de su alrededor ¿acaso esta ciega o la desesperación le nublo el juicio?
—¿Qué es eso? —cuestionó Nebet-Het señalando el paquete con miedo— ¿Qué tan importante es esa cosa como para que recurras a una propiedad de esa bruja?
Un espíritu toco la puerta, anunciándole a las nechers que la Kandake solicitaba al fin su presencia.
—Estas a punto de descubrirlo—confeso Ast.
***
La sala del trono era tan majestuosa como el reciento celestial en el que vivía Meruel. Era una amplia habitación sin muros, sostenida solo por columnas que formaban arcos para salir al extenso balcón que rodeaba la sala. Las columnas, el suelo y el techo estaban pintadas de un negro abismal, y las cortinas que colgaban entre las columnas eran doradas y azuladas de telas cristalinas.
En el exterior, dominaba la noche despejada. Con la luz de la luna vislumbrando la ciudad de Meroe y alrededores. No existían gravados de los dioses o sus manifestaciones animales, porque la figura protagónica se encontraba al fondo, sentada en su trono.
Las Sangre de Atum se inclinaron ante ella, luego de depositar su misterioso tesoro frente a ellas con cuidado de mal ponerlo. La entidad femenina las contemplo con su cabeza recargada en un brazo y pierna cruzada. Era alta y corpulenta, cuyas curvas no se perdían, al contrario, le daba una sensualidad vigorosa que toda kushita envidiaba. Su vestido era tela zafiro con destellos plateados y su cabello negro afro estaba coronado por una media luna y una diadema azulada. Veía a las nechers a través de su mirada azul zafiro, imponiendo su autoridad como legitima autoridad de Kush.
—Soberana de Kush, Sangre de Sbiumeker—saludo Ast con confianza una vez erguida—. ¿Cómo has estado Amesemi?
—Mejor que ustedes, nechers—señalo la Kandake, ante la evidente debilidad de ellas. Después se dirigió a Nebet-Het que seguía inclinada—. Para ser una reina extranjera, te rebajas más de la cuenta—la hermana de Ast se acomodó apenada—. Aunque te prefiero a ti antes que esas engreídas Ojos Solares—menciono con desprecio.
—No tienes que temerles. Para ellas no vale la pena acostarse con tus hermanos por una corona—conto Ast sin prejuicio—. Ya están muy amargadas por haberse vuelto sirvientas sexuales de Sutej, ahora mas que nunca desprecian la compañía masculina.
—¡Ast! —le llamo la atención Nebet-Het disgustada.
Ast fue indiferente y siguió la plática.
—Como iba diciendo. Ellas son lo menos que te debe importar—señalo aquello que tanto mantenían en secreto.
La Kandake fijo la mirada en ello y alzo la cabeza.
—¿Qué es eso, Ast? —pregunto intrigada.
Nebet-Het vio de reojo a su hermana igual de desesperada. Ast sonrió sutilmente y le indicó a la otra que retirara las telas que lo envolvían. Nebet-Het se acerco cuidadosamente, tomo un extremo de la tela y la jalo. Esta se desenvolvió por si sola, revelando la caja escarlata que venían cargando desde la cuarta catarata. A los costados poseía jeroglifos kemitas que traducidos eran mil advertencias sobre su contenido, y en la tapa, la figura de un león con la firma del propietario.
Amesemi bajo su pierna y se inclino desde su asiento para contemplarlo mejor.
—Explícame—exigió.
—Querida Amesemi—explico Ast—. ¿Recuerdas cuando te confese que sospechaba sobre una reliquia de mi mundo escondida en el tuyo?
—Si, y me imploraste que solapara tus profanaciones en nuestro santuario peregrino. Tuve que callar a mi hijo de contarle a mis hermanos sobre lo que te permitía investigar en ese lugar. Meruel me informo que ocurrió una explosión subterránea recientemente. Si mi esposo descubre que casi lo destruyen, no pienso defenderlas por dañar uno de nuestros lugares sagrados—informo enojada— ¡Me diste tu palabra de respectar nuestras propiedades! Espero que me des una buena justificación, o que halla valido la pena.
—Discúlpanos, no esperábamos que pasara esto—se adelanto Nebet-Het—. Apenas y si logramos salir ilesas.
—Esa cosa era un peligro—prosiguió Ast—. Si alguien mas se lo hubiera topado, no existiría para advertirlo.
—¡¿Y aun así la trajiste?! —reclamo la kushita, levantándose de su asiento.
—Esta bajo control, te lo prometemos—dijo Ast con las manos el frente—. Solo los nechers somos aptos para lidiar con Heka.
—¡Ustedes y su dichosa Heka que tanto presumen! —alego, caminando hacia ellas—. ¡¿Cómo es posible que algo así estuvo escondido tanto tiempo bajo mis narices?!
—¡Solo no le acerques mucho!
Amesemi freno a un pie de la caja, lo suficiente para incomodarse por el calor que emanaba. Sin embargo, no fue el calor ni los jeroglifos de advertencia lo que la hizo turbar por la reliquia. Su atención estaba sobre el nombre de la dueña, escrito en kemita.
—Verifíquenme…si traduje mal—pidió entre resentida e incrédula. Las nechers temieron que se fuera a desplomar sin ningún motivo que ellas comprendieran—. ¿Esta maldita cosa, es de esa bruja desgraciada? —pregunto entre dientes.
Las hermanas tuvieron que confirmar la autoría de la caja, sin imaginarse que revelaron un secreto que la Kandake no perdonaría fácilmente.
—¡¡¡APEDEMAK!!! —exploto la Kandake, llegando a hacer temblar toda Meroe con su rabia.
***
—¡¿Ves lo que acabas de ocasionar?! —la regaño Nebet-Het mientras la perseguía por el pasillo.
Venían de guardar la caja nuevamente en su habitación y buscaban el recinto de Apedemak. Amesemi fue tras su esposo cual esposa engañada, maldiciéndole junto al nombre de la necher que saco de sus casillas. Ni les dio explicaciones, o hicieron falta, su fachada hablaba por si sola.
Aseguraron la caja con el doble de telas protectoras, precavidas por si un tonto se atreviera a curiosear. Ast tomo iniciativa de contemplar el chisme, viéndolo como una oportunidad de obtener datos significativos en los antecedentes de ese necher en particular.
—¡Ay! ¡por favor, Nebet! ¿Cómo iba a saber que esa bruja tenia tretas con el esposo de Amesemi? —justificó Ast. Se detuvo en seco y giro hacia su hermana—. Eso explica como logro esconder esa cosa sin problemas ¿te das cuenta de lo que acabamos de descubrir?
—Algo que al Gran Visir no debe gustarle—se detuvo.
—O un recurso para acabar de hundir la Casa de Ptah—corrigió emocionada.
Su hermana abrió los ojos.
—¡¿Perdiste el poco raciocinio que te quedaba?! ¡Nadie reta al Gran Visir! Es un creador respetable.
—¡El Gran Visir es uno de los que impide que mi esposo salga del Duat! —acuso resentida. Nebet-Het se quedo con la palabra en la boca ¿Cómo negar la verdad? —. Asir estuviera conmigo de no ser porque los Camefis se negaron a que regrese al reino de los vivos aun sabiendo cuanto lo necesitábamos ¿y esperas que les tenga respecto?
—Pero si provocas al Gran Visir, no sabemos si se desquitara con Asir—intento persuadirla.
Ast soltó una risa seca y meneo la cabeza como si tomara de tonta a su hermana.
—¿Se te nublo el Ib, hermanita? —cuestionó sarcásticamente—. ¿olvidas el daño que su esposa ocasionó a nuestra familia y como en lugar de ser castigada, le dio honores? Esa familia nunca a necesitado motivos para perjudicarnos.
—No siempre—alego—. Anpu dice que es muy atento con ellos en el Duat, mi hijo le tiene…
—¿Cómo te entregaron a tu hijo luego de aquel “trabajo especial”? —la interrumpió irritada—. Tarde milenios de investigación y experimentación hasta lograr esas prótesis para las manos de Anpu, todo para que en un día que quiso utilizar a tu hijo, las estropeara ¿y piensa que con concederle un don va a compensar todos mis esfuerzos echados a la basura?
—Yo…no…—trato de debatir.
—¡No hay escusas! —determino—. Nadie de la Casa de Ptah merece nuestra compasión ¡ni aun los engendros del Gran Visir con esa bruja!
—Y aun así piensas recurrir a ella para vengarte de Sutej—enjuicio con dureza. Ast apretó sus puños y tenso su mandíbula—. ¿Qué tan bajo estas cayendo, …hermanita?
Ast no dio brazo a torcer, por mucho que esas palabras la golpearan.
—Tu no entiendes—dijo ella—. En esa caja puede estar la cura para la maldición de Hor y revertir las manos de Anpu.
—¡Mama! —sonó una frágil voz detrás de Ast.
Ella se paralizo, negando la posibilidad de que esa voz perteneciera a Hor. Ya que su hijo no la llamaba de forma tan necesitada desde que tenía un millón de años. ¿Y porque tendría que estar aquí? Los dejo bajo la protección de sus nanas y Anhur en Buhen, a más de una semana de viaje. Nebet-Het tenia rato perdida más allá de Ast, de donde provino el clamor.
Se armo de valor, y enfrento sus dudas.
—¿Hor?


