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Fue la carrera mas intensa que Hor había tenido en si vida. Añadiéndole, que tuvo que casi arrastrar a Hat con él.
La batalla entre Anhur y Mehyt ceso, como toda comedia trágica, con un final devastador. Donde la amada lamentaba la muerte de su querido, yacido en sus brazos. Pudieron escuchar el clamor de la Ojo Solar hasta que se alejaron lo necesario para sentirse mínimamente fuera de peligro.
De poder correr así en Kemet, el niño habría escapado de muchos peligros. Toda la fruta que consumió de Hat existía activamente en su sistema, sus fuerzas no tenían limite conocido al momento. En cambio, Hat, ella lo seguía sin ánimos.
—Por favor, Hat—le rogaba Hor sin parar de correr con ella de la mano—. Falta poco para llegar.
Les faltaban cinco kilómetros para llegar a Meroe. Al fin se reencontraría con su madre y tía. Esta vez si lo haría. Rogaba a Maat que esta vez fuera verdad. Por lo menos verlas a ellas y juntos salvar a su hermana y nanas. Ya perdió a Anhur, no podía perder a las demás ¿Qué clase de protector seria si sus acompañantes pagaban por su cabeza?
Miro al cielo buscando alguna señal de afirmación de Meruel. Estaba despejado con la luna en su máximo esplendor. Fijo nuevamente su atención en la luna, notando algo raro en esta. Le pareció estar algo desorientado, pero juraría que la noche estaba durando más de lo normal ¿no eran ya la hora de amanecer? ¿Qué le estaba pasando a Meruel? Un Soberano del sol y la luna jamás debe ir fuera de tiempos.
—Meruel nunca se retrasa en su trabajo—se preocupó Hor—. Hat ¿ya viste el cielo?
Ella obedeció, y ratifico su preocupación.
—Eso no me parece normal.
—No lo es.
Sea lo que fuera que pasara con Meruel, Hor sentía que esa luna no era él. Conocía que antes de Meruel, la luna era su madre, Amesemi y el sol su padre, Apedemak. El kushita le advirtió que, si se metía en problemas, sus padres lo castigarían. Y a juzgar por la ultima carta que les envió, Meruel estaba pasando circunstancias complicadas ¿habrán descubierto que Meruel estuvo solapándolos? ¿los Soberanos de Kush se molestaron por los daños que su raza ocasionó? ¿tomarían represalias contra Kemet?
—Padre Atum ¿Por qué nos persigue el caos? —lamento Hor.
Visualizaron la imponente ciudad tras unos minutos, alivianando el peso agotador en sus pies, de tanto huir toda la noche.
Destacada de entre todas las ciudades de Kush por ser el centro político y religioso de su mundo. Meroe era una ciudad gigante del lado un lado del rio, con murallas el doble de altas que otras ciudades. Los templos mas grandes y bellos se encontraban allí. El comercio iba desde lotes enormes de telas, y maderas, hasta insumos exóticos de la región. Su población era en su mayoría rica, pero solo si tenía talento de negociantes, mientras las demás clases quedaban de obreros y granjeros. Las casas eran de hasta tres pisos, acondicionados con las mayores comodidades, y los edificios alcanzaban incluso los cinco pisos para un solo negocio.
Del otro lado del rio, estaban las granjas y campos productivos sin un resguardo de los peligros externos como la ciudad. Hor y Hat caminaron aquella zona para llegar al puerto. Los humanos estaban frente a las puertas de sus casas mirando el cielo con desconcierto. Algunos estaban agrupados en medio de los campos con sus actividades pausadas. Por naturaleza, ellos madrugaban para adelantar sus deberes antes que el sol les ganara. Pero ese mañana, se les estaba haciendo eterna.
—Al parecer, no somos los únicos que lo notan—comento Hat.
Llegaron al puerto e insistieron a un barquero que los dejara cruzar. Por poco no lo consiguen convencer, de no cargar Hat consigo una pieza de oro que le regalaron los Jentilaks cuando se despidió.
—El dios se quedó dormido—comento el barquero mientras remaba.
—O le paso algo más—dijo Hor—. Uno no puede saber el estado de las deidades.
—Por algo son dioses, no deben tener escusas para trabajar. Eso es para nosotros los humanos, niño.
—¿Duda de la divinidad del dios celeste?
—Preferiría que esto sea un sueño del que aun no despertamos, antes que saber que efectivamente, estamos al cuidado de algo que no puede ni consigo mismo.
—¿Y si no lo es? —pregunto Hat, que poseía tanto ella como Hor sus disfraces nativos.
—Señorita, eso sería el fin de todo—respondió el barquero horrorizado—. Como dije antes, espero que este soñando y cuando despierte ya sea un nuevo día. Ya ven que los sueños pueden ser tan reales que no logramos distinguirlos de la realidad. Si, eso debe ser. Yo estoy dormido en mi choza, roncando tan fuerte que mi esposa no tarda en despertarme con un cuenco de agua fría.
Los dejo en la orilla y retorno luego de que le agradecieran. Entraron a la ciudad disimuladamente, aprovechando la distracción de los guardias por la novedad. Los citadinos arrimaban sus cabezas por las ventanas de los pisos altos, debatiendo si no se despertaron muy temprano.
Siglos atrás, Hor y los demás nechers vivieron cerca de la ciudad en sus cambios de hogar. Porque ni aun en Kush vivían en un solo lugar, rotaban de vez en cuando. Gracias a eso, guio a Hat al templo-palacio de la Kandake.
Meroe presumía de poseer un templo tan surreal y trascendental. Sus muros eran negros como la noche, decorados con siluetas de sus deidades con colores que parecían polvo de gemas, dando la sensación de ser los faroles en medio de esa oscuridad existencial. Las estatuas de la entrada eran dos leones con coronas de plumas, forjadas con metales preciosos y joyas.
—¡Es aquí! —informo Hor aliviado.
La emoción y esperanza retumbaron en su corazón. Subió los primeros escalones a toda prisa. De repente, sintió que frenaba casi cayéndose de espaldas. Cuando se estabilizó, descubrió que Hat no se había movido de su lugar y que sus manos tomadas fueron lo que detuvo.
—¿Hat? —llamo confundido.
Ella contemplaba el templo con respecto, sin ansias de adentrase en el lugar.
—¿Qué te pasa? —volvió a hablarle Hor.
—¿Porque vinimos aquí? —pregunto ella.
—Porque aquí deben estar mis familiares.
Hat lo miro.
—¿Estas seguro? —volvió a preguntar.
—Es la ultima pista que me queda de ellas.
—¿Y si no están?
Hor no quiso responder. Hat no le derrumbaría sus pocas ilusiones, porque si era así, no sabría que mas hacer.
—¿No harías lo mismo si supieras donde encontrar a tu hermana?
Hat titubeo con la mirada, tomo fuerzas y se desahogó.
—Siempre supe donde esta mi hermana—confeso de golpe. Hor la miro incrédulo y ella intento explicarle torpemente soltándose de las manos para hacer ademanes—. Quiero decir, se con quien esta, pero no sé exactamente donde estaba ese lugar. Tú mismo dijiste que soy muy torpe para moverme. Creí tener una pista en la ciudad de Nuri, pero me distraje por los niños y después Meruel me pidió ayudarte cuando bien pude arreglarme por mi cuenta de no ser porque mi corazoncito es muy blandito y…
—Sacrificaste tu ruta por ayudarme—interrumpió Hor.
—Si—respondió con culpa.
—Eso era lo que me querías decir en la cueva de los Jentilaks—dedujo.
—Bueno…mas o menos—dijo jugueteando con los dedos, nerviosa.
—¿Por qué hiciste todo eso? —cuestiono—. Debiste priorizar a tu hermana. Ella podría necesitarte y tú la dejaste a un lado por un niño como yo.
—Ella me ha hecho lo mismo ¿Por qué yo no habría de imitarla con alguien como tú?
—Porque arriesgaste tu vida. Hace rato pudiste haber salido lastimada por culpa mía.
—Y tu habrías salido lastimado si yo no me hubiera sacrificado.
—¡Ya no quiero que todos se sacrifiquen por mi! ¡¿no lo entiendes?!
Ella lo vio con lastima acumulada.
—¡Tu también te sacrificas todo el tiempo! —refuto ella— ¡suprimes tus emociones para que piensen que estas bien y eres fuerte, cuando no es así! ¡Hor! ¡Estas cargando con un peso mayor de lo que puedes soportar, por eso no toleras que te recuerden lo que aun no logras! ¡Te lanzas al peligro sin pensarlo dos veces porque te importa mas el bienestar de los demás antes que el tuyo! ¡Y estoy segura de que, si tus familiares están en problemas, no te quedaras sentado!
Los sacerdotes y sacerdotisas salieron a cantar al patio las oraciones por un buen día, sin importarles que la hora no parecía cuadrar. Los soldados recorrieron la ciudad, en busca de su dios Apedemak, para consultar la situación antes que la población entrara de paranoia. Y esos dos, intentaban encontrar las palabras para concluir sus revelaciones.
Hor no daba cabida a las palabras de Hat. Fue tan dura y a la vez tan tierna, sincera y intimidada. Todo eso que le dijo ¿alguna vez se lo cuestionó?
—No quiero que más personas sufran porque yo no pude protegerlas—confeso Hor dolido—. Y no quiero que tu entres a esa lista, Hat.
Hat se enterneció.
—Ay, Hor—flaqueo y lo atrajo a ella con un abrazo. Hor se sobresalto al inicio, pero mediante se fue acostumbrado al calor de Hat, se dejo consolar—. No te cuide porque crea que eres impotente, lo hice porque necesitabas ayuda para enfrentar el camino. Y si mi sacrificio te empuja un escalón a ser quien deseas ser, no fue en vano.
¿Qué debia hacer? ¿agradecerle correspondiendo al abrazo? ¿Por qué le costaba expresarse como debiera? Hat se abría tan fácil, y el se forjo a no abrirse.
La chica lo soltó suavemente, con esa bella sonrisa que consolaba hasta el alma mas miserable.
—Fuiste un gran compañero de viaje—dijo ella alejándose—. Espero que te reúnas con los tuyos. Cuídate, Hor.
Hor apenas pudo asentir con la cabeza. Se dio la vuelta y emprendió su subida. Hat hizo lo mismo del lado contrario.
“¿Así nada más?” se cuestionó Hor “¿después de todo lo que recorrimos juntos? ¿no le diré?”
—¡Hat! —le grito regresando al punto de partida. Ella se volvió al instante, atenta a su llamado. Hor se bajo la capucha de su capa y aprieto el borde buscando darse valor—. Necesito confesarte… ¡algo que te he querido decir desde que nos conocimos!
Hat espero desde su lugar. Hor respiro y exhaló como si eso fuera a liberarlo de sus nervios.
—Creo…que eres tan bella como la luz que emana de tu corazón—confeso al fin, sintiendo que se liberaba de un secreto que llevaba atormentándolo.
Se fijo en ella para ver su reacción. Temio que ella se burlara o pasara de forma cortes como en casos anteriores. Pero no entendió porque ella estaba levemente sonrojada y muda ¿Por qué hacía eso? Hor fue testigo en primera fila de cuantos seres le reconocieron su belleza, y estaba seguro que antes y después tendría muchos más ¿porque se sonrojaba con uno tan simple como el de Hor? Juraría que mas de un pretendiente le dedicaría elogios incomparables ¿Cómo se comparaba uno así con el torpe de un niño que busca demostrarle cuanto valoro su compañía en momentos difíciles? Además, no sabía si se volverían a ver en el futuro. Desconocía el mundo de origen de Hat y de que raza Soberana era. Si no se lo decía en ese momento, guardaría el tormento de no poder expresarlo.
Hat por fin se movió, tomando un mechón de su rizado pelo y llevándoselo detrás de la oreja, con una sonrisa risueña. No le importo que pudieran verla los humanos revelar sus verdaderos ojos por unos segundos. Esas dos esmeraldas con bordes amielados.
—Eres muy tierno, pichoncito—se rio amistosamente—. Muchas gracias.
Hor se alivio y correspondió la sonrisa tranquila.
—¿Algún dia crees que nos reencontremos? —lanzo Hor la incógnita.
Hat suspiro.
—No lo sé—intuyo y luego bromeo—. Pero de ser así, espero que ya me hayas rebasado y dejes de ser tan imprudente.
—¡Ey!
Ambos compartieron las risas.
—Así será, y dejaras de decirme pichoncito.
—Ya veremos—concluyo ella—. Vete ya, o perderás la pista de tu familia.
—Y tu regresa con tu hermana. Gracias por todo, Hat.
Y siguieron sus caminos, preguntándose si podrían reencontrarse después de todo el caos que presentían llegar.


