No permitió que Miu llegara a ella. No deseaba que nadie la consolara.
Anaka se recargo en el limite de su balcón contemplando el rio pasar bajo este con destino a la caída de la catarata. El agua de su bañera esta salada por culpa de Nefertum y no estaba de humor para purificarla en esos momentos. Necesitaba entrar al agua. Necesitaba volver a ser ella.
Estaba cansada de estar encerrada, iba a estallar.
Trepo sobre el balaustre y el viento alzo su cabello castaño claro. Respiro hondo y se posiciono para lanzarse. Dio un clavado perfecto y se sumergió con elegancia en el agua. Siempre quiso hacer eso y al fin se atrevía. Soltó unas carcajadas bajo el agua sin reparo.
En su hogar, solía competir con su madre y tías para ver quien daba el mejor clavado, nunca las supero, pero disfrutaba sentirse rival para ellas. También solían competir carreras de natación, a las que su madre y otra tía llevaban la delantera siempre. Podría invitar a unas de sus gacelas a jugar con ella si quisiera. De no ser porque llamaría mucho la atención.
Se dejo llevar por la corriente, sin miedo de caer por la cascada como cuando era niña. Incluso se acomodo de forma que fluyera mas rapido y sin chocar con obstáculos. Cuando al fin llego al borde y salió lanzada, un deseo incomparable surgió. Y cuando aterrizó en paralelo, sintió una satisfacción que ninguno de sus amantes pudo darle.
¿Por qué había esperado tanto para hacer eso?
Nado con la fluides de un pez por largas horas sin rumbo o meta. Era solo ella y el agua. Nadie entraba al agua en la noche, todos estaban en El Estanque o en su burdel. Estaba sola…y se sentía muy sola. En medio de tanta agua y sin nadie que la acompañara. Las gacelas eran animales libres, pero también sociales. Por eso tenia a sus gacelas, y las extrañaba.
Estaba por salir hasta que recordó que dejo su corona en su cuarto. Exploro las orillas buscando zonas llenas de juncos y salió lo suficiente para arrancar unos sin ser vista. Empezó a tejer los juncos para formar una diadema gruesa del tamaño de su cabeza, y después dejo las espigas rectas de un lado para simular las plumas de su otra corona, sin dejar huecos entre ellas. Aprendió a hacer cosas de este tipo con su padre después de una tarde recogiendo plantas a las orillas del rio para hacer manualidades. En ocasiones, su padre le hacia coronas de este tipo mientras ella fabricaba flechas.
Finalizada su obra maestra, la contemplo con orgullo. Se recogió su cabello como siempre lo hacía y se provo su nueva corona. Comprobó su tocado en el reflejo del agua y suspiro con una leve sonrisa.
Hora de que la reina regrese a su “palacio”.
Caminando a su palacio, uno que otro espíritu que cuidaba su ganado la saludaba con respecto al momento de reconocerla. No sin olvidar elogiar su porte elegante y divino. Al menos conservaba su realeza.
El edificio que conectaba la subdimensión con la creación de Kush, es decir, El Estanque, se percibía mas ruidos de los normal. Diversas sincronías musicales e instrumentos que normalmente escuchaba separados en cada raza espiritual.
—¿Qué esta pasando adentro? —se pregunto ella antes de cruzar la cortina de agua.
Fue recibida por una fiesta abrupta nunca antes vista. Los dinkas bailaban dando saltos altos en sus lugares con bastones rectos en una mano. Los Lugbara con saltos más cortos y rítmicos sincronizados con la cadera baja, moviéndose de un lado a otro. Los Karamojongs similar a los anteriores, pero moviendo más las caderas. Los madis se mueven a varias direcciones. Los masai parecían competir por quien saltaba mas alto.
Y rompiendo y rearmando coreografías con danza del vientre al estilo hibrido Kemet-nehesu, estaba Miu. Cantando y guiando la música para que todos pudieran incorporarse y dejarse llevar a su libertad. Se movía con un grupo, pasaba a otro, saltaba con otro. Desafiaba junto con unas chicas a otro grupo de chicas de forma amistosa y se reconciliaban para involucrar a otros. Era toda una reina del baile y dueña de la fiesta.
Las gacelas de Anaka estaba recargadas en los barandales del burdel, viendo con diversión y tranquilidad la fiesta abajo. Anaka cruzo la multitud como flecha hasta sus gacelas. Desde arriba el lugar era irreconocible. Los espíritus no solían llevarse tan unánimes con otros pueblos y mucho menos intercalar sus tradiciones. Tampoco se hacían fiestas en El Estanque por disgusto de Dedun. Él decía que eran muy desorganizadas y que de todas formas los espíritus eran indiferentes.
Si el viera lo que sucedía en esos momentos.
—No recuerdo la ultima vez que me relaje tanto—comento una gacela al grupo mientras se estiraba satisfecha.
—Lo sé—prosiguió otra—. No esta mal que alguien mas distraiga a los clientes por nosotras.
—¿Lady Anaka se enojará si bajamos a divertirnos también? —pregunto otra intriga—. Nunca e estado en una fiesta. Se ve muy divertida.
—¡My lady! —grito una al descubrir a su ama detrás de ellas.
Las gacelas se alertaron y voltearon con una reverencia a su dueña. Temían que las regalara pro holgazanear, a pesar de que no era su culpa que Miu acapara la atención de sus clientes esa noche con sus métodos y sorpresas.
—¿Ella hizo todo esto? —les pregunto Anaka sorprendida y a la vez desconcertada.
Ellas asintieron.
—Dijo que el lugar se sentía muy apático y que necesitaba un toque de “alegría” —explico una gacela sin alzar la cabeza.
—De un momento para otro consiguió que los espíritus cedieran…incluidos todos los clientes—añadió otra nerviosa.
Anaka miro una vez más a Miu. Estaba cantando con un espíritu mientras trepaban las mesas para hacer movimientos de baile fluidos y alegres. Los espíritus la contemplaban con admiración y respecto. Divertidos por las expresiones y coreografías burlescas que ella hacia como si su baile fuera una historia que contar.
—Ok—dijo Anaka sin darle vueltas al asunto—. Hagan lo que les dé la gana.
Las gacelas se miraron entre ellas impresionadas. Su dueña se retiro sin explicaciones y dándoles señal de que se retiraran. Ellas tomaron su palabra y bajaron con algo de duda a la fiesta. Una fiesta no era lo que ella esperaba, pero tampoco iba a arruinar la alegría de los demás solo porque ella no coincidia en esos momentos.
Camino sola por los pasillos y las escaleras hasta su habitación. Todos estaban abajo divirtiéndose, mientras que arriba esta silencioso y abandonado. Deseo que los demás Soberanos no se hubieran ido ayer, para tener alguno con quien pasar el rato.
Antes que abriera la puerta de su cuarto. Unos pasos apresurados la alertaron que venían tras ella. Para su sorpresa, era Miu. Estaba ansiosa e inquieta, tampoco es que luciera preocupada o molesta. An creyó que la iba a acosar para asistir a su fiesta al momento que la gata freno en seco junto a ella.
—Escucha—comenzó An con desinterés—. Aprecio tu intención, pero…
—Nefer nos necesita—la interrumpió Miu.
An abrió los ojos y la tomo de los hombros tras pensar en lo que se refería.
—¡¿A qué te refieres?! —la sacudió alterada.
—Puedo sentirlo—respondió—, no puede el solo.
Como si una cubeta llena de sus temores y preocupaciones acumuladas le cayeran encima, An sintió que el piso se deformaba bajo ella y la música de abajo se extinguía. Apretó sus manos sobre el hombro de Miu junto con sus dientes para mantenerse firme.
Debian moverse ¡Ya!
Fue por su arco escondido bajo el agua de su piscina, que seguía estando salada, y los susurros del mar primordial la acosaron sobre sus temores.
“Una cazadora que teme a una bestia,” le hablaba el agua mientras ella dudaba de tomar su arco “no puede ni portar su arma.”
An gruño y les grito que se callaran. Tomo valor y su arco sin tiempo de reflexionar, lo colgó atravesado. Agarro a Miu y salieron rapido del lugar sin soltarse. Nadie se percato de la desaparición de ambas o se cuestionó que fue de ellas. Cruzaron la ciudad humana ante las narices de estos sin notar la presencia de ellas, y llegaron al desierto rumbo al oasis de los leones.
An actuó sin meditar los riesgos. Su procuración más grande era Nefertum y lo que debería estar pasando con Maahes como para que Miu le dijera que estaba en peligro. Ojalá su valentía le hubiera durado más.
Apenas escucho el rugido de la tormenta a lo lejos, freno en seco como si una flecha se clavara. Estaban a kilómetros de su destino y las eminentes nubes negras sobre el desierto advertían que estaban por adentrarse en terreno peligroso. Un terreno que en el pasado An exploro creyendo que podría cazar a la bestia y esta acabo con ella.
El dolor en su cabeza revivió junto con el terror que vivió ese día. Aquel que la hacía flaquear con su arco y no poder sostenerlo como era.
—An—chasqueo Miu sus dedos frente a ella.
An negó con la cabeza y soltó a Miu. Se llevo sus manos a los costados de su cráneo, como si aun sintiera la sangre correr sobre ella. Su respiración se entrecorto y su corazón latió mas rapido que una flecha.
¿Qué temía más, que Nefertum saliera dañado o que Maahes volverá a herirla? Si antes, cuando se sentía segura con su arco y llena de valor, no pudo contra el ¿Qué le aseguraba que en esa condición tendría oportunidad?
—No puedo—confeso An asustada. Retrocedió de reversa sin perder de vista la tormenta sobre ellas—. No puedo—repitió casi llorando.
Miu la miro con los labios apretados. Volteo a las nubes sin preocupación y se encogió de hombros.
—Gracias por traerme tan rapido, An—le agradeció.
An la miro llena de fragilidad y preocupación. No hacia falta preguntar para suponer que era lo que tramaba esa gatita. Miu la abrazo con ternura unos segundos y se soltó para despedirse.
—Si quieres, regresa—animo Miu con una tranquilidad indescriptible—. Te enviare a Nefer en una sola pieza, lo prometo.
Se separaron cada una por su ruta. An regreso maldiciéndose por no poder hacer nada. Aunque deseara con todo su ser poder salvar a Nefertum, también lo maldecía a el por haberse metido en esa situación tras ignorarla. Y se preguntaba como Miu podría enfrentar a la bestia sin armas.
***
Era consciente de a que se enfrentaría.
Cuando se reencontraron en Kush, Maahes ya estaba fuera de control y solo Apedemak podía contenerlo. Sus métodos eran violentos y salvajes, pero solo así era posible acercarse a su hermano sin peligro para otros. Con el tiempo, Nefertum fue perfeccionando sus drogas analgésicas, que, para su desgracia, Maahes se adataba constantemente a los cambios de sus formulaciones. Muchas de las drogas creadas no las repitió y quedaron escritas en su libro de fórmulas.
Contuvo la respiración más por desanimo que por miedo. La tormenta estaba fija a un radio extenso sobre el oasis. Maahes ha estado quieto desde que lo dejaron. La purga pasaba cada siglo. La penúltima fue hace una década. Y la última fue la de hace días. Esta estaba fuera de planes.
Apedemak nunca les dio una explicación de porque permitía que Maahes matara a sus humanos y le daba miedo interrogarlo. Fuera por lo que fuera, era seguro que Mak humillaría a Maahes nuevamente como el león dominante de Kush. Sin importarle que su rival era un chico que actuaba fuera de sus facultades mentales.
El viento acarreaba sangre y pestilencia. Las primeras victimas yacían junto a él.
Lo mas probable es que unos tontos hayan encontrado el oasis ahora que las flores de lotos no estaban. Nefertum diseño esas flores para emitir aromas que despistaran a curioso a la redonda y de esa forma ocultar su hogar de infortunados que se tropiecen a su muerte. Miu las arranco ayer sin saber el daño que acaciano y, cultivar unas nuevas tardaría días.
—Tendré que romper la promesa—dijo para si Nefertum, desfundando su espada—, otra vez.
Pero esta vez, lo hacía voluntariamente. No porque alguien lo obligo.
Libero su Ka y viejo a su espada en un aura azul lapislázuli. Esta, desintegro el cuero que envolvía la empuñaría y revelo el acabado simple pero emblemático que poseía. Una cabeza de león en el pomo de la espada y una flor de loto abierta en la guarda, todo de color dorado. Y la hoja, plateada con inscripciones doradas que delataban el nombre del arma: Nuevo amanecer.
¿Qué significaba? Era el acertijo que debía resolver.
Para ese punto ya había tirado a la basura su disfraz kushita, solo sería gasto de Ka innecesario. Lo enfrentaría de frente, sin negar quienes eran los protagonistas. Tomo pose de defensa con la espada lista, y camino de lado rodeando la ubicación de su objetivo mientras se acercaba en espiral.
El aire estaba dominado de un aroma mas nauseabundo que el de un cadáver: corrupción del alma. Un aroma que pocos como Nefertum identificaban por encima de los demás. El de los humanos pecadores era asqueroso, al punto de generarle nauseas, pero el que acababa derramarse lo superaba al por mayor, capaz de noquearlo. Sangre inhumana y de seres cuestionables. Maahes jamás había llegado a probar esa sangre, y Nefertum siempre temió su reacción el día que lo lograra.
Si daba otro paso no aguantaría el asco. Saco un pañuelo perfumado y lo olio con necesidad. Se acerco lo mas que pudo, hasta que le fue posible divisar su oasis. Su antes acogedora casa, había sido ilustrada del sangriento escenario que la prisión del desierto, con pequeñas diferencias alarmantes. No había huesos. No había bultos de restos y viseras. No divisaba a Maahes. Solo quedaban manchas rojas regadas por las arenas.
Dio otros pasos al costado para tener un mejor ángulo de la zona frondosa. Y allí, entre las plantas datileras, la escena que Nefertum no deseaba ver, aunque sabía que eso encontraría. Las presas eran ogros selváticos. El cazador, un Sanguinario que los devoraba como bestia salvaje, arrancándoles extremidades sin esfuerzo y atragantándose con estos.
Sus colmillos trituraban hasta los huesos. Sus garras despedazaban tendones. Su melena barría sangre. Sus movimientos frenéticos aterraban a quien lo contemplara. Y su cuerpo entero, bañado en brillante liquido escarlata.
Nefertum se lamentó viendo como su hermano se comía a una de las dos ogras que tenia cerca. La otra ogra estaba a medio devorar, con su cabeza viendo a donde Nefertum, rogándole a atreves de sus ojos que se acabara su mártir. Se amarro su pañuelo perfumado en la cabeza, tapándole la nariz. Saco una semilla de loto. Apunto a donde estaban ellos. Y la disparo con la fuerza de su pulgar. Maahes apenas reacciono cuando la semilla impacto en el y exploto en una nube azul de olor. La explosión cubrió el área del oasis.
Nefertum reajusto su postura de combate y mando al infierno las reglas de Kush. Libero fragancias psicoactivas de su piel a la espera de que Maahes las oliera. Repaso en su mente hechizos de Heka que podría emplear.
Se escucho un crujido y algo salió disparado desde el interior, directo a él. Blandió su espalda y partió a la mitad el árbol. En su distracción, Maahes salió del lado derecho y le lanzo una daga. Cuando Nefertum lo detecto, alcanzo a bloquearla con su espada. Sus miradas se cruzaron antes de la batalla.
Mientras en el estanque festejaban, en el oasis luchaban.
El perfumista lapislázuli blandía el sable de su espada con elegancia torpe, defendiéndose de los salvajes cortes de las dagas del sanguinario escarlata. Cada impacto era un estallido rojo-azul. En cada oportunidad que tenían, uno de los dos mandaba a volar al otro a kilómetros.
—¡YA BASTA, MAAHES! —rogo Nefertum arrodillado frente a su espada que clavo en tierra para poder pararse de su ultimo lanzamiento—. ¡No quiera hacerte daño, por favor!
Maahes rugió. Sus ojos lucían mas aterradores y amenazantes que siempre. Sus pupilas dilatadas. Sus colmillos mas filosos. Sus deseos de matar y comer descontroladamente. Su postura erguida para lanzarse a cualquiera que se le cruce. Su cola latigueaba con ira al ritmo de la tormenta.
¿Qué le había pasado a su hermano para que perdiera el control? ¿Por qué las drogas ya no funcionaban?
Malditos ogros. Su sangre fue el plus que necesitaba para romper su poco autocontrol.
Nefertum se alzó listo para defenderse.
—Karma—maldijo entre dientes—. Si tu llegas a este punto, yo también tendré que quebrar mis límites.
Maahes se lanzó nuevamente y Nefertum espero solo para liberar una nueva fragancia corporal de golpe color azul. Cegar la visión del otro y evadirlo al roce de recibir una apuñalada. Ya cansado de arriesgarse a derramar sangre, chasqueo sus dedos y todas las semillas de loto que dejo regadas durante sus previos enfrentamientos, explotaron.
Debía ser la solución. Maahes no tendría salida de toda esa droga dispersa en el aire. Si o si, tenia que olerla. Tenia que noquearlo, como siempre lo hacía. Eran sus fórmulas más fuertes creadas con Heka. Si fallaba, solo Apedemak podría intervenir.
Pasaron minutos para que la fragancia y las nubes azules se disolvieran en el aire.
Maahes yacía sentado de rodillas a unos kilómetros. Su hermano se acercó lentamente, sin bajar la guardia y apuntar con la espada. La tormenta seguía, aunque su amo flaqueara. Maahes no se movía. Estaba serio en su lugar, con el rostro culto por su melena y sus dagas punta abajo en sus manos. Respiraba entre cortado.
—Maahes—susurro Nefertum esperanzado.
Un metal paso de largo junto a el de forma vertical, dándole un corte en la mejilla y cortando el pañuelo que lo cubría. Este se cayó ligeramente de su rostro y recibió el golpe los vestigios de olor que el mismo género. La fragancia era potente, y sus sentidos se debilitaron drásticamente. Apenas fue capaz de notar la lluvia de dagas que caían alrededor de Maahes impregnados de su Ka.
Nefertum maldijo, y como pudo antes de flaquear, creo un capullo de loto a su alrededor. Encerrado en él, se dejó caer de frente, intento purificarse a brevedad. Tosió con flemas por el cambio tan brusco que su cuerpo experimentaba. Pero su debilidad no logro que los pétalos del capullo resistieran la lluvia de dagas. Estas lograron incrustarse a mitad del capullo en los pétalos.
Se llevo una mano al cuello para sobárselo. Jamás pensó que así de agresivas eran las drogas que le administraba a Maahes. Y su hermano nunca rechazo consumirlas, aun así.
Las dagas colgadas sobre el presionaban para penetrar por completo. Se quedaba sin ideas. En esa condición no podría hacerle frente. Sus hechizos fallaron. Bélicamente era inferior a él…solo le quedaba un ultimo recurso. Un hechizo que preparo en casos de emergencia aprendido por su padre.
Maahes abrió el loto con sus manos al percibir que sus dagas no dieron a nada. Y dentro, con las dagas clavadas a sus lados, estaba un niño sentado. Tenía el cabello azabache largo y ondulado, su piel era morena y sus ojos dos azules lapislázulis melancólicos. Miraba al mayor con miedo. Inmóvil por su debilidad e impotencia.
El sanguinario lo encaro de frente como un animal que examina a su presa antes de atacarla. El infante, trataba de procesar lo que pasaba. El hechizo que se lanzo a el mismo, lo hizo regresar a su etapa tierna, bloqueando sus capacidades adquiridas a través de milenos e impidiendo que actuara con la madurez de su edad real.
En su inmadura capacidad, Nefertum atestiguo un desconocido con el rostro juvenil de su hermano. Aquel niño sensible y noble que tanto temía que lo vieran como un monstruo, se había convertido en un masacrador lleno de rabia e ira bañado en sangre de sus víctimas.
Maahes lo vio de un lado a otro. Lo olio. Camino alrededor de el buscando la clave de su farsa.
—Hermanito—llamo con voz quebrada Nefertum acercando su mano.
El otro se alejó súbitamente como si fuera un animal en defensa de un ataque con la piel erizada. Segundos después, Maahes retrocedió rendido y huyo de regreso a terminar de comerse lo que dejo inconcluso. Dejando solo a un niño Nefertum, que debatía en si llorar o maldecir.
Por lo menos, Maahes aun no rompía su limite con los niños. Rogaba a la Ogdoada que no se le cruzara otro maldito inhumano malévolo peor que estos ogros. Porque de ser así, acabaría de corromperse.
¿Y ahora que debía hacer? ¿retomar el ciclo otra vez? ¿esperar a que las cosas se pudieran peor?
Si Regresaban a Kemet tal cual ¿Qué harían los Camefis? ¿Qué haría su padre?
—¡Aw! ¡Nefer, te vez tan tierno!
Se sobresalto ante la dulce voz de Miu. Era tan escurridiza que llego a su lado sin que lo notara. Lo veía chiveada como una niña ante un peluche afelpado.
—Me dan ganas de abrazarte hasta dejarte sin aire—revelo ella y abrió sus brazos— ¿me dejas? —Nefertum negó con la cabeza—. Bueno, lo intente. ¿Usaste un hechizo de rejuvenecimiento temporal? —Nefertum asintió—. Oh… ¿Qué te paso en tu linda carita? —cuestiono pasando un dedo por su mejilla cortada.
Al principio, él se sorprendió por su toque, pero después sintió reconfortante y recargo su cabeza para que lo acogiera más. Miu sonrío dulcemente.
—Creo que fue suficiente para ti hasta hoy—dijo ella y tomo su cabeza entre sus manos. Lo miro con sus cálidos ojos bicolor—. Nefer, ves a descansar con An. Es mi turno de lidiar con él.
Nefertum la vio muy preocupado. Puso sus manos sobre las de ella en señal de querer detenerla. Ella negó.
—Confía en mi—acerco su cabeza y le dio un tierno beso en la frente. Se aparto de el e hizo aparecer una envoltura de tela en sus manos—. Maahes estará bien.
Informo con una seguridad al momento de desatar las telas y liberar un fuerte aroma encapsulado. El objeto que escondía, era una especie de sonajero de cabeza cornuda, con cuerdas y cuentas metálicas atravesadas. Nefertum abrió los ojos con incredulidad.
Miu se fue a donde Maahes se había escapado, y Nefertum permaneció allí sentado sin poder creer lo que acababa de oler.
Esa cosa, olía igual que sus espadas.
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