Antes de entrar a “El Estanque”, Nefertum le advirtió a su compañera todo lo que no debía hacer, en especial alejarse de él.
—¿Te quedo claro? —le pregunto y ella se acerca—. Una cosa más—continuo con algo de duda y nerviosismo rascándose la quijada—. Si preguntan, eres mi cuñada—soltó expectante a la reacción de ella.
La instrucción era tonta, por no decir ridícula. Esperaba una amonestación de parte de ella ante tal insinuación, porque sonaba más a eso que a un plan. Nefertum quería suponer que entre ella y Maahes pasaba algo fuera de lo normal con lo poco que logro entender. Aunque, francamente cualquiera que conociera a su hermano sabría lo absurdo que alguien como ella gustara de él.
Ella parpadeo y acomodándose tranquila.
—No sería más creíble que salga contigo? —pregunto ella con cierta mirada traviesa, no una insinuaosa, sino de alguien que sospecha algo.
—Seria más peligrosa—le respondió con un escalofrío—. Ya verás por qué.
Tocaron a la puerta y el guardián de la entrada, un espíritu león, no requirió preguntar para reconocer a Nefertum. El guardián lo saludo con bastante naturalidad y respeto, pero al ver a la chica casi pierde el equilibrio de sus acciones. Ella le regreso el saludo y siguió a Nefertum como una niña detrás de su hermano mayor. La recesionista, una chica gacela que estaba atendiendo a unos espíritus serpientes y sapos con cierta sonrisa fingida, dio un salto de emoción al ver a Nefertum. Se sonrojo un poco y apresuro a los clientes a que entraran sin disimular su favoritismo.
—¡Buenos días, mi señor! —saludo ella con una sonrisa perdida sin quitar el ojo de Nefertum—. No sabe el enorme placer que es tenerlo nuevamente.
—Hola—le regreso el saludo Nefertum apoyándose en el mostrador con confianza—¿An está “ocupada”? —pregunto con cierta insinuación en la última palabra.
—Me temo que si—contesto la gacela con cierto juego de lamento—. Su habitación está ocupada desde ayer y al parecer no muestra ganas de salir hoy.
—No me sorprende de ella—dijo Nefertum rodando los ojos.
—Pero, si gustas aprovechar el tiempo—dijo en voz baja pasando su mano cerca de la suya—. Mi habitación está vacía y, en poco cambio de turno.
Nefertum alejo su mano fingiendo ignorancia y se aclaró la garganta señalando a su acompañante con la cabeza. La gacela cambio su semblante y el barrio con la mirada sin poder formular alguna palabra para defenderse. La chica no se inmuto y la saludo con amabilidad.
—Lo siento—dijo Nefertum hundiéndose de hombros—. No puedo entretener a mi acompañante. Vamos a pasar. Ten lindo día—se despidió seguido de “su cuñada” antes de cruzar la cortina de agua.
La recepcionista se despidió de el con cariño, pero le frunció el señor a la chica.
Sinceramente, él no quería estar en ese lugar. Y si le dieran a elegir estar viviendo dentro de la ciudad o pasar todo el día dentro de “El estanque”, escoge apuñalarse con su espada. Su problema no era el aroma natural de los espíritus que circulaban, era el que emanaba del segundo piso y se pregnaba en los que cruzaban por allí. Las feromonas eran de las sustancias más letales para la nariz de Nefertum. Demasiado embriagadoras y adictivas como para volver estúpido al más fuerte. Por eso se previno con su perfume inhibidor como todas las veces que venia a ese lugar.
—Nefer—le llamo ella punzándole el hombro— ¿puedo volver a mi forma? Todos aquí lucen normales.
Su punto era válido. Ese lugar era seguro para vagar sin peligro de exhibirse ante humanos. Si un elefante antropomórfico se paseaba confiadamente trompeteando a sus compañeros, y un águila teriamorfo volaba entre pisos ¿Qué inseguridad de mostrarse tal cual eran?
—No—respondió Nefertum.
—¿Al menos mis partes animales? —insistió ella.
El medito y termino cediendo. La chica exhibió su forma gatuna con emoción sin alterar su aspecto kushita. Cruzaron las mesas de comercio intentando pasar desapercibidos entre tantos animales espirituales. El lugar era muy amplio, pero su espacio principal estaba cruzando la catarata del centro.
Y justo cuando estaban por pasarla, del otro lado entraron dos Soberanos Kalenjin interponiéndose a su paso, o, mejor dicho, ellos estaban en su paso. Destacaban por lucir como humanos, pero sin optar por un animal formal. Vestían pieles animales y chales con diseños simétricos que daban una impresión de tormenta. Estaban rapados y usaban pendientes de latón que lucían muy pesados para sus orejas. Portaban cada uno una espada que mantenían oculta entre sus ropas por lo peligroso que eran.
Nefetum bajo la cabeza al instante y forzó a la chica que lo imitara, antes que los reconocieran. Los dos Soberanos los vieron con desdén y empujando a Nefertum llamándolo espíritu. A su paso los demás espíritus se movían inclínenseles con respeto y miedo.
—Y esos quienes eran? —le pregunto ella curiosa viendo como subían por las escaleras con autoridad.
El necher no le respondió al instante. Cruzaron la cascada como si fuera la puerta principal del lugar. Del otro lado, se extendía un campo junto al río y, detrás de ellos, un enorme edificio de adobo con acabados y decorados naturales.
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Se podría decir que era una subdimensión de Kush, creada como morada o escondite de los Soberanos para sus deseos ajenos. An le había contado que fue creado por Sbiumeker, el creador de Kush, para quien sabe qué, pero que tras encerrase en el inframundo lo dejo abandonado y Dedun se apropió de él, exclusivo para trueques con recursos naturales y animales. En él, algunos espíritus alzaban sus campamentos donde podía realizar sus negocios al mismo tiempo que tenían donde mantener cuidados sus bienes y hospedarse.
—Ilet ne-mie y Ilet ne-ya, Soberanos tormentosos de Kalenjin—le respondió fuera de la vista de todos, caminando por el campo.
—¿Por qué dejaste que te trataran así? —Lo seguí.
—Déjalos—dijo tranquilo—. Es mejor pasar desapercibidos. Además, los Nechers somos algo temidos ¿Cómo crees que reaccionarían si saben mi verdadera identidad y que vengo igual de armado?
—Uy. Hubiera sido un duelo divino.
—Exacto.
Buscaban el campamento de unos Dinkas. En su forma original simulaban animales de la sabana, y en sus aspectos humanoides eran muy altos, de piel oscura y facciones gruesas como los kushitas. Estos se dedicaban al ganado y su vida era nómada. Los que tenían milenios comercializando en Kush ya poseían sus luaks, chozas circulares de lodo con techos de paja y pasto.
En una de ellas estaba sentado frente a un anciano con cuernos de toro y manto rojo. Tenía una mesita de madera con un juego de vasos de barro, y en medio con un frasco de miel tapado. También tenía una olla de agua hirviendo en el fuego. A un costado estaba un corral improvisado de palos, con algunas vacas de cuernos descomunales dentro o atadas con estacas en el suelo.
El anciano daba órdenes a unos espíritus jóvenes que estaban bajo su mando. Eran una hiena, un serval, un tejón y algunos otros animales carnívoros, todos en formas humanas con ligeros rasgos animales en su vestimenta y apariencia. En cuento el anciano visualizó a Nefertum, dejo lo que hacía para pedir que arreglaran la mesa y trajeran frutas.
—¡Su excelencia! —lo recibió el anciano con una reverencia.
—Anciano, Alek. Ya le he dicho que no hace falta ser tan directo—le rogo Nefertum no apenado, sino cauteloso.
—Tonterías, mi señor—refuto el anciano que parecía caerse de frente por el tamaño de sus cuernos—. Me honra con su presencia. Usted. Un ser de tan espíritu alta clase visitando a un humilde extranjero—alzo la mirada y contemplar a la chica. Quedando tan fascinado que por poco pierde el poco equilibrio que tenía, de no ser porque Nefertum lo sostuvo—. Perdóneme, que pena—y de enderezo avergonzado—. Pero no pude evitar contemplar a tan hermosa doncella.
—Aw, que lindo—dijo alagada—. Nefer ¿Quién es el?
—Es Alek, un espíritu dinka al que le solemos comprar los bueyes que quiere Maahes—respondió Nefertum.
—A su servicio, mi señora—quiso reverenciarse otra vez, pero Nefertum no se lo permitió— ¿puedo saber el vínculo que comparten? ¿o es acaso su nueva amante?
Nefertum se erizo ante esa insinuación.
—¿Nueva amante? —cuestiono ella como si se burlara del—. Cuñado, no sabía que eras tan “amoroso”.
—¡Espera! ¡No! —corrigió el—. Viejo Alek, ella es mi cuñada. Y ya dejé claro muchas veces, que no me gusta que opinen de mis relaciones.
—Discúlpame, mi señor—se disculpó Alek—. Es que no pude pensar en otra cosa. Me pareció una jovencita de belleza a su altura. Claro que también fue irrespetuoso asumir que ya no tiene una relación con la otra mi señora.
—¿Cuál otra mi señora? —prosiguió llena de curiosidad.
—Preciosa ¿Por qué no vas a ver el ganado mientras yo hablaba con el viejo Alek? —La detuvo Nefertum.
—Ah, no—reclamo ella—. Yo quiero saber quién es mi concuña.
—Te la presento luego—se rindió él cansado. Pero basto para convencerla y que se fuera al corral a elegir un buey.
—En norabuena por su hermano—dijo Alek cuando le chica se alejó—. Espero que, así como sea de hermosa sea de ama de casa.
-¡Oh! Crema. Con algo debe defenderse—confeso él.
Pasaron sentarse y Alek abrió la cazuela para sacar un agua color café y con olor agradable, que sirvió en los vasos de barro. Nefertum le agradeció por la bebida y el endulzo con algo de miel.
—Veo que siguió mi propuesta de infusión—comento Nefertum sobre la preparación de la bebida.
—Así es, mi señor—respondió Alek—. Su idea de infusionar las semillas secas de café sabe mucho mejor que macerarlas en agua fría o molerlas con grasa.
Alek era fanático del café. Era un producto que obtenían de Punt, y que se había vuelto tendencia en los últimos milenios. Nefertum no lo consumía mucho, solo en dadas ocasiones como en sus visitas a los dinkas. Existían muchas formas de consumirla, pero Nefertum práctica una técnica que consideraba, extraía mucho mejor la esencia de esta. Olía muy bien, con miel sabia deliciosa y su consumo tenía propiedades benéficas.
—¿Cómo está su hermano, mi señor?
—Bastante bien—contesto Nefertum sin cuidado dando un sorbo.
—Me lo imagino, el gozo que debe sentir al haberse casado. Aunque debo confesar que me sorprendió—Nefertum bajo su vaso de reojo—. Cuando usted pocas veces habla sobre su hermano, siempre me daba la idea de que era alguien reservado.
—No solo usted—conto bajando su vaso—. Una mañana de la nada apareció con esa chica y me dio lo sorpresa—mintió.
—¿Ni usted sabía que su hermano estaba de casamentero? —Nefertum se detuvo de dar otro sorbo—. No quiero sonar mal hablado, pero no me parece normal que se oculten estas cosas entre hermanos. Y menos cuando son tan unidos como usted siempre me lo demostró.
Maahes y el siempre fueron unidos. No había secretos entre ellos. Se contaba todo. Hasta que paso lo de aquella vez cuando regresaron a casa de su padre para siempre y se distanciaron. Pero no era momento para divagar otra vez en recuerdos como los de anoche. Dio el sorbo para aparentar paz y le sonar con elegancia al anciano.
—Fue un amor espontaneo—justifico Nefertum—. Usted comprenderá que a nuestra edad estas cosas pasan.
—Oh, entiendo. Si claro. Olvido que mis dos millones de años existiendo son solo la etapa de juventud para ustedes.
—Precisamente, pero pasemos a temas de negocios.
— ¿Qué deseo llevar mi fiel cliente esta vez?
—El buey de expiación más asqueroso que tengas—soltó con seriedad.
—Lo de siempre.
—No—corrigió—. Quiero al más podrido de todos tus lotes.
Alek lo miro con duda y algo de inseguridad.
—Mi señor. Me está pidiendo que le dé el animal más caro—confeso y comenzó a ponerse nervioso—. Ese animal lo tengo reservado para un cliente muy especial.
—Se a quien se lo das—confronto—. Nunca te lo pido por ese mismo motivo, pero esta vez no puedo llevarme uno de segunda.
El anciano comenzó a temblar junto con su vaso a medio acabar.
—Lo siento mucho, mi señor. Pero tendré que negarme a su pedido.
Nefertum anticipo su reacción. Entendía el miedo del dinka, incluso el sentaría lo mismo si le fallaba a ese “cliente especial”. Por otro lado, Maahes no se llenaría con otro buey estándar, requería algo más fuerte.
—Anciano Alek. Tenga la confianza de que, si me entrega ese animal, y dada la ocasión tan especial que presentamos con la reciente boda de mi hermano, su cliente no se enfadara.
¿Cómo está tan seguro? —cuestiono temeroso—. Lord Apedemak no es un Soberano que se apiade ni de sus hermanos.
—Pero si de esa chica—dijo señalándola. Estaba hablando con un chico Serval que le mostraba las vacaciones acompañado de la hiena. El dinka parpadeo incrédulo—. Lord Apedemak le tiene respeto a esa chica. Usted solo digale que se lo vendió a ella y lo dejara pasar.
—¡Mi señor! ¿Quién es esa chica como para alguien como el señor le perdone?
Nefertum no respondió, solo mantuvo su sonrisa confiada y tomo otro sorbo.
¿Tenemos un trato? —sugirió Nefertum.
El anciano bajo su vaso y lo miro con firmeza.
—El costo por ese animal es muy alto—prosiguió—. Es lo más vil que traigo de mi tierra.
—Le pagare con algo que jamás imagino.
Estaba confiado en que su paga lo terminaría de convencer. Económicamente estaba mal, contaba con lo suficiente para comprar los insumos que necesitaba. Además, debía comprarse otro buey, uno normal que conseguía barato con los humanos. Los que los dinkas vendían estaban fuera de lo normal, por no decir cuestionables y caros. Por eso ofrecería uno de sus perfumes mágicos, uno simple pero funcional para el deseo de un ser tan banal.
—¿Con algo inimaginable? —cambio su atención a la expectativa. Nefertum ascendió y rebusco en su bolso adelantándose a la negociación—. En ese caso, mi señor. El precio será que me cuente sobre usted—soltó sin rodeos y Nefertum se detuvo antes de sacar el frasco.
— ¿Qué quiere? —pregunto confundido. El anciano se acomodó en su lugar.
—Deseo saber más sobre su raza.
—¿Mi raza?
—Así es. Quiero que me hable sobre ustedes, los Nechers.
Ahora era Nefetum el que parpadeaba incrédulo ¿le parecía muy valioso saber sobre ellos?
***
Cuando los nechers llegaron, los dinkas que trabajan para Alek comenzaron a susurrar. Conocían a Nefertum, los visitaba cada siglo por un buey de los suyos. Todos menos el joven serval.
—Makoi ¿Quién es ese sujeto? —pregunto el chico serval al tejón.
Makoi, el espíritu tejón, vio de reojo.
—Disimula muchacho—le reprendió—. Es un Soberano.
—¡¿Es un Soberano?! —exclamo sorprendido—. No viste como uno, parece un espíritu más.
—Te dije que disimules—volvió a reprenderle—. No todos ellos son tan obvios. Y deja de holgazanear cerca y asegura la estaca de los animales.
El serval bufo e hizo caso de mala gana. En eso se les acerco la hiena riendo con su clásica sonrisa.
—Pobre Ngor—se burlo la hiena del serval, Ngor—. Pensaste que vendrías a holgazanear como en tu casa. Alek es un toro muy estricto, no te perdonara que seas un novato.
—Y tú también, Chan—le llamo la atención a Chan, la hiena—. Déjalo chico. No lo asustes en su primer viaje.
—Solo vengo a darle consejos—se escuso y luego se dirigió a el—. Mira chico, vete acostumbrando a tenerlos cercas. En Kush circulan Soberanos de otros lugares, y pagan muy bien por nuestro ganado. Ese de allí, es un cliente habitual, pero al anciano parece gustarle mucho. Incluso más que otros Soberanos con mayor presencia.
—El anciano tiene gustos raros—comento Ngor ajustando las estacas—. Ayer dijo que ese niño desabrido era un Necher.
—Tal vez si lo era—supuso Makoi y los otros lo miraron—. El anciano esta casi ciego, pero ve lo que nosotros no.
—¿Cómo es eso?
—El anciano cuenta que cuando era joven insulto a nuestro creador, Nhialac—conto Chan.
—¡¿El hizo eso?! ¡¿Cómo sigue existiendo?!
—El gran Nhialac, se apiado de el por sus inmadures. Y en lugar de castigarlo al instante, le dio un castigo lento y reflexivo. Maldijo su vista, para que mientras fuera perdiéndola con los milenos, su única luz fuera la gloria de los Soberanos.
—¿Cómo?
—Cuan más ciego quede—explico Makoi—, más luminosa se le hará la vista a los Soberanos. Dejará de vernos a nosotros, pero su única luz en medio de la oscuridad será la de ellos. Por eso es que reconoce a uno cuando lo ve.
—Ah. Eso explica porque se emociona tanto cuando ve a uno. Porque es lo único que ve con claridad.
—Exacto.
—Pero también es algo estúpido—añade Chan burlándose—. Mira que necesitar de una habilidad maldita para reconocer a un soberano que no se da a reconocer por si solo. Demuestra que algunos de ellos son tan mediocres que ni su presencia se distingue de nuestra especie.
—Cuidado con lo que dices, hiena mal hablada—le llamo la atención Makoi—. Si algunos de ellos no muestran su gloria como es, es porque no nos creen dignos de contemplarlos. Ni aun la forma que nos muestran los que resaltan es la real, solo adatan una apariencia que incluso nosotros podemos soportar.
—Achs—corto Chan abucheado—. Siempre con tus temores, Makoi ¿sabes que pienso a veces? Que los Soberanos solo juegan a ser los “dueños de todo” para hacernos sentir inferiores y que no descubramos lo débiles que son.
—Hablas muchas blasfemias, Chan. Sigue así y una Soberano te maldecirá tu boca.
—Me gustaría que un Soberano que dejara sin palabras—reto entre risas locas.
Entonces el serval y el tejón tomaron compostura anonadados, viendo detrás de la hiena. Chan noto su cambio arrepentido y la mirada encantada que tenían. Se giro sobre a donde ellos y vio a una hermosa chica gato recargada sobre las ramas del corral, atenta a las vacas como si platicara con ellas. Los vio a lo lejos y les lanzan un saludo amistoso.
Ngor y Makoi apenas reaccionaron al saludo y se lo regresaron torpemente. Pero Chan estaba tan pasmado por el encanto de ella que su mente quedo en blanco.
***
—Muy bien—se rindió Nefertum acomodándose en su lugar—. Dejemos algo en claro ¿Por qué cree que de todas las razas soy un Necher?
—Mi señor—explico Alek—. Se que no todos los Soberanos se asemejan, y que tienen sus propias familias como nosotros los espíritus y demás seres. Pero tampoco es secreto que no todas sus razas cuentan con muchos miembros, y los creadores jamás salen de sus mundos ¿con que libertad puede habitar sin problemas un Soberanos en el extranjero si su familia no es tan numerosa como para sobrarles en su mundo?
—Pero los Nechers no son exclusivamente los únicos que tienen muchos miembros.
—Aunado a eso, y por más que trata de disimular su acento y actitudes. No puedo dejar de compararlo con aquel que nunca visitó mi mundo hace mucho. Ustedes tienen algo distinto a las demás razas que va más allá de lo físico.
—Es un espíritu muy observador.
—Muchas gracias, mi señor.
Nefertum suspiro.
—Sabe, ayer me molestaron con el mismo tema. Solo que aquella persona dedujo por otros detalles más triviales. Quiero dejar en claro una cosa, lo que le cuente, de aquí no sale.
—Por supuesto que no, mi señor. Oigo y callo.
—Perfecto ¿Qué deseas saber?
Al anciano se le iluminaron los ojos de emoción.
—Cuénteme, por favor ¿Qué paso con Lord Asir? Su pariente que visitó mi mundo hace más de un millón de años.
El necher tuvo una mezcla de emociones. Estaba entre ofendido y arrepentido de haber cedido a responder esas preguntas. Tan solo la que escogió al anciano fue la peor de todas.
—Bueno—empezó sin ganas de hablar—. En primera, ese tipo no lo conozco—confeso y el dinka se sorprenderá—. Quiero decir, si es un Necher, pero no lo llegue a conocer…creo.
—¿Le paso algo? —pregunto alarmado.
—Digamos que, por pleitos familiares, está en nuestro inframundo.
—¡¿Cómo así?!
—Yo que se—se escuso—. Eso me contaron. No me involucro con los miembros de esa familia.
Alek frunció el ceño aún más confundido y atónico.
—No entiendo nada ¿Son ramas familiares muy distanciadas? Su creador se llama Atum, ¿verdad?
Eso indigno a Nefertum de una forma que el dinka no se imaginaba, pero que si lo noto al ver el semblante de él.
— ¿Dije algo malo? —Se alarmo Alek.
Nefertum se esforzó por no aterrar al pobre espíritu y forso una sonrisa.
—Resulta—dijo Nefertum—, que Asir pertenece a la Sangre de Atum. Los Sangre de Atum y yo no compartimos sangre—Alek quedo mudo—. Creo que no le han llegado esos rumores hasta aquí. La verdad es que los Nechers no somos linaje de un mismo creador. Permítame explicarle desde el inicio: Kemet fue fundado por cinco creadores oficiales.
Dicho eso el anciano estuvo a nada de irse de espaldas, pues lo que Nefertum le estaba confesando era algo inimaginable para muchos.
—No juegue con mi ignorancia, mi señor—le rogo como si se estuviera jugando con el—. Los creadores son seres muy celosos de sus creaciones. No pueden aliarse entre ellos para establecerse en un solo mundo. Raro escuchar de al menos dos ¡pero cinco!
—Cinco oficiales—reafirmo Nefertum con una sonrisa que ya no era incomoda.
El anciano tomo su vaso con la mano temblando y dio un sorbo desaparecido. Nefertum sonriendo de lado y recargo su cabeza sobre su mano encima de la mesa para estar más cómodo. Cuando el anciano acabo su trago suspiro como si eso le hubiera ayudado a relajarse.
—No me lo puedo imaginar—confeso Alek viendo el café en su vaso—. Nhialac, nuestro creador, durante muchos millones se ha negado a crear línea legítima. Y así también los creadores de los demás mundos que circulan Kush por comercio. Por eso ver otras razas de su especie es descomunal—alzo su mirada a Nefertum—. Mi señor ¿Cómo puede compartir características si son de diferentes familias?
—Cuando fundaron nuestro mundo, los Camefis, como les llamamos a nuestros creadores, se coordinaron para hacernos en un mismo diseño y mecanismo—hablaba como si presumiera—. Podemos tener las mismas características, pero la diferencia está en nuestra sangre.
—¿La familia de Asir es ajena a la suya?
—Los Sangre de Atum es ajena a todas las sangres, son la única familia que mantiene su sangre pura. Al igual que lo hacen las demás razas.
El dinka no dejaba de maravillarse por cada revelación de Nefertum como si estuviera descubriendo los secretos del cosmos. Deseaba saber más, preguntarle más cosas al joven necher que tenia de frente. Sin embargo, Nefertum estaba por terminar su café como señal de que estaba por terminar de conversar.
—Mi señor, si me permite una última revelación—rogo Alek— ¿a que sangre pertenece?
Nefertum dio su ultimo trago y deposito su vaso con delicadeza sobre la mesa.
—Nefertum Ptah-Ra—revelo con desinterés y se levanto de la mesa— ¿podemos ir por mi compra?
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