Nuevamente, me vengo disculpar. Les juro que este capitulo se me esta complicando, y no porque no sepa que pasara, sino porque es el que más me exige perfección (o bueno, calidad) y eso junto con los problemas y tenciones que estoy viviendo desde que empezó el año, me están retrasando en su entrega completa.
Incluso el capitulo final y epilogo ya están hechos, solo es este capitulo el que mas me esta retando y frustrando porque quiero que salga bien. A este paso, les daré todo el resto de golpe junto con los finales. Téngame paciencia, por favor. Yo también estoy igual o mas ansiosa que ustedes por darle fin a este libro.
Los Jentilaks notaron las anomalías mas pronto que los mismos Soberanos. Fue después de que Hat se retirara de aquel baile tan maravilloso, que admiraron una luna distinta a lo que conocían en Kush. Los ancianos, cuyo conocimiento era milenario, les basto una mirada para cuestionar la condición del Soberano lunar.
Sin la compañía acogedora de Hat y Hor, y aun con el temor del carácter de Apedemak, se acobardaron los gigantes. Su fiesta se canceló y metieron en la cueva a los niños y mujeres. Los varones y ancianos permanecieron afuera, alertas de algún cambio o visita superior. El cielo oscureció de golpe, sin previo aviso o pronostico.
Sus gritos hicieron eco por el valle. Los que quedaron adentro, asomaron para entender lo que pasaba.
—¡La luna! —explico asustado un gigante—. ¡La luna murió!
Astere, cuidada por Dari, buscaba con la vista a Baztan. Escapo de la cueva para encontrar a su padre en medio de los gigantes agitados. Por suerte, lo encontró conduciendo a la anciana líder fuera del bullicio. Baztan la regaño cuando se aferro a sus piernas llorando, pero termino cediendo a cargarla.
La anciana líder recito una oración de socorro a sus Sobernas natales, como si estas pudieran escucharla desde otro mundo. Tardo un rato, pero una señal del cielo apareció: una luminaria pequeña entre zafiro y dorado, cruzo el cielo sobre ellos.
—¡Misericordia, oh gran Mari! —exclamo lo líder, devastada— ¡Escapamos de nuestro hogar por la profecía de una luminaria que acabaría con nosotros! ¡Y nos siguió hasta este mundo! ¡¿Qué pecado hicimos para que nos busque el enviado del gran Urtzia, tan fervientemente para castigarnos?!


