La estancia del Ojo Solar en el capital fue tensa. El rey mando que se mudaran al antiguo palacio del Gran Soberano, hogar donde ellas vivieron en sus edades más nuevas antes de crear sus centros de culto. Estaban desacostumbradas a colindar entre todas por largos periodos y en condiciones de alta vigilancia. Si alguna deseaba salir a ver sus centros de culto, los Aj-Sa de los capitanes generales debían escotarlas.
Para verse, Anhur se aseguraba de asignarle sus Aj-Sa en específico a Mehyt. Y en las ciudades donde ella iba, él se escabullía para reencontrase con la excusa de hacer rondas de supervisión que coincidan con el tiempo que Mehyt moraba en la ciudad. Ante ojos de los demás, eran amantes, una relación sin seriedad ni privilegios. Solo aquellas Ojos Solares casadas tenían derecho a verse sin prejuicio con sus esposos, siempre y cuando ellas estuvieran escoltadas. Incluso Anqet, a pesar de ser solo una niña, fue tratada con las mismas condiciones.
Un día, algo sorprendente paso en todo Kemet. El cielo se nublo con grosor y rudeza, relampagueando bruscamente y difundiendo terror en la creación. No eran ajenos a las tormentas, su mismo rey se especializaba en el Heka de ellas. Sin embargo, esa tormenta tenía un aire y esencia muy diferente. Creyeron que pasaría rapido, quizás algún coraje del rey por lo frustrado que estaba. Al parecer, su frustración duro días, luego semanas, después meses, años…y prontamente, un millón de años.
Acompañado de eso, durante la primera semana de la era de las tormentas, surgieron muchas masacres misteriosas en los pueblos pertenecientes a las Ojos Solares. Que, al estar desamparadas de sus Soberanas, eran vulnerables. Ellas reclaman que las dejaran usar sus Aj-Sa como guardianas, porque desde el inicio, las encerraron junto con sus amas por el mismo miedo de que fueran usadas como traidoras.
Anhur y los otros capitanes fueron a investigar algunas masacres. Notaron una singularidad: solo salían ilesos los niños y mujeres embarazadas. Nunca lograron dar con el causante y pronto desviaron su atención en otras crisis.
Las tormentas se volvieron un muro que impedía la colindancia de los Nechers del rio y terrestres, con los celestes. Y sin ayuda de estos, bueno, digamos que eso no alcanzara a explicarse en este libro. Lo importante de saber, es que, si ya estaban balanceándose de una cuerda para no caer al caos, esto acabo por dejarlos colgados. Unos milenos después, las masacres se volvieron un recurso “funcional” para controlar el caos que pasaba, todo bajo órdenes del rey.
En una de las visitas secretas entre Anhur y Mehyt, cuando Mehyt pidió permiso de salir ver a los pocos seguidores que le quedaban en Iunet, se pusieron al tanto de los sucesos recientes.
—El rey está perdiendo el juicio—soltó Anhur con fastidio mientras acariciaba la espalda de su amada.
Ambos yacían en los aposentos de la Necher. Que si en el pasado le hubieran dicho que llegaría a compartirla con aquel leon que tanto corría de su templo, ella maldeciría con fuego como si le contaran una blasfemia.
—No sé qué trama con estas tormentas—siguió reclamando—, pero nos está perjudicando más que cuando dio el golpe de estado. Ya buscamos en todos lados y no damos con el paradero de los Sangre de Atum ¿Qué más quiere? —se detuvo para soltar un suspiro cansado.
Mehyt permanecía en silencio sobre su pecho. No era normal en ella mantener la sumisión, ni mucho menos en intimidad. Anhur evito cuestionarla las veces anteriores pensando que se debía a las muertes de sus humanos o lo abrumadora que estaba por sus encierros, pero sentía que algo más le estaba afectando.
—Estuve pensando—confeso serio e inseguro—. Quizás su padre tenía razón en llevárselos. Los mocosos se libraron de todo este caos ¿Qué piensas tu? Mehyt—la llamo con cariño. Ella hundió su rostro contra su pecho. Anhur subió su mano para descubrir su rostro bajo la melena. Mehyt tenía la mirada melancólica, una llama débil— ¿Qué ocurre? Llevas mucho tiempo así—pregunto sin ocultar su preocupación.
Ella se incorporó con pesades sobre su regazo. Callaba con secretos que negaba revelar por honor y principios. Anhur le contaba todo sobre lo que pasaba y ella nada de lo que sabia. Temía involucrarlo en problemas y que su posición fuera amenazada.
Anhur se acomodó frente a ella, sin perder de vista sus ojos culposos. Le preocupaba el enfriamiento de su leona, casi irreconocible de su flameante presencia.
—Si es sobre los Sangre de Atum, no me digas nada. Se que siguen ayudándolos a esconderse—Mehyt parpadeo y él sonrió bajo—. Entiendo porque lo hacen, yo mismo ordeno a mis Aj-Sa hacerse tontos en ciertas ocasiones con ustedes—negó con la cabeza en desaprobación—. No soportaría que les pasara algo por cumplir órdenes cuestionables. El rey podrá arruinar mi imagen, pero no las de ustedes.
Mehy se lanzó a besarlo y Anhur correspondió. Ambos compartiendo libras para equilibrar sus balanzas. El su desacuerdo con las decisiones del rey, y ella sus quejas sobre cómo se sentían relegadas. Las Ojos Solares lucharon milenos por mantener oculta su traición. Incluso ahora, estando bajo vigilancia, hallaban la manera de fugarse por turnos para brindar apoyo a Ast y familia. En especial, proteger a Hor.
—Nuestro padre, tiene la custodia de Maahes—revelo Mehyt de golpe cuando se separaron a tomar aliento. Anhur se detuvo desorbitado—. Y nos lo dejo para que lo educáramos. El rey no sabe que estamos ocultando un niño entre nosotras.
Siguió contándole los pormenores del problema que su padre les impuso. Anhur descubrió el gran peso que sus hermanas arrastraban solas y el complicado trabajo que tendría para ser auxiliar de ellas.
Los próximos quinientos mil años, las cosas no mejoraron para nada.
Los capitanes generales enfrentaron conflictos internos para mantener el orden y la nula paz. Hubo guerras territoriales, asaltos de recursos, luchas por poder. Anhur y los otros llegaron a extrañar sus tiempos de guerra contra el Duat, porque por lo menos en ella, los Nechers estaban unidos.
Del lado de las Ojos Solares, también colapsaban con sus deberes y secretos. Desde que se le revelo lo de Maahes, Anhur insistió en ver a su sobrino o hasta tenerlo con el cuándo ellas estuvieran en aprietos. Desgraciadamente, Mehyt lo rechazaba con la mirada aterrada. No le daba detalles sobre lo que pasaba, pero Anhur notaba el estrés y fatiga que ella y sus hermanas tenían.
Un día de tantos, Anhur noto una cicatriz fatal que ella intento disimular en su costilla. El insistió una explicación que ella se negó a darle. Fue la primera de muchas más que le descubrió en diferentes milenos. Unas desaparecían mientras nuevas aparecían.
Investigo el nivel de violencia que existía en el palacio. Los pocos que circulaban al servicio de las necesidades de las Ojos Solares, confesaron que seguido escuchaban peleas y gritos, pero se alejaban por miedo de salir lastimados. Y no solo se trataba de Mehyt, otras de sus hermanas salían con rasguños o mordidas que entre ellas se curaban. Anhur se enfadó al enterarse que el rey estaba al tanto de eso, solo para no darle importancia al bienestar de ellas o molestarse a investigar el origen de todo.
Mehyt al enterarse de lo que estaba haciendo, lo regaño y muy enfadada le amenazo que no se metiera. Aquella vez, ella tenía marcas de una mordida aun en regeneración. Anhur la examino rapido sin el consentimiento de ella. El tamaño y forma no encajaba con las identidades animales de ellas, además, que era muy pequeña como la de un infante. Estuvo por preguntar lo que pensaba y Mehyt se retiró en seco.
Y cuando creyeron que las cosas no podrían estar peor, recibieron una orden extrita de ir a contener a las Ojos Solares. El rey había encontrado evidencia de que las Ojos Solares mantenían un niño con ellas, y al ignorar la identidad del infante, creyó que se trataba de Hor. Antes de eso, ocurrió una tragedia en el palacio, de la que Jnum saco sin permiso a su esposa e hija. También había escapado Maahes, manteniendo en incognito que era el misterioso infante.
Ardido por confirmar sus sospechas, el rey dicto el castigo sobre ellas de forma impulsiva. Todas las Ojos Solares que no estén casadas, debían ser degradadas a concubinato. Despojadas de sus cultos, humanos, templos y privilegios como Soberanas. El palacio fue rediseñado para volverse un harem amurallado y con el triple de vigilancia. Nadie entraba ni salía sin permiso del rey.
Esto acabo con la tolerancia de Anhur. Se desato como un tornado en la sala del rey frente a todos luego de escuchar el castigo. Los demás Nechers se sorprendieron de su reacción, y tomaron distancia de sus ráfagas de viento. El rey lo encaro sin inmutarse, restregándole que se lo esperaba de él.
En esos momentos, el indomable capitán reto la autoridad del rey, interfiriendo por lo menos por la libertad de Mehyt. Estaba nublado de ira, cansado de callarse y harto de cumplir órdenes que desaprobaba. El rey, en lugar de temer, propuso un duelo. Si Anhur le ganaba, bajaría el castigo. Si el rey ganaba, Anhur seria deshonrado. Honor por libertad.
El duelo se llevó a cabo en esos segundos. El ganador fue el rey.
No queda más que decir, que la derrota de Anhur le arrebato dos cosas que no podría superar: Mehyt y su melena. El mismo rey lo rasuro frente a todos. Mehyt estaba en primera fila, contemplando con impotencia y culpa la humillación de su amado. Anhur se sentía incapaz de alzarse de su lugar y dejar de ver sus largos mechones de pela tirados en el suelo.
—Hemos compartido muchas batallas, Anhur—le hablo al odio el rey—. Me dolería perder un elemento como tú, eres irremplazable. Dicho por mí mismo abuelo, Shu. Te daré una última oportunidad para que reconsideres tus errores.
Lo envío a rastrear a las únicas dos Ojos Solares que se fugaron antes del arresto colectivo: Serket y Merseguer.
Salió a cazarlas, sin entender porque seguía cumpliendo sus órdenes. El rey debía ser el líder que velaría por el bien de su pueblo y mantener el orden. El juro lealtad a la corona con la confianza de que contribuirían a la paz del reino. ¿Qué paz existía en medio de tanta desgracia y deficiencia?
Clamo a Maat porque alumbrara la verdad delante de él, pues el ya no la veía. Para su sorpresa, durante su búsqueda encontró un milagro. Fue como si la misma Maat le hubiera guiado a la respuesta que tanto esperaba.
Indefenso y débil, siendo intimidado por dos reptiles letales que no se apiadarían de su vulnerabilidad. Lo que tanto los enviaron a buscar antes sin éxito. El motivo por el que las Ojos Solares fueron castigadas. La razón detrás del miedo del rey: Hor.
Anhur supo al instante que debía hacer, y por primera vez, rompió una orden del rey.
***
Era hora de poner fin al duelo.
Por cuatro días, se estuvieron dañando mutuamente para obligar al otro a rendirse o perderse. Ambos perdían al negarse a ser el verdugo, y ambos ganaban al someterse cual superior. Mehyt flameaba cual sol contenido, y Anhur violentaba igual a un tornado.
—Siempre has sido superior a mi cuerpo a cuerpo, amor—elogiaba Anhur tras recibir un golpe sorpresa de ella—. No por nada los demonios te llamaban La masacradora.
Era rápida y certera, sus puños no solo eran fuerza sino un golpe de calor, similar a un meteorito. Él era veloz y evasivo, distanciándose para encontrar el punto ideal de embestir con ráfagas de aire capaces de romperte o desestabilizarte. Y en esos breves momentos de desventaja, era cuando Anhur heria con sus garras. Una atacaba con descontrol y el otro con planeación.
El abandonar su lanza fue perfecto para estar al mismo nivel. Sin ese extra que diera seguridad a Anhur ante una Ojo Solar, su lucha cobraba verdadera seriedad. Obligaba a Anhur a estar mas atendo y cuidadoso, al mismo tiempo que Mehyt debatía entre acabar definitivamente con el y cumplir su deber o desobedecer y asumir el castigo. Anhur no permitiría esto último.
La intensidad de sus ataques más la exasperación por que el otro cayera los estaba volviendo locos. Hor y Hat acabaron huyendo en el momento que Anhur orillo a Mehyt a desatarse sin control. Ella lo había acorralado contra el rio, ya toda herida por cortes y moretones.
—¡¿Piensas seguir con esta locura?! —le reclamo ella encendida— ¡Es una apuesta perdida y lo sabes!
—Bueno—intento justificarse acomodándose un hueso zafado del que se contuvo el dolor—, no tenia nada que perder de todas formas.
—¡Terminante de perder tus oportunidades!
—¡¿Crees que ese infeliz nos tendría la piedad que no le tubo ni a su misma familia?! —recrimino indignado.
—¡¿Por eso te aliaste del lado mas débil?! —señalo—. Lo hemos protegido toda su vida porque sabemos que el rey podría acabarlo con facilidad ¡ni siquiera tu pudiste vencerlo!
—¡LO SE! —confeso Anhur en un rugido—. Yo se mejor que nadie que ese mocoso es caso perdido si se enfrentaran.
—¡¿Y porque le sigues dando falsas esperanza?!
—¡Porque Kemet no necesita un líder de guerra, sino de paz!
Las llamas de Mehyt se extinguieron. Escuchar a un guerrero de prestigio como Anhur, sentenciando la guerra como algo problemático, parecía un chiste. El excapitán de la división terrestre, despreciar el arte que le dio prestigio y respecto ¿Cuánto habría cambiando su perspectiva desde que se alió con ese niño inservible?
—¿Y cómo esperan lograrlo? Apenas sea circuncisiado, nada nos detendrá para cazarlo como a cualquier criminal de Kemet—lamento Mehyt—. No tenemos un lazo con él, para nosotras es un niño más que debíamos proteger.
Anhur paso una mano por sus quemaduras. Eran de tercer nivel y su regeneración era muy escasa. Y, aun así, Mehyt se estaba conteniendo. Contuvo una risa seca y la miro con suavidad.
—¿Qué le paso a la fiera que me amo? Porque juraría que estoy luchando con una gatita—bromeo. Ella negó con la cabeza, suplicando que el parara—. ¡Vamos, Mehyt! Se que eres mucha más ardiente que esto.
—Anhur…
—¿Qué te detiene, amor? —la contemplo en silencio.
El viento ceso y el ambiente se helo.
—No me hagas esto, Anhur—le rogo palideciendo.
—No puedes volver con las manos vacías—negó y se llevo las manos al turbante, para al fin revelar su vergüenza.
Si para una gacela, perder sus cuernos era perder su identidad y honor. Para un león, era lo mismo que le raparan la melena. Ante Mehyt, estaba el que antes era un honorable necher león, con una pelona que en el pasado estaba coronada por su fluida cabellera. Ella fue la única a la que el permitió que se la peinara, y de igual forma, ella con él. Recordaba pasar sus mechones entre sus garras y soportar escucharlo presumir que él, la tenía más sedosa que ella. Se quebró. Sus lágrimas brotaron como aguas termales. Desearía bañara a Anhur en ellas y sanarlo de todo el dolor que ella le causo.
—Por favor, Mehyt—fue el quien le rogo esta vez con la voz igual de quebrada—. Ya no puedo más con esta vergüenza—soltó al aire la tela del turbante—, hazme sentir que mi sacrificio valió la pena.
A partir de allí, ella hizo erupción.
Sus últimas horas, ella quemo gran parte del desierto por culpa del último ataque de él. Anhur en un movimiento para inmovilizarla, la encerró en un tornado. Incapaz de defenderse o esquivar las rasguñadas de él, propago su fuego en el aire hasta trasformar el tornado en una llamarada infernal. Anhur la descompuso en el momento que el fuego lo alcanzo y daño la mitad de su cuerpo.
El aire alimentaba el fuego, cualquier tonto lo sabría. En sus recientes ataques, Mehyt intensificaba sus llamas por cada viento que Anhur le enviaba. Para lograr dañarla, debía dirigir el viento a presión sobre un punto vital de ella e ir sin errar para cortar el fuego y alcanzarle sin quemarse mucho. Pelear con ella era igual que haber rectado al mismo sol.
Jamás tuvo oportunidad en ese combate, se llevo a su derrota por voluntad propia. Había que reconocer, que el no logro su rango por nivel de poder, sino por capacidad y liderazgo. Sobek ya estuviera aburrido desde hace rato por vencerle, y a lo mucho el otro capitán general se la pasaría jugando con el porque eran igual de ingeniosos. Mehyt, una Ojo Solar, poseía un poder que muchos temían enfrentar.
Durante la guerra, el buscaba las zonas donde ella estaba, solo para contemplarla en su máximo esplendor matar y masacrar a los enemigos con esa ferocidad. Pero eso no se igualaba al placer de enfrentarla. Lo que el necesitaba alcanzar con su lanza, ella lo lograba con sus garras.
—¿Esto se siento ser la presa? —medito para sí, satisfecho mientras la veía lista para clavarle sus uñas, con un sol destructivo en sus ojos.
En su último moviendo, en el instante que la tuvo frente a frente, le planto un suave beso en sus hirvientes labios. Mehyt freno helada. De su cuerpo emano el humo y cenizas, esperando haberse detenido a tiempo. Anhur flaqueo de su lugar con sus labios tostados y el aliento seco. Luchando por decirle unas últimas palabras.
—Gracias, Mehyt—confeso y cayó sobre el pecho de ella.
Mehyt tardo en reflexionar, hasta que sintió la humedad en su mano. Había perforado el vientre de Anhur, justo en la zona del hígado, y carbonizado su interior. Saco su mano aterrada, temblando por mancharse con su sangre.
—Anhur—lo llamo arrepentida.
Lo llamo miles de veces sin recibir respuesta. Lo acomodo de forma que pudiera verle la cara, y lamentarse de lo destrozado que acabo. Le exigió que volviera, que no estaba muerto sino en un limbo. Amenazo con cocer el resto de su cuerpo si no se regeneraba, pero era inútil, ella daño hasta sus fuentes de Ka para regenerarse. Requeriría ayuda para volver en sí.
—¡Anhur! —grito destrozada, abrazándolo sobre su pecho— ¡¿porque tenías que sufrir por mi?! —lloro—. ¡¿Por qué tenias que entrometerte en mi vida?! ¡Maldito idiota!
A pesar del sufrimiento de Mehyt, Anhur sentía que descansaba en paz dentro de él. Porque al fin pago su traición y Mehyt seria respetada por ser su ejecutora. Y cuando fuera el momento, Hor tendría que hacer justicia por todo el dolor que ellos estaban obligados a sufrir.
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