La anciana y sus familia llevaron a los Soberanos con los otros justo cuando daban por concluido el funeral. Les explicaron lo que sabían y sobre el sicomoro con suma emoción. Al instante, los demás Jentilaks se acercaron intrigados y reorganizaron todo para atender a sus distintivos visitantes.
Se dividieron a sus labores cotidianas. Unas femeninas cosían pieles de elefante para hacer ropas como vestidos o faldillas, otras cortaban la carne para guisar en las grandes cacerolas de metal. Los que pastoreaban los elefantes, los encerraron en jaulas de rocas alienadas como cerca y les daban pastura. Los mineros regresaron a la cantera para extraer metales como oro, cobre y hierro. Toneladas y toneladas de estos, eran cargados y llevados a almacenes.
—Wow—se impresionó Hat sentada sobre el hombro del gigante que les daba un tour por el lugar—. Entonces de aquí sale todo el metal que presumen los kushitas.
—¿Trabajan para la familia de Meruel? —pregunto Hor sentado en el otro hombro.
El Jentilak que ahora los cargaba, era el que vieron arreando elefantes y dio aviso del muerto. Se llamaba Baztan, y era el único que sabia hablar el idioma de ellos, por lo que era el traductor de su pueblo.
—¿Lord Meruel? Si, tenemos un trato con ellos—respondió Baztan con acento vasco—. Al llegar a Kush, nos topamos con la desgracia de que su ecosistema era muy abierto para ocultarnos y vivir. Por eso sus Soberanos nos ofrecieron morar en estas montañas a cambio de ayudarles en el trabajo minero. Además, en Euskal Herria, nuestro mundo de origen, vivíamos igual.
Entraron al área donde estaban los niños aprendiendo a tallar rocas. Tenían formas de animales de bosque como osos, lobos (lobos más gordos y grandes que los que ellos conocían), águilas, gatos monteses, erizos, ardillas y algunas ovejas con detalles diferentes a las desérticas. Baztan se agacho a su altura y los niños los rodearon comparando sus tamaños con los de sus juguetes, que eran figurillas. Entre ellos estaba Astere con una de vaca.
—Aita—llamo Astere a Baztan pasando frente a su cara su vaca. El le sonrió con cariño.
—Ze behi polita, Astere—la felicito y esta se contentó.
—Eh—llamo la atención Hat— ¿Qué significa eso de ze behi polita?
Baztan la vio de reojo y contuvo una risa.
—Que vaca tan linda—respondió.
—Ah. ¡Ah! —reaccionó al fin Hat y Hor soltó una carcajada.
—¡Ves! —exclamo Hor— ¡Te dije que se te volverían a declarar!
Dari también estaba allí, sentado en una esquina viendo con celos a Baztan y los niños riendo con sus visitantes. Hat lo saludo y este aparto la mirada con molería.
—¿Qué le pasa? —pregunto Hat.
—Perdonen a Dari—se disculpó Baztan—. Cuando huimos de nuestro mundo, se pego muy duro con una roca en la cabeza y desde entonces ya no volvió a ser le mismo.
—Pobre—se lamentó Hat.
—¿Por qué abandonaron su hogar? —sintió curiosidad Hor—. Por sus pinturas, parecía un lugar agradable.
Baztan suspiro con Astere abrazándolo.
—Lo es—dijo el Jentilak con pésame.
Un cuerno dando la señal del almuerzo sonó y los niños salieron rapido al escuchar las voces de sus madres. Baztan llamo a Dari y este gruño molesto. Luego lo amenazo con traer a su madre y obedeció a regañadientes. Baztan les conto que Dari era su hermano menor y Astere si hija, la anciana que conocieron era su madre. Su esposa había fallecido cuando dio a luz a su hija antes de huir de su mundo. Y el gigante que sepultaron, era uno de los adultos mas fuertes de entre ellos.
De regreso a la zona de reunión. Los Jentilaks se sentaron sobre piedras con sus platos de hierro listos para recibir su porción de comida. Las hembras pasaban uno a uno sirviendo un guisado de carne de elefante con agua para tomar. A sus invitados les dieron una roca exclusiva para ellos, cubierta de pieles para que les hiciera más cómoda. Los niños le hicieron platos y copas a su medida con retazos de oro. No eran artesanías finas o bien pulidas, pero servían para su función. También les colocaron las figurillas que tallaron hace rato a su alrededor por diversión.
Todo era acogedor y pacífico. Al fin, una parada que no los tenia preocupados o con cuidado de humanos donde no debían. Donde los respectaban y daban su lugar como lo que eran. Rodeados de inhumanos como ellos y sin necesidad de guardar aparaciencias.
Salvo por Hat que contenía su cara de horror cuando le trajeron de comer carne de elefante. Al final, le trajeron pastura con la que alimentaban a los animales y se la comió como si fuera un manjar. Hor por su parte la consumió sin perjuicio. Para ser su primera vez probando ese animal, le supo bien.
Sobre ellos, el techo estaba pintado con imágenes rupestres de sus Soberanos celestes. El sol y la luna eran féminas humanoides, y el cielo era masculino. Su vestimenta era mas cubierta y larga que la que habían visto antes con las culturas que conocían. En el muro detrás de ellos, estaba la imagen pintada de una Soberna muy hermosa y rodeada de naturaleza montañosa.
Una de las ancianas se acerco con una reverencia a ellos y Baztan permaneció a su lado como traductor. Mientras ella hablaba en su lengua, él le seguía el ritmo.
—Nuestra líder les da la bienvenida—tradujo el—. Nuestra tribu se complace con tener visitas de prestigio.
—El gusto es nuestro—respondió Hor—. Son los primeros que nos tratan debidamente. Muchas gracias.
Baztan tradujo a su gente y estos se halagaron.
—Sentimos que hayan llegado en un momento trágico para nosotros—continúo traduciendo—. Anoche, uno de los nuestro tuvo la osadía de faltarle el respecto a Lord Apedemak, uno de los Soberanos de este mundo—la sola mención de ese nombre hizo temblar a todos, incluido Hor. Excepto a Hat, quien no parecía entender el temor que le tenían—. Temimos salir hasta saber en que acabo, pues no deseábamos enredarnos en el conflicto que nuestro difundo provocó con gravedad. Baztan regresaba de su viaje por agua con los elefantes del rio. O sea, yo—se señaló obviamente el—. Cuando nos confirmó el resultado.
Ante esas palabras, los Jentilaks volvieron a entestecerse.
—Apedemak ¿hizo eso? —pregunto Hat incrédula.
Baztan tradujo a la anciana y esta asintió.
—Nuestro tonto Jentilak—se lamentó la anciana—. Mejor haber muerto devorado por otro espíritu que por un Soberano. Así por lo menos su alma saldría de su cuerpo y tendría oportunidad de ir al Mas Alla. ¡Pero el tonto fue devorado hasta el alma! —se quebró aterrada— ¿Quién puede sobrevivir al hambre e ira de un Soberano y regresar? Nadie. Solo nos queda de el sus cenizas vacías, porque su alma jamás saldrá de aquel que lo devoro. Su sepultura fue sin sentido porque vivirá un tormento eterno.
Lo que decía la anciana era verdad. Su especie podía traspasar lo inimaginable al punto de comerse almas y fuerzas sin límite. Tampoco es como que fuera común, hasta era cuestionada y desagradable para algunos. Anpu peleaba cuando algunos Sanguinarios iban más allá de comerse el Dyet de sus víctimas y consumían su ser. Cuando pasaba eso, ni ganas le daban de cargar con los restos del cadáver. Decía que eran desperdicios.
Lo peor de todo, es que su especie no tenia un sistema digestivo como tal. Sus estómagos eran vacíos infinitos. Se registraban casos de Soberanos que se les abrieron las entrañas para poderles sacar alguna persona que tenían desde hace millones dentro. Otro método, era provocar un vomito agresivo. Pero defecar, eso jamás.
—Sentimos su perdida—dio su pésame Hor.
—Gracias, mis lores—agradecieron.
—No tenia idea de que Apedemak también fuera así—reconoció para si Hat en voz baja.
Hor la vio de reojo. Supuso que Hat aun no sabía de la fama de Apedemak o se topaba con él. La vez que lo conoció, fue una vez se fue a ver a sus nanas por mera curiosidad. El tipo daba miedo sin necesidad de verlo, y eso que sus ojos eran lo mas aterrador. Sus nanas lucharon por mantenerse serenas ante el sin delatar su miedo. Después ellas dijeron que los otros Soberanos eran mas tolerables, aunque fueran mas costrosos, pero mil veces soportarlos a ellos que estar ante Apedemak. Sorprendentemente, no volvió a visitarlas o mostrar interés por ellas.
—Si no es mucha molestia, quiera saber algunas cosas—pidió Hor y la anciana consintió—. ¿Cómo fue que llegaron a Kush? Quiero decir, soy muy diferentes a todas las culturas que colindan con nosotros. Incluso me sorprenden ver seres con sus características físicas en entornos muy opuestos a los que están acostumbrados.
La anciana le dio el derecho a Baztan de explicarles su historia mientras ella regresaba a su lugar cansada de estar parada. El gigante se sentó del lado de Hor en el suelo. Su hija corrió a el para sentarse en su regazo con su figurilla de vaca. Abrazo a Astere de forma protectora y la pequeña recargo su cabeza contra su pecho.
—Como ya lo mencioné antes—comenzó Baztan—, venimos de un mundo llamado Euskal Herria (región vasca). Supongo que ya notaran que se trata de un enorme bosque montañoso. Nuestra creadora es la gran Ama-Lurra, de allí nos gobernaba nuestra querida Mari—señalo la fémina que estaba detrás—. Ella es la Soberana de la naturaleza, y sus hijas Eguzki Amandrea) y Ilargi Amandrea son el sol y la luna—señalo las de arriba. Después señalo al varón—. Él es Urtzia, el cielo. Hay más, pero estos son los de mayor estatus.
>>Nuestra raza vivió en paz entre montañas y campos. Nos dedicábamos a cultivar, pastorear y construir. Hacíamos jentilarri (dólmenes), jentilbaratz (crónlech) y jentilzulo (cuevas). También sabemos de metalurgia, motivo por el que también nos pusieron a trabajar en las minas. Nosotros le enseñamos a los humanos de nuestro mundo las artes para trabajar para alimentarse. Caminábamos por las orillas del mar hasta donde los demás se ahogaban y jugábamos a la pilota, un juego donde lanzábamos grandes rocas.
>>En nuestro hogar no había guerras ni conflictos. Pero todo cambio una noche que el más viejo de nosotros advirtió de una señal en el cielo. Una estrella sobre luminosa, un prefacio del fin. Nuestros viejos son maestros de las estrellas y el cosmos, sus predicciones son infalibles. El viejo tradujo que nuestro pueblo estaba en peligro, y que debíamos huir.
>>Algunos se quedaron en nuestro mundo, ocultos en lo más profundo de las montañas y la tierra. Pero otros sentimos que eso no bastaría y optamos por dejar nuestros hogares. Cada clan fue a un mundo diferente, a cualquiera que nos acogiera. El nuestro llego a este mundo desértico.
>>Reconocemos que quizás no fue lo que esperábamos. Tuvimos que adatarnos como pudimos. Antes éramos completamente velludos, pero aquí nos moríamos de calor y acabamos rasurándonos. También nos hemos quemado de la piel, yo era blanco y me pinte de rojo—bromeo alzando los brazos para que lo contemplaran (Nota de autora: yo soy de familia wera en zona semidesértica, me consta que nuestra piel no está diseñada para esos climas)—. Por eso mejor salimos de noche cuando esta fresco y oscuro.
>>Aquí no tenemos donde cultivar. Para poder comprar que comer a los espíritus que viene a surtirnos, cobramos un sueldo de trabajar en las minas. Los metales que extraemos se los debemos entregar a los Soberanos de aquí, y si deseamos ganar más, pues los trabajamos para hacerlos herramientas o armas. Así compramos rebaños de elefantes y con ellos hemos podido solucionar muchas necesidades que tenemos.
—¿Y no saben que paso al final en su mundo? —pregunto Hat.
Baztan negó.
—Perdimos comunicación con ellos. Y aunque intentemos saberlo, deben estar lejos de los jentilbaratz para poder hablar—respondió el.
—¿Qué es un jentilbaratz? —pregunto Hor.
—Es un circulo de rocas que usamos como observatorio estelar, pero también como comunicador. Creo que en otras lenguas les llaman crónlech—Hat y Hor se tensaron—. El fin, como les decía. Cada clan construyó la suya en el mundo donde se mudaron, y cada cierto tiempo nos ponemos al margen de como están. El nuestro está a unos kilómetros de aquí, junto a un Oasis en medio del desierto.
>>Lo dejamos allí porque Lord Dedun nos condiciono que debíamos prestarlo para que lo usen otras especies. Desgraciadamente, unos humanos locos se apoderaron de el y no podemos acercarnos a ellos sin evidenciar nuestra existencia. De casualidad ¿no pasaron por allí en su viaje? Queremos saber si ya se retiraron para usarlo.
Los chicos se vieron entre ellos aguantándose la culpa. Si hubieran sabido antes el contexto sobre el crónlech que destruyeron intentando detener a los Ocultistas y evitar una catástrofe primordial. Se querían esconder bajo la roca donde estaban sentados.
—No—mintieron ambos forzosamente.
Baztan suspiro.
—Bueno, luego iremos a investigar—se resignó el gigante—. Perdonen, creo que no les preguntamos antes. ¿A dónde se dirigen o cual es el motivo de su viaje? Nos sentimos mal de que Dari los haya irrumpido de su travesía.
—Claro—dijo Hor—. Íbamos para la cuarta catarata.
—¿También ustedes? —pregunto Baztan curioso.
Hor y Hat notaron que el gigante, sabia algo. Fue Hor quien se emocionó al suponer a quienes se refería el Jentilak.
—¿Viste a otros ir para allá? —pregunto ansioso Hor.
—Si—confirmo Baztan—. Seguido vienen de paso dos hermanas gemelas rumbo a ese lugar—Hor se paralizo—. No sabemos quienes son, pero siempre que pasan cerca hacen servicios médicos con nosotros a cambio de un buen pago. Son hermosas y siempre creímos que se trataban de Soberanas que pasaban desapercibidas.
—¿Cómo son ellas? —pregunto de presi parándose de golpe.
El gigante se llevo una mano a la barbilla recordando.
—A ver, uno tiene el pelo corto y la otra muy, muy largo. Espera—se acerco a Hor con mirada analítica—, viéndote bien. Eres idéntico a ellas.
—¡Son mi mama y mi tía! —exclamo Hor emocionado.
Hat lo contemplo desde su lugar sin intervenir.
—Entonces nuestras teorías eran verdad. Si son de tu familia deben ser Nechers también.
—¡Así es! —afirmo contento.
Una explosión de felicidad se desatado dentro de él. Aunque ya sabía que allá debían estar ellas desde un inicio, confirmar con otros que ellas estaban bien la ultima vez que las vieron, le reconfortaba.
—¿Solo ellas? ¿no han visto a otras? ¿o a un varón o a una niña? —interrogo para saber sobre sus nanas, su hermana y Anhur.
El Jentilak negó. Poco a poco, la ilusión de Hor decayó.
¿Y si ellos no lograban llegar como lo prometieron? Aun tenía la esperanza de que solo fueran un percance. Eran dos Ojos Solares y uno de los exgenerales del ejército kemita ¿Qué podría detenerlos? Hasta podrían haber tomado otra ruta.
—Hor—llamo Hat preocupada.
Hor le dio una sonrisa leve que no la tranquilizo para nada.
***
Los Jentilaks regresaron a sus ultimas labores antes del anochecer.
Baztan fue a atender los rebaños de elefantes, por lo que Astere llevo en sus manos a Hor y Hat para con los demás niños a una habitación donde estaban trazando nuevos murales. Los depositaron en una roca que fungía como mesa.
—¿Beste zuhaitz bat sor al dezakezu? —le rogo Astere con las manos juntas a Hat—. Mesedez.
Por intuición, y analizando la última vez que escucho algunas de esas palabras antes, Hat creyó entender que se refería a su árbol. Para confirmar, señala el árbol que dibujaban los niños, y Astere asintió la cabeza. Hat busco la aprobación de Hor con la mirada.
—Supongo que está bien—dijo Hor intentando sonar animado—. Seria una buena forma de agradecerles su hospitalidad.
Hat fingió creerle y le sonrió a la niña en respuesta. Astere llamo a los demás niños y los rodearon emocionados por el milagro. La Soberana aplaudido para llamar su atención. Se froto sus manos para distraerlos y que se concentraran en sus acciones mientras en el centro de la habitación crecía en silencio un sicomoro de gran tamaño, perfecto para la medida de los gigantes. Rebosando de frutos jugosos, vestido con hojas brillantes y adornado con flores vivaces. Hizo un ovilló con sus manos sobre su cabeza y la abrió liberando una explosión de pétalos y hojas.
Los niños gritaron de excitación ante el truco, intentando atrapar la flora en el aire. Cuando miraron sobre ellos, ramas de árbol vivo los cubría en lugar del techo cavernoso de siempre. Contemplaron el árbol anonadados, incapaces de procesar lo que veían, como si fuera un mito.
Al poco rato, los adultos se acercaron curiosos por las risas de los niños. Los encontraron trepando el árbol para alcanzar los dátiles y comérselos sentados en las ramas. Se quedaron sin palabras. Rápidamente se corrió la voz del milagro y apenas terminaron su jornada laboral, fueron a contemplar el sicomoro con adoración. Desde la base, sea arrodillaban llorando y agradeciéndoles a sus visitas por tal misericordia.
Hat y Hor miraban todo desde la rama más alta, sentados a lado de un racimo de dátiles del tamaño de sus cabezas. Sin embargo, Hor negaba merecer las gratitudes. La protagonista era Hat, no él. El estaba de sobra.
—¿En que piensas? —lo saco de sus pensamientos Hat.
Hor suspiro.
—Veo a este pueblo, y no puedo evitar compararlo con el mío—confeso decaído.
—¿Hablas de Kemet? —pregunto nerviosa. El sonrió de lado, con una mirada triste.
—El ultimo árbol que recuerdo haber visto en mi mundo, estaba siendo destrozado cruelmente por un grupo de humanos hambrientos—conto—. Y no creas que el árbol tenía frutos buenos. Estaban chupados y sabían fatal.
—Eso suena…—no pudo terminar la frase sin querer abrumarse.
—Tu mundo tiene mucha suerte—Hat lo miro expectante—. Con Soberanos como tú, estoy seguro que debe ser un paraíso—elogio con admiración.
Hat se puso nerviosa. Jugueteo con sus dedos sin atreverse a mirar a Hor, gacho sus orejas y trato de pronunciar algunas palabras.
—Hor—tartamudo—. Tengo que confesarte algo…
Hor la miro con suavidad, compartiendo con ella los pequeños detalles del loto oculto en su iris lapislázuli. Estuvo por atreverse a hablar cuando fueron interrumpidos por Baztan.
—Mis lores—los llamo el gigante desde abajo—. No queremos molestarlos, pero mi gente desea celebrar la bendición de su visita. Si es de agrado, claro.
—¡En seguida! —le respondió Hor con un tanto más de ánimo y se volvió a Hat— ¿Qué era lo que me decías?
Ella se encogió.
—Nada urgente—evadió ella con una sonrisa nerviosa.
—¿Segura?
—Si. Oye ¿dijeron celebrar? ¡Amo las fiestas! Vamos, quien baje primero gana.
Lo reto bajando con prisa por medio de ramas que manipulaba. Hor se quejo de que era trampa y trato de seguirla, se vengó usando a Astere para rebasarla y fue Hat quien se quejo al final.
Los llevaron a las afueras de la montaña, justo en el centro del valle. Colocaron antorchas gigantes por varios lados y trajeron panderos, albokas, tamborines, unas flautas de tres agujeros y unas tablas de madera que golpeaban como si fueran tambores. La luna estaba en su esplendor, atestiguando el gozo de los Jentilaks.
La anciana da un discurso, que según la traducción de Baztan, habla sobre la historia travesía que el clan paso para llegar a Kush, sus retos, la primera perdida ocurrida anoche y la esperanza que Hat y Hor les dieron con su presencia. Culmino agradeciendo a los Soberanos, ofreioless un baile de su mundo llamado Aurresku.
Los gigantes varones hicieron una fila. El gigante de hasta frente realizo un baile y al culminar toma de la mano del que tiene detrás para pasar por debajo de los demás de la fila. La acción se repite hasta que todos pasan. Van por algunas féminas y las incorporan a su fila para imitarlos.
Después dejaron tema libre para bailar. Astere se unió a su padre para que bailaran juntos y Dari se acercó por detrás de Hat y Hor mientras estos fingían que no lo notaban.
—¿Quieres bailar, Dari? —le propuso Hat al gigante. El gigante se encogió de hombros apenado—. No seas tímido—insistió.
El gigante bajo su mano con la palma arriba, Hat subió en ella y le tendió la mano a Hor para que los acompañara.
—Bailar no es lo mío—se escuso el—. Pero con gusto vere tu espectáculo.
Dari fue con Hat al centro sin saber los planes de la chica. Una vez en medio de la música y las danzas. La divina vaca se preparo para envestir. Alzo sus manos con elegancia y acomodo sus pies. Empezó con movimientos suaves, ideales para sincronizar todo su cuerpo. Y cuando la música cambio de ritmo, ella no perdono que la subestimaran. La mano del gigante fue un escenario temporal para darla a ambientarse. Dari en vez de bailar, admiraba la devoción de la Soberana.
A pesar de ser pequeña a lado de ellos. Hat robo las miradas de más de un Jentilak. Impresionados por descubrir un baile como el de Hat. La música se descontroló y se dejo guiar por los pasos de ella. Y sin haberlo deseado, Hat revelo su canto. El resto de la fiesta, Hat bailaba de mano en mano. Enseñándole a los gigantes como mezclar pasos y bailes diferentes para crear algo nuevo. Esa noche, seria inolvidable para los Jentilaks.
Hor se lamentó de no verla.
Apenas lo dejo solo para irse a bailar, se esfumo del lugar con su lanza sin que nadie la viera. Fue inevitable sentir empatía con estos gigantes. Ojalá mereciera de verdad los honores que le dedicaban. Ojalá pudiera ser el también útil para Kemet como Hat para estos Jentilaks. Ella era valiosa para su mundo, perderla sería invaluable.
Seguía atormentado con la intriga de como estaban su familia y protectores. Se aferraba a una esperanza de reencuentro que se veía muy lejana. Si algo le pasara a Hat por su culpa de la misma forma que peligraban todos los que le rodeaban, jamás se lo perdonaría.
—Perdóname, Hat—confeso mirando a lo lejos las montañas donde estaba la fiesta—. Me hubiera gustado poder despedirme de ti.
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