Comienzo a emerger de mi letargo cuando experimento el impacto frío de las primeras gotas de lluvia estrellándose contra mi rostro. ¿En qué bendito instante el cielo cambió de parecer y comenzó a llover? El bochorno de la tarde era denso, una masa asfixiante que nublaba los sentidos, y el aire, sobresaturado de humedad rancia, se asentaba sobre mis hombros con el rigor de un manto de plomo. Veo la pantalla de mi celular con dedos torpes: La tarde no ha muerto por completo; todavía queda luz suficiente, y con ella, el tiempo necesario para emprender el retorno a pie hacia la mansión de los Zalgorán. Mientras avanzaba, me dejé llevar por el ritmo de mis pasos y el sonido de la brizna que empezaban a caer, veía cómo se limpiaba el polvo del camino sin borrar realmente las huellas de mis propios pasos.
Sin embargo, no había conseguido cubrir ni la mitad del trayecto cuando, para mi absoluta desgracia, la tormenta se desató con una ferocidad apocalíptica. El cielo se cerró de golpe como una pérdida de granito, sepultando los últimos destellos de la tarde bajo un manto grisáceo y violento. El viento racheado comenzó a golpear las copas de los árboles con un rugido ensordecedor, transformando el sendero de tierra en un lodazal traicionero que amenazaba con atraparme en la mitad de la nada, aislado por completo del mundo conocido. Los relámpagos trizan la penumbra y los truenos regresan en el horizonte como un rugido de guerras contenidas; es entonces cuando la realidad me golpeó con brutalidad: no hay unidades de transporte, ni autobuses que transiten por este sector periférico, y muchísimo menos por las inmediaciones de esa propiedad privada. El dominio de esa familia es una extensión desmesurada, un territorio soberbio que se repliega y se oculta deliberadamente tras una muralla de árboles colosales cuyos ramajes parecen murmurar sentencias oscuras a mi paso.
La lluvia parece ensañarse de manera personal con mi silueta desamparada. Obligo a mis piernas a ejecutar una carrera frenética, intentando avanzar lo más rápido que mis pulmones me lo permiten; pero calzando unas sandalias de tacón aún que no muy alto, se transforma en una huida de proeza patética y peligrosa. El fango se me cuela entre los dedos, el calzado pátina sobre el suelo reblandecido y el torrente de agua desciende con tal violencia calculada que borra el alivio del camino frente a mí, dejándome completamente ciega en mitad del vendaval.
Avanzo con torpeza ante la invisibilidad del espacio. El ambiente a mi alrededor resulta embriagador pero indudablemente mortal, un espectáculo de naturaleza salvaje que me reduce a nada. A lo lejos, un rayo perfora la negra del sendero, distingo un fragor colosal, se escucha el rugir del agua embravecida que se desploma con una violencia inusitada… ¿Un río desbordado? ¿Un acantilado oculto? La desesperación comienza a invadir mis pensamientos; la certeza de haberme extraviado por completo me hiela la sangre. Intento desesperadamente aferrarme a la cordura, respirar con ritmo, pero el pánico es casi absoluto termina por doblar mis defensas. No consigo ver la estructura de la casa Zalgorán por ningún lado; me encuentro completamente empapada, la ropa se adhiere a mi piel como una mortaja de tela fría y la tempestad, lejos de calmarse, parece cobrar nuevos bríos con cada ráfaga. Estoy perdido en tierra hostil.
Arrastro los pies durante varios metros hacia las entrañas mismas de la arboleda, donde el entorno se transmuta en una neblina espesa, opresiva, que se mete en los pulmones con la consistencia de un vapor venenoso. La claridad del día se percibe remota, sepultada, como si por un capricho topográfico hubiera descendido a un abismo profundo, una madrugada en negrecida e intemporal atrapada en un pliegue del espacio. Mi sentido del orden se resiste a ceder: la lógica del reloj me dicta que no deben pasar de las dieciséis horas, pero mis ojos contemplan una medianoche perpetua.
De súbito, entre las cortinas flotantes de la bruma, se distingue un bulto masivo e irregular en el horizonte, aunque la densidad del agua me impide precisar su forma exacta. Es una edificación… ¡Sí, eso parece! Una sombra que emerge de la penumbra es un coloso perdido en la nada igual que yo. Me arriesgaré a avanzar hacia ese perímetro; carezco del sentido de orientación geográfica para desandar el camino y albergue la vaga, y engañosa esperanza de que algún alma humana habite en ese confinamiento y pueda ayudarme.
El ambiente se recrudece con una saña casi deliberada, una corriente formada por tanta cantidad de lluvia se vuelve implacable pretendiendo arrastrarme de retorno al centro de la arboleda. El terror intenta entumecer cada filamento de mi cuerpo; mis lágrimas se licúa de inmediato con el agua que me golpea el rostro, mientras mis extremidades batallan en una retirada inútil contra el lodo resbaladizo.
Al aproximarme a la edificación —distingo con absoluta precisión que no se trata de una vivienda, sino de una torre cilíndrica y una estructura maravillosa—, los ramajes parecen tamaños que me advierten del peligro. Es una atalaya remota, carcomida por el tiempo y el olvido; la maleza silvestre, las enredaderas marchitas cubren los accesos, impidiendo escudriñar lo que resguarda en su interior. Una sacudida extraña me recorre la columna al percatarme de un detalle anómalo: hay destellos mortecinos, luces encendidas al interior de las ventanas altas… —¿Habita alguien este lugar? —El pecho me ruge con violencia mientras acorto la distancia.
Rodeo la estructura buscando afanosamente una entrada para pedir refugio mientras se calma la tormenta, pero la maleza crecida obstaculizando cada uno de mis pasos, es más alta y densa de lo que imagina. Un pavor recorre mi espina dorsal al pensar que el follaje bien podría ocultar alimañas venenosas. Llevo solo unas sandalias, desprotegida por completo; mis pies son un blanco perfecto, expuestos a cualquier mordedura o picadura traicionera que aceche en el subsuelo.
De pronto, el terreno firme desaparece bajo mi pie izquierdo. Mi calzado pátina en falso sobre la orilla de un barranco oculto por la vegetación espesa. Un crujido seco y desolador de tierra y grava suelta se desmorona me grita lo inevitable antes de que ocurra. Suelto un alarido roto por el pánico mientras el equilibrio se me escapa de golpe y el cuerpo se inclina hacia la nada; me giro abruptamente lanzo las manos desesperadas para aferrarme a cualquier cosa, el teléfono se me escapa entre los dedos rígidos por el miedo, cae dando una vuelta y se hunde en el fango denso que lo sepulta sin dejar rastro, devorado en un parpadeo. Ya no hay ayuda, ya no hay nadie que sepa dónde estoy.
Quedo suspendido al borde del abismo, sostenida solo por las yemas de los dedos que arañan la roca húmeda y resbaladiza. Siento la piel desgarrarse, la sangre mezclarse con el agua fría que corre por la piedra y el peso de cada segundo debilitando mi agarre. Bajo la mirada y solo veo oscuridad profunda; escucho el rugido furioso del río abajo allá, un sonido que parece una boca abierta esperándome. La tierra que aún toco con las puntas de los pies cruje de nuevo, cediendo poco a poco, y sé que es cuestión de un instantes antes de que nada me sostenga ya. —Ayuda… por favor… —susurro con la voz rota, entrecortada por sollozos que me queman la garganta, mientras los dedos se deslizan milímetro a milímetro, sintiendo cómo se me va la fuerza—… le imploro a la misma tierra que no me suelte… que no me deje caer en el fondo del despeñadero…
El lodo bajo mis codos cruje ante un leve movimiento, suelta trozos de piedra que se pierden en la profundidad sin hacer ruido, el terror me atraviesa completamente al darme cuenta de que solo me sostiene la voluntad desesperada de no morir.
—Hay alguien ahí? ¡Por favor, ayúdenme! —grito con todas mis fuerzas, pero el sonido se lo traga el mismo barranco, se lo lleva el viento y se pierde sin respuesta alguna—… nadie viene… nadie me oye… estoy sola… completamente sola…
Siento la sangre correr por mis muñecas, un dolor agudo me recorre los brazos, y sé que no aguantaré mucho más. Con un último esfuerzo de desesperación, aprieto los dientes, clavo las uñas en la roca húmeda y tiro de mí misma hacia arriba, arrastrándome con movimientos torpes y temblorosos, hasta que por fin el cuerpo queda sobre suelo firme, a salvo por un instante, pero con el alma destrozada por el miedo.
Estoy tiritando, con las palmas lastimadas por la piedra y despojada de todo contacto con el exterior. Resuello entrecortado; el aire me entra a empujones, como si el pecho se hubiera quedado encogido y ya no supiera expandirse. Inspiro hondo de golpe y me ahogo, toso con violencia; El corazón golpea tan fuerte contra las costillas que me duele, casi me impide respirar de nuevo. El aire me quema la garganta, corta, desigual, entre jadeos que se rompen en sollozos ahogados que no puedo detener. Solo consigo tragar viento frío y lodo chicloso; si esto entra a mis pulmones, es una muerte inminente por asfixia y no por desbarrancarme.
Estoy completamente bañada de barro; el aliento se me escapa en temblores constantes, entre silbidos y ruidos extraños que salen de mi pecho sin que yo quiera, como si el cuerpo mismo estuviera gritando el terror que la voz ya no alcanza a pronunciar. Cada respiración es un jadeo desesperado, irregular, frenético, y de repente se detiene por completo por unos segundos, retenida por el espanto, antes de volver a salir entrecortada, débil y temblorosa. Es un ritmo roto, salvaje, puro reflejo de lo que acabo de vivir, que me sacude completamente mientras sigo tendida aquí, sin poder creer que sigo viva.
El matorral espinoso me araña la cara mientras hundo la frente contra la tierra húmeda, al girarme y tratando de buscar un punto de apoyo para incorporarme en un mundo que sigue girando violentamente. Mis dedos, inutilizados por el espasmo y cubiertos de una costra viscosa de fluidos y tierra, apenas pueden cerrarse en un puño inútil. La hipotermia empieza a reclamar la periferia de mis músculos, recordándome que salir del abismo no significa haber sobrevivido, sino haber cambiado un verdugo inmediato por una agonía lenta. Logro ponerme de pie sin control.
La torre me observa desde sus ángulos ciegos como un depredador de cantera. Mi respiración, sigue descontrolada cuando un nuevo sobresalto me corta de tajo el aire: una víbora de manchas oscuras se desliza a escasa distancia de mí, perdiéndose entre la hierba alta. El pánico me arrebata el raciocinio. Una sospecha siniestra me desestabiliza el pensamiento; es como si este rincón del bosque hubiera estado guardando pacientemente mi colapso. Huyo frenéticamente hacia aquel recinto de piedra, me detengo un segundo para forzar los pulmones, pero cada bocanada de aire se encuentra saturada por un vaho sepulcral y nauseabundo… ¡un hedor a materia orgánica corrompida, el perfume rancio de la muerte misma!
Busco el apoyo de la madera, me recargo con todo mi peso en la puerta esperando un segundo de tregua, pero la maldita estructura cede sin aviso. Se abre de golpe y me manda de seco hacia adentro. Caigo de costado contra el suelo de piedra dura; el impacto es tan violento que me deja sin aire por completo. Me pego con demasiada fuerza en una de mis costillas del lado derecho y un dolor rotundo, punzante, me hace encogerme en el piso.
Me quedé unos segundos intentando jalar aire, pero cuando logro abrir los ojos, me topo con una pared de completa oscuridad. Me quedo frio. Si hace poco, desde afuera, vi luces encendidas a través de las ventanas… ¿en dónde están? ¿Fue solo mi imaginación jugándome sucio por el cansancio? ¡Cielos! El pavor me grita que me levante y salga corriendo, pero el cuerpo no me responde.
Antes de que pueda arrastrarme hacia la salida, un crujir violento retumba en todo el lugar. El viento empuja la vieja puerta de madera con una fuerza brutal, la azota, cerrándola de golpe. El estruendo viene acompañado de algo peor: el silbido del aire arrastra consigo ruidos extraños, como voces lejanas, risas distorsionadas y gritos ahogados que mueren en las esquinas del techo.
Dudo un momento, paralizada, sin saber qué demonios hacer. Una parte de mí me suplica que no me deje vencer, que rompa una ventana o que rasguñe la puerta para salir, pero otra fuerza extraña, un impulso enfermo me empuja hacia adelante, hacia las entradas del edificio. Me levanto poco a poco, tragándome el dolor. Primero fijo mis rodillas en el suelo húmedo y, con mucho cuidado para no empeorar la punzada de la costilla, logro incorporarme. ¡Ay!... el dolor en el costado me hace soltar un gemido, pero con un sobreesfuerzo logro mantenerme de pie.
Empiezo a caminar a tientas en la más absoluta penumbra. Con cada paso que doy hacia ese umbral oscuro, el sonido de la tormenta afuera se va apagando, convirtiéndose en un murmullo distante, como si los muros de piedra absorbieran el mundo exterior. El olor a humedad ya encierro se vuelve asfixiante, un aire espeso que apesta a cosas muertas y podridas. A mi alrededor, el juego de las pocas luces que entran por las rendijas hace que las sombras parecen bailar en las paredes, rodeándome.
En ese instante exacto, la atmósfera se congela. Una figura surge en lo alto de la torre, al inicio de unas escaleras de caracol. Mi vista me juega sucio parece que alguien está ahí, estático, observándome desde la negra.
Mis piernas empiezan a temblar descontroladamente y mi mente me grita que escape… pero ya es demasiado tarde para eso. Suelto un grito de pura desesperación al darme cuenta de mi situación: estoy atrapada. Trato de retroceder, de buscar la salida por donde sea, estirando las manos a ciegas en la pared, pero no puedo ver nada. Mi voz se ahoga en la inmensidad del bosque y de esos muros que parecen respirar antigüedad. En mi intento frenético por huir, mi brazo choca contra algo filoso enterrado en la pared; es un clavo oxidado y expuesto de una madera vieja casi vencida por el paso del tiempo, me rasga la piel de lado a lado. Me trago un alarido de dolor real, quemante, mientras siento el hilo de sangre caliente correr por mi brazo, un sollozo que se pierde por completo en la inmensidad del lugar.
La sangre brota de mi brazo, caliente y espesa, empapándome la piel mientras intento taponear la cortada con la mano que me tiembla descontroladamente. Mi respiración ya es casi nula entrecortada, un silbido desgarrador por culpa de la costilla rota. Estoy cubierta de lodo de la cabeza a los pies y maldigo una y otra vez, en voz alta, esta pesadilla en la que me encuentro atrapada. Para colmo de males, el soporte de mi sandalia termina por romperse debido al lodo acumulado; Ahora tengo que cojear visiblemente para dar cada paso, usando mi propio hombro para limpiarme las lágrimas que me brotan de los ojos sin ningún control. Si quito la mano de la herida por un segundo, la sangre sale con fuerza, con un pulso vivo, como si mis propias venas tuvieran prisa por vaciarse y liberarse de este horror.
De repente, a través de la penumbra del pasillo, mis ojos captan un rayo de luz a lo lejos. Un débil grito, casi como un lamento humano, se alcanza a escuchar entre el rugido del viento que azota las paredes de piedra. Camino en total silencio hacia esa claridad, intentando mantener el equilibrio sobre el suelo resbaloso y húmedo.
Justo cuando voy a dar el siguiente paso, un latigazo de energía extraña me atraviesa la columna de abajo a arriba. El impacto me congela el cerebro y ahogo un dolor descomunal, un pinchazo en la nuca que me borra el entorno. Pierdo la noción de cuántos minutos u horas han pasado. El olor a podrido de la torre desaparece y, de la nada, un bullicio ensordecedor me revienta los oídos: una muchedumbre embravecida, vestida con ropas extrañas y pesadas, se agolpa a mi alrededor de manera caótica. Corren de un lado a otro, empujándose, pero ninguno parece notar mi presencia; pasan a través de mí o me esquivan como si yo fuera un fantasma. ¿Qué demonios están pasando? Mi mente no puede procesar lo ilógico de lo que estoy viendo. Todo cambió en un parpadeo. Estoy en otra época.
En medio de esa multitud agresivo y hostil, aparece una niña de apenas seis años, completamente sola y desamparada en mitad de la calle de tierra, del mismo sendero que quiso tragarme hace unos segundos. Observa que nadie se detiene a ayudarla, nadie parece preocuparse por su llanto ni por el peligro que la rodea. El pánico se me sube a la garganta cuando veo cómo un animal de rapiña —una especie de lince o una alimaña de monte— se mueve con una agilidad espantosa entre las piernas de la gente. El bicho está cazando pequeñas ratas en las esquinas, tronando los huesos de los roedores con cada movimiento de sus grifos, pero sus ojos fijos están puestos en la niña. Las sombras del lugar se vuelven oscuras, amenazantes, estirándose como dedos hacia la pequeña. Justo antes de que el animal salte, una mujer vestida de luto sale de la nada, toma a la niña en brazos con desesperación y huye corriendo directo hacia la misma torre donde yo estoy atrapado.
Intento gritarles que tengan cuidado, que se alejan del peligro, pero mi voz no es más que un susurro patético que se disuelve en el viento de otra época. La mujer es extraña, de una naturaleza que desafiaba cualquier lógica; su mirada está completamente vacía, muerta, y sus movimientos —¡oh, Dios mío!— se ejecutan con la velocidad violenta de un rayo. En el momento en que la multitud las descubre, el terreno se convierte en un nido de histeria colectiva. Me quedo congelado, sintiéndome como una maldita estatua clavada en el suelo mientras contempla cómo son perseguidas y arrastradas hacia lo que parece un destino de pura tortura; logran escaparse hacia los límites del bosque por un verdadero milagro.
Haciendo un esfuerzo que me desgarra los tendones, arrastro los pies y finalmente consigo avanzar un poco más hacia el interior de ese recuerdo que cobró vida de una forma tan abrupta, ignorando el dolor punzante de mi costilla rota. Camino a través de la penumbra de este limbo persiguiendo las siluetas de la mujer y de la niña. Sus ropas están rasgadas, cubiertas de hollín y miseria; Parecen dos fantasmas vagando por un mundo desolado que ya dejó de existir.
Llegan al esqueleto de una casa en ruinas, un refugio podrido donde la mujer deposita a la pequeña sobre un camastro miserable que probablemente fue una cama hace mucho tiempo. La criatura está grave, al borde de la muerte; su cuerpo permanece inerte, pálido como la cera, mientras su madre intenta mantenerla con vida en medio de una desesperación salvaje.
Pero… ¿qué demonios están haciendo?
Mis ojos se abren con espanto al ver a la mujer tomar un trozo de lámina oxidada y afilada del suelo. Sin dudarlo, se rebana las venas de la muñeca de un solo tajo y aprieta la herida abierta sobre los labios de su hija, obligándola a beber el chorro de sangre caliente.
—¡No! —grito con el estómago revuelto, perdiendo el control por completo.
La mujer ni siquiera se inmuta con mi alarido. Sale disparada hacia la espesura del bosque como un espectro hambriento y voy tras ella, corriendo entre los árboles caídos. Observo desde la distancia cómo encuentra a un hombre moribundo tirado en el lodo; sin pensarlo dos veces, se lanza sobre él como un perro rabioso, clavándole los dientes en el cuello y mordiéndolo con una ferocidad bestial, inhumana. Me tapo la boca a dos manos para no vomitar ante el espanto que estoy presenciando: esa mujer se está transformando ante mis ojos en una bestia sedienta que se alimenta de la muerte.
Cuando regresa a toda prisa al sitio donde dejó a su hija, el silencio se rompe. Lo único que queda en el ambiente es un llanto desgarrador, un gemido agudo que resuena en mis oídos como una maldición eterna. La criatura que una vez fue su hija despierta súbitamente del letargo, pero ya no es humana; sus ojos brillan con el mismo vacío maldito de su madre. El miedo me paraliza el corazón y no puedo contener otro grito de puro terror.
Esta vez, el orden del tiempo se rompe en mil pedazos. Ambas se giran al mismo tiempo. Ambas me escuchan.
—¡No! —la mujer clava sus pupilas inyectadas en sangre directo en las mías, mostrando los dientes empapados de líquido rojo con una furia desatada—. ¡Tu sangre maldita!
Corro como nunca antes lo había hecho en mi vida, impulsada por un pánico primitivo al ver cómo esa mujer de otra época se lanza directo hacia mí con esos ojos completamente desquiciados y vacíos. No hay lógica que me salve aquí; el terreno es una trampa de lodo y raíces. Tropiezo de forma violenta con un saliente de piedra y caigo de bruces contra el suelo del bosque; el impacto contra la tierra húmeda es tan seco y brutal que me borra el entorno, dejándome semiinconsciente y sin aire.
Cuando logro volver en mí, el dolor en el costado por la costilla lastimada y el ardor en el brazo rasgado por el clavo oxidado son simplemente abrumadores. Siento cómo mis fuerzas flaquean cada vez más, disolviéndose en el frío de la tormenta. En ese instante inexplicable, suspendida en una frontera difusa entre el delirio de la visión y la cruda realidad que me rodea, mi mente hecha un caos intenta aferrarse a lo único que puede controlar. Respiro hondo, forzando a mis pulmones a seguir un ritmo mecánico: uno… dos… tres… Uno… dos… tres… Cada bocanada de aire con olor a podrido es una batalla campal contra el terror absoluto que amenaza con volverme loca.
En medio de este caos y con la vista nublada por las lágrimas, empiezo a ver fragmentos confusos que flotan en la negrura de mi mente. Son como diapositivas rotas, recuerdos perdidos de una vida que desconozco y que hasta hoy permanecían bajo llave y que sigo sin poder alcanzar del todo… Al salir con el tropiezo de esa piedra y escupirme en medio del bosque. Mi demencia se ha manifestado en todo su esplendor ¿Qué demonios pasó realmente ahí adentro? ¿Por qué la mujer de la visión me acusó con tanta furia gritando que mi sangre estaba maldita? La confusión crece como un monstruo con hambre dentro de mí, exigiéndome respuestas que no tengo, mientras las copas de los árboles danzan con un frenesí salvaje a mi alrededor, cerrando el cielo sobre mi cabeza. El bosque parece susurrar secretos malditos que se meten en mis oídos mientras yo sigo tirada en el fango, buscando desesperadamente una explicación a la monstruosidad que acabo de atestiguar.
Finalmente salgo de ese letargo mental, pero el regreso a la realidad es doloroso. Mi cuerpo quiere convulsionar, tiembla de la cabeza a los pies con espasmos violentos, como si mi propia biología luchara por desprenderse de la prisión de mi alma, rechazando una infección que parece avanzar por mis venas. Me levanto con un esfuerzo sobrehumano, tragándome los gemidos mientras cada fibra de mi ser protesta por el movimiento. Mis manos, torpes y llenas de lodo, busco a tientas mis pertenencias entre la hojarasca empapada, pero la penumbra de la noche que avanza comienza a envolverlo todo de un negro absoluto. Mi teléfono se quedó sepultado en el barro del despeñadero, dejándome completamente desamparada y sola. La oscuridad se cierra, pero dentro de mí, en lo más profundo de mi rabia y mi miedo, se enciende un fuego extraño, una necesidad de supervivencia que me empuja a ponerme de pie y recomponerme para salir de este maldito agujero.
Y mientras yo me aferro a esa chispa, en otro rincón de este mundo podrido, la inquietud ya se había apoderado de quien me buscaba.
—La ansiedad me empezará a consumir aquí parado —espeta Celián con un tono de voz cortante, aguzando el oído hacia la oscuridad del jardín—. Ya es demasiado tarde y esa mujer no aparece por ningún lado. No la vi en el campus universitario durante la tarde. ¿Le habrá pasado algo en el trayecto de regreso?
—Vi un velo extraño en la entrada, una distorsión densa en los límites del bosque —responde Léssan, manteniendo la vista fija en la penumbra tras el vidrio—, pero el perímetro no me dejó avanzar más. Si no aparece en cinco minutos exactos, saldré personalmente a buscarla. La llamé insistentemente hace un momento, pero solo escucho el eco monótono del buzón de voz.
Mientras tanto, en el jardín inferior, avanzo con las últimas fuerzas que me quedan. Debería estar ya dentro de la residencia con ellos, cumpliendo mis obligaciones de asistente, y no aquí afuera, atrapada en esta incertidumbre espantosa que me revuelve el estómago. Intento buscar una excusa creativa en mi cabeza para justificar mi retraso ante la rigidez de sus normas. Tal vez invente que me di un baño de lodo involuntario… No importa, mi mente divaga por el cansancio y el dolor mientras doy un paso en falso y noto que mi sandalia rota ha terminado por desaparecer por completo en el fango del camino. Descalza, herida y cubierta de suciedad… qué ironía tan patética para mi primer día de clases.
La lluvia finalmente se ha detenido; ya he caminado demasiado entre la maleza y creo que por fin estoy cerca de la estructura principal de la mansión. La duda me abraza con fuerza: ¿cómo entrar a la residencia en este estado deplorable sin arruinarlo todo? Me detengo de golpe junto a la gran fuente del patio central; el agua cristalina brilla bajo la luz tenue y muerta de la luna. Si entro por la puerta principal de esta manera, dejaré huellas embarradas y un rastro de sangre por los pisos de mármol… y tengo la certeza de que eso no les va a gustar en lo más mínimo.
Trato de buscar una última vía de ayuda con Lessán; toco mis bolsillos buscando el aparato para enviarle un mensaje, pero el vacío me responde de inmediato: se me olvidaba que he perdido mi teléfono en el bosque, un detalle increíblemente perfecto para rematar este desastre. Desesperada me siento en la orilla de la fuente, sumerjo las manos para sacar el agua limpia y lavarme el brazo herido, trato de tallar y limpiar toda la suciedad y la sangre que me acompañan como un estigma de la torre.
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A lo lejos, al levantar la mirada, distingo dos figuras masculinas que se dibujan nítidamente tras el vidrio de un ventanal alto. ¡Qué vergüenza tan profunda! Seguro son los hermanos Zalgorán vigilando la entrada. Ojalá su vista no sea tan endiabladamente aguda en la oscuridad y solo Lessán logre reconocer el desastre en el que me he convertido.
Sin embargo, antes de que pueda retirar los brazos del agua helada, la ilusión de seguridad se rompe. El sutil chapoteo en la fuente se apaga cuando una sombra inmensa bloquea la luz de la luna desde atrás. No alcancé a escuchar ni un solo paso sobre el suelo. Antes de que pueda girar la cabeza, unos dedos largos, fríos como el granizo y dotados de una fuerza implacable, se entierran en el tejido de mi hombro herido, obligándome a ponerme de pie de un solo tirón que me hace ahogar un grito por la costilla rota. La mirada de mi captor brilla en la penumbra con una fijeza que me congela. Me ha cazado antes de llegar a la puerta.
Los dedos de Lessán, congelados pero implacables, se posan en mi hombro justo cuando intentaba limpiarme el lodo. El dolor por culpa de la costilla lastimada me hace flaquear. Él no me deja caer; con una urgencia que rompe toda su fachada de hielo, me levanta en brazos antes de que mis rodillas terminen de ceder y me cruza directo por el umbral, metiéndome al vestíbulo de la mansión.
—¡Analián! ¿Pero qué demonios te ha pasado? —su voz truena bajo el techo alto, cargada de una preocupación violenta que casi parece furia. Me sostiene contra su pecho con una fuerza que me quita el poco aliento que me queda.
—Perdóname… me perdí en el bosque… no vi el camino… —balbuceo, tiritando contra él, sintiendo el contraste de su ropa impecable con el desastre de fango y sangre que soy, lo ensució completamente.
El asombro y el desconcierto brillan con una fijeza insólita en su mirada. Lessán siempre ha proyectado ser un bastión inquebrantable de seguridad, pero en este preciso instante, tengo la certeza de que poseo el poder de desestabilizarlo con mi sola miseria. Me quiebro por completo entre sus brazos firmes, incapaz de sostenerme por mí misma.
Lo abrazo tratando de aferrarme a él como mi salvación.
—Analián, mírame, ¿qué tienes? ¿Quién te hizo esto? —vuelve a interrogarme, y su voz vibra con un rugido sordo que parece provenir de las profundidades de la casa.
—No te preocupes… de verdad… solo fue uno de esos días infernales —intento justificarme con una sonrisa rota, ocultando la locura que vi en la torre—. Quise caminar por los alrededores tras salir de la facultad y la tormenta me tomó por sorpresa; el calzado se destruyó en mitad del fango, me quedé descalza y ya sabes el resto… un tropiezo.
Un carraspeo seco, atenuado y cargado de un desprecio absoluto interrumpe mis disculpas desde lo alto de las escaleras del Hall. Alzo la vista de golpe, parpadeando entre las lágrimas. Lo que veo me paraliza: un hombre de facciones perfectas y severas que nos observa. Intento recomponer mi postura con un sobreesfuerzo que me hace ver estrellas; su mirada parece escanearme como si yo fuera un bicho apestoso que acaba de profanar su santuario de mármol. Sus ojos se detienen con una fijeza insultante en mis curvas expuestas y, con un tono que gotea las reglas sociales de otra época, me ordena que suba de inmediato a cambiarme porque mi atuendo es “completamente inapropiado”.
Dios mío. La humillación me quema la frente al mirarme: mi ropa, empapada por la tormenta y rota por las ramas, se encuentra totalmente pegada al cuerpo, moldeando cada contorno como si fuera una segunda piel traslúcida. Cada curva de mi anatomía ha quedado expuesta al escrutinio frío de ese hombre. La vergüenza calienta mis mejillas hasta hacerlas arder en mitad del vestíbulo. Intento cubrirme cruzando los brazos sobre el pecho, ocultando también la herida del clavo que gotea sobre el suelo limpio, pero el chico en las escaleras no aparta la vista; observa mi desgracia con una mezcla de repulsión moral y fijeza animal que me hace desear desaparecer.
Ante la orden gélida que resuena desde lo alto, Lessán tensa los músculos, pero cede ante la etiqueta de la casa. Me deposita en el suelo de mármol con una delicadeza extrema, sosteniéndome del talle hasta asegurarse de que mis pies descalzos soportan el peso. Intento avanzar hacia la escalinata para huir de esa doble mirada que me asfixia, pero el dolor de la costilla y la pérdida de sangre me nublan la vista. Camino sin estabilidad, tambaleándome como una maldita marioneta sin hilos, y en un balanceo involuntario termino chocando de seco contra el cuerpo del qué supongo es otro hermano y acaba de descender los últimos peldaños.
El impacto es inevitable. Mi brazo herido roza directamente su ropa impecable, reabriendo la carne de la cortada; la sangre brota nuevamente al tocar el tejido de su camiseta. Pido disculpas atropelladamente, balbuceando como una condenada al darme cuenta de que he ensuciado su pulcritud. Presa del pánico, coloco por instinto mi mano temblorosa sobre su torso para tratar de limpiarlo, pero el contacto físico con su rigidez de estatua y un mareo inesperado y negro me arrastran por completo al abismo de la inconsciencia.
Mucho después, salgo lentamente de la negrura. Despierto sintiendo el colchón debajo de mí; me encuentro acostada sobre la cama de mi habitación. Léssan está ahí, fiel como una sombra al pie de la cama. Trato de levantarme de golpe, asustada, pero el cuerpo me pasa la factura; él se aproxima de inmediato y me ayuda a incorporarme con un cuidado milimétrico, con una protección inusual a una empleada.
—No deberías aventurarte sola por ese bosque solitario; no es un perímetro seguro para ti —me dice, y su tono de voz ya no es cortante, sino una advertencia densa.
Al bajar la mirada, el pánico me da un vuelco al notar que visto un camisón limpio y seco.
—No te preocupes por el pudor —añade él de inmediato, leyéndome los pensamientos con esa facilidad que me aterra—. Llamé al médico de la familia para que te examinara la costilla y el brazo; las enfermeras del servicio se encargaron de cambiarte. No podías quedarte un minuto más con la ropa mojada adhiriéndose a tu piel. El río es angosto cerca de esta casa, Analián, pero más allá de los peñascos de la torre se convierte en una corriente voraz… Y si algo llegara a sucederte en esos riscos…
Mientras me acomodo con torpeza entre las sábanas, sintiendo el vendaje apretado en mi costado, sus palabras resuenan en mi cabeza como un eco distante, deformado por el cansancio.
—Despreocúpate… —respondo, clavando la vista en mis manos limpias—. Si algo llegara a pasarme en los límites de esta propiedad, nadie en este mundo notaría mi ausencia… —suelto, sintiendo el frío de la soledad calmarme las entrañas muchísimo más de lo que logró hacerlo la lluvia en el bosque.
Él guarda un silencio sepulcral. Las luces de la habitación están bajas y sus ojos se fijan en mí con una intensidad líquida, un brillo extraño y hondo que me incomoda profundamente, haciéndome contraer los hombros.
—Yo te extrañaría… —susurra Lessán, y la confesión cae en la habitación con el peso muerto de una sentencia definitiva.
Antes de que pueda procesar el impacto de sus palabras, el chico de las escaleras aparece súbitamente en el umbral de la puerta, interrumpiendo la intimidad del momento. Carga entre sus manos una bandeja de plata con una ración de comida bastante abundante, cuyo aroma inunda la estancia de inmediato.
—Tienes que alimentarte —sentencia Lessán, desviando la mirada hacia la bandeja mientras el recién llegado se aproxima con una rigidez cadavérica—. De hoy en adelante llevarás una dieta estricta, diseñada con alimentos específicos que te fortalecerán tanto sistemática como físicamente. No tienes elección en esto.
Lessán pronuncia aquellas palabras con un tono absoluto que no admite ningún tipo de réplica. Yo, desarmada y sin fuerzas para debatir, obedezco sin chistar. El chico de las escaleras deja caer la mesita de cama frente a mí con un golpe seco, la bandeja de plata queda en su lugar a pesar del movimiento; se da la vuelta y se retira del cuarto de inmediato, sin dignarse a mirarme ni una sola vez, como si mi sola presencia le causara una repulsión insoportable.
—¿Él… quién es? —pregunto tímidamente, clavando la vista en la puerta por donde el extraño acaba de desaparecer.
—Celián —responde Lessán con total tranquilidad—, mi hermano medio. No te fijes en su actitud; siempre anda de prisa. Ya te acostumbrarás con el tiempo a los modos de cada habitante de esta casa. Ahora come, lo necesitas con urgencia. Fue un descuido grave de mi parte no vigilar tu alimentación; no estoy muy acostumbrado a lidiar con esas formalidades, pero no me iré de aquí hasta que vea que te has terminado todo de los platos. Así que empieza.
Bajo su escrutinio, comienzo a pasar los bocados con dificultad. Una sonrisa enigmática y brevísima brota en su rostro de piedra al ver que obedezco. Me ordena terminar hasta la última porción con un gesto imperioso y silencioso. Solo cuando la bandeja queda completamente limpia, Lessán retira la mesita, yo le agradezco muchísimo su atención, él se da la vuelta para marcharse sin decir nada; sale de la habitación cerrando la puerta tras de sí con un eco rotundo.
Me quedo completamente sola, sin palabras, desarmada y envuelta en el silencio sepulcral de una mansión que ahora sé, con absoluta certeza, que guarda fantasmas mucho más reales y hambrientos de lo que alcancé a imaginar en la torre.
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