No obstante, la condesa de Eltz cada noche se veía más pálida y delgada, no perdía la elegancia y arrogancia, a excepción de ese día en su habitación. Su alma se estaba yendo de su cuerpo. De vez en cuando Sorcha la iba a visitar, esperando que volviera hablar de algún hecho que le revelase las respuestas que buscaba a la gran incógnita. Nikolaus y sus rarezas.
Sin embargo, la condesa viuda parecía inmersa en sus cavilaciones. Justa razón para celebrar la boda de prisa.
Cuando las personas van a morir, hay un olor. Siempre hay un olor. Eso creía Sorcha, aunque bien sabía que, hasta ahora, la única muerte que había presenciado fue la muerte de su madre cuando la dio a luz. Del cual ni siquiera era consciente por ser un bebé. El castillo se lo dijo, una muerte estaba próxima entre los moradores. Y el hecho de que el sacerdote al ver a Sorcha le lanzará agua bendita al rostro, dejaba a todos los presentes en estupor.
Nikolaus no hizo más que verlo de manera amenazante, pero eso ni siquiera importaba. Sorcha quería enamorarse o al menos intentar estarlo. Había leído que para consumar el matrimonio sus cuerpos debían unirse, conjeturar las imágenes la azoraban un poco. Pensar en todo lo que ocultaba Nikolaus bajo ese montón de ropa la ruborizaba. Se reprendía por ser tan puritana. Y es que estar encerrada en esos muros que parecían no perder de vista sus acciones, la tenían nerviosa.
En el despacho de Nikolaus se percibía una atmosfera de tensión e incertidumbre. ¿Qué haría la noche de bodas? No la podía acariciar mucho menos besar. Evaluar las opciones lo estaban dejando con la cabeza en una encrucijada. Ella pensaría que no la querría tocar. Aunque después de la escena en la habitación de su tía, estaba empezando a creer que al igual que él, Sorcha también ansiaba sentir su piel.
Ningún hombre pondría resistencia a semejante nixe. Con una tez pura como el viento. Con el cabello suave y traslucido. O al menos esas eran las ideas que tenía de ella. La semana había transcurrido de lo más anormal. Empezando con su tía tosiendo, como si se ahogara con su propia saliva. Y, el cura, que no perdió oportunidad para recalcarle que su prometida era una bruja. Pobre hombre. No sabía qué el más maldito estaba justo sobre sus narices.
Unas horas antes de la boda llamó a su mano derecha, el señor Manfred.
—¿Has encontrado la tela que te pedí? —Nikolaus tenía una idea para poder sentir de alguna forma a Sorcha.
—Aquí está —Manfred le dio la manta de seda blanco rosa.
—¿Y esto les funcionó realmente a mis padres? —la pregunta de Nikolaus ruborizó al mayordomo.
—Según tengo entendido, si milord —su respuesta lo convenció. No sabía cómo usaría la manta de seda, pero besaría a esa mujer de alguna forma.
***
Nikolaus veía, como su futura esposa lucía un hermoso vestido blanco con un velo que cubría su rostro. Toda ella se mostraba como un ángel. Con su cabello de color blanco, atado por los lados con unas pequeñas horquillas, caían sobre sus hombros.
El eco de la tos de su tía resonaba en los pasillos cuando Sorcha caminó hacia el altar improvisado. La boda, acelerada por la enfermedad, parecía más un funeral con flores que una celebración.
A pesar de todo, sintió su aroma al pararse a su lado y no pudo evitar inhalar profundo. Nunca se arrepentiría de unir su vida a la de ella, así fuera lo último que hiciera.
Con el corazón desbocado, se miraron con una intensidad casi insoportable. Con sus iris deseando adentrarse en la mente del otro.
El cura los casó ante todos los presentes. Ambos suspiraron entrecortadamente acercando peligrosamente sus rostros. Por un instante, ambos parecieron olvidar las consecuencias que pendían sobre ellos como una sentencia acusatoria. Nikolaus parpadeo más de la cuenta, como diciéndose que debía reaccionar. Con una gran fuerza de voluntad se alejó de ella.
Sorcha sintió ese rechazo más latente que en otras ocasiones, después de lo ocurrido creía que si había posibilidad de que se besasen. Quizá por el hilo que los estaba uniendo cada día más o por la forma en la que la había visto cuando levantó el velo de su cara. Su gesto le dijo que quería besarla en ese momento. Pero ella lo había deseado y lo reflejaba en las acciones de él.
Caminaron alejados el uno del otro sin rosarse ni un momento. ¿Por qué alejarse tanto de ella? ¿Tan grande es su repulsión por ella? Aunque contemple algo diferente en sus ojos al final siempre impide que sus cuerpos se entrelacen.
No bailaron, solo comieron. No había ningún invitado ajeno al castillo. Los únicos presentes era su tía, su hermana, Anselm y los del servicio, estos últimos los únicos que parecían divertirse. Aunque Sorcha, en lo que llevaba de vida no bailo ni una vez, ella esperaba que al menos el día de su boda fuera diferente. Envidiar como Ailsa bailaba con Anselm no se sentía correcto. Era consciente de que su hermana tenía más normalidad de la que ella nunca podría tener.
Llegado el momento, Sorcha estaba en la habitación, vestida con un camisón de encaje blanco, demasiado fino para el frío que se filtraba por los ventanales semiabiertos. Las velas titilaban como si compartieran el nerviosismo con la dueña de la habitación. Ni el olor a jazmín la lograba tranquilizar, ni las palabras que se decía, incitándose a disfrutar de lo que sea que pasara. Tomó aire incontables veces. Con cada respiración se recordaba que todo estaría bien. Sorcha no había tenido una madre que le explicase como sería la noche de bodas. Leerlo no supondría lo mismo.
Unos suaves toques en la puerta la sacaron de su ensimismamiento. Nikolaus entró con sigiló, como si aquel no fuera su castillo. Cuando se acercó a ella, no llevaba la actitud de un esposo, ni la mirada de un amante. La oscuridad resplandecía en su mirada.
—No vine a lastimarte, Sorcha —dijo con voz insegura. Solo llevaba pantalones y una camisa desabotonada que dejaba ver su torso firme y marcado. Por instinto Sorcha, retrocedió apenas unos centímetros, desconcertada por la calma con la que le hablaba—. Dios sabe que quiero sucumbir ante tu piel —susurró, acercándose más a ella. Él la miró con una ternura que le suavizó el alma.
—¿Por qué no lo haces? —preguntó ella. Nikolaus no respondió enseguida. El coraje de Sorcha se disipo cuando Nikolaus le mostro una manta de seda con cuidado, como si temiera que lo que estaba ocurriendo se rompiese.
—Porque si lo hago… —sus ojos brillaban con una emoción que Sorcha no supo leer—. Quizá no pueda detenerme, no lo puedo permitir. Pero si me dejas. Solo por un momento, yo…
Sorcha sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, pero algo dentro de ella cedió. No sabía a qué se refería Nikolaus con un momento. Sin embargo, Sorcha ya había cruzado una frontera invisible.
—Hazlo —susurró. Esa simple palabra pareció llenar de gratitud los ojos de Nikolaus.
Sorcha se recostó sobre la cama, esperaba que lo qué sea que hiciera Nikolaus fuera agradable.
—Desde el instante en que te vi en ese bosque, te he deseado —murmuró él, perdido en sus pensamientos.
Apoyó suavemente una mano sobre su vientre. Sorcha finalmente sintió el calor que emanaba la piel de Nikolaus. No pudo evitar sentir un revoloteo donde Nikolaus tocaba con delicadeza
—Solo a través de la tela, permíteme alcanzarte —entonces le colocó la manta sobre la nariz y su boca. La duda crispo dentro de Sorcha. ¿Por qué cubrirla?
—Detente —suplicó. Nikolaus la vio confundido por su cambio.
—Jamás te haría daño Sorch —aclaró, besándola. Sintió como sus labios se movían sobre la tela.
“Si tan solo no estuviera ahí” pensaron ambos con complicidad.
El beso se hizo más intenso y la manta cubrió sus hombros desnudos. Nikolaus la besó suavemente en el cuello y acarició sus hombros con ternura. La sensación de cosquilleo crispaba la piel de Sorcha, deseaba más, que sus cuerpos rozaran piel con piel.
Nikolaus descendió por su cuello con besos lentos pero firmes. Tenerlo cerca era lo que había estado esperando. Ahora que todo estaba sucediendo, Sorcha deseaba más que nada tocarlo.
Nikolaus rozo sus clavículas con la boca, su aliento hizo que instintivamente Sorcha se arqueara buscando fundirse en él. Al llegar a sus pechos sintió su respiración agitada y como los acunaba con sus manos. Se sentía llena. Nikolaus atrapo cada uno de sus pechos en su boca, sintió la saliva traspasando la tela e impregnándose en ellos. Un jadeo involuntario salió de la boca de Sorcha.
Quería rendirse al momento, pero el pensamiento de convertirse en ceniza entre sus brazos le cruzó la mente como una sombra. Sorcha levantó sus manos buscando el cabello y la piel de Nikoalus.
—No me toques, por favor. Te lo ruego.
Sorcha no sabía si hacerlo o no. Tenía conciencia de lo que estaba sucediendo. Sentirlo más cerca fue un impulso automático, un reflejo del deseo que la desbordaba.
Ella se ruborizó cuando Nikolaus dejó de besarla sin dejar de jugar con sus pezones y la veía a los ojos, eso la excitaba más. Creía que nunca olvidaría esos ojos, los ojos de él. Por una milésima de segundos, el rostro de otra persona la conmocionó. Intentó regresar al presente y olvidarse de un pasado que vibraba por salir.
Nikolaus sentía que su corazón iba a explotar dentro de su caja torácica que se esforzaba por mantenerlo dentro. Ver como ella se removía debajo de él, pidiendo más, rogando que sus cuerpos se entrelazaran sin dejar espacio entre ellos, lo llenaba de deseo. La lujuria que había contenido desde hacía más de veintiocho años estaba aflorando en su ser, gracias a la mujer que tenía bajo su cuerpo. Nikolaus quería entrar en ella. Sentir su piel directamente sobre sus labios sin que hubiera una tela entre ellos.
Ninguno de los dos sabía sí era él o ella quien se hundía más en su piel. Una conexión de deseo incrementaba. Era una belleza excepcional… Sorcha merecía que alguien cumpliera todos sus sueños. Nikolaus no sentía ser el indicado, pero se esforzaría por complacerla. Olvidarse de su propio deseo de penetrarla, hasta que ambos se rindieran, perdiendo las fuerzas una vez llegarán al clímax.
Ambos estaban tan sumergidos en lo que sus cuerpos les pedían, que no se percataron del olor que emanaba de Nikolaus. De ese maldito aroma que lo martillaba a la tierra. Se estaba volviendo más intenso con cada segundo que pasaba. Ese aroma dulzón y punzante. Al principio parecía inofensivo, pero ahora era insoportablemente real.
Nikolaus agradeció grandemente al escuchar los ruidos que provenían del pasillo, de lo contrario no podría detenerse ante esa ola de perversión.
Los golpes nuevamente lo hicieron reaccionar. Se alejó de ella rápidamente y al abrir la puerta la señora Rosster lo veía entre cohibida y asustada.
—Es su tía, la condesa… ha muerto.
Nikolaus sabía que esto pasaría, su tía se lo había repetido muchísimas veces. Aun así, la noticia lo heló y se marchó sin mirar a la mujer que yacía tendida en la cama.
Sorcha, aún recostada, tembló al oírlo. No supo si el frío en su piel era por la brisa que entraba por la ventana entreabierta, por la manta húmeda o por el vacío que Nikolaus había dejado al alejarse. ¿A quién le pertenecía ahora su piel, después de ese momento? Tampoco supo si debía llorar… o sentirse liberada de no haber llegado más allá. La inquietaba el rostro que había visto, tanto como la incertidumbre de no saber qué hubiera pasado si no los hubiesen interrumpido.
Nikolaus deseó no haberse alejado, pero sabía que quedarse habría significado su ruina. Y la de ella.
ns216.73.216.134da2


