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EL CÓDIGO DE SANGRE | Penana
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EL CÓDIGO DE SANGRE
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EL CÓDIGO DE SANGRE
Lián Becker
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CAPÍTULO I

EL LUTO

Esa noche, la Ciudad de México resplandecía con el cinismo de los diamantes. Un baile de caridad servía de máscara filantrópica para quienes solo saben dar lo que les sobra: hipocresía. Mientras la élite se embriagaba en su propia importancia, yo observaba la invitación sobre la mesa; como se observa un insecto disecado. Era un gesto de cortesía obligatorio, un papel que decía mi nombre pero no me nombraba a mí. Para ellos, yo era un susurro que el aire se llevaba sin dejar rastro; una pieza de ajedrez cuya posición nadie se molestaba en verificar.

Decidí que el silencio era mi mejor vestidura. Dejé el papel de lado, ignorando la gala. Tenía una cita con mi propio destino: una mesa dispuesta para un futuro que se congelaría antes del primer brindis. La opulencia es un estruendo que ensordece, hasta que el silencio decide reclamar su soberanía.

La casa aguardaba con una cortesía gélida, saturada de un aire que se tornaba irrespirable. El comedor principal era un bodegón impecable de cristalería y plata bruñida. Se suponía que sería un pacto de amor puro, una unión que borraría las cicatrices del mundo exterior. Pero el tiempo posee una forma despiadada de detenerse cuando la verdad decide llamar a la puerta.

—Esto es un crimen, Analián —dijo una voz a mi lado, rompiendo la tensión—. Si sigo comiendo, me va a vender el estómago. 

Miré a los que me rodeaban. Caras que hablaban de una calidez que yo no terminaba de procesar. Risas, anécdotas, el tintineo de los vasos. Por un momento, el bullicio me hizo creer que el suelo era firme. Pero el reloj no miente.

A las diez de la noche, las velas eran charcos de cera inerte. La luz se había vuelto lúgubre, parásita. La cena, esa cumbre culinaria que con tanto rigor se había preparado, se degradaba ahora en un catálogo de texturas gélidas y grasas solidificadas. El vino en las copas evocaba sangre estancada.

—Seguro les pasó algo en el trayecto —susurró a alguien, con una voz cargada de una lástima que me quemaba la piel.

—No mientas —corté, y mi voz sonó como el roce de dos láminas de metal—. Si hubiera pasado algo, lo sabríamos. Simplemente no llegaron, nadie llegó.

El tiempo se acabó. Me levanté de golpe y la silla rasgó el suelo con un chillido que pareció un grito de guerra.

—Nadie se retrasa más de tres horas para una promesa de vida —solté con amargura.

Atravesé el pasillo, huyendo de las miradas de compasión, hasta llegar a la habitación del fondo. Allí, sobre el maniquí, estaba el vestido. Una trampa de seda impoluta, cruelmente perfecta. Parecía una burla, una prisión de tela que olía a ilusiones muertas.

Sentí asco de la ingeniosidad. Marque el número, una y mil veces más.

—Buzón de voz. —¡Esteban… por favor!… Contesta —mares maldito —susurré—. Contesta y diez centavos que estás muerto en una zanja, porque eso sería menos doloroso que saber que simplemente decides no venir.

“El número que usted marcó no existe”. El latigazo fue fulminante. Mi calma se convirtió en una bomba nuclear. Llamé a Isabela; su teléfono estaba apagado. Se había evaporado. La rabia fue total; Aventé el teléfono contra el mármol y se hizo añicos, Rompí el vestido en mil pedazos. La mesa de adornos se hizo trizas. Al pisar el plástico de los regalos, resbalé cayendo abruptamente. Me golpeé la cabeza y borrosamente vi los anillos otorgados por los padres de Esteban. Confirmé lo que ya sabía: nunca me habían aceptado. Solté una carcajada de ironía que, después, se convirtió en un llanto silencioso de amargura.

Me arrastré por el piso con el grito ahogado de un animal herido, arañando las baldosas de la casa que me pertenecía y que odiaba. Mamá O entró al salón, petrificada. Me levanté del suelo y me llevó a mi habitación. Los demás se quedaron ahí parados, viendo mi tragedia. Al llegar, me arropó y se sentó al borde de la cama.

—Supongo que ya sacaste la frustración —dijo, con una voz gélida, desprovista de compasión.

Me sent abrazando mis rodillas, con la mirada perdida en la pared.

— ¿Cómo no hacerlo? —respondí, con voz bajita—. Todos estaban ahí. Mi familia... esperando. Y nunca llegó. Me dejó ahí plantada, como una tonta.

Mamá O avanzando espacio, con una practicidad demoledora:

—La humillación pesa porque tú lo permites. Que no hayas venido te ahorra una vida con un cobarde sin palabra. El amor es presencia, Analián, no suposiciones. Te mostré quién es antes de que fuera tarde. Deja de llorar por el tiempo que invertiste en alguien que no estuvo a tu altura. Levántate, que la vida no termina por un desplante.

No eran frases de consuelo, eran verdades secas que cortaban cada vena de mi cuerpo.

—Crees que algún día deja de doler? —pregunté finalmente.

—El dolor se desgasta —respondió, dándome la espalda—. Lo que queda es la astucia de no volver a esperar a nadie.

Salió de la habitación en completa calma.

La peor parte de esa madrugada estaba por colapsar totalmente mi mundo. El peso del cansancio pudo más que el dolor, logrando que me quedara dormida. Pero la calma se endurece muy poco; lo que creía que era el final de una noche amarga, solo era el principio de algo mucho peor.

El silencio de la madrugada se resquebrajó. Entre sueños escuché murmullos; de golpe abrí los ojos. Los alaridos que brotaban de los muros aturdieron mi percepción. Me incorporé de prisa. El mármol bajo mis pies tenía un frío sepulcral. Al salir corriendo de mi habitación tropecé con Lala en el pasillo; su rostro era un mapa de pavor absoluto.

—¿Qué ocurre? —le espeté, agarrándola de los hombros.

—¡Analián! —su voz era un estertor—. Algo atroz… tus padres… ¡Oh, Dios, tus padres!

El aire se densificó. Los gritos de la familia se mezclaban con balbuceos de desconocidos en el recibidor. Baje las escaleras. En la entrada guardaban dos agentes de policía. Camine hasta donde se encontró Higinio me aferré a su brazo ya la mano de Carlos.

—¿Señorita Analián? —inquirió el oficial—. La identificación fue posible gracias a esto.

Extendió unos papeles. Mi mano temblorosa los tomó.

—Sus padres han sufrido un percance grave —el oficial ni siquiera pestañeó—. Verifique los documentos hallados en el lugar de la tragedia.

Al leer los nombres, mi universo se fragmentó. Solo el abrazo de Carlos impidió que me disolviera.

—¿Tragedia? —la palabra me supo a sangre—. ¿Dónde están?

—El oficial carraspeo y dudó unos segundos, su voz sonó temblorosa—En la morgue —sentenció—. No sobrevivieron.

Mis rodillas cedieron. Un grito bestial se escapó de mi garganta mientras Carlos trataba de sostenerme. Lala se arrodillo, deshecha. Higinio se tambaleaba, pálido como un fantasma.

—Analián, por favor… mi niña —susurró, quebrándose por completo.

-¡No! —dije con odio—. ¡No entienden nada! ¡Lárguense! ¡Déjenme sola! ¡Fuera!

—Señorita, hay que proceder —insistió el oficial con mirada de piedra.

La ira me invadió como un veneno y, desde el suelo, los empujé para que salieran. Vicente escoltó a los agentes hacia fuera entre susurros. Quedé ovillada en el suelo, cayendo en un vacío sin fin. El aire era pesado. Un temblor que amenazaba con desintegrarme comenzó casi a convulsionar mi ser. Ya no había pensamiento coherente, ni deseo, ni miedo; solo esa sensación de estar cayendo sin fin, como si todo lo que alguna vez fui se me escapara entre los dedos y no tenía fuerzas ni para intentar retenerlo. 

De pronto, unas manos firmes me sujetaron.

—Analián, respira —ordenó Higinio.

Carlos apareció entre las sombras y, antes de que pudiera protestar, sintió el pinchazo traicionero de la aguja. Un químico bendito recorrió mis venas.

Me hundí en la inconsciencia. Cuando los estímulos volvieron, el entorno se había transformado. El anfiteatro del Servicio Médico Forense —ese gelido santuario donde la muerte es un trámite técnico— se abrió ante mí. El lugar donde yo solía ser la que observaba desde la distancia, ahora me reclamaba como protagonista. El acero inoxidable se cerró sobre mí como una trampa.

El tiempo perdió su forma. El sedante aún mantenía el dolor anestesiado, arrastrándome como un título de la inercia hacia el único lugar donde la verdad se muestra desnuda. Atravesamos el umbral de las puertas automáticas del SEMEFO y el olor me tocó el pecho: una mezcla estéril de formol, ozono y materia orgánica inerte. Lo conocí bien. Lo había respirado cientos de veces en mi práctica, pero nunca me había dicho con tanta crudeza: Ellos están aquí.

Caminé por el pasillo con la ayuda de Carlos, que me sostenía del brazo con fuerza desesperada. Nuestros pasos resonaban con una cadencia metálica. Llegamos hasta la última puerta. Carlos se detuvo, incapaz de dar un paso más.

—Analián…—con su mirada pedía clemencia de que no fuera verdad, con los ojos llenos de lágrimas que intentaban no escapar. Pero ya era tarde. El corazón de mi padre había dejado de latir y mi antigua vida con él.

El médico forense de guardia, un hombre con la piel curtida por la morgue y manos enfundadas en látex, nos recibió sin un solo gesto de cortesía. Revisó la tabla portapapeles con desdén administrativo y me miró de arriba abajo.

—Señorita Analián —soltó con voz monótona y cortante—. Viene sedada y apenas se sostiene sola. Esto no es un juego. Aquí adentro hay cuerpos destrozados por trauma severo. Será mejor que firme su acompañante, si él puede reconocerlos—le di una mirada gélida que detuvo sus palabras en seco.—Abra —ordené. Mi voz sonó seca, como el crujir de un hueso viejo.

El forense se encogió de hombros, se dio la vuelta y jaló la gaveta de acero inoxidable con un chillido mecánico que inundó la sala. La sábana blanca de la mesa de disección estaba húmeda, perfectamente adherida a las formas anatómicas que ocultaba. Sin el menor cuidado, el hombre empujó de la tela de un solo golpe limpio.

Ahí estaba mi Padre.

Mi papá, el hombre que dictaba la arquitectura de la vida desde su despacho de cristal, era ahora un rompecabezas mal armado. El impacto lateral había desplazado su mandíbula, dando una expresión de sorpresa eterna, una mueca grotesca que borraba toda su elegancia. Su cráneo, ese templo de intelecto, presentaba una hendidura violenta que el maquillador de muertos había intentado rellenar con cera barata, pero el fluido seguía filtrándose: una lágrima de color pardo que corría por su sien inerte. Entre mi dolor, pude percibir que Carlos trataba de ahogar el llanto, pero la escena era tan cruda que no pudo contenerse más. Sentí su abrazo por detrás; el peso de la orfandad nos aplastó en un segundo.

—Papá… diez centavos que estás aquí, vivo. Que tu no eres el que esta dormido.—susurré, y al tocar su mano, el frío me quemó. No era el frío de la nieve; era el frio del vacio absoluto. Sus uñas estaban rotas, llenas de restos de cuero y cristal: la prueba de que intentó proteger a mamá hasta el último milisegundo de su existencia.

Entonces, el forense descubrió la segunda camilla.

Mi madre. La mujer que olía a perfumes amaderados ya autoridad imponente. Lo que quedaba de ella era una frente a la vida. El cinturón de seguridad no la había salvado; la habia partido. Una sutura gruesa y oscura, como un ciempiés de hilo negro, recorría lo que antes era su cuello de porcelana, intentando mantener unida la cabeza al torso. Su cabello, ese velo de seda que solía trenzar, estaba apelmazado por una costra de sangre seca y restos de pavimento que nadie se molestó en lavar.

Mis rodillas tocaron el suelo de baldosas gelidas; Como lo que estaba presenciando, pero no sentí dolor. Lo que sentí fue la bilis subiendo por mi garganta. Me aferré al borde de la camilla de acero, mis dedos resbalando en el metal condensado.

—¡Despierta! —aullé, y el grito rebotó en las paredes de azulejos, burlándose de mi impotencia—. ¡Mamá, mírame! ¡Soy Analian! ¡Diles que es un error!

Acerqué mi rostro al de ella, buscando un rastro de calor que nunca había sentido pero que en ese momento necesitaba con desesperación; una vibración, cualquier cosa que no sea esa quietud mineral. El olor a hierro ya carne magullada me inundó los sentidos. No había paz en sus rostros. Solo estaba el registro físico de un terror súbito, de una trayectoria de metal que decidió que ellos ya no pertenecían al mundo de los vivos.

—Señorita, debe retirarse —dijo el forense, poniendo una mano sobre mi hombro.

—¡No me toque! —le escupí, apartándome con una furia ciega.

Me quedé allí, arrodillada entre las dos camillas, viendo cómo las luces halógenas se reflejaban en sus ojos abiertos y vidriosos que ya no veían nada. Estaba rodeado de los dos pilares de mi mundo, convertidos en desechos biológicos, en un inventario de lesiones y traumatismos. En ese santuario de acero, entendí que no hay Dios, no hay justicia y no hay amor que soporte el impacto de un motor a cien kilómetros por hora. Solo queda el frio; el mismo que ahora habitaba en el pecho de mis padres empezó a filtrarse en mi propia sangre, congelando a la Analián que creía en un futuro, dejando solo a una miserable que sabe perfectamente bien que, al final, todos somos una entrada más en el registro de la morgue.

Carlos sangraba con mi dolor. En él no había hipocresía; Había un dolor tan tajante como el mío… el único que me acompañó a soportar esa ruptura existencial. Verlos allí, despojados de su autoridad, no fue un mal sueño: fue una ejecución. Quería fundirme en esa cruda realidad, ser una partícula en la quietud de acero. Mi voluntad era una raíz arrancada, dejada a morir bajo un sol negro sobre las baldosas blancas. El mundo se rige por la agonía, por secuencias inexplicables que dictan quién merece la eternidad. Mis padres eran una institución del orden, una dualidad perfecta que no pudo detener su propia obsolescencia.

Y cuando ese laboratorio de la biología humana cae, cuando se convierte en ruina y la ciencia se rinde, solo queda la crudeza de lo real. Allí estaba él. Carlos, mi ancla de realidad. Ni siquiera recuerdo cómo salimos de aquel lugar; él, aun con el corazón destrozado, asume toda la responsabilidad de los trámites. Yo no me tomé la molestia de nada, más que de ahogarme en mi propia devastación.

Todo se desvaneció entre papeles y silencios. Lo que siguió no fue un duelo, sino un trámite más, tedioso y burocrático. El camino hacia los nichos fue un sendero de barro que amenazaba con tragarme en cada paso, no hubo gente, no hubo llantos de hipocresía vestida de negro; No quería a nadie más que a mi pequeña familia. El último rito solemne, fue el susurro de un adiós de lealtades antiguas, una congregación de sombras: Higinio, Mamá O y los custodios de los secretos de la casa. Eran mi único y verdadero pilar, nadie más. Ellos no lloraban como extraños; sangraban por dentro, como yo. Mis padres se habían desvanecido como el humo en una habitación cerrada, mientras el engranaje del mundo seguía girando con una indiferencia insultante.

La cremación había concluido en un murmullo. Me entregaron una urna de metal fino, pesada y gélida, labrada con una geometría desafiante. En el centro, una espiral que se devoraba a sí misma. Cenizas densas; el último vestigio de un secreto que palpitaba bajo la piedra con urgencia sepulcral.

Me convertí en un espectro errante. Pasé días en un limbo donde la luz hería como cristales rotos. Me encontraba en el comedor, aún vestida con el traje sastre negro que olía a incienso y muerte de crematorio. No había dormido. Mis ojos, rodeados de ojeras que parecían hematomas, escudriñaban la mesa. Higinio entró en la estancia con una bandeja de plata; el tintineo de la porcelana rompió el silencio como un cristal estallando.

—Mi niña, debes ingerir algo. Caldo de ave, solo un poco —su voz temblaba; era el sonido de un hombre viendo cómo su última ancla se soltaba.

Lo miré sin parpadear. Mis manos, pálidas y manchadas de grafito, sostenían un escalpelo de disección y el informe pericial del accidente.

—¿Ves esto, Higinio? —pregunté. Mi voz era un hilo seco, carente de inflexión—. El ángulo de incidencia del vehículo contra el pilar de concreto fue de 45 grados. A esa velocidad, el motor debería desplazarse hacia abajo. Pero aquí dice que penetró en el habitáculo.

—Analián, por favor, esos deja papeles… deja de torturarte. Necesitas dormir un poco, bañarte. Anda, vamos, mi niña —su voz sonó entrecortada.

Ignoré su ruego. Las cifras en el papel pericial no cuadraban con las leyes de la física.

—¡No es lógico! —rugí, poniéndome en pie con una energía eléctrica y violenta.

Tiré la bandeja de un manotazo; Higinio se echó hacia atrás con una amargura que no solo quemaba, sino que revelaba la impotencia que lo hacía temblar. El caldo salpicó la perfecta pared blanca que a Bethanya tanto le gustaba, dejando una mancha amarilla que parecía una isla de caos frente a la perfección.

—¡Nada es lógico! ¡Papá no frenó! ¡Y Esteban no está! ¡Isabela no está! —empecé a caminar en círculos, golpeando rítmicamente la madera con el mango del escalpelo. Esa costosa mesa de diseño ahora no era más que materia sin valor, llenándose de hoyos y rayones marcados por el metal bajo mi fuerza frustrada. Estaba perdiendo el control—. ¿Crees que se fundieron? —susurré, y luego la voz me estalló de nuevo—. ¿Crees que la sangre de mis padres los evaporó a ellos también?

El silencio que siguió fue denso, casi sólido. El eco de mis palabras chocó contra las paredes y regresó a mí como un bumerán de culpa y dolor. Mis pasos, antes frenéticos, se fueron deteniendo hasta quedar inmóvil, como si mis pies hubieran quedado pegados al suelo. Lentamente, giré sobre mis talones. Me detuve frente al gran espejo del buffet y me enfrenté a mi propio reflejo. El cabello platinado era un nido de pájaros; el maquillaje corrido me daba el aspecto de un cadáver que se había negado a quedarse en la fosa. De pronto, solté una carcajada histórica que se convirtió en un sollozo seco, sin lágrimas.

—Tal vez yo también morí —susurré, acercando el filo del escalpelo a la yema de mi dedo hasta que una gota de sangre, roja y real, brotó—. Mira, Higinio. Sigo siendo humano. ¡Qué decepción sería para Bethanya!

Me arrodillé en el suelo, entre los restos de la porcelana rota y el líquido derramado. Empecé a recoger los trozos con las manos desnudas, ignorando cómo los filos me cortaban la piel. Necesitaba orden. Necesitaba que las piezas encajaran, aunque fueran piezas de platos rotos.

—Vete, Higinio. Apaga las luces. Quiero ver cómo se ve el vacío cuando no hay nadie mirando.

Pasé las siguientes horas sentado en la oscuridad del comedor. Me dirigí al gran despacho de mi padre a gatas, golpeando mi cabeza con los muebles que no alcanzaba a ver, hasta que llegué. Me vi rodeado de sus libros de ciencia y el olor a tabaco rancio que se negaba a morir. El silencio era una presencia física, una presión en mis oídos que me hacía escuchar el latido de mi propio corazón como una cuenta regresiva. No buscaba consuelo; buscaba un túnel de salida. Pero, en vez de eso, me hundía más en mi desesperación. Creo que me quedé dormida; Cuando abrí los ojos, me encontré en mi cama.

Habían pasado días sin comer, sin bañarme, sin asearme en lo más mínimo, ignoré ruegos y bandejas de comida intactas bajo la mirada de Higinio, quien esperaba con la paciencia de quien ha visto caer imperios. Hasta que el destino, con su ironía macabra, utilizó un error para despertarme.

Leí las palabras una y otra vez, flotando en la pantalla de mi computadora personal. La página del periódico Mundo Era 26 eran tan llamativos como su nombre futurista, pero sus anuncios de empleos rara vez eran tan… antiguos, tan analógicos en su redacción. Pero mis ojos se detuvieron en el remitente: @NaZalBesarab. Un código que no apareció en ningún registro público, una dirección que parecía pertenecer a una red fuera de los mapas territoriales de México.

Afuera, más allá de mi ventana, la ciudad ardía en luces y smog. Las calles eran un caos de vehículos y el zumbido constante martillaba lentamente y ensordecía mis oídos. Pero dentro de mí, solo había un vacío helado. ese anuncio era un faro de luz negro brillante. No ofrecía dinero, ni poder, ni estatus. Ofrecía distancia. Ofrecía una oportunidad para dejar atrás todo lo que me quemaba por dentro.

—Necesitaba huir de la piel que habitaba —susurré al vacío de mi habitación.

Mis dedos se movieron con decisión sobre el teclado táctil. Mi patrimonio quedaría provisionalmente bajo la administración del abogado de confianza de mi padre; mi pequeña familia estaría a salvo en la contención del silencio. Mandar mis referencias a ese anuncio me parecía una broma de mal gusto, un espasmo desesperado de supervivencia, pero ¿qué podía perder? Creí que no habría réplica; sin embargo, el sistema reaccionó con una inmediatez violenta, como si el monitor hubiese estado esperando mi señal.

La notificación emitió un pitido en una frecuencia sorda. La pantalla se tiñó de negro, sin mostrar código de procedencia, desplegando un único comando: introducir la clave lada de origen. Ejecuté la orden. No pasaron dos segundos antes de que el teléfono celular sobre mi cama vibrara, rompiendo la penumbra con el aviso de un número privado. Crucé la línea. Al otro lado se materializó una voz casi inhumana; un tono grave, desprovisto de frecuencias medias, puro mando.

—Analián Lefevré —no fue una pregunta; fue una sentencia de reconocimiento.

—¿Quién habla? —mi voz surgió firme, endurecida por la vigilia y la deshidratación.

—Familia Zalgorán. He examinado su hoja de vida. Su trayectoria es interesante, aunque carece de una experiencia profunda; eso la hace menos predecible que el resto.

La voz no tenía matices; era una línea recta de sonido, monocromática y profunda. Irradiaba una gravedad física que me obligó a enderezar la espalda, sola en medio de la oscuridad de mi habitación.

—Mis referencias completas están en el correo, señor Zalgorán.

—No busco una niñera —me interrumpió con una sequedad que cortó el aire—. Busco una institutriz. Alguien que no requiera explicaciones para ejecutar. La casa es un mecanismo de eficiencia; si su interés es genuino, encajará en el engranaje. Si no, no nos haga perder el tiempo.

El tono fue tan tajante que me obligó a tragar saliva con dificultad. El filo del peligro era real.

—Soy eficiente. Y no hago preguntas —sentencié, permitiendo que la rigidez de mi madre guiara mis cuerdas vocales.

Hubo una pausa. Percibí su respiración controlada, como la de un depredador midiendo la distancia antes del zarpazo.

—Hampshire. El jueves en dos semanas. Silas la esperará.

—Acepto —la palabra escapó de mi garganta antes de que pudiera procesar las implicaciones.

—Bien. La veré el jueves por la noche.

La línea se cortó con un chasquido metálico. En dos semanas cruzaría el océano para una tarea mundana. Odio esta maldita vida; odio tener que cuidar vidas ajenas. Pero era mejor que morir en un patético intento de sobrevivir. El silencio de la casa Lefevré dejó de ser ausencia de ruido y se convirtió en una presencia física, una masa de nitrógeno líquido que congeló la poca existencia que aún me quedaba. Caminé hacia la gran luna que mi padre había mandado traer de tierras lejanas; mis piernas no me obedecían, se movían con la torpeza de una marioneta cuyos hilos han sido cortados y vueltos a anudar por un psicótico.

Me detuve frente al azogue envejecido. El cristal no me devolvió una imagen; me devolvió un error de renderizado de una masa casi putrefacta. Mi reflejo no tenía bordes. Era una amalgama de carne pálida que se retorcía como gusanos bajo una luz halógena. Vi, con la frialdad de un psicópata, cómo mi rostro comenzaba a deslizarse hacia abajo, desprendiéndose de la estructura ósea en lascas húmedas de porcelana. Bajo la piel no había músculos ni fascias; había una arquitectura de engranajes oxidados, cables pelados que soltaban chispas de un azul violáceo y un líquido negro, espeso como el chapopote, que bombeaba a un ritmo que no era el de mi corazón.

—Mírate —susurró la cosa que habitaba dentro del cristal. Su voz no venía del aire; emergía desde el interior de mi propio cráneo, un sonido de lija sobre hueso seco que me hizo vibrar los dientes—. Analián Lefevré, la brillante estudiante de medicina que sabe exactamente cuánto tarda un cadáver en pudrirse.

El reflejo estiró una mano que no era la mía; era una garra translúcida, una perversión atrofiada que acarició el cristal desde el otro lado, dejando un rastro de escarcha negra.

—¿Ahora qué, pequeña estúpida? —se burló. Su boca se abrió más de lo humanamente posible; una grieta que dividió el rostro hasta las orejas, revelando una hilera de dientes que parecían agujas de jeringa oxidadas—. Tus padres son ceniza fría en una caja metálica y gélida. Tu prometido es un fantasma de cobardía que se evaporó con la primera gota de sangre. ¿Y tú? Tú eres un zumbido insignificante. Un parásito que va a cruzar el océano para cuidar de una niña malcriada y los secretos de un monstruo que te aborrecerá desde el primer instante… ¿o piensas que te verán como a su familia?

Reí. Fue un sonido que me desgarró las cuerdas vocales; una risa que sabía a bilis, a metal y a sangre. El espejo empezó a sudar un líquido negro, una sustancia oscura que trazaba mapas de miseria sobre mi imagen distorsionada. Mis 154 centímetros se sintieron como una milla de altura y, al mismo tiempo, como si fuera un insecto bajo una bota de mármol. Mi habitación empezó a girar, a plegarse sobre sí misma como un caleidoscopio de pesadilla.

Las paredes no se movieron; se doblan. Los ángulos rectos se volvieron curvas imposibles. El techo se fusionó con el suelo y el suelo se disparó hacia el cielo. Los libros, la cama, las cortinas; Todo se convirtió en fragmentos de colores y sombras girando en un torbellino estático. Era la mente colapsando, la percepción rompiéndose como cristal golpeado por una onda sónica. Estaba perdiendo el anclaje. La línea entre lo que era yo y lo que era el entorno se borró por completo. Mi seguridad mental se suponía impenetrable, o al menos eso creía yo. Pero el peligro no siempre entra por las puertas; a veces, nace dentro de uno mismo.

El mundo seguía bailando al ritmo de mi locura, y en ese vórtice, mi conciencia se fragmentó en mil pedazos flotantes. Era la disociación total; el escape definitivo que mi cerebro intentaba forjar para no quedar vivo. Pero entonces, desde lo más profundo de ese caos, una chispa de voluntad prendió fuego a la neblina. No podía permitirme desvanecerme. No ahora. La realidad, por cruda y dolorosa que fuera, era el único suelo firme que me quedaba. Y con esa certeza arrastrándome por la garganta, la voz salió, áspera y multiplicada.

—Es mejor ser una institutriz que un cadáver que camina —le grité a la extraña de ojos de niebla. Mi propia voz sonó distorsionada, como si varios Analián hablaran al mismo tiempo.

De pronto, la percepción se fracturó. El gris violáceo de mis pupilas estalló, tiñendo el entorno de un color sangre. Vi a Papá ya Bethanya parados detrás de mí, con los rostros desfigurados por el impacto del choque, saludándome con manos de vidrio roto que producían un tintineo cristalino. No era una alucinación; Era una falla sistémica en mi noción del tiempo y el espacio.

Sin pensarlo, con la mente zumbando como una colmena de avispas, alcancé la mesa de mi tocador. Me inyecté un somnífero pesado; el efecto químico no tardó en unirse a la desesperación. Empecé a metro objetos en la maleta con una furia autómata. No empacaba ropa; empacaba fragmentos de mi cráneo, jirones de mi vida rota, manchada de frío y muerte, y ese olor a metal retorcido que ya nunca me abandonaría.

Yo iba a Hampshire. No a buscar un empleo, sino a buscar una tumba donde los muertos al menos tuvieran la decencia de no hablarme desde los espejos.

HAMPSHIRE, INGLATERRA. JUEVES, 2018. TARDE-NOCHE.

El avión aterrizó con un golpe sordo. Mi alma era un caos, pero mi mente permanecía febril, cayendo en un bucle sin final sobre el informe del peritaje forense que había sido mi única compañía durante el vuelo: rostros cerúleos sobre mesas de acero inoxidable. Los investigadores, con su mediocridad burocrática, hablaron de un conductor ebrio. Mentiras. Mi padre no era un hombre imprudente; era un arquitecto del orden. Aquello había sido un asesinato ejecutado con una limpieza aterradora, una conspiración que me dejó sola en un recibidor vacío.

Hampshire me recibió con una niebla que no era vapor, sino una mortaja blanca que devoraba los sonidos. La ansiedad no era un sentimiento; Era algo físico, una presión constante en la base del cráneo. Mi mente, educada para encontrar patrones de inestabilidad, seguía repasando el peritaje: la trayectoria del impacto, la ausencia absoluta de frenado, la frialdad del acero. Ellos no murieron por azar; fueron borrados de la existencia con una precisión que solo el dinero de alguien puede comprar.

Una azafata me tomó suavemente del hombro para indicarme que el desalojo había concluido. Con una sonrisa cargada de lástima, me preguntó si me encontraba bien o si requería que me acompañara a la salida. Le indiqué que no con un gesto seco y le di las gracias. Era mejor congelar el pensamiento hasta el momento adecuado.

Caminé hacia la terminal. Ahora las preguntas reales empezaban a emerger: ¿qué clase de criaturas habitaban esa mansión? ¿Eran solo aristócratas aburridos o escondían algo bajo esa fachada de opulencia insultante? ¿Poseían una fortuna tan obscena como para financiar caprichos médicos extranjeros?

Al cruzar el umbral de llegadas, me sentí una pieza forzada en el tablero equivocado. Mis maletas parecían cargadas con los ladrillos de mi existencia anterior. No sabía que el crepúsculo perpetuo de los Zalgorán estaba a punto de colisionar con mi propio CÓDIGO DE SANGRE. Pronto estaría expuesta a pruebas peores que la muerte misma.





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