Al cruzar el umbral de cristal de la terminal, mis ojos —ese gris violáceo que delataba mi agitación interna— barrió la hilera de rostros cansados y choferes impasibles. Allí, destacando sobre la marea de cartones arrugados, lo divisé. No sostenía una cartulina cualquiera: era una pieza de madera oscura y pulida donde el nombre «ANALIÁN LEFEVRÉ» resaltaba en letras de plata, grabadas con una tipografía que evocaba los tratados de alquimia del siglo XVII.
En cuanto salí al exterior, el frío inglés me mordió la piel con saña. El hombre que sostenía el panel no vestía un uniforme convencional; Portaba un abrigo largo de lana negra, impecable, y unos guantes de piel que anulaban cualquier rastro de humanidad en sus manos. Sus ojos no buscaban a una mujer; escudriñaban una mercancía. No hubo sonrisa ni además de bienvenida. Simplemente bajó la madera cuando nuestras miradas se cruzaron, reconociendo en mis pupilas el mismo vacío que él parecía custodio. Me acerqué manteniendo una cortesía firme, pero tan seca como el ambiente que nos rodeaba.
—Señorita Lefevré —sentencia. Su voz no fue una invitación, sino un hecho consumado—. El señor Zalgorán me ha enviado por usted. Mi nombre es Silas. Sígame.
Caminamos hacia el estacionamiento en un silencio total, una mudez que pesaba más que mi equipaje. Él cargaba mis maletas; yo, solo mi bolso y mi angustia. El vehículo no era un transporte mundano, sino un sedán negro, blindado, que ronroneaba con la vibración sorda de una bestia sedada. Silas acomodó las pertenencias con una eficiencia matemática. Al ocupar el asiento trasero, el aroma del habitáculo me golpeó con la fuerza de un torbellino: cuero nuevo y un rastro sutil de antiséptico industrial.
Pulcritud y eficiencia. El sello de mi nueva jaula.
El trayecto hacia la mansión fue una sucesión de luces borrosas y sombras alargadas sobre el pavimento húmedo. Silas guardó un silencio sepulcral. Yo imité su mutismo mientras manoseaba el recorte del periódico oculto en mi abrigo, desgastando los bordes hasta volverlos blancos. El silencio me estaba ahogando, así que decidí trizar la densa atmósfera del habitáculo.
— ¿Cómo es ella? —pregunté finalmente.
Silas me miró por el espejo retrovisor. Sus ojos eran dos pozos de un verde mate, profundo y frío.
—¿Se refiere a la señorita? —la respuesta se escapó de sus labios como el chasquido de un látigo—. Es…particularmente, señorita Analián. No es una niña que requiera que le limpien las heridas de las rodillas. Necesita a alguien capaz de soportar su mirada. Los Zalgorán no engendran hijos; forján herederos. Y ella es la más pura de todos. La pureza en esa casa no es una virtud —continuó él con voz plana, sin emoción, como si estuviera leyendo un inventario—. Es un arma, Usted no está aquí para cuidar, Analián, está aquí para observar y obedecer. No intente comprenderla con lógica humana; ella opera bajo códigos que usted todavía no tiene permiso de descifrar. Solo prepárese: su presencia exige un precio, y hoy usted acaba de firmar el recibo.
—Entendido —respondí con voz firme y cortante, sin un ápice de duda—. No había ido a jugar ni a que me den explicaciones innecesarias. Si eso era un arma, yo sé cómo mantenerme a distancia y cumplir mi función. El precio ya estaba escrito en el contrato; no soy de las que se quejan cuando llega la factura.
Me recosté contra el asiento, sintiendo el frío del cristal en la sensación. ¿Quién era ella? Qué nombre se esconde detrás de la palabra “señorita”, que vibraba como el fin del día, como la hora en que las sombras cobran autonomía. Ya no dije más y me volví a perder en la marea de mi mente, que volvió de forma obsesiva a las discusiones con Carlos en el despacho de la casa, que olía a un imperio en análisis.
(“El presente se desvaneció de golpe; el pasado me arrastró entera… y estaba ahí otra vez”)
El eco de los pasos sobre el parque era lo único que llenaba el vacío dejado por los libros que yo ya no leía. Allí estábamos nosotros, la familia en las sombras, los que habíamos bebido de la misma tragedia.
—Es una sentencia de muerte, Analián. No es un empleo; es una fuga —la voz de Carlos restalló como un látigo contra las paredes—. ¿Hampshire? ¿Una familia que surge de la nada con una oferta laboral que parece redactada por un algoritmo de tus fantasías de escape? ¡Usa la lógica que Bethanya te grabó a fuego!
Me mantuve de espaldas, observando la lluvia golpear los ventanales con la misma insistencia con la que el dolor me carcomía por dentro.
—La lógica, ¿dices? Por favor, Carlos… nuestros padres están reducidos a tres kilos de ceniza en una caja de metal —respondí. Mi voz era un bloque de hielo seco—. La lógica dice que mi padre no frenó a cien kilómetros por hora. Y la lógica dice que, si me quedo aquí un minuto más, voy a usar este escalpelo para ver si mi propia sangre es tan roja como la que limpiaon del asfalto.
Carlos se acercó; sus manos temblaban con una rabia impotente. Me tomó de los hombros, obligándome a mirarlo. En sus ojos vi el reflejo de la tragedia que ambos compartíamos: la urgencia desesperada de salvar lo que ya estaba muerto.
—¿Y qué hay de él? —escupió Carlos, y el nombre que no habíamos pronunciado flotó en el aire como un cadáver en análisis—. ¿Qué le voy a decir? ¿Qué te fuiste, Analián? ¿Por qué te dejó sola frente a las gavetas del SEMEFO? Porque no estuvo en el momento más crudo de nuestras vidas; no estuvo cuando recogimos los restos. ¿Vas a huir tú también, como el cobarde de…?
—¡Cállate! —le grité, con un dolor que me estaba devorando viva.
—¡Es que esa no es la casta de los Lefevré! —replicó él, y su voz sonó como un trueno que hizo vibrar los cristales—. ¡No huimos cuando el mundo se fragmenta! Nos sostenemos.
Esa sentencia me atravesó como una aguja infectada. La ya histórica de su ausencia en el sepelio había sido la puñalada final, el abandono absoluto de la estirpe.
—Él decidió que el apellido le pesaba demasiado —siseé, zafándome de su agarre—. Él eligió el olvido. Yo elijo la supervivencia. No me hables de sangre, Carlos. Tú eres el único hermano que reconozco, pero no eres mi dueño.
—¡Soy el único que sabe que te estás entregando a los lobos! —rugió él, golpeando la mesa de roble con violencia—. He investigado ese nombre: Zalgorán. No existen registros fiscales, no hay rastro de ellos en los archivos europeos, no hay rostros. Son un vacío negro en el mapa. ¡Es una trampa!
En ese momento, la puerta se abrió con una pesadez eclesiástica. Higinio entró, seguido de mamá O. Ella llevaba una bandeja que nadie tocaría; él, una gravedad que parecía deformar el aire de la habitación. Mi querido Higinio se acercó a mí, ignorando por completa la disputa eléctrica entre los hermanos.
—Analián —dijo Higinio. Su voz poseía el crujido de un pergamino antiguo—. Carlos tiene razón en su miedo, pero se equivoca en su análisis. Tú no vas a un empleo; vas hacia una colisión desconocida.
Se detuvo frente a mí, y por primera vez detecté en sus ojos un conocimiento que no pertenecía a este siglo.
—Hay familias, Analián, cuyas raíces no se alimentan de agua, sino de pactos que la ciencia aún no se atreve a nombrar. Los Zalgorán no son aristocracia; son arquitectura de sombras. Si tú cruzas ese umbral, la niña que conoce la medicina, la que cree en las células y los átomos, deberá morir. En esas casas antiguas, lo que parece muerte es solo un cambio de estado, y lo que parece amor es una forma de hambre que no se sacia con pan.
El silencio que siguió fue asfixiante. Mamá O dejó caer una taza; el estruendo de la porcelana al romperse contra el suelo restalló como un disparo. El golpe nos obligó a girar la cabeza al mismo tiempo; la tensión acumulada me hizo dar un respingo violento.”
—¡Basta de acertijos, Higinio! —gritó Carlos—. ¡Dile que se quede! ¡Dile que vamos a encontrar a quien mató a nuestro padre!—
No podemos detener el curso de un río que ya probó la sangre —sentencia Higinio. Ignoró la exigencia de Carlos y clavó su mirada fija en la mía—. Solo te daré un consejo, mi niña: no confíes en tus ojos, confía en tus instintos. Porque en Hampshire dejarás de ser la examinadora para convertirte en la autopsia de alguien más.
Carlos se derrumbó en la silla de mi padre, cubriendo el rostro con las manos. Sus sollozos eran secos, desgarradores; el sonido exacto de un estirpe que se desintegraba en tiempo real.
—Si cruzas esa puerta —murmuró entre dientes, con un odio nacido de la pura desesperación—, para mí estarás tan muerto como ellos. No me llames cuando el frío te alcance. No busques mi mano cuando descubras que los Zalgorán no son personas buenas, como tu cabeza desquiciada imagina.
Caminé hacia la salida sin mirar atrás. Cada paso constituía una amputación. No me despedí de mamá O, no abracé a Carlos. Crucé el umbral de la casa Lefevré sintiendo que el aire de la Ciudad de México ya poseía un hedor fúnebre.
—Ya estoy muerta, Carlos —susurré para mí misma mientras empujaba la hoja de madera.
Solo iba a buscar el lugar donde enterrarme. Aquel había sido un golpe seco, un recuerdo que me ejecutaba con la misma lentitud con la que repasaba las fotografías del peritaje: la sangre de mis padres diluida en el aceite del motor. Ya no podía más. Si este viaje representaba el descenso al infierno de la aristocracia para poder recuperarme, regresar y desenterrar la verdad, estaba dispuesta a arder hasta la profundidad de mis cimientos.
El parpadeo de los faros en el pavimento húmedo me arrancó del trance. Forcé una mueca para contener el llanto, regresando de golpe al asiento trasero del sedán negro. Mi tormento me había cegado, nublando mi juicio hasta el punto de entregarme voluntaria a lo que olía a matadero. Pero en ese instante, dentro del mutismo del vehículo, la razón empezó a cortar como un cuchillo, limpiando la neblina de la paranoia.
¿Qué estoy haciendo aquí?, me pregunté. Y el escalofrío ya no provino del clima inglés, sino de la absurda incongruencia de mi situación.
¿Por qué yo? ¿Qué necesidad tenía una dinastía de sangre azul de cruzar medio mundo para fichar a una mexicana rota por el dolor, cuando en esta isla sobran instituciones de cuna, con modales perfectos y apellidos que pesan más que mi vida entera? Esto no tenía ni pies ni cabeza. No era suerte; Era una trampa.
Mi aceptación del empleo había sido una huida desesperada, un salto al vacío para escapar de los escombros de mi vida, pero ahora la realidad de mi imprudencia me pesaba en el pecho como plomo. Carlos tenía razón, pero mi empecada estupidez me había vencido. Había aceptado entrar en una casa de desconocidos sin investigar más que el saldo de la transferencia bancaria. ¿Y si este tipo era un secuestrador? O quizás la familia a la que pretendía servir perteneciente a algún tipo de organización delictiva. Al incorporarme en el asiento, vi a lo lejos el reflejo de los pocos autos que circulaban sobre el asfalto mojado: escenas de una normalidad intacta, una cotidianidad tan distante de mi propia realidad que detuve mis pensamientos en seco. Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta que sabía a pura derrota.
A lo lejos, una caravana de gitanos surgió de la nada, deslizándose como una mancha de tinta sobre la grisura del paisaje inglés. Sus carretas, viejas y deformes, parecían arrastrarse más que avanzar, envueltas en un humo denso que no provenía de ningún fuego visible. Eran como barcos fantasmas varados en tierra firme; Silenciosos, amenazantes, marcando un límite invisible que nadie se atrevería a cruzar. ¿Qué hacían en un lugar tan aislado? Pasaron más de dos horas y veinte minutos antes de que el auto parara en seco, pero con una suavidad que parecía estar flotando, eso era eficiencia pura. El trayecto del aeropuerto hacia la casa era bastante largo, el poblado más cercano era aproximadamente de unos treinta minutos a carro y una hora caminando. Me gusta observar el panorama y los tiempos cuando el lugar no es mi habita natural.
—Hemos llegado —anunció Silas. Tenía el rostro de una gravedad cortante.
Sin darme tiempo a procesar la huida, Silas bajó mi equipaje. Me quedé parando un buen rato en la oscuridad, rumiando el escaso diálogo que hubo con el chofer, que más bien parecía un guarda espaldas. El trayecto había sido bastante cansado; suspiré profundamente en un silencio pesado, monótono, donde el paisaje desértico se entrelazaba con un anochecer que prometía secretos que nadie quería desenterrar. Me sentí tan fuera de lugar. De pronto, un sonido rasgó el silencio, largo y agudo, clavándose en la oscuridad como un cuchillo. Un aullido.
El corazón se me detuvo un segundo. ¿Un lobo? ¿Aquí? ¿En pleno Hampshire? Miré hacia los árboles, pero la neblina lo devoraba todo. La lógica me decía que era imposible, que hacía siglos que se habían extinguido en estas tierras, que solo podía ser el viento silbando entre las ramas o algún animal cualquiera. Sin embargo, el sonido había sido totalmente humano, preciso e intencional.
Sacudí la cabeza, intentando volver a tierra. Esto empezaba a parecer una mala película de terror de bajo presupuesto, pero el escalofrío que me recorrió la espalda no tenía nada de ficción. Sentí que la tierra mojada me daba la bienvenida, adhiriéndose a las suelas de mis botas como si quisiera reclamarme desde el primer instante. No llegaba como una empleada sumisa; Llegaba como el residuo de un pasado violento buscando un refugio donde lamerme las heridas. Pero la espesura del lugar no ofrecía consuelo. Parecía devorar la luz. La oscuridad se tornó tan densa que pesaba, como si el mismo aire se hubiera vuelto sólido.
Un viento brusco se levantó, trayendo consigo un olor fúnebre. Saqué el viejo teléfono de reserva que me había visto obligado a rescatar de los cajones; el único aparato que me quedó después de que el principal terminara destrozado en el piso de la casa. Usé la pantalla para alumbrarme, y cada paso que me daba me estremecía. Al aproximarme a una fuente cercana, el sonido del agua resonaba como secretos susurrados en un idioma extinto.
De pronto, percibí una presencia a mis espaldas. Una energía densa, una masa física que alteró la presión atmosférica a mi alrededor. No constituía una simple sugestión; Era una certeza absoluta que me aplastaba la columna. Algo estaba ahí, respirando muy cerca, una entidad sólida y fría que parecía absorber la poca claridad que quedaba en el páramo. El vello de mis brazos se erizó en una señal de alerta primitiva, un reflejo involuntario ante el peligro inminente. Me quedé congelado, incapaz de movimiento articular, sintiendo cómo la penumbra detrás de mí crecía y se materializaba.
Tragué saliva, forzando las cuerdas vocales para romper el hechizo:
—¡Hola! ¿Hay alguien aquí? —pregunté.
Mi propia voz me sonó extraña, pequeña y ahogada, como si el silencio de Hampshire se la hubiera tragado antes de que las ondas sonoras lograran expandirse.
El silencio fue absoluto. Algo se movió a mis espaldas; no era producto de mi imaginación. Por más que abría los ojos, no lograba distinguir nada, ni siquiera una sombra proyectada por la esquiva luz de la luna.
En un arranque de puro fastidio y pánico acumulado, hundí las manos en el agua helada, aferrándome a la única certeza que me quedaba: esa fuerza extraña que conecta con lo elemental, una energía que intentaba despertar en mí, o en mi imaginación hacía tiempo y que ahora estallaba sin control. No fue un juego; Fue un golpe seco, violento, donde descargué toda mi rabia y mi terror contra la corriente. En el instante del contacto, el líquido no reaccionó con un simple salpicón mecánico; Respondió bajo una física de resonancia brutal y desconocida, un pulso de frecuencia que convirtió mis manos en un epicentro cinematográfico. El agua estalló hacia todos lados en un chapoteo salvaje, una onda de choque que pareció eléctrica y que empapó el entorno en segundos, transformando el aire en una neblina fría y agresiva.
La densidad ambiental se rompió de golpe. La presencia se desvaneció como humo ante una ráfaga de viento, repelida por el violento impacto de la vibración.
—Para que aprendas a respetar —espeté entre dientes, con la respiración entrecortada, hablando en voz alta porque sabía que lo que fuera que estuviese ahí seguía escuchando desde las sombras—. Y no vuelvas a acercarte.
Me sacudí las manos; El agua goteaba de mi ropa, pesando como plomo, pero extrañamente ya no sentía frío. Seguí adelante con la mandíbula apretada, lista para lo que viniera, y reanudé la marcha. Llegué a la puerta principal: una imponente pieza de madera esculpida con una finura exorbitante. No había timbre, solo dos argollas de acero oscuro que resonaron con la gravedad de campanas eclesiásticas en cuanto las golpeé. El sonido reverberó directamente en mi piel, provocándome una sensación anómala; una corriente helada me recorrió la columna, obligándome a girar de forma brusca. Mi mente me estaba jugando una mala pasada. Nadie abriría.
La frustración comenzó a ganarle terreno al miedo. Estaba a punto de darme la vuelta cuando la hoja de madera se abrió con una lentitud calculada. En el umbral no había nadie; solo el vacío.
—¿Has venido? —un susurro denso pareció emerger desde las entrañas del inmueble, cargado de un misterio que casi pude saborear en el aire.
—¡Hola! Soy yo… ¿puedo entrar? —pregunté, sintiendo que mis palabras caían con una gravedad asfixiante.
Di un paso al frente y cruzó el umbral hacia el vestíbulo de la residencia Zalgorán. Aquello no era una simple entrada; constituía la garganta de un monstruo de piedra. El aire allí dentro no circulaba; pesaba, saturado nuevamente de ese aroma a antiséptico industrial ya un rastro metálico que me erizó los poros. Las luces eran tenues, proyectando una penumbra aceitosa que devoraba la escasa claridad que se filtraba desde el exterior. La escala del lugar resultaba mil veces más grandiosa de lo que mi mente habría anticipado. La estética del entorno era impactante, pero la soledad, absoluta. No había una sola alma. Aquello constituía el colmo de la mala educación. Me giré para salir de ese lugar, no fue un choque contra un mueble; resultó como estrellarme de frente contra una columna de granito helado. El aire abandonó mis pulmones en un silbido sordo. Perdí el equilibrio y el grito de sorpresa murió en mi garganta antes de que pudiera maldecir; Estaba lista para que el mármol del suelo me partiera el cráneo, pero aquellas manos me sujetaron antes del impacto. No constituyó un gesto de auxilio; Fui una presa incautada por un ave de rapiña.
Sus dedos se cerraron sobre mis brazos con una fuerza inhumana, un torniquete de carne y hueso que me obligó a jadear debido al dolor agudo. Levanté la vista con brusquedad y el mundo se detuvo en seco.
Él estaba ahí. Y no solo me miraba; su expresión sugería que mi mera cercanía le estaba lacerando las entrañas. Mantenía la mandíbula tan apretada que sus músculos se marcaban con rigidez bajo la piel pálida; las venas del cuello lucían hinchadas, pletóricas, como si contuviera un grito o una presión hidráulica que amenazaba con partirle la estructura ósea en dos. Era la viva imagen de una colisión de trenes ocurriendo a toda velocidad en su interior, un tormento físico que se negaba a liberar, contenido únicamente a fuerza de voluntad pura. Respiraba de forma errática, con una dificultad evidente, como si el simple acto de llenar los pulmones teniéndome enfrente de le supusiera un esfuerzo biológico insostenible.
Fue un instante eterno de presión, hasta que algo en él se rompió y la tensión pasó, transformándose en hielo. Una media sonrisa torcida y burlona se dibuyó lentamente en ese rostro perfecto y cruel, tallado como por un dios enfurecido. Sus ojos, de un color impactante, me recorrieron de pies a cabeza no como una mirada, sino como una sentencia. Había desprecio, había asco, y había algo mucho más antiguo y voraz que me heló la sangre.
—Hola, Pulguita —soltó con voz grave, arrastrando las palabras con una ironía que dolía más que un golpe—. Deberías aprender a mirar el suelo antes de caminar, no vayas a ser que la tierra se canse de tanta basura y se la trague. O quizás es que las de tu calaña necesitan permiso especial para chocar contra lo que está por encima de ustedes. ¿Tan difícil es reconocer a la realidad cuando se tiene enfrente?
Me ayudó a ponerme de pie, pero su aura emanaba un misterio que me agobiaba. Intenté zafarme, pero sus dedos se hundieron más en mi piel. Sentí que los huesos de mis brazos protestaban.
—Suéltame —siseé, clavando mis ojos en los suyos, impasible. No le daría el gusto de verme flaquear—. No confunda mi presencia con sumisión. No soy un trapo para que se limpie los pies, ni un juguete para que me apriete cuando le da la gana. Si le molesta tanto, siempre tiene la opción de marcharse y ahorrarse el malestar.
—Crees que tengo elección? —susurró él, acercando su rostro tanto que pude sentir su aliento, que extrañamente no olía a nada—. Tu sola presencia apesta a fragilidad. Eres un error en este salón.
¿Por qué no me suelta? Si tanto le asqueo, ¿por qué me aprieta como si fuera a escaparme? Me zafé de su agarre y protesté: —No sé si en este páramo inglés las columnas suelen cobrar vida para acosar a las empleadas —siseé, acortando la distancia con una hostilidad gélida—, pero si vuelves a ponerme una mano encima, vas a descubrir por qué las mexicanas tenemos fama de usar el cuchillo antes que el saludo.
«¿Qué haces aquí?». La interrogante reverberó levemente en mi corteza auditiva, pero sus labios no se movieron en absoluto. Guardó un mutismo absoluto. Me quedé congelado ante la anomalía; mi cansancio físico debía estar causando estragos neurológicos graves. Él, por su parte, parecía sumido en una lucha interna macroscópica, reprimiendo impulsos inhumanos que amenazaban con desbordar su contención. De pronto, sus palabras verdaderas resonaron en la estancia como un rayo:
—Para la próxima te dejo caer —sentencia de viva voz—. No volveré a tomarme tantas molestias con un parásito.
La confirmación me heló la sangre. El mensaje anterior había surgido directamente desde el interior de mi cabeza, una intrusión sónica que desafiaba cualquier lógica. No obstante, el orgullo reaccionó antes que el pánico ante ese desconocido.
—Óyeme, igualado —le interrumpí, plantándole un golpe seco en el pecho con el dedo índice, ignorando que el contacto estalló en un chispazo cinético que casi me tuesta los nervios—. Mi nombre es Analián. Y si me vas a insultar, hazlo con un poco de creatividad. «Pulguita» es un recurso muy de escuela secundaria. ¿Qué sigue? ¿Me vas a esconder la mochila?
El animalejo ese arqueó una ceja; una sonrisa ladeada, cargada de una malicia casi eléctrica, le cruzó la cara. Dio un paso adelante, invadiendo mi espacio vital hasta el punto anatómico en que pude contarle las fibras del iris. Sus pupilas se dilataron bruscamente, devorando el verde de sus ojos. Me escaneó la boca, luego el cuello, y finalmente descendió la vista hacia mis caderas con una lentitud que me supo a insolencia pura.
—¡Esto es el colmo! ¡Oye, deja de verme así! —chasqueé los dedos frente a su rostro para romper el trance—. ¡Pelafustán! Tierra llamando a Marte. Deja de analizarme como si fuera una pieza de carnicería y diez centavos de una vez si el señor Zalgorán se encuentra en la casa. Necesito hablar con alguien que no posea la inteligencia emocional de un ladrillo.
No respondió con palabras. Se inclinó hacia mi oído, a una proximidad tan extrema que su temperatura gélida me provocó un espasmo inmediato en la piel.
—Cuidado, Pulguita —susurró—. Aquí los ladrillos muerden.
— ¿Qué pasa aquí? —una nueva voz masculina, de un barítono perfecto, cortó la tensión de la estancia.
El susto me hizo girar de forma abrupta, topando por un milímetro mi rostro contra el rostro del animalejo ese, que seguía encima de mí.
—¡Ay, quítate, no estorbes! —solté con fastidio, empujándolo ligeramente para ganar distancia y enfocar el origen del sonido.
Un chico apareció desde las sombras del fondo: impecable, gelido y con una presencia de diseño que hacía que el espécimen que me había acorralado pareciera un perro rabioso a su lado. El recién llegado observó mis maletas tiradas en el suelo de mármol y luego clavó la vista en el otro con una cautela soberana.
—Lessán… el juguete de Eira ha llegado —soltó el tipo, retrocediendo con la elegancia innata de un depredador que ya ha marcado su territorio en el mapa.
—Danka, no empieces —replicó Lessán con un tono de advertencia.
¡Vaya, vaya! Así que este animal tenía nombre.
Lessán se aproximó a mí, ignorando el caos absoluto de mis nervios, tomó mi mano entre las suyas. Su piel poseía una temperatura tan extremadamente baja que, por un fragmento de segundo, deduje que estaba haciendo contacto con una estatua de hielo tallada a la perfección.
—Buenas noches, señorita. Me disculpo por la tardanza —articuló con corrección.
—Ni te preocupes —le contesté, recuperando mi bolso del suelo con un movimiento brusco.
Él continuaba sosteniendo mi mano, lo apreté ligeramente mientras me incorporaba con rapidez. Gobernada por el impulso de la molesta situación; con el tipejo, espeté las palabras con una fluidez de la que me arrepentiría apenas un segundo después:
—El animalejo ese me ha recibido de maravilla. Me encantó que la bienvenida incluyera un examen ginecológico visual y desprecios de alta realeza. Muy acogedor todo, de verdad.
Danka soltó una carcajada seca desde la penumbra del vestíbulo, mientras Lessán mantenía una ecuanimidad que empezaba a resultarme insultante.
—Mi hermano menor —declaró él, presentándolo sin alterar la voz.
Al escuchar la palabra «hermano», sentí que mi alma abandonaba el cuerpo por la vía rápida. Cerré los ojos con fuerza, rogándole a cualquier fuerza biológica que la tierra del páramo se abrirá en ese preciso momento y me tragara. El pánico a ser despedida antes de desempacar me obligó a balbucear una disculpa aristocrática por mi falta de respeto. Lessán, lejos de ofenderse, se limitó a sonreír de una manera extrañamente tierna.
—Es un «animalejo» —concluyó Lessán—, pero es de la familia.
Dios mío, en ese instante juro que no sabía dónde meterme. El suelo de mármol se me hizo pequeño. Hice una mueca idéntica a la de una niña pequeña a la que acaban de atrapar cometiendo una travesura y me mordí el labio inferior con fuerza, conteniendo el aire. Juro que quería desintegrarme ahí mismo, desaparecer de la faz de la tierra y ahorrarme la humillación ante el que iba a ser mi jefe.
Lessán, sin embargo, no se alteró; Me observaba con una intensidad tan fija y profunda que me hizo sentir atrapada en medio de un interrogatorio de alta tensión, como si pudiera leer cada uno de mis incómodos pensamientos. Con una parsimonia absoluta, me explicó que su padre no se encontraba en la propiedad en esos momentos y que él quedaría a carga de absolutamente todo; Agregó que los detalles laborales y las condiciones de mi estancia los discutiríamos con calma después.
Acto seguido, me guio escaleras arriba. Mientras él cargaba mis pesadas maletas como si no pesaran más que una pluma, yo tuve que apurar el paso y prácticamente correr tras sus pasos, porque mis ojos ni siquiera se percataron del momento exacto en que se puso en movimiento; se desplazaba con una agilidad casi irreal. Con las piernas adoloridas por el viaje, subí los peldaños mientras mi vista se perdía a través de una opulencia y un lujo desmedido que me golpeaba la cara en cada esquina del palacio. El entorno era imponente, pero yo no podía disfrutarlo; mi mente se había quedado estancada abajo, sintiendo la mirada fija y punzante de Danka clavada como un puñal en mi espalda desde la penumbra del vestíbulo.
De pronto, en medio del eco del mármol bajo nuestras pisadas, escuché un leve susurro que flotó en el aire, una voz sutil que no supe descifrar del todo, pero que resonó extrañamente clara: «“¡Tentación!”».
—¡Ah! Disculpa, ¿dijiste algo? —le preguntó, deteniéndome en seco en la mitad de la escalinata.
Lessán se detuvo un escalón por encima de mí. Desde esa posición, la perspectiva de su altura era abrumadora y me hizo sentir verdaderamente diminuta, como una pieza indefensa en su tablero. Me miró fijamente a los ojos, regalándome una cortesía de siglos que, lejos de dar calma, ocultaba un vacío absoluto y perturbador.
—Dije que la habitación está lista, señorita —mintió, sosteniéndome la mirada con una perfección tan natural que daba miedo—. No se distraiga con los ecos. Esta casa tiene la mala costumbre de repetir lo que uno no quiere escuchar.
Tragué saliva y seguimos avanzando en un silencio denso. Finalmente, llegamos ante una puerta de madera maciza, finalmente esculpida con relieves antiguos; Era mi habitación. Al abrirse, me di cuenta de que aquello no era un cuarto de servidumbre ordinario; era una cámara nupcial enorme, ostentosa y digna de la realeza más rancia. Me sentí completamente fuera de lugar en ese instante; a mí siempre me ha gustado más lo sencillo, lo práctico y lo funcional que toda esa teatralidad lujosa.
—Espero que sea de tu agrado —dijo Lessán, dándome el paso con un gesto impecable—. Te he preparado un baño relajante para que te quites el cansancio del viaje. Y el muñeco que está sobre la cama… es un regalo de mi hermana Eira.
Le di las gracias en un hilo de voz y él se retiró, dejándome a solas con mis demonios. En cuanto la puerta se cerró, caminé hacia la cama y miré el dichoso peluche. ¡Qué cosa tan espantosa! Lejos de ser un detalle tierno para dar la bienvenida, parecía un despojo sacado directamente de la casa del terror de Freddy Krueger. ¡Horrendo de verdad! Ver ese engendro ahí tirado me sonó más a una advertencia macabra, al recordatorio de que en este lugar se ocultaba algo muy retorcido.
Forcé una mueca de asco, dándole la espalda al muñeco, y me dirigí de inmediato al cuarto de baño. La estancia mantenía ese mismo lujo exquisito y abrumador, pero el vapor que flotaba en el ambiente me llamó a gritos. Me desvestií con prisa, dejando que la ropa sucia cayera al suelo, y me sumergí por completo en la tina. El impacto del agua caliente contra mis músculos tensos y el fragante aroma que inundaba el aire me hicieron suspirar; Por unos minutos me sentí como una diosa, flotando lejos de mis preocupaciones. Sin embargo, la tregua dura poco. La idea de Lessán, su frialdad, su altura y ese trato tan ridículamente cortés regresaron a mi mente, provocándome un sobresalto en el pecho más fuerte de lo que la lógica y la ciencia permitían. Había algo en él que me ponía el corazón a latir como un tambor frenético.
Pasado un largo tiempo, cuando la piel ya se me empezaba a arrugar, salí de la tina envuelta en una toalla gruesa y alisté mi pijama con movimientos torpes por el sueño. El silencio de la habitación era denso, como una sustancia que se pegaba a la piel.
Buscaba desesperadamente que el calor del agua borrara de una vez por todas la molesta sensación de los dedos de Danka impresos sobre mis brazos, como si el vapor pudiera desinfectarme de su insolencia, cuando tres golpes rítmicos, secos y precisos, resonaron con fuerza en la madera de la puerta. El sonido me sobresaltó en mitad de la tina. Salí a toda prisa, envolviéndome en la toalla y abriendo la hoja con la firme creencia de que se trataría de alguna de las empleadas de la mansión trayendo mantas limpias.
Pero no era una mujer. Era él.
La enorme silueta de Léssan recortaba el umbral. La lógica dictaba que debía cerrarle la puerta en las narices, pero mi maldito estatus de empleada recién llegada me encadenó las manos; no podía iniciar mi primer día de trabajo mostrando semejante desplante al hombre que manejaba la casa. Con el orgullo mordido, me hice a un lado y le di el paso, a pesar de que me encontraba literalmente en paños menores, con la piel todavía destilando gotas de agua.
Lessán entró a la habitación portando una bandeja de plata con una naturalidad inquietante, como si invadir el espacio privado de una mujer a medio vestir fuera parte de su rutina diaria. Su postura era sencillamente perfecta; mantenía una línea recta en la columna que parecía desafiar la gravedad y las leyes de la anatomía común. Me tensé al instante, apretando la tela de la toalla contra mi pecho con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Los colores me subieron al rostro en un segundo, y me enfureció notar el calor en mis mejillas: no era timidez ni pudor de escuela, era la rabia pura y la vulnerabilidad de saberme completamente expuesta ante un extraño que parecía no tener sangre en las venas.
—Disculpe la intrusión —pronunció Lessán. Su voz era un hilo de seda fría que cortaba el aire húmedo del cuarto.
Se adentró un par de pasos, obligándome a retroceder.
—Supuse que, tras las complicaciones del viaje y el desafortunado recibo de mi hermano, sus niveles de energía estarían mermados. Mis registros indican que no ha ingerido ningún alimento sólido desde que su avión aterrizó en la isla.
Depositó la bandeja sobre la mesa auxiliar con una delicia absoluta, sin hacer el menor ruido táctil. Durante todo el proceso, su mirada se mantuvo fija en un punto neutro de la pared, impidiendo escanear el cuerpo. Era una muestra de respeto tan sumamente rígido, tan ensayada y formal, que terminaba resultando muchísimo más cortante y agresivo que si me hubiera lanzado un insulto directo.
—Es solo una colación ligera —continuó Lessán, girándose finalmente hacia donde yo me encontraba, rompiendo su postura neutral. Sus ojos se clavaron en mi rostro con una fijeza analítica que parecía medir mis constantes vitales a simple vista—. Gelatina, algunas galletas y leche tibia. Lo estrictamente necesario para asegurar que su organismo no colapse antes del amanecer.
—Gracias —respondí de inmediato. Forcé el tono para que mi voz recupere su dureza habitual, intentando levantar un muro defensivo entre su imponente presencia y mi vulnerabilidad en toalla—. Pero no era en absoluto necesario que usted mismo se tomara la molestia de subirla.
—En esta casa, la hospitalidad no es un cumplido, es un mecanismo de precisión, señorita Lefevré —sentenció, y su tono bajó un par de octavas, volviéndose casi amenazante—. Si usted falla por desnutrición o cansancio, el mecanismo entero se traba. Y yo detesto profundamente los engranajes que chirrían.
Lessán dio una media vuelta perfecta y avanzó un paso hacia la salida, pero se detuvo en seco justo antes de cruzar el umbral de la puerta. Su mirada descendió de golpe sobre el muñeco deforme que descansaba en mitad de la cama. En ese milisegundo, una sombra extraña, algo parecido a la amargura o al resentimiento rancio, cruzó sus facciones gélidas, pero desapareció con tanta velocidad que me hizo dudar de mi propia capacidad visual. Su rostro volvió a ser la misma máscara de piedra de siempre.
—Coma —ordenó, sin mirarme de nuevo—. Mañana su jornada laboral empieza exactamente a las seis en punto. Mi hermana Eira no tolera la debilidad en quienes la rodean, y yo no tolera la impuntualidad en mi personal. Descanse.
Lessán cruzó el umbral y cerró la puerta tras de sí con la misma eficiencia silenciosa y quirúrgica con la que había entrado. El clic de la cerradura resonó en el cuarto, pero su presencia quedó flotando en el aire a través del aroma que desprendía su ropa: una combinación peculiar, limpia y fría de madera vieja y antiséptico de laboratorio que se me quedó grabada en la nariz.
Me acerqué a la mesa auxiliar con el cuerpo temblando levemente por el cambio de temperatura. Sin pensarlo mucho, devoré la gelatina, las galletas y me tomé el vaso de leche tibia hasta la última gota; a pesar de lo sencillo del menú, en ese instante me supieron a un manjar absoluto. El viaje a la isla y la constante descarga de adrenalina me habían dejado los músculos molidos y el cerebro agotado. Sin molestarme ni siquiera en mirar de reojo al espantoso muñeco, me deslicé bajo las pesadas cobijas de la cama real. En cuanto mi cabeza tocó la almohada, el peso del cansancio acumulado me venció de inmediato, hundiéndome en un sueño profundo y negro.
No sé cuánto tiempo pasó exactamente ni en qué punto de la madrugada me encontré. Me desperté de forma abrupta, con una descarga de adrenalina pura que me encendió las alertas biológicas al sentir un peso masivo, sofocante y deliberado aplastándome contra el colchón. El pánico me inundó la garganta en un milisegundo; Sin embargo, antes de que pudiera emitir el más mínimo grito de auxilio, una mano gélida, con la textura y la temperatura de un cadáver rescatado del hielo, se estrelló contra mi rostro, sellándome los labios con una fuerza implacable.
Desesperada, comencé a forzar con todas las pocas fuerzas que me quedaban, intentando zafar los brazos de las cobijas, pero el intento resultó patéticamente inútil; Mis manos y mis muñecas estaban por completo inmovilizadas bajo una presión que desafiaba cualquier lógica humana. El aire empezó a faltarme en los pulmones, que ya me ardían por el esfuerzo frenético. En un intento desesperado por ubicar a mi agresor, obligué a mis ojos a adaptarse a la penumbra de la alcoba. Justo en ese instante, una débil y azulada línea de luz de la luna filtrada por el ventanal rozó el borde de la cama, iluminando de perfil las facciones del intruso que me mantenía prisionera contra las sábanas.
Me paralicé por completo, sintiendo cómo la sangre se me congelaba en las venas al reconocerlo en la oscuridad.
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