89Please respect copyright.PENANAFyoLriP8tr
No lograba recordar cuándo había sido feliz por última vez.No era que hubiera perdido mis recuerdos. Era simplemente que, al buscar entre ellos, apenas encontraba momentos que pudieran llamarse felices. Cada vez que cerraba los ojos e intentaba mirar hacia el rincón más lejano de mi memoria, lo único que aparecía era un cielo gris cubierto por nubes pesadas y oscuras, acompañado por el sonido constante de la lluvia golpeando el suelo.
—Plic... plic... plic...
Aquel sonido parecía perseguirme incluso en mis sueños, como si la tormenta hubiera nacido únicamente para acompañarme.Sin embargo, hubo un tiempo en el que sí fui feliz.Cuando aún tenía una familia.
El amor de mis padres era cálido y reconfortante. Cuando estaba con ellos sentía que nada malo podía alcanzarme. Aunque, incluso entonces, había algo dentro de mí que susurraba que aquella felicidad no duraría para siempre, como si el destino ya estaba escrito, esperando pacientemente el momento adecuado para aparecer.Todo cambió cuando cumplí ocho años.Han pasado muchos años desde entonces, pero aquel día permanece grabado en mi memoria con una claridad aterradora. No importa cuánto tiempo transcurra; sigo recordándolo como si hubiera ocurrido ayer.
—¡¡¡CRAAAAASH!!
El estruendo del metal retorciéndose rompió el mundo en dos.Los vidrios explotaron a nuestro alrededor. Las luces de los automóviles se mezclaron con los destellos de la lluvia y los gritos llenaron el aire. Todavía puedo escuchar los alaridos de dolor de mis padres. Todavía puedo ver las llamas reflejándose en las ventanas rotas del vehículo mientras el humo comenzaba a llenar el interior.
Pero lo peor no fue el ruido.Fue el olor a gasolina derramada,tierra mojada,herro caliente y aquel aroma insoportable que jamás pude olvidar carne quemándose.ncluso ahora, después de tantos años, siento náuseas cuando ese recuerdo aparece lo que más me atormenta, sin embargo, son las manos de mi padre.
Recuerdo perfectamente cómo me cubrió con su cuerpo apenas unos segundos antes del impacto. Estaba herido. Sangraba. Apenas podía mantenerse consciente. Pero aun así hizo todo lo posible por protegerme, como si su única preocupación fuera asegurarse de que yo sobreviviera.
Entre el caos escuché la voz de mi madre.Débil.,quebrada y temblorosa.
—T... todo estará bien... mi niña...
Su voz se fue apagando poco a poco hasta desaparecer.Y ese silencio fue mucho más aterrador que cualquier grito.Mi padre reunió las últimas fuerzas que le quedaban y consiguió arrastrarme hacia la ventana destrozada.
—¡CRACK!
Sentí los vidrios romperse bajo nosotros luego caí sobre el asfalto mojado.El golpe me dejó sin aire y una punzada ardiente recorrió mi costado cuando un fragmento de cristal se clavó en mi piel.Después de eso todo se volvió confuso voces,sirenas,personas corriendo,luces,lluvia y mis propias lágrimas.Cuando volví a levantar la vista, vi dos cuerpos inmóviles cubiertos por sábanas blancas.La lluvia seguía cayendo sobre ellos.
—Plic... plic...
El agua arrastraba lentamente la sangre y la gasolina por el pavimento, borrando poco a poco las últimas huellas de lo que había sido mi familia.Y por primera vez en mi vida comprendí lo que significaba estar completamente sola.La lluvia continuó cayendo durante varios días después del funeral.Desde la ventana del pequeño cuarto donde me estaba recuperando, observaba las gotas deslizarse lentamente por el cristal.
—Plic... plic... plic...
El sonido me hacía recordar el accidente las llamas.los gritos y la sangre.Cada vez que cerraba los ojos, volvía a verlo todo.Por eso dejé de dormir.O al menos lo intentaba.Porque cuando dormía, las pesadillas me encontraban.Y cuando despertaba, la realidad seguía siendo igual de dolorosa.Mi abuela parecía darse cuenta de ello nunca me obligó a habla y nunca me preguntó qué soñaba.Simplemente estaba allí siempre estaba allí.na mañana, cuando el cielo seguía cubierto por nubes grises, entró a mi habitación sosteniendo una bandeja de madera.El aroma a chocolate caliente llenó el cuarto.
Mi estómago rugió de inmediato ella soltó una pequeña risa.
—Parece que alguien tiene hambre.
Bajé la mirada, avergonzada.Era la primera vez que escuchaba una risa desde el accidente.Y por alguna razón...Mis ojos comenzaron a arder.Mi abuela dejó la bandeja sobre la mesa y se sentó junto a mí.
—Puedes llorar si lo necesitas, mi niña.
Aquellas palabras derribaron el muro que había intentado construir.Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas silenciosamente y dolorosas.Ella me abrazó sin decir nada más.Y permanecimos así durante varios minutos,quizá horas no lo sé.Porque por primera vez desde que había perdido a mis padres, sentí algo parecido a la seguridad.
Días después abandoné el hospital.La casa de mi abuela era pequeña muy pequeña.Tenía paredes de madera desgastadas por los años, un jardín lleno de flores silvestres y un viejo columpio oxidado en el patio trasero.No era una mansión,no era lujosa pero estaba llena de vida y sobre todo...Estaba llena de amor.
—Bienvenida a casa.
Aquellas tres palabras hicieron que mi pecho se apretara casa.
¿Aquel lugar podía convertirse realmente en mi hogar?
No estaba segura.Pero quería intentarlo.Las primeras semanas fueron difíciles.Me despertaba sobresaltada durante las noches.
—¡Haa...!
Empapada en sudor temblando con el corazón latiendo con fuerza.
—Tum... tum... tum...
Entonces veía una tenue luz encendida al otro lado del pasillo.Y siempre encontraba a mi abuela despierta esperándome.Como si supiera exactamente cuándo las pesadillas volvían.Ella preparaba té y yo me sentaba frente a ella.Y observábamos juntas la lluvia caer.Sin necesidad de hablar sin necesidad de explicar nada.Porque algunas heridas eran demasiado profundas para expresarlas con palabras.
Con el paso de los meses, las estaciones comenzaron a cambiar las flores crecieron en el jardín.Las heridas de mi cuerpo sanaron.Y aunque las de mi corazón seguían abiertas, ya no dolían tanto como antes.
Una tarde encontré una vieja fotografía guardada dentro de un cajón.En ella aparecía mi padre cuando era joven estaba sonriendo.Una sonrisa amplia y despreocupada.Era la primera vez que veía su rostro con claridad desde el accidente.Mis manos comenzaron a temblar.
—Papá...
Las lágrimas llenaron mis ojos.Pero esta vez no lloré únicamente de tristeza.También lloré porque, por un instante, sentí que él seguía conmigo.Mi abuela observó la fotografía desde la puerta.Luego sonrió suavemente.
—Tenías la misma sonrisa cuando eras bebé.
Levanté la vista sorprendida.
—¿De verdad?
—Exactamente la misma.
Por primera vez en mucho tiempo, una pequeña sonrisa apareció en mis labios.Pequeña frágil. pero real..Y mientras el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas, comprendí algo.Había perdido muchas cosas,había perdido a mis padres,había perdido mi antigua vida,había perdido la felicidad que conocía pero quizá...Solo quizá...
Aún no había perdido la capacidad de volver a encontrarla.Sin saberlo, aquel fue el primer paso de un largo camino.Un camino lleno de dolor.De despedidas.Y de nuevas tragedias.Pero también sería el camino que me convertiría en la persona que estaba destinada a ser.
Los años siguientes fueron difíciles, marcados siempre por el trauma que llevaba dentro. Crecí siendo una niña muy callada, asustadiza, que evitaba el ruido, las multitudes y cualquier cosa que me recordara aquel día. Tenía pesadillas casi todas las noches, me despertaba gritando y temblando, y muchas veces me costaba mucho distinguir lo real de lo que mi mente recreaba por el miedo. La escuela fue un suplicio; no tenía amigos, me costaba mucho relacionarme, y cuando alguien me hablaba, solo quería esconderme. Me sentía rota, incompleta, como si una parte de mí se hubiera quedado en aquel accidente con mis padres.
Pero mi abuela nunca se rindió conmigo. Ella entendía mi dolor sin que yo tuviera que explicar nada, sabía que no era que fuera mala o tonta, sino que simplemente estaba herida. Un día, cuando cumplí exactamente ocho años, la misma edad que tenía cuando todo cambió, entró en mi habitación con una caja de madera vieja en las manos, desgastada por el tiempo y el uso. Se sentó a mi lado en la cama, me acarició el pelo con dulzura y abrió la caja.
—Creo que ya es hora de que conozcas esto, mi niña —me dijo con voz suave—. Cuando yo tenía tu edad, también pasé por momentos muy oscuros, y estas historias fueron lo único que me ayudó a seguir adelante. A lo mejor a ti también te sirven para distraer la mente y descansar un poco del dolor.
Sacó un libro de tapas duras, de colores desvaídos, con dibujos que me parecieron extraños y hermosos a la vez. Eran novelas que mi padre siempre leia y que una vez el escribio "El Jardin Donde Descansan Las Estrellas",una historia de fantasía, reinos lejanos, magia, príncipes y héroes. Desde la primera página, quedé atrapada. Era como si al leer, mi alma pudiera salir de este mundo gris y doloroso, y viajar a lugares donde todo era posible, donde el bien y el mal estaban claros, donde las heridas sanaban con el tiempo y donde, al final, siempre había un final feliz.
Me enamoré de la lectura de inmediato. Leía todo lo que caía en mis manos, devoraba las páginas una tras otra, y pronto mi abuela tuvo que buscarme más y más libros. Pasaba horas y horas leyendo, encerrada en mi pequeño mundo, sintiendo que por fin tenía un lugar donde estar tranquila. Poco a poco, gracias a esas historias y al amor de mi abuela, el dolor fue cambiando. Ya no me despertaba gritando todas las noches, ya no lloraba por nada, y aunque la tristeza seguía ahí, viviendo conmigo, ya no me dominaba por completo. Aprendí que se podía vivir con las heridas, que se podía ser fuerte incluso habiendo sufrido tanto.
Pero con el tiempo, a medida que leía más novelas y descubría también los manhwas que tanto empezaron a gustarme, una duda muy grande y amarga empezó a crecer en mi mente, una pregunta que me hacía una y otra vez, sin encontrar respuesta.
—¿Por qué ahora se empeñan tanto en dañar la imagen de la heroína?
Lo veía en casi todas las historias nuevas que leía, tanto en libros como en cómics. Las protagonistas, que antes eran figuras admirables, bondadosas o simplemente personas que querían vivir su vida, ahora eran retratadas de otra forma. Las llamaban tontas, ingenuas, malas personas, egoístas, traidoras… Todo el mundo las criticaba, todo el mundo las odiaba, y se justificaba cualquier mal que les pasara. Y yo me preguntaba, con una profunda tristeza y algo de rabia en el pecho: ¿No es como si ellas quisieran ser la heroína de la historia? ¿No es simplemente que alguien las creó?
Nadie elige ser el personaje principal, nadie elige vivir en un mundo inventado por otro, nadie decide el papel que le toca interpretar. Son creadas así, con esas características, con esa personalidad, con ese destino. Entonces, ¿por qué se les juzgaba tanto? ¿Por qué se las hacía responsables de todo lo malo que pasaba a su alrededor? Al final, llegué a una conclusión que me dolía en el alma, pero que me parecía la única verdad: El escritor es el verdadero culpable de las tragedias de los demás personajes. Todo lo que pasaba, todo el dolor, las muertes, las malas decisiones, las relaciones rotas, la fama buena o mala… todo eso salía de la mente de quien escribía. Si la heroína era vista como mala o estúpida, era porque así la había hecho su autor. Si el villano era cruel, o si sufría injusticias, también era decisión de quien tenía el lápiz y la pluma en la mano
Y fue pensando en esto, leyendo mi novela, cuando empecé a notar algo que nadie más parecía ver. En casi todas estas historias de reencarnación o mundos mágicos, el villano siempre era pintado como el ser más despreciable, sin corazón, que merecía todo lo malo que le pasaba. Pero… ¿y si no fuera así? ¿Y si la historia que nos contaban estaba mal contada? ¿Y si el villano en realidad era solo una persona que había sufrido, que había sido malinterpretada, que había sido empujado al abismo por las circunstancias o por la pluma de un escritor que necesitaba un malo para que la heroína brillara
Los años siguientes fueron difíciles, pero fueron los años donde aprendí lo que significa amar y ser fuerte. Mi madre era hija única, y sus padres habían fallecido hacía mucho tiempo, así que mi abuela era, sin duda, mi única familia en este mundo. Y yo era la suya también. Siempre nos tuvimos la una a la otra. Me enseñó a muchas cosas, y pronto descubrí que, al igual que a ella, las historias me ayudaban a calmar el dolor que a veces me nacía en el pecho por la ausencia de mis padres.
pero la vida volvió a ponerme a prueba cuando cumplí trece años. Fue entonces cuando los médicos le dieron ese diagnóstico que nos heló la sangre: cáncer avanzado. Recuerdo que el mundo se me vino abajo en ese instante, pero al verla a ella, frágil pero tratando de sonreír para que yo no tuviera miedo, entendí que tenía que crecer de golpe. Sin dudarlo, fui hasta la oficina de la encargada del barrio, me arrodillé en el suelo, le agarré la falda con mis manos temblando y, entre lágrimas que no podía contener, le supliqué
—Por favor… ayúdeme a conseguir cualquier trabajo. Lo que sea. Necesito dinero para los medicamentos, para la comida… tengo que cuidar de ella, es lo único que tengo.
Me miró con lástima, pero también con respeto por tanta determinación en una niña tan pequeña. Conseguí empleos modestos, cuidando niños, limpiando casas o ayudando en tiendas, y a pesar del cansancio extremo, estudiaba con una dedicación feroz. Siempre fui la mejor de mi clase, la más aplicada, la que sacaba las notas más altas. Lo hacía por mí, sí, pero sobre todo por ella; quería que, cada vez que hablaran de mí, mi abuela se sintiera orgullosa, que supiera que todo su esfuerzo valía la pena.
Sin embargo, ser la mejor no siempre era bien visto. Había compañeras que me tenían envidia, que no entendían cómo podía rendir tanto trabajando y estudiando al mismo tiempo. A veces terminaba en peleas, discusiones que escalaban hasta llegar a los golpes. Más de una vez llegué al hospital donde ella estaba ingresada con rasguños, moretones o ropa rota. Pero nunca le dije la verdad. Siempre le acariciaba la mano, le sonreía con dulzura y le decía:
“No es nada, abuela… solo me caí mientras hacía gimnasia en el colegio, ya sabes que soy un poco torpe a veces”.
Ella me miraba con esos ojos que parecían saberlo todo, pero asentía, porque también sabía que yo solo quería ahorrarle sufrimiento
pasaron los años mis cumpleaños los celebrabamos en la habitación del hospital, con una vela sencilla y muchas palabras de aliento.veía día tras día: como a mi abuela su cabello, antes abundante, se le caía poco a poco hasta quedar casi calva; cómo su piel se volvía más fina y pálida; cómo se le marcaban los huesos bajo la ropa. Se notaba mal, muy mal, y muchas veces salía al pasillo para llorar a solas, con el corazón hecho pedazos, para luego secarme las lágrimas, respirar hondo y entrar de nuevo con la sonrisa más brillante que podía fingir, dándole fuerzas para seguir adelante.
Con el paso del tiempo, hubo meses donde parecía que mejoraba, donde nos permitíamos soñar que todo quedaría atrás. Pero un día, la ingresaron de urgencia. Los médicos me miraron con pesar y me dijeron lo que yo ya temía en el fondo: “El cáncer está ganando la batalla, Lina. Debes estar preparada”.
Yo sabía que en cualquier momento la perdería, y el miedo me consumía viva. Pero delante de ella, siempre mantuve la calma, siempre fui alegre, siempre le hablaba del futuro como si estuviéramos seguras de tener uno. Recuerdo el último día con claridad desgarradora. Estaba sentada a su lado, leyéndole en voz alta el libro que más amábamos, el que mi propio padre había escrito antes de morir: “El Jardín Donde Descansan Las Estrellas”. Leía sobre prados verdes y luces brillantes, tratando de que su mente viajara lejos de esa habitación fría. En un momento, cerré el libro emocionada y le dije, con voz llena de ilusión
—Abuela, cuando salgas de aquí haremos la fiesta más grande que se haya visto. Invitaremos a todo el vecindario, cocinaremos tu comida favorita y te llevaré a caminar por el parque, como cuando era pequeña.
Ella me miró con sus ojos cansados pero llenos de amor, sonrió con dulzura y asintió con suavidad.
—Sí, mi niña… será maravilloso… te estaré esperando.
En ese instante, su expresión cambió. Su pecho comenzó a subir y bajar con dificultad, sus manos se enfriaron de golpe. Sentí el pánico invadirme, solté el libro y me aferré a su cuerpo con todas mis fuerzas, llorando desconsolada, sacudiéndola suavemente como si pudiera despertarla de un sueño.—¡No, abuela, por favor no! ¡No me dejes sola, te lo prometo, me portaré bien, lo que sea, pero no te vayas! —gritaba mientras mis lágrimas mojaban su almohada.
Los enfermeros entraron rápidamente y trataron de separarme, pero yo no quería irme, me aferraba a ella como si mi vida dependiera de ello. Tuvieron que sacarme casi a la fuerza del cuarto, mientras yo pataleaba y llamaba su nombre. Una enfermera de cabello oscuro y voz suave, llamada Dania, me sostuvo con firmeza pero con mucho cariño. Me tomó de ambas manos y me miró a los ojos.—Tranquila, Lina… yo sé todo lo que has hecho por ella. Sé que eres joven, que ella era tu única familia, y sé cuánto la has cuidado y amado. Eres muy valiente, pero ahora tienes que ser fuerte por ti misma.
Yo la agarraba de la mano con desesperación, buscando consuelo con la enfermera Nancy, mientras el ruido y el movimiento dentro de la habitación cesaban de golpe. Se hizo un silencio absoluto, de esos que pesan en el alma. Lo desgarrador había sucedido. Mi abuela se había ido. Sentí que mis piernas fallaban y me desplomé al suelo, llorando con un dolor que creí que me mataría allí mismo. Mi mundo, todo lo que conocía y amaba, se había apagado para siempre.
ns216.73.216.253da2


