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Owlorumo el lecturge caminaba a buen paso. Subiendo entre el bosque y la montaña, en un recodo del camino encontró un enorme y viejo troll llorando. «¡Buenos días, buen Hermano Piedra!», dijo Owlorumo. Conocía los antiguos modales, y si te encuentras un troll llorando es mejor ser bien educado. «¿Por qué lloras?», preguntó.
El hombre de piedra lo miró como ausente. «Tenía una palabra que me hacía muy feliz. Quise guardarla en un lugar seguro, pero lo hice tan bien que la olvidé», contestó. 60Please respect copyright.PENANAfUidPDCccs
«¿Hace cuánto la olvidaste?», preguntó Owlorumo. El gigante se puso la enorme mano en la frente, cerró los ojos y susurró: «No lo recuerdo». Unas astillas de vidrio azul brillaban con suavidad sobre su cara gris.
El lecturge cerró los ojos un momento. Sí, Owlorumo conocía muy bien la sensación de olvidar. Le dijo: «Vamos, Hermano Piedra, sé que con un pequeño esfuerzo una palabra encontrará tu lengua. Tal vez con ella vuelva un recuerdo». El troll lo miró y abrió la boca como para decir algo. Pero al final solo se quedó con la cabeza mirando al suelo y no le contestó.
Owlorumo sacó su libro con guarniciones de plata y lo abrió. Una brisa bajó de la montaña y pareció mover las páginas: se detuvieron en una ilustración, la de un hombre de piedra guardando rocas brillantes en una cueva congelada. Cerró el libro y le tembló un instante la mano al guardarlo. Buscó en su bolsa de viajero y sacó una bolita de cristal. «Toma», le dijo, «mira dentro, Hermano Piedra». El troll acercó un ojo y se quedó muy quieto. «Kryos», dijo despacio, y su barriga retumbó con la fuerza de un hambre de muchos días.
La esfera emitió un fulgor tenue. El gigante, confuso entre seguir mirando y devorar el cristal, vio en ella una imagen borrosa. Luego se aclaró: era él mismo, sentado en su cueva, comiendo feliz trocitos de cristal de colores.
Los ojos del troll se agrandaron de alegría mientras se llevaba las manos a la cabeza. «¡Kryos!», exclamó, y alargó la mano hacia el cristal que sostenía Owlorumo. «No toques la esfera», dijo el lecturge. «¡Sigue mirando!». La escena se oscureció. Un aire helado y muy antiguo venía desde el fondo de la cueva. Con un escalofrío el pequeño hombre de piedra se apresuró a tragar sus últimas piedras. «¡Kryos! ¡Me comí el último trozo!».
«Ahora que hallaste tu palabra, quizá puedas encontrar lo que creías perdido», dijo Owlorumo. Luego miró a la montaña. 60Please respect copyright.PENANAMLVFHvOZxX
El gigante se puso de pie con un largo suspiro y miró también la montaña. «¿Tú crees?», preguntó volviéndose al lecturge.
«¿Quién sabe? Solo el que se atreva, Hermano Piedra». Un suave resplandor ámbar apareció en los ojos del gigante. Se despidió de Owlorumo y echó a subir por el sendero que se alejaba del bosque.
Owlorumo miró al viejo troll que se alejaba. Anotó en un raído trozo de pergamino: «A veces olvidamos las palabras, y a veces las palabras nos olvidan a nosotros», y siguió su camino. 60Please respect copyright.PENANAFeuyyxpmgF


