Han pasado cinco días desde que Lorian y su grupo salieron de Malwaper en dirección hacia Teotia. El viaje había sido largo y extenuante, pero gracias a la hospitalidad de la gente de algunos pueblos, quienes les brindaron alimentos y también un carruaje para que pudieran descansar, el trayecto se hizo más llevadero. Ahora, instalados en el interior del vehículo, todos se encontraban listos para la batalla que se avecinaba en territorio enemigo.
Sin embargo, a medida que se aproximaban a las fronteras, el ambiente comenzó a cambiar drásticamente. Había algo raro en el aire: una miasma oscura y densa que ocultaba por completo el reino de Teotia, devorando la luz del sol.
Lorian se levantó de su asiento de golpe y, con voz firme, le dijo al conductor que se detenga. El carruaje frenó en seco, sacudiendo la estructura de madera. Kael, intuyendo el peligro, lo detuvo antes de que abriera la puerta.
—Espera, Lorian. Esta miasma puede ser peligrosa —le advirtió Kael, con el ceño fruncido—. Estamos a salvo gracias al poder de Aurora que disipa la miasma, pero solo dentro del carruaje; afuera no.
—Lo entiendo perfectamente y es por eso que saldré —respondió Lorian con total calma.
Sin más, abrió la puerta y salió del carruaje, plantándose firme sobre la tierra marchita. Clavó la mirada en el manto de oscuridad que los rodeaba, alzó su naginata hacia el cielo y luego hizo un tajo en el aire. El impacto fue tan rápido y violento que una onda de choque invisible barrió la negrura en un parpadeo; la miasma desapareció por completo y el aire cambió rápidamente, volviéndose puro.
Los demás salieron del carruaje de inmediato. Al respirar la frescura del ambiente, contemplaron el cielo despejado con incredulidad. ¿Pero cómo? ¿Qué fue lo que hizo Lorian? El único que entendió todo al instante fue Kael, pues ya había visto esa clase de habilidad en el pasado: era el poder místico de un fragmento actuando como un purificador. Así de increíble es el poder de un portador de uno de los fragmentos.
Maito dio un paso al frente, asombrado.
—Oye, Lorian, ¿qué fue lo que hiciste? ¿Qué fue ese poder?
—Fue el poder que me fue otorgado al llegar a este mundo —contestó Lorian, bajando su arma.
—Vaya, así que además del poder de uno de los fragmentos también te fue otorgado el poder purificador —repuso Maito, mirándolo con un profundo respeto—. Definitivamente eres el héroe destinado a salvar este mundo.
Lorian esbozó una sonrisa melancólica y negó con la cabeza.
—Te equivocas. Aunque sea el héroe de esta época, vendrán otros héroes con la misma misión que yo; es un ciclo sin fin —Lorian hizo una breve pausa y continuó—: Y aunque me desagrade la idea de luchar, es mi misión y moriré por ella.
Kael se acercó a él y le puso una mano en el hombro, con la mirada cargada de solemnidad.
—Aunque mueras, muchos se armarán de valor para continuar con tu legado —sentenció Kael—. Los héroes que llegan a este mundo son uno solo. Sus ideales viven en las personas que salvaron. Aunque mueras, habrá gente que te respetará y llevará tu legado a lo más alto.
Lorian miró hacia el firmamento, sonrió y luego dijo:
—Vaya... así de increíble fue ese héroe de tu era, ¿no es así, mi buen amigo Kael?
—Sí, fue el héroe más brillante que he conocido —afirmó Kael sin dudarlo.
A un lado, Maito, Nyra y Aurora cruzaron miradas de absoluta confusión. No comprendían en lo más mínimo la naturaleza de aquella conversación entre Kael y el héroe.
—Oigan, ¿a qué se refieren con "el héroe más brillante que has conocido"? ¿Acaso no es Lorian el héroe? —preguntó Aurora, dando un paso al frente.
Kael exhaló un suspiro, sabiendo que el momento de revelar su verdad había llegado.
—Ya va siendo hora de contarles un poco más de mí —declaró, capturando la atención de todos—. La verdad es que no soy de esta época. En realidad, yo vengo del pasado.
Maito, Nyra y Aurora abrieron los ojos de par en par, sin poder creer lo que acababan de escuchar. El silencio se apoderó del camino mientras Kael continuaba con su relato.
—He conocido a varios héroes del pasado. El último que conocí fue hace 200 años. Él realizó una gran hazaña al enfrentarse a 1000 demonios y a un rey demonio en una sola noche... y ganó. Él solo derrotó a todos, pero lamentablemente una herida profunda acabó con su vida.
Nyra estaba completamente asombrada, con una mano en el pecho ante la magnitud de la leyenda.
—Mil demonios y un rey demonio en una noche no es cualquier hazaña, es algo histórico —dijo Nyra—. El simple hecho de enfrentarse a soldados, comandantes y al propio rey demonio lo coloca en una escala de los mejores héroes que han pasado por este mundo.
Maito, aún asimilando el misterio de la identidad de su compañero, cuestionó:
—¿Y sobre todo tú estuviste en esa época? ¿Por qué no nos contaste de que no eras de esta época?
—Porque no quería incomodarlos a todos —respondió Kael de manera simple.
—¿Incomodar? Pero si siempre has sido el pilar fundamental de este grupo —rebatió Nyra, dando un paso al frente con ligereza—. Gracias a ti, mi querido esposo... digo, digo, ¡Lorian! Ha podido cumplir con su rol de héroe.
Kael sonrió levemente ante el tropiezo de Nyra, pero su semblante volvió a tornarse serio.
—Aun así, además hay otro motivo, y es entregar algo al héroe... un mensaje.
—¿Un mensaje? —repitió Aurora, intrigada.
—Sí, un mensaje que será entregado al héroe que ha de venir doscientos años en el futuro —reveló Kael—. Lo que quiere decir que mi viaje aún no termina.
Maito unió las piezas en su mente y preguntó con evidente confusión:
—¿Qué quieres decir con entregar el mensaje a otro héroe? ¿Acaso Lorian no es el héroe? Entonces... quieres decir que Lorian debe darte el mensaje para poder ir al futuro donde te encontrarás con el héroe que recibirá el mensaje.
—Sí, aún me queda un viaje más para completar mi misión —confirmó Kael.
—Y ¿cuándo Lorian te dará el mensaje? —quiso saber Nyra.
—Ya me lo dio —repuso Kael de inmediato—. Hace años ya sé el mensaje que debo entregar al próximo héroe.
—Y ¿entonces cuándo emprenderás tu viaje para entregar aquel mensaje? —preguntó Aurora.
—No lo sé, es algo que no puedo elegir a la ligera —explicó Kael, cruzándose de brazos—. Después de todo, mi habilidad de viajar no es cien por ciento efectiva y podría quedar atrapado en otra era distinta. Aunque ustedes me vean joven, la verdad es que ya soy un poco viejo; tengo sesenta años. Mi cuerpo se debilita y si hago mal un cálculo no podré entregar el mensaje. Y también me he quedado en esta era para cumplir con la promesa que le hice al héroe de hace 200 años.
Maito se quedó boquiabierto, escaneando el aspecto físico del guerrero.
—¡¿Tienes 60 años?! Pero si pareces de 30.
—Es gracias a mi habilidad de viajar entre eras —aclaró Kael con un tono de resignación—. Se podría considerar como la juventud eterna.
Nyra dio un paso más, intrigada por el lazo del pasado.
—¿Promesa? ¿Qué promesa le hiciste al anterior héroe?
Kael abrió la boca para responder a la pregunta, pero en ese preciso instante, un estruendo brutal y ensordecedor reverberó a lo lejos, haciendo temblar las piedras del camino. La vibración mágica del enemigo electrizó el aire.
Lorian desenvainó su arma por completo, con la mirada clavada en la línea del horizonte donde el peligro se materializaba.
—Dejemos las preguntas para más tarde —sentenció Lorian, con una seriedad absoluta—. Prepárense, el enemigo se acerca.
Sin dudarlo, todos adoptaron posiciones de combate y se pusieron en guardia. Las cartas estaban sobre la mesa: el conflicto en Teotia estaba por empezar.
Hace unos minutos, en el majestuoso e imponente castillo de Teotia, la atmósfera era de una tensión gélida. Más de treinta caballeros mágicos se encontraban reunidos en el salón principal, alineados con una disciplina implacable. Junto a ellos, apartados, permanecían York y la joven chica demonio, Lilica. En lo alto del estrado, sentado en su trono, Tahiel contemplaba la escena con una sonrisa sádica, desbordando una sed de sangre que helaba los huesos.
Todos estaban listos para marchar cuando, de repente, el espacio mismo se fracturó. Como si se tratara de un corte dimensional puro, una ráfaga de energía invisible rasgó el palacio de lado a lado y destruyó el trono real en mil pedazos. Tahiel reaccionó con la velocidad del rayo y alcanzó a esquivarlo, pero el filo de la onda expansiva le dejó un pequeño corte en la mejilla.
Todos en la sala quedaron atónitos, contemplando los escombros del asiento real. El líder de los caballeros desenvainó su espada y gritó con furia:
—¡¿Qué sucedió?! ¡¿Cómo fue destruido el palacio?! ¡¿Quién se atrevió?! ¡Encuéntrenlo y mátenlo!
Tahiel lo interrumpió de inmediato, con una voz gélida que acalló el eco del derrumbe:
—Silencio. No lo encontrarán en el palacio.
Un silencio sepulcral cayó sobre el salón. York clavó su mirada fija hacia la dirección de donde había provenido el corte, analizando la magnitud del ataque. Por su parte, Tahiel limpió la gota de sangre de su rostro mientras una pregunta recurrente le carcomía la mente: ¿Cómo rayos logró hacer esto ese maldito héroe? Además del corte, también disipó mi miasma. ¿Qué clase de poder tiene? El rey demonio comprendió que sería un problema si todos llegaban juntos, por lo que decidió cambiar de estrategia para debilitar esa fuerza.
Tahiel se puso en pie sobre los escombros y dictó sus siguientes órdenes: los caballeros mágicos irían por los compañeros del héroe; Lilica se encargaría de Aurora; y York iría directamente por Lorian.
—Son más de treinta caballeros mágicos —declaró Tahiel, recuperando su sonrisa burlona—. Acabar con tres simples moscas será pan comido.
Los caballeros golpearon sus pechos en señal de respeto, asintieron y exclamaron:
—No lo defraudaremos, mi rey. Acabaremos con el grupito del héroe.
—Más les vale —advirtió Tahiel con una mirada asesina—. Si fracasan, la muerte les espera.
El líder de los caballeros dio un paso al frente, henchido de arrogancia:
—Nunca fracasaremos. Contamos con el poder suficiente para acabar con reinos enteros; tres personas no serán la excepción.
Tahiel desvió la mirada hacia la joven de los cuernos.
—Lilica, tu deber ya lo conoces. Si lo completas, entonces te reconoceré como una de mis hijas.
—Sí, padre... quiero decir, señor demonio —respondió Lilica, bajando la vista con timidez.
Tahiel finalmente concluyó fijando sus ojos oscuros en el caballero atormentado.
—Ahora tú, York, caballero mágico de gran potencial —dijo, señalando al guerrero que permanecía estático, mirando fijamente hacia el horizonte.
—Basta de palabreríos, ya sé mi deber —sentenció York con voz ronca y cortante.
Al líder de los caballeros no le gustó en absoluto el tono despectivo con el que York se dirigió hacia su soberano. Con paso firme y el rostro encendido de ira, comenzó a acercarse lentamente hacia York para reprenderlo, pero una fuerza invisible lo detuvo en seco. Tahiel intervino, interponiendo su presencia.
—¿Qué pretendes hacer, infame caballero? —siseó el rey demonio.
Una presión gravitatoria descomunal y aplastante cayó sobre el salón, haciendo sucumbir el cuerpo del líder de los caballeros, quien cayó de rodillas, jadeando bajo el peso del maná de Tahiel.
—Pero... mi señor... ¿por qué a mí? —logró articular el líder, sudando frío—. Si es él quien le está faltando el respeto... mi deber como líder es corregir esa actitud.
—Cállate —le ordenó Tahiel con desprecio—. Mi buen amigo York tiene sus privilegios. Él puede hacer lo que sea.
La presión disminuyó. El líder se incorporó con dificultad y regresó a su puesto en la fila, completamente humillado y guardando un profundo e intenso rencor hacia York en su corazón.
Tahiel extendió los brazos, complacido.
—El tablero ya está preparado. Es hora de que las piezas vayan a su lugar. Puedes encargarte, hija mía.
De las sombras más densas del salón surgió una silueta elegante. Era otra chica, ataviada con ropajes sumamente lujosos. Su cabello azulado caía lacio hasta su cintura y sus ojos brillaban como rubíes pulidos. Caminó con total desparpajo, mostrando un desinterés absoluto por la guerra.
—Papá, ¿por qué me interrumpes? —se quejó la chica, cruzándose de brazos—. Estaba viendo mi novela favorita en vivo sobre mi tía Karia con el humano del cual se enamoró. ¿Qué quieres de mí?
—Vaya, así que estás espiando a tu tía —replicó Tahiel, arqueando una ceja—. Procura que tu otra tía, Quizza, no se entere, pues te meterás en muchos problemas.
—Claro, he tenido mucho cuidado con mi tía Quizza —respondió ella con ligereza—. Pero bueno, dime, ¿para qué soy buena? Veo que sigues en este reino de fracasados.
Al escuchar las palabras hirientes de la princesa demonio, los caballeros mágicos se pusieron completamente tensos; una oleada de furia contenida recorrió las filas. El líder, notando el peligro, los detuvo con un gesto sutil con la mano:
—No digan ninguna palabra —les advirtió en un susurro. Los caballeros tragaron saliva y se quedaron en silencio.
La chica paseó su mirada rubí por la sala de manera altanera, hasta que sus ojos se posaron en la figura silenciosa de Lilica. Una mueca de asco deformó sus facciones perfectas.
—Vaya, si aquí está también la anormal de Lilica —se mofó con crueldad—. La chica con cuernos... la única en todo el mundo demoníaco con esa anomalía. Qué asco da verte.
Lilica, acostumbrada al desprecio pero herida en lo más profundo, agachó la cabeza, fijando la vista en el suelo mientras la hija de Tahiel continuaba humillándola sin piedad ante todo el ejército:
—Tu sola existencia es una vergüenza para nuestra raza; naciste defectuosa, como un desecho que el mismísimo infierno olvidó purgar. Mírate, cargando con esa deformidad en la cabeza como si fueras un animal. Das lástima, eres el único monstruo feo en un mundo de demonios perfectos.
Al escuchar aquellas palabras tan viles, York apretó el puño con tanta fuerza que su guantelete de metal crujió, pero sabía que no podía hacer nada si quería mantener a su hermana a salvo. La princesa demonio, disfrutando del silencio de su víctima, prosiguió:
—Debe ser un tormento ser tú: la aberración que nadie quiere cerca, la que ni tu propia especie puede tolerar. No sé cómo no te da vergüenza respirar nuestro mismo aire.
—¡¡Suficiente!! —la voz de Tahiel tronó en el salón como un estallido de trueno. Con una mirada cargada de un enojo genuino, alzó la voz, provocando que su hija se quedara en silencio de inmediato—. No toleraré más otra palabra hacia Lilica, ¿me entendiste?
La chica demonio dio un paso atrás, tragando el orgullo, y forzó una sonrisa sumisa.
—Claro que sí, padre. Dime en qué te puedo ayudar —respondió, aunque de reojo seguía mirando con un desprecio absoluto a Lilica.
—Quiero que separes al grupo del héreo que se acerca hacia este lugar —ordenó Tahiel, extendiendo su mano—. Sepáralos de la siguiente manera: al héroe déjalo en el lugar que está; a Aurora transpórtala hasta la iglesia; y a los otros tres envíalos hacia el centro de la ciudad.
—Entendido, padre —asintió la chica, concentrando su magia azulada—. En estos momentos los separaré de acorde a tu plan.
Tahiel soltó una carcajada sádica que retumbó en las vigas del destruido techo.
—Entonces... ¡que comience el juego!
Regresando con el grupo del héroe.
El estruendo brutal y ensordecedor reverberó a lo lejos, haciendo temblar las piedras del camino. La vibración mágica del enemigo electrizó el aire con una hostilidad palpable.
Lorian desenvainó su arma por completo, con la mirada clavada en la línea del horizonte donde el peligro se materializaba.
—Dejemos las preguntas para más tarde —sentenció Lorian, con una seriedad absoluta—. Prepárense, el enemigo se acerca.
Sin dudarlo, todos adoptaron posiciones de combate y se pusieron en guardia. Las cartas estaban sobre la mesa: el conflicto en Teotia estaba por empezar.
Sin embargo, antes de que pudieran dar el primer paso, un destello de luz azulada envolvió el camino. En un parpadeo, Kael, Maito, Nyra y Aurora desaparecieron de la existencia sin dejar rastro. El vacío absoluto ocupó sus lugares.
Lorian abrió los ojos de par en par, el pánico reflejándose en su rostro por primera vez. Miró a su alrededor con desesperación y gritó:
—¡¿A dónde se fueron?!
—Solo somos tú y yo —lo interrumpió una voz profunda, cargada de una malicia desbordante. De entre las sombras del camino emergió la figura de Tahiel, avanzando con paso lento—. Tus amigos fueron enviados hacia sus verdugos.
Lorian apretó el mango de su naginata, clavando sus ojos plateados en el monarca oscuro con un odio absoluto.
—Miserable... —escupió Lorian.
Una batalla de proporciones épicas estaba por comenzar en aquel sendero baldío. Pero no sería la única; en otras dos zonas de Teotia, la magia y el acero chocarían en una guerra sin cuartel donde solo un bando saldría con vida.
El destello de la teletransportación se desvaneció, dejando una densa estela de polvo mágico en el aire. En un parpadeo, el grupo del héroe había sido fragmentado y arrojado a diferentes puntos tácticos de Teotia, donde sus verdugos ya aguardaban con las armas listas.
Kael, Nyra y Maito materializaron sus cuerpos de golpe en el corazón de la gran plaza, justo en el centro de la ciudad. Frente a ellos, un sinnúmero de casas elegantes y puestos de comida vacíos, no había signo de vida por ningún lado.
Kael fue el primero en romper la tensión, analizando el entorno con la mirada fija tras su flequillo.
—Al parecer nos han separado de Lorian —observó Kael, acomodándose los guanteletes—. Esto es malo... o bueno a la vez.
A su lado, la atmósfera se volvió súbitamente gélida. Nyra apretó los puños con tal fuerza que la cadena de plata de su mano derecha tintineó con violencia. En respuesta a su furia, el cielo sobre Teotia comenzó a oscurecerse a una velocidad antinatural. Las nubes blancas se tornaron negras como el carbón, y los primeros relámpagos herían el aire con estruendos ensordecedores.
—¿Cómo se atreven a separarme de mi querido esposo? —siseó Nyra, con los ojos inyectados en una rabia posesiva—. ¡Me las pagarán!
Por su parte, Maito se mantuvo completamente tranquilo, evaluando la arquitectura del lugar y la disposición de las tropas enemigas.
—Al parecer ya tenían designada esta zona para nosotros —comentó Maito, dejando escapar una sonrisa astuta—. Este rey demonio no es cualquiera; sabe bien cómo mover las piezas de un tablero de ajedrez. —La confianza brilló en sus ojos mientras metía las manos en los bolsillos—. Entonces, es hora de que yo también me empiece a mover como el estratega que soy.
Con un movimiento fluido, Maito sacó de sus bolsillos varios anillos metálicos imbuidos en runas y los lanzó al aire.
—Análisis. Define coordenadas del enemigo —ordenó con voz firme.
Los anillos se dispersaron en distintas direcciones alrededor de la plaza, flotando como luciérnagas de plata. De inmediato, empezaron a emitir un brillo intenso, delatando la posición exacta de las fuerzas emboscadas. Los soldados imperiales se percataron de que su camuflaje mágico había sido saboteado y rompieron el sigilo, pero ya era demasiado tarde.
Los anillos estallaron al unísono.
Una serie de detonaciones encadenadas barrió la plaza con llamaradas destructivas y ondas de choque que hicieron retumbar los edificios colindantes. Más de diez caballeros mágicos fueron desintegrados al instante, convertidos en cenizas. El resto del pelotón logró salvarse únicamente porque su líder reaccionó con una velocidad sobrehumana, desplegando una barrera mágica como escudo; sin embargo, el precio que pagó por la prisa fue sumamente alto: la explosión le cercenó el brazo izquierdo por completo.
El líder de los caballeros retrocedió, jadeando, mientras la sangre manchaba el suelo de piedra.
—Rayos... creo que los subestimamos —gruñó el líder, presionando el muñón de su hombro—. No son personas normales. Sus habilidades están en niveles muy altos. Perdimos a un pelotón en tan solo unos segundos... ¿Qué clase de poder fue ese? Nos encontró y luego estallaron.
Maito lo interrumpió, dando un paso al frente con total desparpajo y los brazos cruzados.
—Vaya, pero si sobrevivieron... bueno, no todos. Me sorprende que hayas podido poner una barrera a tiempo. Bueno, no "a tiempo", pues perdiste un brazo.
El líder soltó una carcajada ronca, forzando la postura para no flaquear ante sus subordinados.
—¡Ja! Con un brazo soy capaz de matarte. Fue una buena jugada, lo sé, pero ese truco no funcionará dos veces. Aún quedamos más de vein...
El hombre se interrumpió a sí mismo. Al mirar a su alrededor con desesperación, se percató de una realidad espantosa: ya no eran veinte. En el suelo solo yacían los restos carbonizados de su ejército; apenas ocho caballeros mágicos permanecían en pie detrás de él, temblando bajo sus armaduras. El líder palideció por completo.
—¿Cómo es posible que hayan muerto tantos... si alcancé a poner la barrera? —murmuró, aterrorizado.
Kael dio un paso al frente, señalando con el mentón hacia el cielo que rugía con violencia.
—Hicieron enojar a quien no debían, y ahora pagaron las consecuencias —sentenció Kael.
—¿A qué te refieres? —cuestionó el líder, desconcertado.
Fue en ese instante cuando el capitán de Teotia se dio cuenta de lo que realmente había ocurrido. Mientras la barrera contenía las explosiones de Maito, el enfado de Nyra había alcanzado su punto máximo en el cielo. Ella había hecho caer una tormenta de rayos continuos y precisos que se colaron por los flancos desprotegidos, fulminando a la mayoría de los caballeros.
El líder, fuera de sí por la furia, clavó sus ojos en la chica del sombrero de vaquero.
—¡Fuiste tú! ¡¿Cierto?! ¡¿Cómo te atreves a matar a mi gente, mísera...?!
Su insulto fue interceptado de golpe. Un rayo masivo convocado por Nyra descendió del firmamento, impactando directamente en el pecho del líder y lanzándolo por los aires con una fuerza bruta que lo hizo chocar y atravesar las paredes de varias casas del distrito.
Los ocho caballeros que quedaban con vida gritaron horrorizados al ver a su comandante desaparecer entre los escombros:
—¡¡Noooooo, líder!! ¡¿Cómo se atreven a hacer esto?! ¡Lo pagarán caro!
De los restos de la vivienda derruida, una silueta comenzó a levantarse. El líder de los caballeros mágicos emergió de entre los ladrillos rotos. Una neblina verde comenzó a rodearlo, y sus heridas superficiales y contusiones se cerraron al instante; sin embargo, al mirar su costado izquierdo, el muñón seguía sangrando de la misma forma.
—Tsk... ¡Maldición! No se curó mi brazo... —escupió el hombre, limpiándose la boca—. ¿Qué clase de magia usó?
A pesar de la mutilación, una sonrisa diabólica y desquiciada se dibujó en su rostro cansado. Miró al trío de héroes con los ojos encendidos en fanatismo.
—Debieron acabar conmigo desde un principio —declaró con voz tétrica.
Alzó su único brazo sano hacia el cielo encapotado y conjuró su hechizo prohibido:
—¡¡Actívate: ROBO DE VIDA!!
Al pronunciar aquellas palabras, los cuerpos de todos los caballeros caídos en la plaza comenzaron a emitir un fulgor escarlata. La energía vital y el maná residual de los muertos se desprendieron de la carne, ascendiendo de golpe y concentrándose en una enorme esfera de poder descomunal que flotaba justo encima del líder.
Kael se puso en guardia, sintiendo cómo el aire se volvía pesado y difícil de respirar.
—¿Qué clase de poder es ese? —preguntó Kael, desenvainando su arma.
Maito perdió la sonrisa y su rostro se tornó severo mientras analizaba la fluctuación de la energía.
—Sin duda, este es el verdadero problema.
Fueron las palabras de ambos mientras contemplaban, con los ojos entrecerrados, cómo aquella inmensa masa de almas y maná robado comenzaba a introducirse violentamente en el cuerpo del líder. El impacto de la asimilación generó una luz cegadora que inundó toda la plaza. No había marcha atrás: era el comienzo de la verdadera e intensa batalla en el centro de la ciudad de Teotia.
A su vez, en otra zona de Teotia, la atmósfera se volvía sepulcral. Justo frente a las imponentes y desgastadas puertas de la iglesia de la ciudad, dos voluntades chocaban en un silencio helado. Cara a cara, bajo la sombra de las gárgolas de piedra, se encontraban Aurora y Lilica.
Aurora ya había desenvainado su espada de plata. El metal brilló con un fulgor limpio mientras ella adoptaba una postura de combate perfecta, firme y decidida. Por su parte, Lilica se había colocado una máscara que se acoplaba de manera tan exacta a sus cuernos que parecía que estos formaran parte del mismo diseño místico. Con un movimiento fluido, la chica demonio desenvainó su propia espada y tomó una postura de pelea, lista para matar.
Lilica rompió el silencio, y su voz resonó distorsionada tras la máscara:
—Acabaré contigo y entonces por fin podré ser la hija de Tahiel. Gracias a ti, traidora... gracias a ti mi sueño se cumplirá de ser la hija de un rey demonio y ser aceptada en este mundo.
Aurora la miró fijamente, con los ojos encendidos por una resolución que nunca antes había tenido.
—Ya no le tengo miedo a Tahiel —sentenció Aurora, apretando el mango de su arma—. Si él te mandó para asesinarme, pues tendré que derrotarte para seguir viviendo. Tengo ahora un nuevo propósito para vivir... y es por Lorian.
Lilica soltó una risa seca y fría.
—Qué bueno por ti, pero ese nuevo propósito se acabará hoy mismo cuando te corte la cabeza y se la lleve a mi señor.
—Sobre mi cadáver —replicó Aurora, nivelando su espada plateada.
Una batalla a muerte estaba por empezar en los escalones del santuario, sin que ninguna de las dos imaginara que aquel duelo captaría la mirada de alguien muy en particular, lejos de las fronteras de Teotia.
En los Dominios de la Oscuridad.
A leguas de distancia de la guerra, en las profundidades del dominio de Tahiel, se alzaba el palacio espectral de los demonios. Hacia allí había regresado Sabrina, la hija mayor de Tahiel, justo después de haber cumplido la orden de teletransportar y dividir al grupo del héroe.
Mientras Sabrina caminaba a paso lento por el pasillo de piedra negra en dirección a sus aposentos, una silueta elegante le cerró el paso. Era su hermana menor, Farasya, quien la observó con una mezcla de curiosidad y sospecha.
—¿A dónde fuiste, hermana? —preguntó Farasya, cruzándose de brazos—. Tú casi ni sales de tu habitación.
—Fui a hacer una petición de mi padre —respondió Sabrina con desdén, intentando esquivarla.
Farasya arqueó una ceja, deteniéndola con la mirada.
—¿Viste a nuestro padre? Lleva años que se fue de su territorio. Aquí solo está su forma espectral y su cuerpo físico está en Teotia. No dijo cuándo volvería.
—No creo que regrese aún —replicó Sabrina de mala gana—. En estos momentos está llevando a cabo su plan de asesinar al héroe.
Farasya exhaló un suspiro cansado, mostrando una madurez fría.
—Sigue con lo mismo de asesinar al héroe... Le dije que no se involucre de lleno con ese héroe todavía.
Esas palabras encendieron la furia de Sabrina. Perdiendo los estribos, golpeó la pared del pasillo con el puño, haciendo resonar el eco en el corredor. Farasya, en cambio, ni siquiera parpadeó; no perdió la compostura en ningún momento.
—¿Crees que nuestro padre no puede derrotar a un simple héroe? —siseó Sabrina, molesta.
—Así es: no puede —sentenció Farasya con total frialdad—. No ahora. Si ni mi tío, que se enfrentó a él hace años, pudo hacerle un rasguño...
—Mi tío no fue con todo, eso ya se sabe —la interrumpió Sabrina de inmediato, defendiendo el orgullo familiar—. Mi tío Monsfil, con el poder que tiene, es capaz de destruir reinos enteros, como lo hizo con el de los gigantes.
—De todos modos, no es hora de que se enfrente a ese héroe —insistió Farasya con calma.
Sabrina rodó los ojos y bufó, totalmente fastidiada.
—Sí, sí, como digas, hermana. Bueno, nos vemos, voy a ver mi novela.
—Cuando te refieres con "novela", te estás refiriendo a lo de mi tía Karia y ese humano, ¿verdad? —inquirió Farasya.
Sabrina no se molestó en responder; solamente la ignoró, ingresó a su habitación a paso rápido y cerró la puerta de golpe, dejando el pasillo en silencio. Farasya la miró por un segundo y luego continuó con su propio recorrido por el palacio.
Al quedarse sola en la intimidad de su cuarto, el rostro altanero de Sabrina cambió. Mostró signos evidentes de preocupación. Empezó a caminar de un lado a otro mientras pensaba: "Es imposible que padre pierda... solo es un héroe como tal, nada del otro mundo. Pero para quitarme de esa duda, será mejor ver qué está pasando en esa ciudad de lunáticos caballeros mágicos de Teotia".
Con un gesto de su mano, activó sus pantallas de luz mágica, vinculándose a los ojos de sus espías en el frente humano. La primera imagen que se materializó la dejó sin aliento: el majestuoso castillo de Teotia estaba partido a la mitad, y las calles mostraban la masacre inmediata de las legiones imperiales.
—Así que no son débiles esos miembros del grupo del héroe... —murmuró Sabrina para sí misma, analizando la fluidez de los combates—. Acabaron con facilidad con la mayoría de los caballeros mágicos. Bueno, era de esperarse si eran muy débiles.
Manipuló la energía mágica para cambiar el enfoque de las pantallas, revisando las demás zonas de la ciudad. Cuando los cristales de luz enfocaron el distrito sagrado, precisamente en las puertas de la iglesia, una grata y retorcida sorpresa iluminó su rostro. Sabrina soltó una carcajada genuina, deleitada por la ironía del destino.
—¡Pero qué...! No me digas... Esto sí es muy gracioso —rio, acomodándose en su asiento.
Las pantallas reflejaron con perfecta nitidez el inicio del violento enfrentamiento entre Aurora y Lilica, dos almas rotas peleando por su propia definición de salvación.
Volviendo al frente de batalla principal, en las afueras de la ciudad de Teotia, la realidad parecía romperse a pedazos. Estruendos ensordecedores retumbaban por doquier, acompañados por el chirrido violento del metal chocando contra el metal. La devastación se extendía como una plaga: el área forestal colapsaba bajo ondas de choque imperceptibles, y las colosales murallas de piedra de la ciudad comenzaban a agrietarse. Todo este cataclismo lo estaban ocasionando solo dos individuos.
Golpe tras golpe, sus armas hacían rugir el aire con una hostilidad salvaje. Esta pelea era infinitamente más intensa y cruda que las de las otras zonas, pues ambos contendientes se habían entregado de lleno a la violencia pura, sin rodeos ni titubeos. Las razones pasaban a un segundo plano ante la fuerza de sus voluntades, pero ambos cargaban con motivos inquebrantables en sus hombros.
Del lado de Lorian, la urgencia de terminar de una vez por todas con esta guerra y erradicar las manipulaciones ponzoñosas de Tahiel. Por el otro lado, York, movido por el instinto desesperado de proteger y asegurar la vida de su hermana pequeña. Ambos tenían un tesoro sagrado que proteger y salvar; por lo tanto, el destino de Teotia se decidiría únicamente cuando uno de los dos cayera. Y ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder un solo milímetro.
Aprovechando un breve instante de distancia, York concentró su maná en la palma de su mano, canalizando una inmensa esfera de energía resplandeciente que iluminó el páramo con un fulgor místico.
—¡¡LUZ DIVINA!! —bramó York.
La descomunal esfera de luz se disparó a una velocidad vertiginosa, cegando por unos minutos a Lorian debido a la intensidad del destello. Sin embargo, el héroe no retrocedió ni un solo paso. Confiando plenamente en sus instintos, cerró los ojos, alzó su naginata con firmeza y ejecutó un tajo descendente en el aire. El filo de su arma partió la esfera perfectamente por la mitad, provocando que la energía se disipara en el viento como polvo de estrellas.
York, lejos de frustrarse, esbozó una sonrisa de anticipación.
—Vaya, pero si destruiste mi esfera... ¿Pero podrás destruir esta?
Fue en ese microsegundo cuando Lorian sintió un súbito aumento de temperatura a sus espaldas. Al girar la vista de reojo, se percató con horror de que una segunda esfera idéntica ya se encontraba a escasos centímetros de él. Era demasiado tarde para esquivar. El ataque le dio de lleno, desatando una explosión lumínica tan masiva que sepultó todo el lugar en un blanco absoluto.
Poco a poco, el resplandor se fue disipando, revelando el cráter provocado por el impacto. En el centro de la humareda, la silueta de Lorian comenzó a recortarse. Para el asombro del paisaje, el héroe permanecía de pie, completamente intacto, sin un solo rasguño en su armadura ni en su piel.
York ensanchó su sonrisa, asintiendo con genuino respeto.
—Sobreviviste a ese ataque... felicidades. Después de todo, la gracia de ser héroe sí está en ti.
—Después de todo, soy el héroe de esta época —replicó Lorian, nivelando su naginata con una mirada gélida.
—Y es por eso que contraatacaré con el mismo poder —sentenció York de manera enigmática.
Lorian se sorprendió, frunciendo el ceño tras sus mechones plateados.
—¿Qué dijiste?
Las palabras murieron en la garganta de Lorian y su rostro quedó completamente perplejo. Ante sus ojos, una corriente de energía pura y dorada comenzó a recorrer el cuerpo de York; las fluctuaciones del maná, la presión ambiental y la vibración espiritual eran exactamente iguales a las de un héroe. Lorian se preguntó de inmediato, horrorizado en su fuero interno: ¿Acaso él es otro héroe elegido por los dioses?
York leyó la confusión en el rostro de su oponente y habló con una amargura que arrastraba siglos de historia:
—Te estás preguntando por qué tengo el poder de un héroe, ¿verdad? Bueno... la verdad es que llevo sangre de un héroe en mis venas. Eso es todo, y ese es mi pecado. ¡Y es por eso que te derrotaré!
Al comprender el peso de la tragedia que cargaba el caballero mágico, la mirada de Lorian cambió. Dejó atrás la hostilidad y se tiñó de una determinación compasiva, la verdadera esencia de su rol.
—Entonces, ¡da todo de ti! —exclamó Lorian, expandiendo su propia aura con fuerza—. ¡Te salvaré a ti también! ¡¿Me oíste?!
York se puso en guardia una vez más, con los ojos encendidos por el fulgor divino de su linaje maldito.
—¡Inténtalo, héroe Lorian!
Con ambos contendientes desatando el cien por ciento de sus capacidades, la fase más intensa de la batalla estaba por empezar en los campos baldíos de Teotia. Un choque titánico que no solo decidiría sus vidas, sino que dejaría una huella imborrable que marcaría un antes y un después en la historia del mundo.
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