Biel se encontraba tendido en la cama de la clínica del instituto. El suave tic-tac de un viejo reloj mágico acompañaba la calma de la noche. Aunque el lugar era tranquilo, él apenas podía dormir. Miraba el techo sin parpadear, con la mente aún revuelta por lo vivido el día anterior. La prueba práctica, la explosión del recipiente, la reacción de sus amigos... y el desmayo.
Suspiró y giró su rostro hacia la ventana.
Entonces lo vio.
Una chispa iluminó el cielo... seguida de otra. Un estallido de colores tiñó la noche de rojo, azul y dorado. Los fuegos pirotécnicos pintaban el firmamento como si alguien estuviera escribiendo con luz sobre un lienzo de oscuridad. Biel se incorporó, empujando ligeramente la sábana. Caminó hasta la ventana descalzo, sintiendo el frescor de la noche filtrarse por los cristales.
Sus ojos se agrandaron al ver la ciudad de Renacelia vibrar de vida.
—Fuegos artificiales... —susurró.
Y su memoria, como un reflejo involuntario, lo arrastró. A otra noche, en otro mundo.
Unas manos pequeñas entrelazadas con las suyas. La risa de una niña. Charlotte. Su hermana.
Ambos sentados en la azotea de su antigua casa, observando cómo las luces de Navidad estallaban en el cielo. Ella se emocionaba con cada explosión como si el universo le hablara directamente. Y él... simplemente la miraba a ella.
—Ojalá ese instante se hubiera congelado en el tiempo... —murmuró.
Sintió una punzada de nostalgia, pero no triste. Era un calor melancólico en el pecho, como una caricia que venía del pasado.
Miró al cielo y, con una sonrisa serena, dijo:
—Espero que puedan ver esto. Allá arriba... o donde sea que estén ahora. Lo lograron. Dejaron una huella en este mundo. Gracias... a todos.
Y con esas palabras, cerró los ojos y volvió a su cama. El sueño, por fin, se permitió llegar.
La mañana siguiente se presentó con una luz cálida y amable que se filtraba por las cortinas. Biel abrió los ojos, algo aturdido, y al darse cuenta de que seguía en la clínica, murmuró:
—Bueno... eso fue un descanso extraño.
Se estiró y se miró. Aún llevaba la bata de paciente, y su ropa anterior estaba sobre una silla cercana... pero completamente empapada de sudor.
—Genial... —frunció el ceño—. ¿Y ahora qué me pongo?
Como si el universo hubiera escuchado su preocupación, la puerta se abrió suavemente. Una mujer entró con paso ligero, llevando una bandeja y una caja pequeña en la mano.
—Vaya, justo a tiempo —dijo ella con una sonrisa elegante—. Veo que ya estás despierto, Biel.
Biel parpadeó.
—¿Usted es...?
—Reiko. Soy la doctora encargada de esta sección del instituto. Encantada. —Dejó la caja sobre la mesa con cuidado—. Me alegra que ya te sientas mejor.
Biel se incorporó, algo nervioso. Ella era... increíblemente guapa. Su bata blanca contrastaba con su largo cabello azabache que le caía por el hombro izquierdo como una cascada silenciosa. Sus ojos, color miel, parecían leer más de lo que decían.
—E-Encantado... yo soy Biel. —Hizo una leve reverencia con la cabeza.
Reiko soltó una risita.
—Sí, lo sé. Eres el chico de la explosión, ¿recuerdas?
Biel se rascó la nuca, incómodo.
—Eso... fue un accidente.
—Claro. Uno muy interesante —dijo con picardía.
Señaló la caja.
—Esto te lo trajo una chica anoche. Dijo que debía entregarse a un tal Biel. Supuse que eras tú.
Biel se acercó, curioso. La caja brillaba con un leve resplandor mágico. En cuanto la tocó, se activó un mensaje flotante con letras danzantes:
"Aquí te envío una muda de ropa. Sé que tu ropa anterior está sudada. Pero no creas que te lo doy porque me gustas o algo así... no lo malinterpretes."51Please respect copyright.PENANA8v9GgejPus
—Acalia.
Biel sonrió mientras se tapaba la boca para no reír fuerte.
—Gracias, Acalia... aunque no quieras que lo malinterprete, esto se siente muy tsundere de tu parte.
Reiko, con una ceja arqueada, dijo:
—¿Acaso estás leyendo un mensaje secreto?
—¡Ah! No, nada, nada. Solo... cosas de amigos. —dijo rápido, cerrando el mensaje flotante con un gesto torpe.
Dentro de la caja había un conjunto impecable: un cárdigan gris oscuro, camisa blanca con cuello reforzado, un broche en forma de nudo con piedra negra, pantalones formales con una cadena plateada que colgaba con discreción. Todo perfectamente doblado, como si Acalia hubiera hecho magia de planchado nivel experto.
Reiko asintió al ver la ropa.
—Te ves más guapo con eso que con esa bata de hospital, créeme. Pero no me mires así, no te estoy coqueteando... solo siendo honesta. —dijo guiñándole un ojo antes de salir—. Cámbiate, que te espero afuera. Invito el desayuno.
Biel se quedó paralizado unos segundos, en shock.
—¿Co-cómo que me invita? Espera... ¡ni siquiera tengo dinero!
Pero ya era tarde. La puerta se cerró con un suave click.
Biel se cambió rápidamente. La ropa encajaba perfectamente, como si Acalia hubiese tomado medidas exactas mientras dormía. Al verse en el espejo, murmuró:
—Parezco alguien importante... aunque solo soy yo.
Cuando salió, Reiko lo esperaba recargada contra la pared, brazos cruzados y sonrisa tranquila.
—¿Listo?
—Listo... y hambriento.
—Perfecto, el mejor tipo de paciente.
Mientras caminaban por los pasillos del instituto, Biel se quedó boquiabierto.
—¿Esto... también es parte del instituto?
—Ajá. Esto no es solo una escuela mágica, Biel. Es prácticamente una ciudad universitaria. Tiene cafeterías, coliseos, bibliotecas, laboratorios, jardines... hasta su propio sistema de transporte interno.
—¿Y yo solo conocí la sala de pruebas?
—Te falta mucho por explorar, futuro aspirante.
Caminaron por senderos adoquinados entre edificios que brillaban con runas flotantes y vegetación que parecía susurrar al viento. Algunos estudiantes ya caminaban hacia sus respectivas clases o edificios. El ambiente era cálido, lleno de energía y misterio.
Biel miró a su alrededor, maravillado.
—Esto es increíble...
Reiko asintió, mientras abría la puerta de una cafetería encantada.
—Bienvenido al Instituto de Historia Mágica de Renacelia. Donde lo imposible... apenas está comenzando.
El desayuno se esfumó más rápido de lo que Biel esperaba. Pan recién horneado, huevos revueltos con especias encantadas, y un jugo brillante de frutos mágicos lo dejaron lleno... y curioso. No solo por la comida, sino por lo que había fuera de su campo de visión hasta ese día.
—¿Todo esto es... parte del instituto? —preguntó mientras caminaba al lado de Reiko.
Ella se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y sonrió.
—¿Recién te das cuenta? Lo de ayer fue solo la puerta. Lo que estás por ver, Biel... es Renacelia en su forma más viva.
Avanzaron por un sendero empedrado que vibraba levemente con la presencia de maná en el aire. Pronto, un edificio majestuoso emergió ante ellos como si hubiese sido esculpido por los mismísimos secretos del universo.
Torre Central "Aeternum Core"
Se alzaba como un coloso gótico de obsidiana y cristal encantado. Sus paredes eran un mosaico de vitrales animados, donde escenas del pasado se proyectaban como sueños vivos: la fundación del instituto, duelos históricos, pactos mágicos sellados con sangre y maná. Cada paso que daban hacia la entrada era como adentrarse en una historia que respiraba.
—Esto es... —Biel se detuvo— ...un archivo viviente.
—Correcto —asintió Reiko—. Esta torre guarda cada registro, cada evento, cada estudiante que ha pasado por el instituto. El núcleo central, el Aeternum Core, está flotando en la cima, donde el tiempo y la memoria convergen.
Las puertas se abrieron con un leve susurro cuando Reiko pronunció su nombre junto a una fórmula mágica. Biel notó que unas pequeñas luces flotantes se alineaban con su respiración.
—Sensores de maná. El instituto te está midiendo —explicó Reiko—. No te preocupes. Solo sienten quién eres.
Al entrar, un panel holográfico se desplegó ante ellos. Flotaban estadísticas mágicas, horarios, e incluso alertas del clima. Un ascensor en espiral descendió sin que nadie lo llamara.
—Este solo responde si tu afinidad mágica es reconocida por el núcleo. Pero como ya estás registrado... —Reiko hizo una señal para que subiera—. Vamos. Esto apenas comienza.
Subieron.
Mientras tanto, Biel observaba como un niño en una feria de maravillas. Cada piso que ascendían revelaba estructuras flotantes, libros giratorios, círculos rúnicos girando alrededor de esferas de luz.
—Esto es mejor que cualquier templo o castillo que haya visto jamás... —murmuró.
Coliseo de Entrenamiento "Circulus X"
Al salir de la torre por un puente flotante, se encontraron con un estadio circular sostenido por anillos antigravitacionales. Las gradas giraban en silencio, suspendidas por magia pura. Desde afuera ya se escuchaban ecos de entrenamientos y gritos de emoción.
—Aquí se entrenan y compiten los estudiantes más avanzados —dijo Reiko—. Cada combate se adapta al estilo de los duelistas. El terreno se transforma: desiertos abrasadores, bosques sombríos, ruinas voladoras... lo que sea.
—¿Y los espectadores?
—Usan aros sensoriales. Pueden "sentir" el duelo en carne propia. El sudor, el impacto, incluso el miedo. —Sonrió—. Emocionante, ¿no?
Biel tragó saliva.
—Eso... me suena a peligroso.
—Para los débiles de corazón, sí. Para nosotros... es rutina.
Estadio de Campeonatos "NeoEclipse"
Luego caminaron hasta una estructura titánica que parecía haber sido extraída de un sueño mitológico. Piedras negras talladas con grabados dorados. Torres con cúpulas que se abrían como una flor mecánica.
—Este es el lugar de las leyendas. Aquí se celebran los campeonatos oficiales. Solo los mejores llegan.
Un rugido recorrió el aire. Biel miró hacia arriba y vio cómo la cúpula se abría... el cielo cambió, oscureciéndose, reflejando una emoción... ira. Una batalla debía estar ocurriendo en ese instante.
—El cielo reacciona al estado emocional del combate —explicó Reiko—. Es un campo de resonancia mágica. Y la IA del estadio narra los combates. La voz... te juro que hace temblar hasta a los profesores.
—¿Una inteligencia arcana? —preguntó Biel—. ¿Como un narrador viviente?
—Exacto. Y muy sarcástico, por cierto.
Jardín Ecolumínico "Alcrim Bloom"
Siguieron por un sendero lleno de raíces que vibraban bajo los pies. Al cruzar un arco de hiedra encantada, Biel se encontró en medio de un biolaboratorio viviente. Luces de maná flotaban entre flores que susurraban. Árboles milenarios proyectaban hologramas con sus historias, y unos pequeños drones-poliniza danzaban como colibríes mecánicos.
—¿Este lugar es... consciente? —preguntó, tocando una flor que brilló al contacto.
—Sí. Cada planta responde a una afinidad mágica. Si una flor reacciona, es porque te acepta.
Una flor púrpura abrió sus pétalos al paso de Biel.
—Parece que le agradas. —Reiko le guiñó un ojo.
—Espero no tener que casarme con una planta —bromeó él.
—Tranquilo. Solo las del fondo son posesivas.
Auditorio "Vox Magna"51Please respect copyright.PENANA4jbnZKUOWo
Laboratorios "Arcanexus"51Please respect copyright.PENANA8n3Bhf1esw
Biblioteca "Memoria de los Arcanos"
Pasaron por el majestuoso auditorio, donde se escuchaban ecos de discursos de antiguos héroes. Biel se detuvo cuando una imagen de luz mostró una batalla grabada en forma de neblina.
—¿Eso... soy yo?
—Uno de los registros antiguos. —Reiko no dijo más.
Luego bajaron a los laboratorios. El ambiente cambió a un tono más frío, más metálico, como si caminaran en una cripta sagrada de la ciencia. Círculos de contención, cristales de monitoreo, entrenadores virtuales flotaban como estatuas espectrales.
En la biblioteca, los libros flotaban y se ordenaban solos. Uno de ellos se le acercó y susurró su nombre. Biel lo miró, y el título decía: Fragmentos del Eclipse: teoría y leyendas.
—No tengo tiempo para esto... —susurró, dejando el libro flotar de nuevo.
Templo Tecnomístico "Catedral del Maná"
Finalmente llegaron a un lugar de silencio absoluto. No por reglas, sino por respeto.
El Templo del Maná.
Pilares flotantes, vitrales digitales, fórmulas que brillaban en el aire como constelaciones rotas. En el centro, un reloj astral... que no marcaba horas. Solo un símbolo, que parecía cambiar con los latidos del alma.
—¿Y esto...?
—Marca el destino, no el tiempo —respondió Reiko con un tono más solemne.
Biel sintió que algo lo observaba... o que algo dentro de él comenzaba a recordar.
—¿Crees en el destino, Reiko?
—Creo en aquellos que no lo dejan escrito en piedra —respondió ella—. Y tú, Biel... tienes cara de uno que lo reescribe con fuego.
—Me gustaría poder estudiar aquí algún día... —suspiró Biel, aún con el rostro empapado en asombro.
Reiko lo miró de reojo y soltó una risa corta y melodiosa.
—¿Cómo que algún día? Biel, tú ya estudias aquí.
—¿Eh?
—¿No viste cómo el sensor de maná te reconoció esta mañana en la torre? —explicó con una sonrisa casi burlona—. Eso solo ocurre cuando un estudiante ya ha sido aceptado oficialmente en el núcleo del instituto.
Biel abrió la boca, luego la cerró. Parpadeó dos veces.
—¿QUÉEEEEEEEEEEEEEEEEE?
Su voz retumbó por todo el pasillo y una de las paredes de cristal encantado le devolvió un eco más dramático del necesario. Reiko se llevó la mano a la frente con resignación.
—Dramático y todo, pero sí... desde que pasaste la prueba, ya eres parte de este lugar. Felicidades, estudiante Biel —dijo, haciendo un saludo improvisado con dos dedos.
—Vaya... esto va muy rápido. —Biel se rascó la nuca—. Ayer estaba lanzando espinas en una prueba de precisión y hoy soy parte de una ciudad mágica flotante con ascensores que detectan tu alma...
—Y eso que aún no te muestro los dormitorios. —dijo Reiko, cruzándose de brazos con una sonrisa traviesa—. ¿Quieres verlos?
—¿Dormitorios? ¿Ya tengo habitación asignada?
—Por supuesto. Todo aquí está sincronizado con tu aura desde que entraste. Vamos, te muestro el camino.
Dormitorio de Chicas – "Albae Nox"
Pasaron primero cerca del ala norte, donde se alzaba un edificio de piedra clara con ventanales en forma de lunas crecientes. La estructura parecía extraída de una novela de fantasía gótica, pero al mismo tiempo, rebosaba de una armonía moderna y mágica.
—Aquí viven las chicas. —explicó Reiko, bajando el tono de voz como si compartiera un secreto—. Las habitaciones son compartidas por dos estudiantes, pero cada cama tiene un domo antimagia para un descanso profundo sin interrupciones. Y sus tocadores son... bueno, más listos que algunos magos.
Desde la ventana abierta, Biel escuchó una chimenea que murmuraba un cuento antiguo. Literalmente murmuraba, con voz suave y pausada.
—¿Eso es... una chimenea narradora?
—Ajá. Ideal para leer novelas encantadas mientras tomas té flotante en los sofás levitantes.
—¡Quiero una!
—No seas ridículo, esa es solo para chicas. —Le sacó la lengua—. Aunque, si insistes, puedo disfrazarte y...
—¡No gracias! —Biel dio un paso atrás.
Dormitorio de Chicos – "Draconis Ventus"
El edificio de los chicos era otra historia. Una fortaleza de piedra oscura y metal bruñido, con antorchas de energía azul ardiendo sobre los muros. Si el de las chicas era un poema, este era un grito de guerra elegante.
—Aquí es donde te hospedarás. Las habitaciones también son dobles, con armarios encantados que clasifican la ropa según tu afinidad mágica. Y sí, hay una sala común con mesas de estrategia y pantallas para ver duelos clásicos.
—Espero que mi compañero no ronque como ogro. —dijo Biel, medio en broma.
—¿Sabes usar el comando de insonorización rúnica?
—...Voy a aprenderlo.
Gran Sala de la directora – "Sala Solaris"
Pasaron por un salón circular con ventanales que proyectaban estrellas y constelaciones en movimiento. Las paredes estaban cubiertas de retratos animados de antiguos directores que a veces murmuraban consejos... o críticas.
—Este es el centro administrativo del instituto. Aquí vive la directora. —dijo Reiko con respeto.
El techo reflejaba un cielo emocional. En ese momento, una aurora color celeste danzaba lentamente.
—¿Ese color significa que está de buen humor?
—Sí. Si ves rojo, sal corriendo.
—Anotado.
Campo de Educación Física – "Terreno de Titanes"
A lo lejos, se extendía una llanura mágica que cambiaba de forma frente a sus ojos: césped que se volvía arena, luego caminos elevados, luego bloques flotantes.
—Aquí entrenamos el cuerpo. —dijo Reiko—. Sin excusas. ¿Ves esas torres? Proyectores mágicos que cambian el clima: niebla, lluvia, calor, ¡lo que sea!
—¿Y los profesores?
—Llevan brazaletes para modificarlo todo en tiempo real. Si les caes mal... te va a llover encima. Literalmente.
Gimnasio – "Fortia Maxima"
Un edificio semienterrado como una fortaleza moderna. Al entrar, Biel vio plataformas flotantes, sacos de boxeo que se defendían, pesas con runas de gravedad variable, y cámaras de presión arcana.
—Aquí vas a sudar. Mucho. —dijo Reiko, sonriendo con cierto sadismo.
—¿Eso de allá es una cinta caminadora que lanza rayos si te detienes?
—Sí, es para los flojos. ¿Te animas?
—Estoy bien con el terreno de titanes...
Restaurante del Instituto – "El Banquete de los Arcanos"
Luego llegaron al gran comedor, un salón monumental con techos abovedados, lámparas flotantes y mesas de roble encantado. Tapices animados mostraban escenas de festivales antiguos, donde comida flotaba entre magos bailando.
—Aquí puedes comer sin preocuparte de cocinar. El menú cambia según tu tipo de magia. —explicó Reiko.
—¿Comida personalizada?
—Claro. Tú, por ejemplo, tienes afinidad con oscuridad... te recomendarán platos más energéticos y densos. Yo, como usuaria de maná puro, prefiero comidas ligeras.
—Entonces tú comes ensaladas de luz y yo sopas de sombras, ¿no?
—Algo así.
En una esquina, un golem chef lanzaba ingredientes al aire mientras una cuchara mágica lo seguía dando vueltas. Biel olió un guiso que parecía tener aroma de bosque lluvioso con especias negras.
—¡Ese... huele como las sopas que hacía mi madre! —exclamó, con los ojos brillando.
—Ese plato se llama "esencia lunar". Lo preparó el chef principal... un exalumno legendario. Dicen que su comida puede hacer llorar a un dragón.
—Quiero dos.
Zonas Especiales
Caminaron por un jardín interior con candelabros flotantes y cascadas susurrantes.
—Estas son las zonas de afinidad. Lugares donde puedes meditar o simplemente relajarte en un ambiente que coincide con tu magia.
—Me gusta esta... —dijo Biel, tocando una roca flotante envuelta en sombras suaves—. Es... acogedora.
—Bienvenido al rincón de los oscuros sensibles. —bromeó Reiko.
Pasaron por una plataforma elevada con vista panorámica del jardín Etheria.
—Ese es el sector VIP. Solo para los "Siete Santos" o eventos especiales.
—¿Y yo puedo subir?
—Cuando tengas título de santo.
—Ah, bueno. ¡En cinco años hablamos!
Finalmente, llegaron a un puesto de snacks. Dulces que levitaban, cafés que cambiaban de color, postres que cantaban melodías suaves.
—¿Sabías que hay un pastel que canta una canción cuando lo cortas?
—¿Y qué canción?
—"Bienvenido al Instituto". —respondió Reiko con una reverencia teatral.
Biel soltó una carcajada.
—Entonces... supongo que ya soy oficialmente parte de esto.
—Así es, Biel. Bienvenido al Instituto de Historia Mágica. Aquí, tu destino... solo acaba de comenzar.
Mientras caminaban bajo un pasillo encantado cuyos vitrales vivos proyectaban escenas de antiguos duelos gloriosos, Biel, aun procesando lo visto, recordó algo que Reiko había mencionado.
—Dijiste hace rato algo sobre los VIP... ¿O sea que solo los mejores estudiantes pueden estar en ese sector? —preguntó, girando la cabeza hacia ella con curiosidad chispeando en sus ojos.
Reiko asintió con una sonrisa enigmática.
—Exacto. Aunque ese espacio no solo está reservado para los mejores... también es territorio de los Siete Santos.
Biel frunció el ceño. El nombre tenía peso.
—¿Los Siete Santos? ¿Quiénes son ellos?
—La élite del instituto. —respondió Reiko con tono solemne—. Estudiantes que han llevado a Renacelia a lo más alto en las competencias interregionales. Gente con habilidades tan extraordinarias que incluso los profesores les tienen respeto.
—¿Y esas competencias se llaman...?
—
—Vaya... hasta el nombre suena elegante. —dijo Biel, entrecerrando los ojos.
—Y peligroso. —añadió ella, bajando ligeramente la voz—. Es una plataforma donde las ciudades y reinos demuestran el verdadero potencial de sus institutos. Los mejores estudiantes compiten en pruebas mágicas, teóricas y, por supuesto, duelos frente a los representantes de todo el continente.
Biel tragó saliva. Su mente no tardó en llevarlo al pasado. Aquella guerra. Aquellas tierras...
"Claiflor...", susurró mentalmente, al recordar el nombre.
Un reino que en su antigua vida había luchado valientemente contra Domia. Y más allá del campo de batalla, una imagen se filtró como una hoja en el viento: la princesa Keshia. Su mirada desafiante. La promesa forzada que lo convirtió en su prometido por capricho político del rey de Lunarys.
Biel suspiró con el pecho apretado por memorias que no terminaban de sanar.
—¿Y quiénes son los que compiten actualmente? —preguntó, esforzándose por mantener la voz firme.
Reiko notó el cambio en su expresión, pero no dijo nada.
—Muchas ciudades y reinos tienen sus propios institutos mágicos, similares al nuestro —explicó con una cadencia suave—. Pero los más importantes y constantes en el CADRC son cinco. Te los diré por orden en el ranking actual.
—Adelante —dijo Biel, cruzándose de brazos con leve interés. Aunque en su mente, la palabra "Claiflor" palpitaba como una herida vieja.
—En quinto lugar, está Marciler. —empezó Reiko—. Una ciudad que, aunque quedó rezagada por muchos años, recientemente ha tenido un crecimiento interesante. Sus estudiantes tienen mucha disciplina.
—Marciler... —murmuró Biel, reconociendo el nombre. Otro lugar que había quedado marcado en la historia, albergando grandes conflictos... y errores.
—En cuarto lugar, está Lunarys. —continuó—. Su sistema de enseñanza se ha modernizado, y aunque arrastran cierta arrogancia aristocrática, sus estudiantes son temidos en el campo de batalla.
Biel apretó los puños levemente.
—Sí... esa arrogancia aún no ha cambiado.
—En tercer lugar, está Etheria. —dijo Reiko.
Biel se detuvo.
—¿Etheria?
—¿Te sorprende? —preguntó ella.
—Nunca escuché de ese lugar... —murmuró. Su ceño se frunció más que nunca.
En sus recuerdos de hace doscientos años, jamás se mencionó una ciudad con ese nombre. Ni en las guerras. Ni en los consejos. Ni siquiera como aliada o enemiga. Era como si... hubiera aparecido de la nada.
—Es una ciudad muy misteriosa. —agregó Reiko, captando su desconcierto—. Se dice que su origen es más espiritual que geográfico, y que no está completamente alineada a este plano. Muchos creen que Etheria se formó a partir de antiguas raíces mágicas que estaban selladas.
—...Una ciudad que no existía... y ahora es la tercera mejor del continente. —Biel lo pensó como quien siente un presentimiento en la nuca.
—En segundo lugar, estamos nosotros: Renacelia. —dijo Reiko, volviendo a caminar—. Nuestro instituto es de los más antiguos, pero también el más flexible con los estudiantes no comunes. Y eso ha marcado una gran diferencia.
—¿Y en primer lugar?
—Claiflor. —dijo sin rodeos.
El corazón de Biel dio un pequeño salto.
—Claro... —susurró.
Reiko lo miró con algo de compasión.
—¿Tienes algún lazo con ese lugar?
Biel la miró en silencio, una sonrisa apenas visible en su rostro.
—Digamos que conocí a alguien de ahí.
—¿Importante?
—Mucho más de lo que quisiera admitir.
Ella asintió, sabiendo que no debía presionar.
—Bueno... cada uno de estos lugares cuenta con institutos mágicos como el nuestro. Con instalaciones similares, academias completas, e incluso conexiones de portales entre los núcleos de cada ciudad. Pero lo mejor...
—¿Sí?
—...es que cada cierto tiempo se realiza una reunión interinstitucional. Un evento que dura un mes completo, donde estudiantes de todas las ciudades conviven en un campo neutral a las afueras de Lunarys.
—¿Un campamento mágico? —preguntó Biel, con el tono de quien no decide si está emocionado o aterrorizado.
—Más que eso. Es una experiencia donde los mejores estudiantes del continente viven, entrenan, aprenden... y luchan. —dijo Reiko con un destello de emoción en los ojos—. Es allí donde nacen los lazos más fuertes y también las rivalidades más peligrosas.
—Eso suena... emocionante. —dijo Biel, cruzando los brazos—. ¿Y puedo participar?
—Depende de tus resultados. —respondió con una sonrisa misteriosa—. Pero si sigues así, no lo dudaría ni un segundo.
Biel miró al cielo artificial que cubría el instituto, simulando una tarde despejada. El viento soplaba suavemente, como si el mismo destino respirara junto a él.
En su mente, nombres del pasado se mezclaban con los del presente. Claiflor. Keshia. Lunarys. Marciler. Y ahora... Etheria.
Todo era distinto. Todo era nuevo. Pero una cosa estaba clara:
La historia... estaba a punto de repetirse.
Biel observaba los altos muros del instituto desde el sendero de piedra encantada que lo conducía hacia la entrada principal. El cielo brillaba con esa calma artificial que Renacelia sabía controlar tan bien, como si cada nube hubiese sido pintada en su sitio exacto. Mientras caminaba, pensaba en todo lo que había descubierto en tan poco tiempo.
—Es impresionante cómo todas las ciudades y reinos han evolucionado a lo largo de estos doscientos años... —murmuró en voz baja.
Cerca de él, Reiko lo escuchó y sonrió, con las manos tras la espalda.
—Bueno, es hora de que vayas a la entrada del instituto —le indicó con tono sereno—. Allí darán las indicaciones y normas del campus. Es algo obligatorio para todos los nuevos estudiantes.
—Entendido. —respondió Biel, con una leve reverencia.
Salió corriendo con una energía contenida, como si cada paso lo empujara a una nueva página de esta historia. Reiko lo siguió con la mirada mientras el viento jugaba con su cabello.
—Ese chico... es impresionante. —susurró.
Entonces, una figura emergió de entre las sombras, como si el aire mismo se apartara para dejarlo pasar. Llevaba una chaqueta negra sin insignias, pero con bordes encantados que emitían un fulgor azul tenue. Sus ojos eran afilados como cuchillas y su expresión, tan serena como un océano antes de una tormenta.
—¿O no lo crees... hermano? —Reiko preguntó sin girarse.
—Eso lo comprobaré cuando lo enfrente. —respondió él, con voz grave.
Y sin otro gesto, desapareció de nuevo en la bruma del corredor. Reiko negó con la cabeza, suspirando con cierta ternura.
—Takeshi... tú nunca cambias. Pero sé que él te hará cambiar de parecer.
Biel llegó jadeando a la entrada principal del instituto, donde ya se habían congregado todos los nuevos aspirantes. Allí estaban sus amigos: Acalia, Sarah, Easton, Xantle, Gaudel y Say. Los saludó con una sonrisa mientras se limpiaba el sudor de la frente.
—¡Ey! —exclamó con la voz agitada—. ¡Llegué justo a tiempo!
Acalia arqueó una ceja y lo miró de arriba abajo.
—¿Por qué vienes agitado?
—Estaba en los interiores del instituto. ¡El lugar es fascinante!
Un estudiante de brazalete azul que pasaba cerca giró su cabeza con desdén.
—Qué mentiras les dices a tus amigos... —dijo con sorna—. Solo los estudiantes del instituto pueden ver sus instalaciones. Alguien como tú, con una habilidad no común, no tiene ni el mínimo lugar aquí.
Y se alejó con paso arrogante.
Acalia hizo un gesto con la mano, como para lanzarle una piedra mágica.
—¿Y a este qué le sucede? ¿Por qué no le dijiste nada, Biel?
Pero Biel solo sonrió y se encogió de hombros.
—No me importa lo que digan. Las críticas no me llaman la atención. Prefiero gastar energía en lo que realmente importa.
Acalia lo observó con detenimiento. Su tranquilidad era contagiosa. Sarah, que estaba al lado, asintió en silencio.
—Eres un idiota noble... —murmuró Acalia.
Desde lo lejos, una mano se alzó con elegancia. Era Raizel, que saludaba a Biel con una media sonrisa. Él respondió con el mismo gesto, notando justo después una figura entre la multitud: Bastian.
El aura oscura a su alrededor era casi imperceptible, pero Biel podía sentirla como una presión en el pecho.
Y justo al lado... ella.
La chica idéntica a Yumi. Con la misma mirada, el mismo cabello, pero con otra identidad. Aún no lo comprendía del todo.
Un silencio repentino lo sacó de sus pensamientos. Todos se giraron.
La directora había aparecido.
Vestía una túnica plateada que flotaba ligeramente sobre el suelo, y su presencia imponía como una tormenta silenciosa. Sus ojos, intensos como lunas en eclipse, se posaron sobre los estudiantes.
—Bienvenidos —dijo con una voz tan cálida como firme— a todos los nuevos estudiantes del Instituto de Historia Mágica.
Un murmullo recorrió el grupo. Algunos se miraban entre sí, incrédulos.
—¿Nos dijo... "bienvenidos"? —susurró Xantle.
—¿Eso quiere decir... que aprobamos? —preguntó Sarah, con los ojos brillando.
La directora alzó una mano y habló con claridad:
—Todos aprobaron el examen. A partir de hoy, son oficialmente estudiantes del Instituto. Felicidades.
La alegría fue inmediata. Algunos se abrazaron, otros simplemente respiraron aliviados. Say levantó ambos brazos y gritó:
—¡Sí, carajo! ¡Sabía que lo lograríamos!
La directora prosiguió:
—Tendrán clases de lunes a viernes desde las 8 de la mañana hasta las 2 de la tarde. Luego de ese horario, el tiempo será libre para que estudien, entrenen... o simplemente disfruten su juventud.
Unas pequeñas risas se escucharon entre los estudiantes.
—Los fines de semana podrán salir del campus para visitar a sus familias o hacer sus compras. Aquí dentro encontrarán todo lo necesario: dormitorios, baños, cocina, comedores, laboratorios, salones de estudio y entrenamiento. Sus habitaciones ya están asignadas, al igual que sus compañeros de cuarto. Los uniformes se encuentran en los armarios encantados.
Reiko, desde una torre, observaba la escena. Sonreía en silencio.
—Y finalmente... —anunció la directora— quiero mencionar al estudiante que obtuvo 100% en el examen de admisión. El único en lograrlo en esta generación.
El silencio se volvió absoluto.
—Ese estudiante es... Biel.
El aire se congeló un segundo. Luego, estalló en reacciones variadas.
—¡¿Qué?! —dijo un estudiante con incredulidad.
—¡Imposible! —murmuró otro—. ¿Un no común?
—Debe ser un error del sistema.
Pero otros comenzaron a aplaudir. Raizel sonrió. Gaudel cruzó los brazos, orgulloso. Sarah lo miró con ternura. Acalia rodó los ojos, pero sonreía.
—Tsk, presumido...
Easton silbó fuerte.
—¡Eso, hermano! ¡Así se hace!
Biel solo bajó ligeramente la cabeza, sintiendo todas las miradas encima.
—No hice nada especial... —dijo en voz baja, aunque en su interior, una chispa de orgullo ardía silenciosa.
—Sí hiciste. —susurró Acalia, justo a su lado—. Nos salvaste desde el primer día.
Y entonces... el primer paso como estudiante de Renacelia estaba completo.
Pero el verdadero viaje apenas comenzaba.
El aire en Renacelia parecía distinto esa mañana. A pesar de la brisa suave y del cielo despejado, había una tensión suspendida sobre todos los estudiantes reunidos en la explanada del Instituto de Historia Mágica.
Biel caminó lentamente hacia el centro del estrado, sin buscar protagonismo, pero con una mirada decidida. A su alrededor, los murmullos aún resonaban como ecos en una cueva mágica: "¿De verdad él sacó 100%?", "¿Ese chico de brazalete naranja?", "Debe haber sido suerte...".
Pero al verlo subir al escenario, poco a poco el silencio se hizo respetuoso.
El director de protocolo, un profesor de lentes flotantes y voz chillona, le entregó una pequeña runa de amplificación de sonido. Biel la sostuvo, un poco torpe al principio, luego asintió. Respiró profundo. Las palabras querían salir todas de golpe, pero las contuvo. Cerró los ojos y se conectó consigo mismo.
—Hola a todos. —comenzó con voz firme, aunque cargada de humildad—. Mi nombre es Biel... y sí, soy ese chico que obtuvo 100 puntos en el examen de admisión.
Un par de risas suaves se escaparon del público. Biel sonrió también, como si hubiera querido romper él mismo la tensión.
—Sé lo que muchos están pensando... que es raro, que es sospechoso, que es imposible que alguien con una habilidad no común esté en este escenario. Que alguien como yo... no debería estar aquí.
Guardó silencio por un segundo. Lo justo para que la brisa le acariciara el cabello y para que todos contuvieran el aliento.
—Yo también me hice esa pregunta. —dijo con honestidad—. "¿De verdad pertenezco aquí?" "¿Tengo lo necesario para estar en este lugar, con estudiantes de alto nivel, con personas admirables y poderosas, con los mejores de cada reino?"
Miró de reojo a sus amigos entre la multitud. Sarah, con los ojos grandes y brillantes. Acalia, cruzada de brazos, intentando no parecer conmovida. Easton agitando la mano como si no pudiera quedarse quieto. Xantle, dándole un pulgar arriba. Gaudel, firme como una estatua de sabiduría. Say, casi al borde de aplaudir sin permiso.
—La respuesta es sí. Sí pertenezco aquí. No porque tenga el poder más grande ni la habilidad más brillante... sino porque tengo algo que no se puede medir en una esfera mágica, ni en un examen teórico.
La runa de amplificación titiló un momento cuando su voz adquirió un matiz cálido.
—Tengo una voluntad que no se rinde. Un corazón que ha visto oscuridad... y aún así, ha decidido seguir creyendo en la luz. Tengo amigos... personas que quizás hoy no recuerdan cuánto significan para mí, pero a quienes nunca dejaré atrás. Aunque sus caminos estén cubiertos por niebla... yo estaré allí, sosteniendo una antorcha para guiarlos.
La directora, desde una torre con ventanales abiertos, lo observaba en completo silencio. Sus dedos acariciaban la barandilla, y por un momento, su expresión impenetrable se suavizó.
—Y también quiero decir esto. —prosiguió Biel, su voz más fuerte ahora—. Nadie es más o menos por tener una habilidad común o no común. Las habilidades no definen la grandeza de una persona... lo hacen sus acciones. Su coraje. Su capacidad de mirar al que tiene al lado y tenderle la mano.
Las palabras calaban como gotas de maná purificado. Uno a uno, los estudiantes comenzaron a erguirse con más atención.
—Yo he conocido personas con habilidades comunes que hicieron cosas extraordinarias. Y también conocí seres con poderes divinos que se perdieron en su propio orgullo.
Las palabras de Biel flotaban como constelaciones entre todos los presentes.
—El respeto no se exige. Se gana. Y yo no quiero que me teman... ni que me alaben. Solo quiero que luchen conmigo. Que estudien conmigo. Que crezcan conmigo. Porque si algo he aprendido es que ningún poder —por inmenso que sea— sirve de nada... si no tienes a alguien con quien compartirlo.
Un viento cálido sopló desde el jardín. Como si el mismo Árbol Luminar susurrara en aprobación.
—Así que, si alguna vez sienten que no son suficientes, que no encajan, que están solos en este inmenso universo mágico... busquen a su lado. Puede que haya alguien que, en silencio, esté dispuesto a caminar con ustedes.
Biel bajó la mirada por un momento. Y luego volvió a sonreír.
—Gracias por escucharme. Gracias por darme este lugar. Les prometo que no lo voy a desperdiciar. Porque, aunque venga de lejos... aunque haya nacido en una aldea olvidada... ahora soy uno de ustedes.
Se giró y miró hacia los estandartes flotantes del Instituto, ondeando como banderas de esperanza bajo el cielo encantado.
—Soy un estudiante del Instituto de Historia Mágica. Y haré todo lo posible por ser digno de ese nombre.
Un segundo de pausa.
Y entonces... un aplauso.
Dos.
Diez.
Cientos.
Como una lluvia de estrellas, los aplausos comenzaron a llover desde todos los rincones. Algunos con sinceridad, otros con respeto, otros simplemente contagiados por la emoción del momento.
Incluso el estudiante que antes lo había despreciado... miraba ahora en silencio, sin saber qué decir.
Sarah se limpió una lágrima con disimulo. Acalia se cruzó aún más los brazos, disimulando el leve temblor de su labio. Easton saltaba en el mismo sitio como si hubiese visto a su equipo ganar un campeonato. Y la chica parecida a Yumi... se quedó en absoluto silencio, con los ojos fijos en Biel.
Reiko, desde uno de los pasillos superiores, murmuró mientras tomaba nota en su tableta mágica:
—Y así comienza... el verdadero viaje.
Biel bajó del estrado sin prisa. Caminaba como quien sabe que no todos le han aceptado... pero que ahora al menos lo escucharon.
Y eso, en un mundo lleno de ruido, ya era un gran comienzo.
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