Dos días después...
El sol se filtraba entre las nubes como si intentara, tímidamente, empujar al mundo hacia un nuevo comienzo. En Renacelia, la ciudad donde lo mágico y lo moderno se abrazaban sin complejos, el cielo tenía un azul limpio que parecía haber sido pulido por los dioses. Era una mañana especial.
Biel, que había pasado los últimos tres días en la casa de Acalia, se levantó con una sonrisa serena. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que su alma descansaba. Vivir en ese hogar cálido, entre cenas sencillas, risas espontáneas y el ladrido ocasional de un perro vecino que confundía mariposas con amenazas, le había dado una calma casi mágica.
Acalia bajaba por las escaleras ajustando su chaqueta blanca con bordes azules, sus hombreras suaves ligeramente ladeadas. El broche con la estrella triple brillaba sobre su pecho. Su falda dividida caía en pliegues firmes sobre los pantalones delgados, mientras las botas encantadas emitían un leve resplandor con cada paso.
—¿Ya estás listo? —preguntó ella, viendo a Biel pelear con una arruga en su abrigo negro.
—Más que listo. Hoy es el gran día —respondió él, alisando los detalles plateados de su vestimenta y ajustando su guante rúnico con un gesto firme—. El examen de admisión nos espera... junto con un montón de nervios colectivos.
—Mejor que estén nerviosos ellos. Nosotros vamos confiados —replicó Acalia, sonriendo.
En el recibidor, Elaris les tendió una caja con dulces energéticos envueltos en papel dorado.
—Por si el examen no viene con desayuno incluido —dijo, guiñando un ojo.
Thalgron los esperaba apoyado contra el marco de la puerta, su presencia imponente como una estatua de fuego contenido.
—Ella sí puede. Porque es fuerte —dijo, mirando a su hija con una mezcla de orgullo y desafío.
Acalia bajó ligeramente la cabeza, agradecida.
Biel, de pie junto a ella, no pudo evitar sentir un calor en el pecho. "Qué bonito es ver a alguien tan querido recibir palabras así...", pensó.
Y así, los dos salieron en dirección al Instituto de Historia Mágica de Renacelia.
El viento jugaba con los bordes de sus ropas, como si también quisiera seguirlos. Las calles, pavimentadas con piedra blanca, ya comenzaban a llenarse de jóvenes aspirantes, algunos murmurando fórmulas, otros con el rostro pálido de quien olvidó repasar algo.
Mientras caminaban, Biel rompió el silencio con una mirada curiosa:
—Oye, Acalia... ¿ya me crees?
—¿Creerte qué?
—Que soy la reencarnación de Biel. El héroe aclamado. ¿Recuerdas?
Acalia soltó una risa breve.
—Aún no te creo al 100%. —Se detuvo a mirarlo con esos ojos que parecían leer más de lo que decían—. Pero me enseñaste cómo funciona mi habilidad... así que te creo un 25%.
—¡¿Solo un 25%?! ¡Eso ni siquiera es una calificación aprobatoria!
—Además —continuó ella, ignorando su queja dramática—, fuiste la primera persona que pudo comprender mi habilidad. Ni mi padre pudo...
Recuerdo de hace dos días...
—¡Papá! Hoy aprendí a usar mi habilidad de Herencia Primordial —dijo Acalia entrando al patio, agitada, con una mezcla de emoción y orgullo en su voz.
Thalgron, que estaba practicando movimientos con una lanza mágica, se giró con una ceja levantada.
—Vaya, hija. ¿Cómo así que aprendiste a usar tu habilidad? Ni yo ni tu madre podíamos comprender esa habilidad.
Acalia sonrió como quien está por revelar un truco de magia.
—Fue gracias a Biel.
Al escuchar el nombre, Thalgron frunció el ceño. Algo se movió dentro de él. ¿Celos? ¿Inseguridad? ¿Un ligero deseo de lanzarle una sandía al cráneo al muchacho?
—Así que ese tal Biel es capaz de saber cómo funciona tu habilidad —dijo con una sonrisa sádica que helaba hasta los cubos de hielo.
—Sí. Es increíble cómo funciona mi habilidad —respondió Acalia, ignorando completamente el tono de su padre.
—A ver... enséñame cómo funciona —dijo Thalgron, cruzándose de brazos.
—Sí. Aquí vamos.
Acalia respiró hondo.
—Primero tienes que canalizar un poco de tu magia.
Thalgron cerró los ojos y activó su habilidad: Asimilación Marcial, una técnica que le permitía luchar como si tuviera décadas de experiencia en cualquier arte marcial solo con verla una vez. La energía a su alrededor cambió. El aire se tensó. Era como si el suelo mismo se pusiera en guardia.
Acalia extendió su mano. Un suave brillo dorado recorrió sus dedos.
—¿Qué hiciste? Solo extendiste la mano y nada más —dijo Thalgron, confundido.
—Ahora verás, papá.
—¿Qué me estás diciendo? ¿Que ya puedes...?
—Enfréntame, papá.
—De acuerdo, hija. Pero me contendré un poco.
—No lo hagas, papá. Entonces no será divertido.
Thalgron sonrió como un guerrero que escucha un tambor antiguo.
—De acuerdo, hija...
Se puso en postura de combate. Pero cuando alzó la vista, su sonrisa desapareció. Acalia tenía exactamente la misma postura. Cada detalle. Cada tensión muscular. Era como mirarse en un espejo invertido.
"¡¿Pero qué...?!", pensó.
Thalgron lanzó un golpe. Rápido, brutal. Un golpe que en sus años de aventurero había derribado a bestias el triple de su tamaño.
¡CLACK!
El puño fue detenido con facilidad.
—¿Qué...?
—Ahora es mi turno —dijo Acalia.
—Espera un momento, hija...
¡PUM!
Un golpe perfecto al estómago lo mandó de rodillas. Thalgron soltó un quejido y se dobló como una silla rota.
—¿Qué pasó, papá? Te dije que iba en serio —dijo ella, estirando los brazos como si nada.
—Así que así funciona tu habilidad... Es muy buena... —jadeó—. Así que todo este tiempo que perdía contra ti era por tu habilidad. Te permite... robar habilidades...
—No es robar —corrigió Acalia, ofendida—. Solo hago una copia. Y puedo usarla para mí misma.
—Ya entiendo... Pero dime, ¿cómo es posible que Biel sepa cómo funciona tu habilidad, si según el instituto te dijeron que esa habilidad no es común? ¿Cómo es posible que ese chiquillo sepa lo que es tu habilidad?
Acalia miró a su padre con seriedad por un momento.
—Papá... ¿me creerías si yo te dijera que soy una reencarnación de una chica del pasado?
Thalgron parpadeó, desconcertado.
—¿A qué viene esa pregunta, hija?
—Me gustaría que lo fueras —dijo finalmente, con voz grave—. Que fueras la reencarnación de alguien del pasado que luchó para salvar a este mundo.
Ella no dijo más. Solo se acercó y lo abrazó con fuerza.
—Gracias, papá, por todo lo que me enseñaste. Ahora... ahora lo haré por mí misma.
Fin del recuerdo.
—Así que sí, Biel —dijo Acalia mientras volvían al presente—. Te creo un 25%. Eso es más de lo que he creído en cualquiera.
Biel alzó las cejas.
—¿Y qué se necesita para el 100%?
—Eso... te lo ganas en el examen.
Y con esas palabras, ambos llegaron frente a los portones del Instituto de Historia Mágica. Las puertas estaban abiertas. El futuro también.
El Instituto de Historia Mágica de Renacelia se alzaba imponente, como una catedral tejida con magia ancestral y arquitectura moderna. Sus torres de cristal resplandecían bajo el sol matutino, y el enorme portón de entrada estaba decorado con símbolos arcanos que brillaban tenuemente al paso de los estudiantes. Las fuentes que flanqueaban la entrada no arrojaban agua, sino hilos flotantes de energía que se entrelazaban como si narraran historias invisibles.
Bajo esa entrada gloriosa, se reunía una multitud de aspirantes, todos con el corazón palpitando entre nervios, emoción y un toque de competencia feroz.
A cada uno se le había asignado un brazalete de color, según la afinidad mágica determinada tras tocar una esfera mágica durante la preselección de días atrás.
Cuando Biel y Acalia llegaron al patio principal, los encargados les entregaron a cada uno un brazalete de color naranja. El tono era cálido, un poco más apagado que el rojo fuego y menos solemne que el dorado arcano. Lo suficientemente diferente como para ser señalado.
Apenas se colocaron los brazaletes, varias miradas se volvieron hacia ellos. Algunas con curiosidad. La mayoría con una mueca de desdén. El murmullo no tardó en esparcirse entre los grupos como una brisa maliciosa.
—Mira, los naranjas...
—Pff, habilidades raras, seguro son inestables.
—¿Por qué no postulan a un circo mágico en vez de venir aquí?
El desprecio flotaba en el aire como humo de incienso barato.
Y entonces, sucedió.
Mientras Biel caminaba con tranquilidad, dos chicos con brazaletes azules pasaron junto a él... y uno de ellos lo empujó deliberadamente por el hombro, haciéndolo perder el equilibrio un instante.
—¡Ups! Perdón... debe ser que las habilidades inusuales también afectan la estabilidad del cuerpo —dijo uno con una sonrisa burlona.
—O la inteligencia —añadió el otro con una risa seca.
Acalia giró tan rápido que su falda dividida ondeó como una llamarada mágica. Su expresión se oscureció, los dedos de sus botas encantadas chispearon en el suelo, y sus ojos parecían lanzas listas para ser disparadas.
—¡Oye, imbécil! ¡Repite eso y te haré tragar tus brazaletes con todo y huesos! —rugió, dando un paso al frente.
Pero Biel la detuvo, extendiendo el brazo frente a ella como una muralla serena.
—¿Qué haces, Biel? ¡¿No ves que se nos están burlando?! —exclamó ella, con los puños temblando de rabia contenida.
—No importa —respondió él, sin borrar su sonrisa, aunque en sus ojos se notaba un brillo diferente, más profundo.
Se giró hacia los chicos, que ya se daban media vuelta con superioridad.
—Es verdad —dijo Biel, con una calma que desarmaba—. No tenemos habilidades comunes.
Los chicos apenas voltearon la cabeza.
—Era mejor que no aspiraran a ingresar a este instituto —dijeron con una mueca amarga, antes de seguir caminando, como si hubieran arrojado una piedra al río y ya no les importara ver dónde caía.
Biel se quedó ahí, inmóvil, mirando al suelo un momento. No dijo nada.
Acalia lo observó de reojo. Sus labios se fruncieron. Su ceja derecha tembló. El pecho se le inflaba de frustración como si estuviera tragando fuego por dentro.
—¿Por qué dejas que se burlen así de ti?
Biel levantó la mirada y la miró con suavidad, como quien ve a alguien llorando por primera vez y no quiere empeorar la herida.
—No pasa nada... —dijo—. Ya he vivido muchas cosas casi iguales.
Y justo en ese instante, como si el viento hubiera traído otra pieza clave del destino, una chica con un brazalete de color azul se acercó a Biel. Caminaba con seguridad, pero con una calma que se notaba natural, no forzada.
Acalia la detectó al instante. Dio un paso al frente, aún a la defensiva, y le lanzó una mirada afilada.
—¿Acaso tú también vienes a burlarte de nosotros?
La chica parpadeó, sorprendida, y alzó ambas manos como si alejara un malentendido con un gesto.
—No... eso no. A mí no me gusta discriminar a la gente así por así.
La voz era suave, melodiosa. Como si cada palabra estuviera envuelta en pétalos de sinceridad.
Biel sintió una punzada en el corazón. Esa voz. Esa mirada.
Y entonces la vio bien: cabello marrón oscuro que caía en ondas sobre sus hombros, piel clara con un leve rubor natural... y lo más llamativo: dos alas angelicales, elegantes y luminosas, que descansaban plegadas sobre su espalda como si fueran parte de su respiración.
"Ella también renació", pensó Biel, con el corazón latiéndole como un tambor. Una chispa de reconocimiento encendió sus ojos.
El chico sonrió, sorprendido y profundamente feliz, como si acabara de encontrar un fragmento perdido de sí mismo.
La chica lo notó, se detuvo a medio paso.
—¿Te ocurre algo? —preguntó, ladeando la cabeza con curiosidad.
Biel intentó disimular. Rascó suavemente su mejilla y respondió:
—No es nada... solo que se me hace familiar tu rostro.
Las palabras fueron suaves, pero cayeron como una gota de tinta en el agua clara. La chica se sonrojó de inmediato. Su mano fue a su flequillo, ocultando un poco los ojos, y desvió la mirada con una tímida sonrisa.
—¿Ah, sí...? Pues... eso es raro. Nunca he estado aquí antes.
—Quizá es solo una coincidencia... —murmuró Biel, aunque en el fondo de su ser sabía que no lo era.
Acalia, mientras tanto, estaba a su lado... pero no del todo tranquila. Hinchó sus mejillas como un globo, frunció los labios con fuerza y giró la cabeza con un sonoro "hmph", como si acabara de oler algo agrio.
La tensión se le acumulaba en las orejas, que estaban más rojas que una flor de fuego. Sus pensamientos eran una maraña de frases como: "¿Quién se cree que es esta con alas de purpurina?", "¿Por qué Biel está tan feliz?", y "No me importa, no me importa, no me importa... ¡me importa demasiado!"
—Todo bien, Acalia... —dijo Biel, notando su expresión.
—¡No estoy celosa! —soltó ella de golpe.
—¿Quién dijo que estabas celosa? —preguntó la chica alada, genuinamente confundida.
—¡N-nadie! ¡Y no lo estoy! —gritó Acalia, girándose para mirar una pared muy interesante que no tenía nada en particular—. Solo... estoy evaluando amenazas externas. ¡Por seguridad táctica!
Biel soltó una risa.
—No sabía que eras especialista en "amenazas con alas bonitas".
—¡Te juro que te piso el guante rúnico, Biel!
La chica alada no pudo evitar reír. Tenía una risa dulce, como campanillas meciéndose al viento.
—Me llamo Raizel, por cierto —dijo ella, tendiéndole la mano a Biel.
—Biel —respondió él, estrechándola con suavidad—. Es un gusto conocerte.
—El gusto... es mío —respondió ella, y sus ojos brillaron un instante.
El reloj mágico en el patio marcó las nueve en punto, y un eco de campanas flotó en el aire, llamando a los aspirantes a formarse para el ingreso.
—Será mejor que vayamos —dijo Raizel, dando un paso hacia su grupo.
—Sí... nos vemos adentro —añadió Biel.
Ella se alejó. Y aunque sus alas no se abrieron, por un momento pareció que el viento la seguía.
Acalia se cruzó de brazos, aún inflada como un pez globo de orgullo herido.
—Pff... alas. Ni siquiera tenían brillo constante.
Biel solo sonrió.
—¿Seguro que no estás celosa?
—¡Ni un poco! ¡Solo estoy... haciendo un análisis comparativo de presencias femeninas sospechosas! ¿Entendido?
Biel alzó las manos en rendición.
—Entendido, comandante Acalia.
Y mientras los brazaletes naranjas se alineaban junto a los demás colores, Biel pensó que, a veces, el mundo era cruel con lo diferente... pero también le ofrecía regalos inesperados. Como una mirada. Como una voz conocida. Como una segunda oportunidad.
Biel caminaba con una ligereza casi infantil, como si cada paso lo acercara un poco más a una verdad que llevaba años anhelando. Su sonrisa era sincera, amplia, cálida, y sus ojos parecían espejos captando todos los destellos del entorno.
—Me hubiera gustado que estuviera con nosotros... los de brazalete naranja —murmuró, con una risa suave—. Pero al parecer la habilidad de luz sí es común... a diferencia de la nuestra.
A su lado, Acalia no compartía la misma dicha. Aún hinchaba sus mejillas cada cierto tiempo como una tetera a punto de hervir, mirando de reojo a todo lo que no fuera él. Cuando escuchó el nombre tácito de la "chica alada", no pudo más.
—¿Acaso te gusta la chica alada o qué?
Biel la miró, medio confundido, medio divertido.
—¿Ves que estás celosa?
—¡Eres un tonto!
—¿Y ahora qué dije?
—¡Cállate! —gruñó ella, volviéndose hacia un árbol cercano con repentina fascinación por la corteza.
Biel soltó un suspiro.
—Ella también es una renacida... al igual que yo... y al igual que tú.
La palabra "renacida" cayó como una campana de bronce en la mente de Acalia. Un pequeño dolor de cabeza le atravesó las sienes, como una punzada eléctrica que rebotaba en su cráneo.
Sus pasos se detuvieron. El mundo se tornó borroso por un instante.
Entonces llegaron los recuerdos.
Ella y una chica alada, ambas luchando espalda con espalda en una llanura incendiada por la guerra. La chica tenía cuatro alas, relucientes, deslumbrantes, cada pluma irradiando un poder celestial imposible de describir con palabras. Sus voces gritaban nombres, sus corazones palpitaban al mismo ritmo, y el lazo que las unía era tan fuerte como el fuego que las rodeaba.
Acalia llevó la mano a la cabeza, tambaleándose.
—¿Qué es esto...? Recuerdo a una chica... casi idéntica a ella, pero con... cuatro alas...
Biel se detuvo frente a ella, sin dejar de mirarla.
—Ya lo recuerdas —dijo en voz baja, como si compartiera un secreto con el universo—. Ella es Raizel. Y aquella chica que nos habló hace un instante... es ella.
Acalia abrió los ojos, perpleja.
—¿Q-qué...?
—Si recuerdas sus cuatro alas, es porque esa es su verdadera forma —explicó Biel, con solemnidad—. Ella, en ese momento... era un arcángel. Por eso tenía cuatro alas. Actualmente, no está activando esa versión de sí misma. Está... bloqueada, por decirlo así.
Acalia lo miró como si acabara de revelarle que la luna era una fruta gigante.
—Eso es... impresionante. Sorprendente. ¡Espeluznantemente mágico!
—Lo es —susurró Biel, mientras una sombra cruzaba sus pensamientos—. Pero si ella renació... entonces en cualquier momento... ella también aparecerá...
El frío le recorrió la espalda. Un escalofrío como un dedo invisible subiéndole por la columna. Pero antes de que pudiera procesar más, alguien tropezó con él.
—¡Oh! Discúlpame... no me percaté, lo siento —dijo una voz joven y nerviosa.
Biel bajó la vista. Y lo vio.
El chico.
Cabello desordenado, sonrisa amable, mirada honesta. De estatura parecida, con un aura ligeramente inquieta... como si fuera nuevo, pero con algo muy antiguo escondido bajo la piel.
—Mi nombre es Bastian —dijo, extendiéndole la mano en señal de disculpa.
Biel se quedó paralizado. Su mente se desconectó por completo. El corazón le retumbó como un tambor de guerra. No podía moverse. El mundo se volvió silencio.
Aquel rostro.
Esa mirada.
Esa voz.
Eran imposibles de olvidar.
Pero él... no debería estar allí.
Y sin embargo... estaba.
Biel, luchando contra sí mismo, logró finalmente estrechar su mano, aunque el guante rúnico temblaba.
—No pasa nada... —murmuró, apenas audible.
—Qué bueno —respondió Bastian con una sonrisa sincera—. Soy nuevo aquí y no quiero hacer enemigos en este instituto.
Biel forzó una sonrisa, pero sentía que todo su cuerpo se desmoronaba por dentro. Su mirada cayó sobre el brazalete azul en la muñeca de Bastian.
—Una habilidad común... —pensó—. ¿Pero cuál...? ¿Cuál es?
—Bueno, luego nos vemos —dijo Bastian con un gesto amistoso, y comenzó a alejarse lentamente.
Biel no respondió. Ni se movió. Era como si cada fibra de su ser estuviera siendo triturada por una verdad que no podía aceptar.
Acalia lo notó al instante. Su expresión cambió del enfado al asombro, y luego a la preocupación.
—¿Acaso viste un fantasma o qué? ¿Por qué estás tan pálido?
Biel no contestó. Solo murmuró:
—Espérame aquí... voy afuera a tomar aire.
—Está bien pero... —Acalia no terminó la frase. Biel ya se alejaba con pasos rápidos.
Salió del edificio, cruzando las puertas sin ver a nadie, sin escuchar las voces ni los rumores. Afuera, el aire golpeaba con fuerza, pero él no lo sentía.
Se dejó caer de rodillas en el suelo.
El mundo, por un instante, se volvió lejano, como si estuviera encerrado en una burbuja donde solo existía su respiración y el temblor en sus manos.
Y entonces, empezó a llorar.
—¿Cómo es posible...? —susurró—. ¿Cómo es posible...?
Golpeó el suelo con los puños, una y otra vez, como si con eso pudiera borrar la realidad.
—¿Por qué tú también...? ¿Por qué...?
Su llanto no era escandaloso. Era ahogado, contenido. Como si no quisiera ser escuchado. Pero el dolor se escapaba en cada palabra, en cada golpe al suelo, como ríos desbordándose bajo una máscara rota.
Allí, arrodillado bajo un cielo que ya no parecía tan claro, Biel se quebró.
Doscientos años atrás.
El cielo se partía en fragmentos. Las nubes no eran más que jirones de tormenta, desgarradas por una energía que ningún mundo debería soportar. La tierra temblaba, crujía y se quebraba como un cristal bajo martillos divinos.
En el corazón del apocalipsis, Biel, ya convertido en la Calamidad del Sacrificio, luchaba contra Khios, el Titán que proclamaba dominio sobre la creación y la destrucción.
Sus golpes no eran simples ataques. Cada choque de sus cuerpos rompía montañas, partía océanos, resquebrajaba el tejido de la realidad misma. No había espectadores, no había testigos. Solo quedaban los susurros de los dioses que temían el fin... y el eco de una batalla imposible.
El mundo ardía.
Y entonces, en uno de esos impactos que desgarró el aire como un trueno de mil almas, Biel tocó el alma de Bastian.
Fue como si el tiempo se detuviera. Como si, entre todo ese caos, una hebra invisible los conectara a través del abismo. En medio del rugido, Biel lo vio. Vio su alma, rota. Triste. Dolorosa.
—¿Bastian...? —susurró Biel, confundido, mientras flotaban en una dimensión espiritual paralela, suspendida entre ruinas flotantes.
—Estoy... aquí... —la voz de Bastian temblaba. Estaba agotado, emocionalmente desgarrado—. Quiero que escuches algo, amigo... quiero contarte lo que viví.
Y así, el recuerdo se desplegó ante Biel, como una tormenta que volvía a estallar.
Cuando Bastian llegó a este mundo, fue llevado 17 años atrás. Su historia no comenzó como una promesa, sino como una tragedia.
—Nací débil —dijo Bastian—. Apenas podía respirar. Mi madre, Lady Mirana, me sostenía con los ojos llenos de lágrimas. Mi padre, Lord Valen, tenía los labios partidos por la desesperación. Sabían que iba a morir.
Sus palabras flotaban mientras las imágenes lo envolvían. Un bebé entre sábanas blancas, con un hilo de vida que parecía romperse con cada segundo.
—Mis padres... rogaban. A las Entidades Celestiales. Seres antiguos. Olvidados. Ellos no respondían... hasta que una lo hizo.
La sombra de una presencia aterradora emergió entre las visiones. Oscura. Densa. Un ser de ojos infinitos que no respiraba... pero que era más vivo que cualquier otra cosa.
—La entidad les ofreció un trato: salvarme... a cambio de convertirme en el recipiente del Rey Demonio del Caos Divino.
La energía mostrada era monstruosa. Negra. Vibrante. Un huracán que consumía la luz y devoraba la esperanza.
—Ellos aceptaron —dijo Bastian, su voz quebrándose—. Me sellaron ese poder dentro del cuerpo. Y viví. Pero ya no era normal. Nada en mí lo era.
A medida que el recuerdo continuaba, las escenas se oscurecían.
—Las plantas se marchitaban a mi paso... las sombras se alargaban... y las personas comenzaron a llamarme el maldito.
Niño, apenas de cuatro años, con los ojos llenos de terror. Un pueblo entero mirándolo con odio. Los cuchillos afilados por el miedo.
—Una noche... vinieron por mí. Una turba... con antorchas y cuchillos. Quemaron mi casa. Querían matarme.
El fuego rugía. Biel sintió que su pecho ardía. Vio al pequeño Bastian atrapado entre humo y cenizas.
—Mi padre... Valen... me abrazó. Con un hechizo me lanzó lejos, fuera del fuego.
El niño desapareció en una chispa. Los padres... no.
—No volvieron a salir de esa casa. El fuego los devoró.
La escena cambió. Bastian, más grande, solo. Rodeado de árboles. Con los ojos vacíos.
—Un anciano me encontró. Me crió. Me enseñó a sobrevivir. Pero el poder dentro de mí... nunca desapareció. Solo dormía.
Un salto en el tiempo. Diez años. Tormenta. Un rayo cae.
—Y entonces... todo volvió. Todos los recuerdos, todos los gritos... todo. Me colapsé. Lloré por días. Pero no me rendí. Decidí... aprender a controlarlo.
Biel veía al joven entrenando en soledad. Rompiendo árboles por accidente. Luchando con lágrimas. Derrumbando montañas con solo respirar.
—Quería ser fuerte... pero cada vez que usaba ese poder, el Caos me comía un poco más.
La oscuridad se expandía en su interior como tinta en agua pura.
—Y a los 18... me consumió. La entidad tomó todo el control. Ya no era yo. Ya no quedaba nada.
El recuerdo final volvió a la batalla. Biel y Bastian flotaban entre los restos del cosmos. El rostro de Bastian era el de un niño perdido en un cuerpo de adulto.
—Eso es todo lo que recuerdo... amigo —dijo Bastian, sus ojos brillando con lágrimas que no se evaporaban, ni siquiera en la inmensidad del vacío—. Biel, amigo mío... acaba con esto.
Biel se quedó congelado.
—¿Qué...?
—Mátame. —Las palabras eran cuchillos—. Ya no quiero vivir. Este mundo... mi vida... ha sido un tormento constante. Ya no quiero vivir más. Por favor... asesíname de una vez...
El universo se detuvo.
—¡No puedo! —gritó Biel, su voz rompiendo el cielo—. ¡No quiero...!
—Hazlo. —Bastian sonrió por última vez, con una paz que solo se consigue en el abismo—. Perdóname... por no ser más fuerte.
Biel apretó los dientes. Cerró los ojos.
—Entonces... perdóname tú, amigo.
Y con un rugido que desgarró la existencia misma, Biel soltó su poder completo. La Calamidad del Sacrificio rugió, y el universo respondió.
Una explosión de energía borró todo. El mundo sucumbió. El universo... el megaverso... todo fue destruido.
Nada quedó.
Solo el dolor.
El viento se deslizaba suave sobre la tierra del jardín exterior del instituto, pero no era capaz de calmar el torbellino dentro del pecho de Biel.
Sus rodillas estaban enterradas en la hierba húmeda. Sus manos apretadas contra el suelo temblaban. Lágrimas silenciosas caían por su rostro como ríos que no encontraban mar. Su respiración era errática, como si en cada bocanada intentara entender una verdad imposible.
"Después de eso... reconstruí todo."
Su pensamiento flotaba en medio de la confusión, repitiéndose en ecos sordos. Lo recordaba con claridad: había destruido el mundo, el universo, el megaverso... y lo reconstruyó con su propia vitalidad, dejándolo todo atrás. Se sacrificó sin remordimiento. Solo le importaba una cosa.
"Lo hice para que Bastian descansara en paz... Para que no volviera a sufrir... Para que no renaciera."
Pero ahora... él estaba aquí.
¿Por qué?
—No... no tiene sentido... —murmuró Biel, su voz quebrada por el temblor—. ¿Qué significa esto...?
El corazón le latía con un ritmo torcido. Sus pensamientos eran cuchillas girando dentro de su mente.
—¿Acaso... el dios del tiempo intervino? —se preguntó con temor—. ¿Fue él quien hizo que Bastian reencarnara...?
Pero no. No cuadraba. Bastian no quería vivir. Aquella petición, aquel llanto, su última mirada... lo confirmaban. Él había deseado no volver jamás.
Y entonces, una idea escalofriante se coló en su conciencia, como una daga invisible que perforaba su calma.
Biel alzó el rostro, pálido, sus ojos abiertos por el miedo.
—No... No me digas que Khios fue el que intervino... —susurró—. ¿Acaso fue él quien hizo que Bastian reencarnara en el presente?
Sus palabras se volvieron cuchillas. El mundo pareció contener el aliento.
—Eso quiere decir que... Khios sigue jugando con la vida de mi amigo... ¡con su alma...! —gritó Biel, apretando los dientes—. ¿Por qué, Khios...? ¿Por qué...?
Entonces, su aura comenzó a liberarse.
Como una grieta que se abre en la presa de la contención, la energía comenzó a emanar de su cuerpo en ondas irregulares. Era oscura, violenta, desbordante. La tierra comenzó a temblar lentamente, como si respondiera al dolor del muchacho.
Alrededor del edificio, las ventanas vibraron. Los pilares del instituto resonaron con un murmullo profundo. Los estudiantes comenzaron a gritar.
—¡¿Qué está pasando?!
—¡¿Un terremoto?!
—¡Corran!
Los aspirantes, desorientados y aterrados, comenzaron a correr en todas direcciones. Algunos tropezaban, otros caían. Nadie entendía qué estaba sucediendo. Nadie... excepto ella.
Acalia, desde dentro del edificio, sintió la sacudida y la reconoció como algo más que un desastre natural.
—¿Biel...?
Corrió. Con todas sus fuerzas. Su falda dividida ondeaba con cada zancada. Sus botas encantadas chispeaban contra las piedras del pasillo. Cruzó puertas sin pedir permiso. La intuición era más fuerte que la lógica.
Y entonces lo vio.
Biel estaba de rodillas en el jardín. Su abrigo negro ondeaba como una bandera en mitad de una tormenta invisible. El suelo a su alrededor se resquebrajaba. Las piedras flotaban levemente. La atmósfera temblaba.
Y Biel... lloraba.
Acalia se quedó quieta. Atónita.
—¿Él... está llorando? —susurró, incrédula.
No comprendía cómo podía hacer temblar el mundo con solo liberar su tristeza, pero entonces recordó algo. Una frase que hasta ahora había subestimado.
"¿Crees que soy la reencarnación de Biel, el héroe proclamado?"
Sus ojos se abrieron.
—¡No...! —murmuró—. No hay dudas... ese poder... es de él. Biel es el auténtico héroe del pasado...
El aura se volvía más intensa. El aire más pesado. Biel estaba perdiendo el control.
Dentro de su mente, una voz resonó, distante, como un eco en una caverna en ruinas.
—Joven portador... tranquilízate... —decía Monsfil, con urgencia—. No es momento de desatar el poder de Rey Demonio aquí... ¡joveeeeeeeeeeen!
Pero Biel ya no escuchaba. Su conciencia era un mar de confusión y agonía. El mundo se le oscurecía por los bordes. Sentía que si respiraba una vez más, el universo se rompería.
En la oficina de la dirección, la directora, una mujer de túnica de energía pura y ojos de sabiduría infinita, alzó la mirada desde su escritorio de cristal flotante.
El temblor le caló hasta los huesos.
—Él está aquí... —susurró—. Pero ¿por qué está haciendo temblar el lugar?
La puerta se abrió de golpe.
—¡Directora! —irrumpió el subdirector, agitado—. ¿Qué sucede? ¡¿Por qué tiembla la tierra?!
La mujer lo miró, sin alterar el tono de su voz.
—La tierra tiembla... de frustración, dolor... y caos.
El subdirector quedó helado.
—¿Qué quiere decir con eso... directora?
Ella solo entrecerró los ojos.
—Esto... es el inicio de todo.
De vuelta en el jardín, la tormenta interna de Biel alcanzaba su clímax. El cielo parecía fracturarse. Los pájaros huyeron. Las hojas giraban como si un vórtice se abriera desde su pecho.
Acalia ya no dudó.
Corrió hacia él. Cayó de rodillas frente a su amigo... y sin pensarlo, lo abrazó con fuerza.
—¡Biel! —gritó, enterrando el rostro en su hombro—. ¡No luches solo! ¡Comparte un poco de tu carga con nosotros... conmigo!
Su voz se quebró.
—Yo estaré a tu lado para luchar junto a ti... no lo olvides... nunca.
Como si esas palabras fueran una llave, algo se rompió dentro de Biel... y algo se cerró.
El aura comenzó a disminuir. El temblor se desvaneció. El aire volvió a fluir. La calma descendió como un manto de esperanza.
La energía del Rey Demonio se retrajo, vencida por el abrazo de una amiga sincera.
Biel respiró hondo. Su cuerpo tembló una última vez... y el mundo se tranquilizó.
Acalia lo soltó suavemente, aún con las mejillas ligeramente rojas.
—No preguntaré por qué te pusiste así... pero dime... ¿te encuentras bien?
Biel levantó la mirada. Sus ojos aún brillaban con humedad.
—Sí... Gracias, Acalia.
Ella desvió la mirada, con un leve rubor.
—Hmph... solo porque no me gusta verte llorar. Y... porque soy tu compañera. Eso es todo.
Biel sonrió.
Ambos se pusieron de pie.
Entonces, Biel dio un paso hacia el portón del instituto.
Todos lo miraban.
Los aspirantes se quedaron en silencio. El chico del abrigo negro caminaba entre ellos con una tranquilidad abrumadora, como si nada hubiera pasado. Pero todos lo sintieron.
Ese poder. Esa emoción. Esa fuerza.
Y justo entonces, la directora apareció en el escenario central.
Su voz cortó el aire como un faro en la oscuridad:
—Bienvenidos, aspirantes.
57Please respect copyright.PENANAVWhC3X3QYi


