1 de noviembre. Llovía tanto que parecía que el mundo también estaba llorando por mí.
Tenía 19 años y sentía que ya no tenía sitio en ninguna parte. Ese día salí de mi casa convencida de que estorbaba, convencida de que hacía daño a todos con mis decisiones, con mi carácter, con mis errores, con mi forma de ser. Creía de verdad, que si yo desaparecía, mis padres sufrirían menos, que les haría un favor, que descansarían de mi.
No fue una decisión impulsiva, fue cansancio, un cansancio profundo, antiguo, acumulado desde 4 años atrás. Cansancio de sentirme un problema, de sentir que todo lo hacía mal, de cargar con culpas que nadie me explicó cómo soltar.
Caminé bajo la lluvia hasta un lugar cerca de mi casa de campo. El frío me calaba los huesos, pero por dentro me sentía aún más vacía y fría. Estaba decidida a acabar con todo, pensaba que ya había vivido suficiente para ser alguien que solo sabía decepcionar.
Mi madre no dejaba de llamarme, mi mejor amiga también, la policía ya estaba buscándome. Yo tenía un 5% de batería en el móvil y un 95% de ganas de desaparecer. Estaba a punto de saltar, a punto de terminarlo todo.
Y no lo hice.
No porque no fuera valiente, al contrario, no lo hice porque me sentí cobarde, porque me dio miedo, porque algo dentro de mi -muy pequeño, muy débil- aún no quería morir. Llamé a la policía y me recogieron, me llevaron a casa de una amiga porque no me veía capaz de mirar a mis padres a la cara. Me sentía su vergüenza, su error, su decepción.
Pasé dos noches allí sintiéndome un estorbo en casa ajena. Hasta que tomé otra decisión: volver a mi casa, hacer las maletas e irme a la ciudad.
Enfrentarme a mi madre fue como abrir una herida sin anestesia. Los reproches dolían, sus lágrimas dolían, mi culpa dolía. Cada objeto que metía en la maleta pesaba como si estuviera empacando recuerdos, errores, discusiones, promesas rotas. Sentía que estaba huyendo de algo que no debía huir, que estaba tomando una decisión equivocada. Una decisión que, sin saberlo, me acercaba otra vez al borde.
Cuando llegué a Toledo, me derrumbé por completo. Volví a hacerme daño. Había dejado atrás las autolesiones, pero el dolor emocional era tan grande que necesitaba sentir otro tipo de dolor, algo que pudiera controlar. Mi brazo izquierdo se llenó de cortes, no porque quisiera morir, sino porque no sabía como seguir viva.
Mi amiga me ayudó a encontrar algo que me mantuviera ocupada: voluntariado en un albergue. Servía comida a personas sin hogar. Acepté porque ayudar a otros siempre fue más fácil que ayudarme a mí misma.
El 5 de noviembre llegué llegué temblando, nerviosa, insegura, con el corazón frágil y la autoestima hecha cenizas.
Y ahí lo vi.
No fue amor a primera vista, fue curiosidad, atención. Una presencia que, en ese momento, me hizo sentir vista. Él sonrió, pensé que tenía una sonrisa bonita, la misma sonrisa que no sabía que años después me helaría la sangre.
Me dijo que era sorprendente ver a alguien "tan bonita y con tanta luz" en un lugar tan oscuro, yo no sabía que esa luz ya estaba apagándose, ni que él sería quien terminaría de apagarla.
Con los días empezó a hablar más conmigo, me hacía preguntas, observaba mis inseguridades, mis heridas, mis silencios. Supo muy rápido que yo estaba rota, sola, vulnerable. Y supo exactamente cómo entrar en mi mente.
Me pidió el Instagram y poco después me escribió. Hablábamos de música, de gustos, de canciones que nos hacen sentir. Empezó a hablarme en inglés y , en ese momento, eso me parecía especial, diferente. Como si fuera alguien que me sacaba de mi mundo gris.
Nos contábamos todo, o eso pensaba yo.
Era cariñoso, atento, encantador, parecía perfecto. Me hablaba de un pasado duro que años después descubrí que era mentira. Yo le conté el mío, sin filtros, sin defensas, y ahí encontró todas mis grietas.
Un día vino a visitarme cuando supo que estaba mal. Me consoló, me abrazó, me besó. Fue un beso lento, suave, aparentemente perfecto. A los días me pidió salir y yo necesitaba a alguien, necesitaba sentir que importaba y tontamente acepté.
Acepté sin conocerlo.
Acepté sin saber quien era.
Acepté porque tenía miedo de estar sola.
El primer mes fue una montaña rusa. A ratos me sentía especial, querida, elegida. A ratos me hundía por las llamadas de mis padres, por la culpa, por la distancia, por la tristeza. Y cada vez que me rompía, él estaba allí... pero no para sanarme, sino para sembrar más distancia.
Empezó a hablar mal de mis padres, a decir que eran el problema, a convencerme de bloquearlos. Me fue separando de mis amigas, de mi mundo, de todo lo que no fuera él.
Las prohibiciones llegaron disfrazadas de amor.
Los celos disfrazados de cuidado.
El control disfrazado de preocupación.
Si algo no le gustaba, me hablaba mal. Si no obedecía, lloraba, se hacía la víctima. Se culpaba a sí mismo para que yo terminara culpándome. Y yo, con tal de no perderlo, empecé a hacerme pequeña, a callarme, a pedir perdón por cosas que no eran culpa mía.
La primera agresión ocurrió un día normal.
Ese día yo llevaba una camiseta suya, le conté que había conocido a una chica y que quería salir a dar una vuelta con ella y se puso nervioso, alzó la voz, yo también. Y entonces vi algo que nunca olvidaré. Sus ojos, esos ojos que siempre me perseguirán en mi peor pesadilla.
Me empujó contra la pared y con toda su fuerza me apretó del cuello. Me dijo que tenía que hacer siempre lo que él decía si de verdad lo quería, insultó a una amiga que ni conocía. Le supliqué que parara, me estaba haciendo daño. No paró, tiró de mi camiseta hasta romperla mientras yo lloraba, gritaba, entraba en pánico, sintiendo un miedo que nunca antes había sentido.
Cuando me soltó, yo estaba rota, incrédula, sin poderme creer que esto estaba pasando, que esto estaba pasándome a mi, yo, yo que de pequeña decía que nunca permitiría que me hicieran daño de ninguna manera.
Y entonces cambió.
Se hizo un ovillo en el suelo. Lloró, dijo que lo sentía, que me quería, que quería morirse por haberme hecho eso, se golpeaba a sí mismo como castigo por lo que había hecho.
Y yo, ya dependiente, ya asustada, ya enamorada de la idea de no estar sola... en vez de huir, le pedí que no llorara, le rogué que no se fuera. Le perdoné. Y terminé pidiéndole perdón yo.
Después vinieron días tranquilos, dormía conmigo, me mimaba, me trataba bien, todo parecía normal. Pero yo cada vez estaba más aislada, más pequeña, más lejos de quien yo era.
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Lo que hoy sé (y en ese entonces me habría salvado saber):
- El amor no empieza cuando estás rota; los abusos sí.
- Quien te idealiza demasiado rápido, no te ve: te proyecta.
- Alejarte de tu familia y amigas nunca es "por tu bien".
- El llanto después de la violencia no borra la violencia.
- Pedir perdón por el daño que te hacen no es amor, es dependencia
-El miedo no es pasión. El control no es cuidado.
Si alguien que lea esto se reconoce en estas líneas, quiero decirle algo que entonces nadie me dijo: no eres débil, estás atrapada. Y salir es posible, aunque ahora no lo veas.
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