Yo tenía nueve años cuando Las Alas Humanas hizo su aparición en nuestra ciudad. Chillán era, en aquellos años, un lugar polvoriento y silencioso, donde rara vez ocurría algo, y solo unos pocos afortunados tenían una radio a transistores para escapar apenas de la rutina.91Please respect copyright.PENANAUeDB8MgsS3
No recuerdo la fecha exacta de la llegada de aquella caravana de maravillas itinerantes —1965, quizá—, pero sí la atmósfera: el aire cargado de polvo, voces y promesas; las calles alteradas; el murmullo cotidiano elevándose en expectación a medida que la carpa gigante se instalaba en el pueblo.
Era como si algo dormido en Chillán despertara de pronto. Colores vivos surgían donde antes solo había tonos apagados; el olor a madera, lona y sudor inundaba el aire, y la promesa de acrobacias que desafiaban la gravedad y la suerte llenaba de tensión cada esquina.
Para un niño, aquello no era simplemente un espectáculo. Era un portal a lo imposible, un instante en que la vida se sentía más intensa, más grande, casi peligrosamente real. Dentro de la carpa, el polvo flotaba suspendido en los haces de luz, y cada respiración contenida se mezclaba con la expectativa. Por un momento, el tiempo pareció detenerse.
El maestro de ceremonias avanzó lentamente hasta el centro de la pista. Las luces descendieron hasta bañar la arena con un brillo mortecino, y el murmullo del público se apagó gradualmente, hasta convertirse en un silencio espeso, casi palpable. Se sentía cómo cada respiración contenida se mezclaba con el olor a madera, a polvo y a sudor.
Entonces, con voz grave y solemne, anunció:
—Damas y caballeros, hermosas señoritas e intrépidos muchachos:91Please respect copyright.PENANA9mvtXq8HGV
Esta noche, las acrobacias —incluyendo los mortales saltos de los danzarines aéreos— se realizarán en honor al Día de la Patria y a todos los valientes que entregaron su vida defendiéndola. No habrá red de seguridad ni protección alguna bajo sus atléticos pero mortales cuerpos. Si la suerte los abandona, el vacío y el golpe seco contra el pedregoso suelo les darán su último adiós.
Pedimos a la audiencia silencio total y absoluto, porque lo que están a punto de presenciar no es un simple acto de circo. Es una prueba de vida o muerte, un desafío extremo que exige absoluta precisión y desmedido coraje. Una mínima distracción, un resbalón de pies o manos, y la caída sellará su destino en un instante.
Los audaces acróbatas comenzaron a ascender al trapecio, colgándose de cuerdas tensas y vibrantes. Cada crujido, cada suspiro del viento y el latido de los corazones formaban la banda sonora de lo imposible.
—Silencio absoluto, queridos espectadores; el instante es crítico.91Please respect copyright.PENANAcAfZbf4KNN
Si alguno de ellos se desploma accidentalmente desde las alturas, si cae ahora al abismo sin red que lo detenga, estará rindiendo sus cuentas finales al Todopoderoso o a Satanás, según hayan sido —o no— cristianos dignos de salvación.
¡Contengan la respiración! Aferraos a vuestros asientos, muchachos y hermosas señoritas, porque lo que están a punto de presenciar exige una fe profunda y sincera en su providencia.
Aquí comienzan Las Alas Humanas. Ayúdenlos persignándose por ellos, acompañándolos con una oración silenciosa, porque en esta danza con el vacío, el duro suelo siempre tiene la última palabra. Encomendemos sus almas al Reino de los Cielos, conscientes de que cada salto roza la muerte misma y que, en este instante suspendido entre aire y tierra, solo la valentía y la fe pueden sostenerlos.
Epílogo: El eco del aplauso
El silencio que el maestro de ceremonias había exigido se rompió, no por una caída, sino por un estruendo de aplausos que pareció sacudir las estacas de la carpa. Los acróbatas, sudorosos y jadeantes, bajaron de las alturas como dioses que recuperan su forma humana al tocar el suelo. Para ellos, era el fin de una jornada más; para mí, el mundo ya no volvió a ser el mismo.
Pero la magia en Chillán siempre era breve. Los días pasaron volando y el circo siguió su ruta, llevándose sus carpas coloridas, esas risas que se escapaban entre bambalinas y las luces que parpadeaban como un cielo artificial. Así como llegaron, desaparecieron, dejando el pueblo nuevamente sumido en su silencio polvoriento.
Yo ya no estaba en el centro de la pista, ni formaba parte de los aplausos, ni de los equilibristas que se elevaban sobre la cuerda floja. Sin embargo, cada movimiento, cada caída y cada rugido del león se quedó impreso en mí como un eco que no se desvanece.
Hoy, cuando cierro los ojos, todavía puedo oler el aserrín y el cuero viejo. La vida en provincias era así: ráfagas de asombro que nos enseñaban que lo imposible existía, aunque fuera solo por un instante.
Y a veces, en los momentos más difíciles, vuelve a mí la voz del maestro de ceremonias. Ahí recuerdo que todos, de alguna manera, caminamos por la cuerda floja sin red de seguridad, encomendando el alma al cielo y esperando que, al final del salto, el destino nos permita aterrizar de pie una vez más.
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