Capítulo 1 — El anuncio que paralizó al colegio
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El Padre Rector Alfonso Aldunate no entró al aula: irrumpió en ella. Sus sotanas se agitaron como velas en medio de un vendaval. Tenía el rostro tenso, casi lívido, y la voz le salía frágil y temblorosa.
—¡Muchachos, atención! El General Maximiliano Blanchet… viene hacia acá. ¡Llega en menos de treinta minutos!
Los alumnos mayores se cuadraron al instante. Los más pequeños del colegio —algunos apenas de diez años— se quedaron paralizados, con el murmullo atrapado en la garganta y el corazón desbocado. El nombre Blanchet pesaba como hierro; pronunciarlo era suficiente para volver el aire denso y pesado.
Para Sebastián, el miedo fue físico, como si una losa invisible le hubiera caído de pronto sobre los hombros.
Aldunate dio un paso al frente mientras se retorcía las manos.
—Padre Rector, hay un problema. Algunos uniformes son un desastre… los muchachos estaban jugando al fútbol…
—¡No me hable de fútbol ni de camisas! —le cortó Aldunate con una voz afilada como cristal—. El General no viene a pasar revista a la ropa. Viene a escuchar el himno nacional. Cada estrofa. Completo.
Un silencio sepulcral inundó la sala. Los alumnos se miraron entre sí, negando con la cabeza. Sebastián contuvo el aliento. Bajo el mando de Blanchet, no saberse el himno no era un descuido: era una traición.
—Y el General… —la voz de Aldunate bajó de tono, cargada de pavor— espera perfección. Cualquier cosa menos que eso será un insulto.
A lo lejos, el rugido de los motores hizo vibrar los cristales.
—Treinta minutos —susurró el Rector—. Que Dios nos pille confesados.
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Capítulo 2 — El plan imposible
El Padre Felipe entró con una calma inquietante, como si la tormenta exterior no lo rozara. Recorrió el salón con la mirada, analizando cada rincón, hasta que sus ojos se clavaron en Sebastián con una fijeza implacable.
—Caballeros —pronunció con calma y un toque de ironía—, me cuentan que estamos a las puertas del abismo.
El Rector Aldunate se pasó una mano temblorosa por el pelo.
—Felipe, los niños no se saben las últimas estrofas. El General llegará en cuestión de minutos. Si fallamos…
Felipe levantó un dedo, zanjando el aire.
—No vamos a fallar. Solo hay una salida.
Aldunate se inclinó hacia él, desesperado.
—Dinos cuál.
La mirada de Felipe no se desvió; se mantuvo fija en Sebastián como un tornillo que se aprieta. El muchacho se encogió, sintiendo esa presión en el pecho.
—Un solo muchacho. Una sola voz —sentenció Felipe—. Él llevará esas dos últimas estrofas sin ayuda alguna. Con perfección. Sin ensayos, sin instrumentos, sin distracciones.
El Rector parpadeó, confundido.
—¿Quién?
—Sebastián Alonso Valente —dijo Felipe con seguridad absoluta—. Trece años. Oído infalible. Tiene una voz tan pura que hará que las estrofas olvidadas suenen a revelación divina. Cantará a cappella.
Aldunate abrió la boca, pero no supo qué decir.
—¿Él solo? ¿Sin ensayar?
Felipe asintió.
—Transformaremos el fracaso en un acto de genialidad. Los demás entonarán las estrofas conocidas, pero cuando Sebastián se ponga en pie, esas últimas estrofas revivirán como arte sagrado. El General no verá incompetencia, sino devoción. Nuestra única carta es la perfección total.
Aldunate soltó el aire poco a poco.
—Hagámoslo entonces. De inmediato.
A Felipe le brillaron los ojos.
—La historia nos está mirando.
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Capítulo 3 — Veinte minutos para la perfección
La mano del Padre Felipe se posó sobre el hombro de Sebastián, suave pero firme.
—Escúchame con atención —le dijo al muchacho con una voz que lo atravesó por dentro—. El prestigio del Colegio de la Santa Cruz, el honor de tus amigos y hasta la seguridad de nosotros, los Padres, depende ahora de ti. Debes cantar impecable, con el alma entera. ¿Comprendes la responsabilidad que llevas? No vas a cantar simplemente; vas a ofrecerle al General un acto de sacrificio artístico y de obediencia absoluta.
—Padre Felipe… yo… yo entiendo —balbuceó Sebastián, tragando saliva—. Pero… ¿podría ver la partitura ahora? Tengo que oír la melodía en mi cabeza… imaginar los instrumentos… ¡no queda tiempo!
Una sonrisa fugaz asomó en los labios de Felipe.
—Ve con el Maestro Águila enseguida, pero olvídate de la orquesta. Cantarás solo. Y mírale a los ojos, Sebastián. No bajes la vista. Muéstrale profundo respeto; que la historia sea testigo de tu noble acto. No basta con que afines; hoy eres la lealtad de este colegio. Tu canto es tu juramento de sumisión, tu promesa de obediencia. ¿Lo entiendes?
Sebastián asintió con urgencia. Mentalmente ya separaba el coro, borrando trompetas y tambores para dejar la melodía desnuda. Salió corriendo hacia la sala de música. Cada zancada sobre las baldosas frías era un golpe de presión: el dictador, el reloj y la imposibilidad de fallar.
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Capítulo 4 — La llegada del dictador
El rugido de la comitiva sacudió los adoquines de la calle. Autos negros, relucientes y siniestros, se detuvieron frente al colegio. Los soldados, de verde oliva, formaron un muro humano. El aire ya no olía a mañana, sino a aceite de motor, polvo y miedo.
El coche principal frenó en seco, y el estómago de Sebastián se hundió. De su interior descendió el General Maximiliano Blanchet, escoltado por su junta de oficiales. Las medallas en sus pechos brillaban como cuchillos al sol.
El Rector Aldunate, pálido como la cera, se situó junto a Felipe.
—Excelencia —dijo Felipe, con un leve gesto de inclinación—. El honor de su presencia es un privilegio que no sabemos si estamos a la altura de merecer.
Blanchet entrecerró los ojos, observando al sacerdote con la precisión de quien valora la lealtad como moneda dura. Asintió apenas, un gesto mínimo que autorizaba a continuar.
—Excelencia, ha sido un verdadero acierto restaurar las estrofas olvidadas —prosiguió Felipe—. Para que resplandezcan con la pureza que merecen, proponemos, con su debido permiso, que el colegio entero entone primero el himno acostumbrado, reservando el cierre… ese noble final, para la inigualable y prodigiosa voz de Sebastián Alonso Valente.
—¿El hijo de Don Julio Ernesto Valente… de los viñedos? —preguntó Blanchet, con una mirada de extrañeza—. ¿Solo el niño Valente… sin otras voces ni acompañamiento?
—Sí, General —intervino Aldunate—. Un tenor prodigioso. Trece años, oído absoluto. Su voz será la única, afinada y luminosa, capaz de elevar esas estrofas a un acto de devoción absoluta.
Felipe dio un paso leve hacia adelante, la voz firme y medida:
—A cappella, General. Solo la cristalina y diáfana voz de este joven virtuoso, entregada a usted y a la Nación. Un acto único de lealtad inquebrantable.
Blanchet recorrió con la mirada las filas de niños aterrorizados. La tensión se volvió casi insoportable; cada respiración parecía suspendida en el aire. Tras un silencio eterno, dio un solo golpe de cabeza:
—Hágase.
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Capítulo 5 — Frente al General: La voz del colegio
Sebastián dio un paso al frente. El golpe seco de sus zapatos contra la piedra quebró el silencio del patio. El frío le ardía en la cara y su respiración se hacía visible. Alzó la mirada y se cruzó con los ojos del dictador.
El coro terminó. El silencio se tensó como una cuerda a punto de romperse.
—Llegó tu momento —murmuró Felipe—. En tu canto se juega hoy la voz del colegio.
Sebastián tomó aire, buscó la nota en su cabeza y empezó. Su voz, cristalina y perfecta, atravesó el silencio. No flaqueó ni una vez. Las estrofas arcaicas sonaban nuevas, poderosas. Mientras cantaba, el rostro de piedra de Blanchet comenzó a ceder. El General Montoya relajó la mandíbula. Sebastián no solo ofrecía música; estaba entregando obediencia, historia y respeto en cada nota.
Cuando terminó, el silencio se mantuvo unos segundos más, pesado y denso. Entonces Blanchet se irguió y asomó algo parecido a una mueca de aprobación.
—Por fin. Estos versos han recibido el honor que les corresponde.
En cuanto los motores volvieron a rugir y la comitiva se perdió a lo lejos, el patio estalló. Los chicos pasaron del terror a la risa, imitando los saludos militares y las caras largas de los generales.
—¡Seba, nos has salvado la vida! —le gritó un compañero.
Sebastián asintió, aunque se sentía extrañamente vacío.
—Era lo que había que hacer. Tenía que ser perfecto.
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Capítulo 6 — El silencio tras la tormenta
Ya caía la tarde. En el despacho del Rector, el fuego crepitaba con un ritmo lento y tranquilizador. Aldunate, con una copa de brandy en la mano, se dejó caer en su sillón como si por fin pudiera respirar. El color regresaba poco a poco a su rostro.
—Sebastián… estuvo increíble —susurró el Padre Álvaro—. El patio se quedó mudo.
Felipe asintió sin apartar la vista de las llamas.
—Blanchet se dejó seducir por la estética de la obediencia —dijo con calma—. Le gustó lo que vio.
—Hemos triunfado —sonrió Aldunate, exhausto.
El Maestro Águila soltó una risita nerviosa.
—Hoy miramos al lobo a los ojos y le mostramos que podemos dominarlo.
La expresión de Felipe se ensombreció.
—Hoy ganamos —advirtió—. Pero mañana… quién sabe qué exigencias traerá. La perfección siempre cobra un precio alto.
Aldunate se incorporó, y las sombras del fuego acentuaron las arrugas de su rostro.
—Estaremos listos. Se acabó improvisar. Desde ahora, todos se sabrán hasta la última letra.
—Nos guste o no —añadió Águila.
Un silencio de alivio se extendió por la sala. Felipe dejó escapar una sonrisa mínima, apenas un gesto.
—Conspiradores con sotana —murmuró—. Esta noche celebramos. Mañana… mañana nos aseguraremos de que nadie vuelva a pillarnos desprevenidos.
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