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En el laboratorio clandestino
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La mezcla de los elementos con los que trabaja el alquimista tenía lugar en una especie de vaso que, según María la Profetisa, es una especie de matrix o uterus del cual ha de renacer el filius philosophorum, el infans solaris lunaris, nuestra Piedra milagrosa. El vientre artificial mantenido a temperatura constante que lo acoge es el atanor. Su forma recuerda al cuerpo humano, y de hecho hay quien localiza este horno en la zona del plexo solar. El fuego vendría a simbolizar la fuerza vital interior, mientras que el fuelle que se encarga de avivarlo es la respiración regulada. Para el alquimista, el estado caótico de la materia prima corresponde al descensus ad inferos o regressus ad uterum, la regresión al estado prenatal, embrionario, en cuanto es una vuelta hacia atrás a las profundidades de nuestro inconsciente, al período anterior a lo que en nosotros se revela como «consciente». Es el triunfo sobre la muerte, es decir, sobre la temporalidad.
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Las siguientes semanas, debido a su obstinada insistencia, el escribano se hospedó en casa del médico, que lo atendió como a un rey.
Flamel le fue tomando confianza y le contó todo, salvo el pasado de Abraham, puesto que él le había hecho prometer que nunca revelaría aquello. Aunque, hablando con Canches, descubrió que ya lo sabía porque entre los círculos judíos la leyenda de ese misterioso personaje se había extendido como el aceite.
En ese tiempo, que sirvió para que se recuperara por completo, el hispano tradujo fragmentos del libro de Flamel y los estudiaron con detenimiento. Los saberes del doctor sobre alquimia eran incuestionables, amén de poseer un surtido repertorio de manuales que había acumulado a lo largo de los años.
Maese Canches era un rabino converso instruido en cábala que había dedicado su vida a la medicina y a la sinagoga, pero aún más a la alquimia. Tenía un laboratorio en casa que nunca antes había enseñado a nadie y le mostró por primera vez a Nicolás. En él había pasado la mayor parte de su existencia haciendo pruebas, esperando a que su sabiduría y la gracia fueran algún día lo suficiente auspiciosas para lograr su mayor sueño.
A medida que pasaron las décadas sin obtener la panacea, su carácter se había ido agriando.
Pero ahora, al final de su vida, la respuesta a sus plegarias parecía haberse presentado bajo la figura de Flamel.
El rabino decidió enseñarle todo cuanto una verdadera guarida de alquimista debía albergar. Bajaron por unas escaleras que los condujeron al sótano.
—Este es mi santuario —dijo Canches, haciendo un ademán con la mano para invitarlo a pasar.
Sumergido en la oscuridad, Flamel no respondió porque no alcanzaba a ver nada; pero sí oler: la tufarada a laboratorio le golpeó hasta las entrañas, dejándolo parado en seco. Aquel puñetazo de bienvenida en la nariz ocurría a todo hombre cuando visitaba uno por vez primera. El olfato no avezado debía habituarse a ese característico aroma corrosivo con fuerte fondo de herrumbre, fruto del cóctel de minerales, ácidos, sales, óxidos, alcoholes y demás químicos que manejaba el alquimista.
A medida que sus ojos se habituaron a la penumbra, y con la ayuda de una triste luz que venía de un horno, miles de objetos aparecieron a la vista.
En un flanco cercano, montones de grimorios apilados y volúmenes repletos de fórmulas, entreverados unos con otros, manuscritos cenizosos y libros enterrados bajo densas capas y capas de polvo.
Al otro, el oratorio, con su Biblia abierta y algunos rosarios colgando del altar. Imprescindible en todo laboratorio de alquimista, ese es el lugar de refugio para el adepto que, habiéndose iniciado en un camino incierto y pedregoso, plagado de pasos en falso y rectificaciones en un vaivén constante de ensayos en las vasijas, cae a menudo en la mayor desesperación. Preso de la soledad y el sentimiento de estar abandonado, acude a este rincón para recobrar la fe y recordarse. Es un consuelo. Y es que tan solo los ruegos le brindan el sosiego para no desfallecer.
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Flamel se adentró en ese inusitado paraje que se antojaba milenario, con telas de araña colgando de muros enmohecidos y rellenando las esquinas, y cuyas sombras envolventes acrecentaban su aire de misterio, así difunde al final del día el precoz anochecer.
Caminaba con cautela y curiosidad, pues aquella caverna de atmósfera hechizada despertaba temor e intriga a la vez.
Sentía haber descendido a una cripta.
Lo primero que le llamó la atención fue la exagerada cantidad de objetos, con los que se tropezaba a cada paso. En cualquier rincón y sin guardar un orden, invadía un amasijo de instrumentos y utensilios arcaicos, escampados por el alquimista, que, siempre afanado, no tuvo tiempo de guardar. Sublimadores, hornillos, alambiques de pera y redomas rechonchas que exhalaban emulsiones herrumbrosas, cuyos relentes ácidos hicieron toser a Nicolás.
Sobre una mesa, un laúd y una viola, símbolos de la armonía que regenta en la Obra, cuya música reconfortaba el alma de Canches en los descansos.
En el centro, como corazón ardiente de la cripta, el atanor.
Al fondo, la caldeada fragua de metalurgia.
Aun por las paredes, no fuera a desperdiciarse un solo palmo de espacio, inscripciones en latín a modo de recordatorios motivantes y sapiencia ancestral, y símbolos del Arte Hermético, extendidos como mapas instructores sobre la roca: calaveras, rosas, cráneos, el Sol, la Luna y demás astros, letras hebraicas y un rosario de animales: lechuzas, salamandras, águilas, palomas, corderos, leones… Y, sobre el conjunto, como una síntesis en la clave de bóveda, el mayor de ellos, un cuervo desplegando sus alas, icono de la mortificación de la materia por el color oscuro de las plumas.
Cuando Nicolás alzó la vista hacia el techo, quedó amilanado, e incluso se encogió como para protegerse: el efecto intimidante de la gigantesca ave sobrevolando su cabeza provocó que se sintiera carroña a punto de ser devorada entre las garras del guardián.
Y en sí mismo era un aviso, pues el laboratorio consumiría sus partes groseras en un intento de encarrilarlo hacia la buena dirección.
—¡Es magnífico! —balbuceó Flamel.
—Este es el «sol» de la Obra —le presentó orgulloso al gran atanor.
El horno de los filósofos era una especie de torre de unos cuatro pies de altura, cubierta por una cúpula reverberante como tapadera, que permitía concentrar el calor.
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—¿Veis sus paredes? —Para que el discípulo se fijara en el grosor, les dio unos golpes con el puño—. Están hechas con ladrillos de arcilla refractarios, capaces de resistir altas temperaturas.
»Aquí se cuece la materia en diferentes grados hasta alcanzar la Piedra. El atanor es la muerte de la muerte, la vida eterna y la resurrección —aludió al origen del vocablo acuñado por los alquimistas: thanatos, muerte, con la letra a delante, expresando negación.
Apoyados en un lateral, advirtió fuelles de flancos de cuero raído por el uso, los encargados de insuflarle vida con sus soplos, aunque también había por el suelo, entre un revoltijo de garruchas, tejas y copelas; y cercándolo, recipientes oliváceos hundidos de lleno en la arena o enterrados en fardos de paja que exhalaban humaredas que ascendían hacia la bóveda ojival.
En la campana, se entretuvo mirando una fila de matraces de cuello abocinado o cilíndrico, cucúrbitas, vasijas ventrudas como buenos monjes, selladas y encapuchadas con cera, retortas triangulares, recipientes de cristal henchidos de sustancias en colores irisados y crisoles terracota.
El atanor era parecido al que tenía en su libro, así que se lo mostró a Canches.
La única diferencia que Flamel veía era que el que tenía delante era cilíndrico y el de la imagen cuadrado.
No eran idénticos porque podría decirse que existían tantos como alquimistas. Al construirse cada uno el suyo, de forma casera y a medida, había tantos modelos como gustos, pero presentaban una estructura similar.
—Todos los atanores comparten un mismo crisol en su interior —clarificó el rabino mientras abría una mirilla a la altura del centro.
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