Fuera, el aire de la montaña descendía helado y perfumado por el galán de noche, recibiéndola como una segunda muerte. 57Please respect copyright.PENANARtwtYo7J4Z
Y allí, recortado contra la bruma, estaba él. Kyojin Ksuge no se escondía ni acechaba; demasiado curioso, demasiado excitado, dispuesto a ver el mundo arder sin intervenir. Con su kimono negro con capucha impecable, los brazos cruzados y una sonrisa ladeada que parecía pertenecer a un criminal elegante o a un hombre demasiado consciente de su poder, la observaba desde el primer caído. Cuando ella cruzó el umbral con las cinco placas, él enderezó la espalda con una lentitud casi ceremonial. Su voz, profunda y descaradamente satisfecha, rompió el aire inmóvil:
—Vaya… así que existes de verdad, Geijin-hime —dijo en tono burlesco e irónico — Perdona mis modales, Ikoku puede que te sea más cómodo— concluyó con una reverencia teatral.
Ikoku no respondió. No había necesidad. Las placas en su mano sonaron con un último tintineo fúnebre y la sangre seca entre los pliegues de sus manos crujió al tensar los dedos. En el templo del Dragón Celestial, bajo el cielo plomizo, dos criaturas moldeadas por el trauma se reconocieron sin pronunciar palabra.
Frente a la salida del templo, bajo la amplia marquesina ennegrecida por la humedad, se alzaba una mesa austera compuesta por tablones macizos, cuencos de tinta espesa, pinceles ya endurecidos y papeles amontonados. Allí esperaban un total de ocho hombres uniformados además de Enju, de seriedad absoluta y una calma pasmosa. Un trámite burocrático que coronaba una matanza ritual, como quien marca las reses para el matadero. Ikoku avanzó hacia ellos con el paso silencioso que le había enseñado toda una vida de supervivencia: sin bajar la cabeza, pero sin desafiar a nadie; sin erguirse en reto, pero sin ceder un solo palmo de su presencia. Era un movimiento templado, firme, limpio, como una hoja de acero sin afilar que aún podía cortar.
Los policías la vieron aproximarse y, aunque mantuvieron el rostro impasible, sus ojos se iluminaron por apenas un instante al reconocer la cantidad de placas de madera que llevaba colgando del cinturón y entre los pliegues del kimono. El primer oficial buscó en su libro de registros con la parsimonia de quien ha repetido ese gesto centenares de veces y anunció, sin emoción, el número asignado: “ochenta y siete”. El segundo confirmó que portaba una placa propia y cuatro tomadas de otros. El sonido de la tinta raspando el papel resonó en ese pequeño claro como un eco solemne, recordando que el temple del pincel no compensaba el temblor de los muertos. Algunos supervivientes cercanos bajaron la mirada al escuchar el número; otros la observaron con una mezcla de recelo y superstición.
Un tercer oficial, delgado y de gafas circulares, se aproximó sin pronunciar palabra y desplegó una hoja en blanco sobre un tablón limpio. Tomó un pincel fino, lo cargó de tinta oscura y procedió a realizar un retrato de Ikoku con la precisión mecánica de un artesano que trabaja no para honrar una vida, sino para archivar un rostro mientras aún lo habita la respiración. Sus ojos pasaban del papel a la extranjera con la neutralidad propia de un verdugo que evalúa cuántos golpes serán necesarios. En ese mundo, un retrato podía ser tanto una identificación judicial como la declaración del precio por tu cabeza, pero la diferencia era irrelevante. Las líneas rápidas comenzaron a delinear la forma de su rostro: su ojos grandes y almendrados, su nariz pequeña surcada de pecas, su rostro pequeño y aniñado, la cicatriz en su párpado derecho, los pómulos rosados por la humedad y los mechones de cabello oscuros y sueltos que caían de su moño fijado con una horquilla. Ikoku no hizo el más mínimo gesto durante los minutos que duró el retrato; se mantuvo tan estática que parecía haber sido creada para ser observada y juzgada, y luego encontrar la grieta exacta por la que escapar sin dejar huella.
Detrás de ella, como una sombra excesivamente humana para pasar desapercibida, se seguía él. Con su sonrisa descarada, difícil de leer, parecía oscilar entre la diversión y el interés genuino. Cuando el funcionario dio las últimas pinceladas, Kyojin murmuró, casi sin intención de que ella lo escuchara, que era interesante la elección de enemigos que había hecho. Ikoku no lo miró, no lo necesitaba: sentía su atención como un hilo tibio y molesto recorriéndole la nuca, tan constante que no alcanzaba a ser amenaza, pero tampoco seguridad.
El funcionario anunció con voz seca que el retrato estaba finalizado y que podía retirarse. Ikoku inclinó apenas la cabeza en señal de aceptación, giró sobre sus talones y se internó entre el torii que señalaba la salida formal del templo. Pero detrás de ella, con un movimiento tan fluido como los de un tigre tras desperezarse y ponerse en marcha, Kyojin se separó del pilar y comenzó a seguirla a un ritmo tranquilo, como si la distancia entre ambos le perteneciera por derecho propio y pudiera modelarla según su antojo.
El sendero se inclinaba hacia el bosque de bambú de Arashiyama, donde los tallos altos se alzaban como columnas de un templo vivo y el viento hacía temblar las hojas en un murmullo continuo, semejante a una conversación interminable entre los espíritus de la montaña. Ikoku caminaba con paso firme, sin mostrar cansancio a pesar de cargar todavía con la tensión acumulada de la masacre. Tras ella, Kyojin avanzaba limitándose a compartir el mismo espacio, como si su presencia formara parte del paisaje inevitable.
Finalmente, el silencio se quebró cuando él habló con una suavidad peligrosa, de esas que inquietan más que una amenaza directa, pero cálidas como una caricia.
—No has hecho ninguna pregunta —comentó, sin alterar el tono—. La mayoría estaría llorando o temblando, bloqueados o vomitando la cena de toda la semana. Pero tú…
Ikoku mantuvo la vista al frente.
—No tengo nada que preguntarte—respondió, sin emoción.
Kyojin soltó un suave soplo de risa, como si ella hubiera fallado un examen inventado por él mismo.
—¿No? Qué decepción —dijo con aire despreocupado—Esperaba al menos una duda, una sospecha… algo.
El viento separó un mechón del rostro de Ikoku, revelando por un instante la cicatriz debajo de su ceja derecha. Kyojin la vio y sonrió de forma casi imperceptible, como quien recibe una respuesta que no pidió.
Caminaron un rato más sin hablar, hasta que Kyojin redujo la distancia entre ambos con un movimiento fluido y se acercó lo suficiente para que su voz sonara casi íntima.
—Voy a hacerte una oferta —anunció con voz tranquila—. Una tregua. Una alianza temporal.
Ikoku se detuvo. Él también, quedando a menos de un brazo, como si hubiese estado esperando exactamente ese momento. El bambú crujió por encima de ellos, como conteniendo la respiración.
—¿Por qué aceptaría tal cosa? —preguntó ella sin volverse.
—Porque no eres idiota —respondió sin dudar—Este torneo no está diseñado para pelear solos. Está diseñado para eliminar imprudentes. Como ya habrás deducido, varios contendientes pueden cruzar la meta en Edo.
Ikoku lo miró al fin, con esa calma que siempre parecía un filo oculto.
—¿Y qué te hace pensar que yo no querré eliminarte a ti?
Kyojin ladeó la sonrisa, apenas, como si la pregunta fuera un cumplido.
—Oh, querrás hacerlo —dijo con cierta alegría— Y yo a ti. Pero si rechazas esto ahora… tendremos que matarnos antes de que termine el día —Alzó los ojos hacia ella con una franqueza inquietantemente desenvuelta y un tono de amenaza desenfadado— Sinceramente, me molestaría no saber qué tan lejos puedes llegar.
Ikoku inhaló despacio, había crecido rodeada de depredadores y sabía reconocer a uno por el olor del silencio que dejaba tras de sí. Y también sabía reconocer a otro, más peligroso aún: aquel que sonreía mientras evaluaba los ángulos de ataque.
—Una tregua —aceptó al final— Hasta que deje de convenirnos.
Kyojin abrió los brazos un par de centímetros y levantó la cabeza hacia la llovizna de verano, satisfecho.
—Exactamente lo que quería oír — sonrió satisfecho ofreciendo un estrechamiento de manos típicamente occidental.
Ikoku no lo aceptó, en su lugar, hizo un movimiento sutil de cabeza que Kyojin supo percibir.
—No mueras todavía, Ikoku —añadió con una ligereza que contrastaba con las palabras—Sería una pena aburrirme tan pronto.
El bosque pareció tomar nota del pacto, susurrando entre los tallos más altos, reconociendo a dos monstruos que habían decidido, por un instante, caminar en la misma dirección. En silencio, sin alterar el ritmo del otro, avanzaron hacia la aldea más cercana.
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