Ikoku llegó con la respiración controlada, pero con la mirada baja. No porque tuviera miedo… sino porque no tenía nada que perder. El templo del torneo se alzaba como una bestia dormida entre la niebla. Hombres de todas las regiones esperaban en la entrada: ronin tatuados, ex-samuráis deshonrados, mercenarios, criminales, soldados borrachos… y uno que otro loco sediento de gloria.
Dentro del templo, los farolillos temblaban con cada hálito del viento, proyectando sombras que parecían criaturas inquietas, encogidas entre las columnas. Los murmullos se dispersaban como polvo entre las columnas de madera. La lluvia acechaba detrás de la madera y del papel, esperando su momento para desatarse.
Entre el humo del incienso vio a un hombre agazapado en cuclillas al lado de un árbol, observando con ojos oscuros cada hoja que se movía. Sus miradas se cruzaron apenas un instante, fugaz y cargado de tensión; un reconocimiento silencioso, una evaluación mutua que no necesitaba palabras. Ikoku siguió su camino, imperturbable, pero la sensación de ser observada le recorrió la espalda como un hilo frío.
En el escenario elevado, un hombre avanzó con el paso firme de quien sabe que cada mirada le pertenece. Vestía un haori del ejército, rígido y oscuro, la tela bordada con el emblema del nuevo Japón que pretendía renacer de las cenizas. Era el general Enju.
Su voz, cargada de sorna y solemnidad, retumbó contra los muros como un tambor de guerra.
—Ha llegado la hora, bienvenidos al Templo Tenryū-ji —pausó, saboreando la inquietud ajena— Antes de detallar nada, les agradezco enormemente que hayan venido. Yo no soy otro que Enju, así me llamo —dijo entre murmullos — A través de un juego van a poner a prueba su espíritu, sus habilidades y su propio cuerpo. Sí, es normal su inquietud. Es sorprendente que puedan ganar una fortuna a través de un simple juego, pero es verdad. Comprendo que estén intranquilos y que desconfíen siquiera de la existencia de esos 100000 yenes — finalizó con un chasquido de lengua su discurso.
Otros dos policías uniformados alzaron con una vasija de porcelana repleta de monedas de plata, que tintinearon como risas huecas al romperse esta con un mazo.
Los vítores y gritos de asombro no tardaron en asomar. El dinero brillaba como una promesa envenenada.
—Con todo este dinero podrían vivir rodeados de lujos durante 10 años —dijo con una sonrisa maliciosa — Sin embargo, el dinero que están a punto de ganar va más allá —arrancó sonrisas de júbilo y lágrimas de esperanza entre los presentes — Ahora bien, ¿que deben hacer para conseguirlo? En cuanto les cuente las reglas no podrán retirarse del juego bajo ningún concepto.
—¿Qué significa esto? ¿De qué reglas habla? —abuchearon a coro decenas de participantes.
— Voy a contar de treinta a cero. Por favor, sino desean participar, márchense antes de que termine la cuenta regresiva — sentenció con una inclinación profunda de cabeza. Aunque toda la escena denotaba peligro, nadie se movió. No por valor, no por orgullo. Por vergüenza, por presión, por la férrea esperanza de volver a casa con honores, o de huir de sus propios infiernos.
—28, 27, 26, 25... — ¡Ya es suficiente! No se mueva, soy de la cuarta división de la policía de Kyoto —interrumpió un hombre uniformado deshaciéndose de su capa y con la katana aún enfundada.
—Mirad, es Ando, el vendaval Jin-an —dijo con sorpresa un hombre harapiento cerca de él.
—Vaya, a cuarta división. Lo lamento, pero si está aquí se le considera un participante. Y antes de que te adelantes, claro que te conozco. Si este hombre hubiera nacido hace años hubiera derrotado al Shinsengumi o a cualquier asesino. O eso, es lo que usted afirma —dijo en tono burlesco.
—Es la pura verdad. Quedan detenidos por violar el Edicto Haitorei, todos ustedes.
—Por favor, no se usted tan rígido, solo es un jueguecito —contestó Enju aplacando el tono autoritario de Ando.
—¿Quién lo organiza y dónde está? —exigió Ando.
—A saber —dijo Enju remarcando su aburrimiento.
—Muestre las manos o le mato —y atacó sin previo aviso. Pero la carrera hacia el escenario duró poco. Una sombra se movió desde detrás del escenario, un corte silbó y la cabeza rodó por el suelo polvoriento.
Todos se quedaron de piedra. El verdugo era otro policía, un ejecutor con una larga cicatriz que le surcaba la parte izquierda del rostro.
—Participantes, disculpen la interrupción. Ahora sí, retomamos la cuenta atrás. 24, 23, 22, 21...
—¡No quiero estar aquí!
—¿Tú te retiras?
—¡Nos van a matar!
—No puedo regresar a casa con las manos vacías, no me rendiré.
A pesar del miedo y la confusión, todos mantuvieron sus posiciones removiéndose de desesperación.
Enju sonrió con la crueldad de un hombre acostumbrado a romper voluntades. Finalmente, las puertas se cerraron con un estruendo que pareció sellar los destinos de todos.
—Espléndido. He de admitir que su coraje es admirable —sentenció a los allí presentes.
Los asistentes del general avanzaron entre los participantes y pusieron una placa de madera marcada a fuego en manos de cada uno. El olor a quemado impregnó el aire.
Y solo entonces Enju dejó que la verdad los golpeara como un mazazo:
—Procedo a explicar las reglas del Kodoku al detalle ahora mismo —dijo con una voz limpia, sin dramatismos innecesarios.
Primera: vuestro destino es Tokio.
Segunda: saldrán por la entrada principal y deberán atravesar Ise, Chiryu, Mikawa, Hamamatsu, Shimada, Hakone y Shinagawa.
Tercera: si no reúnen los puntos suficientes, no podrán avanzar hasta el siguiente lugar.
Cuarta: en ninguna circunstancia hablen de este juego con nadie ajeno a él.
Quinta: tendrán un mes para llegar a Tokio. El 5 de junio para más tardar.
Sexta: queda terminantemente prohibido abandonar el juego. No obstante, si no llevan su placa al cuello y no consiguen ponérsela antes de 10 segundos, será considerado abandono.
Séptima: si alguien infringe las reglas... —un hombre exasperado, tiró su placa al suelo y huyó despavorido hacia las puertas atrancadas, generando un caos colectivo y provocando que otros muchos renunciasen como él.
Y como prometió y vaticinó, al terminar los 10 segundos, la hilera de fusiles del segundo piso, los fusilo ante las puertas del templo.
Séptima: si alguien inflige las reglas, sufrirá una penalización.
—Es de locos...
—No nos habíais dicho nada de matarnos.
—¡Guarden silencio! —gritó Enju exasperado, tocándose las sienes —Acabamos de confirmar su predisposición a participar, ¿no? Lo han decidido, han optado por participar en este juego por voluntad propia. Para ganar 100000 yenes.
—Dicho esto, les comunico que el número total de participantes es de 292 y que cada uno lleva una placa equivalente a un punto. Por tanto, todos inician con la misma puntuación. Para salir del Templo Tenryū-ji deberán conseguir al menos dos puntos. Más adelante, para llegar a la meta en Tokio, necesitarán un total de treinta puntos. Creo que algunos ya os habréis percatado de como acumular puntos. Cualquier método es válido. ¡Luchen, muéstrenos el orgullo y la fuerza de los samuráis! — animó Enju retirándose del estrado sonriente.
—En Toki..., no..., en Edo les estaré esperando. ¡Adelante!
Ikoku no sintió miedo. Sintió cierto alivio. El alivio del que ve el final, aunque esté hecho de cuchillos y cicatrices.
Apenas había terminado de desaparecer el eco de las pisadas de Enju cuando los ronin, mercenarios y ex-samuráis se lanzaron unos contra otros, empujados por la codicia, el miedo o la mera voluntad de no ser el primero en caer. El aire se volvió espeso, cargado del olor acre del sudor y el óxido. Las sombras proyectadas por los farolillos parecían dobles por cada combatiente, moviéndose con la misma violencia. Era un frenesí de sombras, choques y aullidos.
El Kodoku no requería rituales ni plegarias; era un mecanismo antiguo, diseñado para triturar aquello que quedaba del ser humano dentro de cada participante. Las puertas del templo Tenryū-ji estaban abiertas desde el primer instante, respirando el aire helado de la montaña y recordando a todos los presentes que no habría gongs, señales ni misericordias que detuvieran la matanza. La única ley era salir vivo.
El primero que fue a por Ikoku lo hizo con la arrogancia ciega del joven que confunde fuerza bruta e insolencia con éxito asegurado. Se precipitó sobre ella con un rugido, convencido de que la extranjera sería su placa más fácil. Ikoku apenas inclinó la cabeza; su cuerpo se deslizó con la precisión de un bisturí. La muñeca del muchacho quedó atrapada entre sus dedos y un giro limpio y seco dobló su cuello como una rama de bambú tras la tormenta, quedando en un ángulo antinatural. Cayó de rodillas, vacío de voz y de vida, antes de comprender que ya estaba muerto. Aquel silencio fue su primera victoria. Pero no la última.
El segundo llegó más consciente, más rabioso, más desesperado. Empuñaba un cuchillo romo que reflejaba la luz débil de los farolillos, pero Ikoku entró en su radio de movimiento antes de que pudiera completar el ataque. Un golpe directo al centro de la garganta hundió el cartílago; él abrió la boca esperando captar algo de aire, pero se ahogó en su propia sangre con un gorgoteo silencioso. La sangre se deslizó por su barbilla en un hilo oscuro y sus ojos se apagaron sin un solo reproche al destino.
El tercero fue distinto: un ronin enjuto, curtido, con cicatrices profundas en las sienes y una mirada que delataba que no luchaba por gloria, sino por pánico a morir aplastado entre otros tantos. No se lanzó de inmediato; midió, rodeó, buscó un hueco e intentó visualizar los puntos débiles de su adversaria. Ikoku deslizó los dedos hacia la costura interior de su kimono y extrajo sin pestañear la primera de sus dagas ocultas. El ronin no vio el movimiento. Solo sintió el filo arrojadizo en su garganta, tan limpio que tardó un instante en entender que estaba muriendo. Cuando intentó llevarse las manos al cuello, ya no quedaba nada que pudiera salvar.
El cuarto emergió con el aliento viciado por el opio, los dientes corroídos y un odio que no tenía dirección concreta. Maldijo, escupió, intentó arrebatarle la placa por mera fuerza bruta. Ikoku giró sobre su propio eje, aplicó una torsión violenta que convirtió la clavícula del hombre en una fractura abierta. El grito quedó atrapado en su garganta cuando ella clavó una de las placas en su aorta, temblando como un animal herido que sabía que no tendría redención. Y entonces apareció el quinto, el más silencioso, el más peligroso. No anunció su presencia con insultos ni con rugidos, fue una sombra que se movió con la determinación de quien ya había matado antes. Ikoku sintió el peso de su intención antes de verlo. El atacante se lanzó con un gesto en el que había rabia y cálculo, pero ella lo recibió con un corte ascendente de su segunda daga, preciso, escondido en la respiración. El filo entró bajo las costillas y la sangre brotó tibia, oscura, resbalando por su muñeca como un sello inevitable. Él apenas pudo emitir un susurro antes de desplomarse.
Para cuando la tierra del patio era un barrizal de sangre y polvo, Ikoku ya tenía cinco placas tintineando entre los dedos. La sangre ajena manchaba su ropa y la piel de sus manos, pero su respiración era firme, como si cada asesinato no hubiese sido más que la continuación lógica de una vida marcada por la supervivencia. El murmullo de los moribundos se mezclaba con el sonido irregular de las placas chocando entre sí, como campanas de difuntos anunciando el fin de un rito antiguo. Ikoku avanzó hacia la salida sin prisa ni orgullo: solo la inercia de alguien que nunca esperó vivir más de aquel día.
*Kodoku: es un término japonés que proviene de antiguas prácticas mágicas importadas desde China. Su significado es oscuro, ritualista y profundamente ligado a la idea de muerte y maldición. Es un ritual de magia negra donde se encierra a múltiples criaturas venenosas desde serpientes, escorpiones, sapos, ciempiés... dentro de un recipiente para que se devoren entre sí. Al final, solo una criatura sobrevive, impregnada del veneno y las energías de todas las demás, considerándola, el portador de la maldición.
*Shinsengumi: fue una milicia samurái de élite creada en 1863 durante el final del período Edo (Bakumatsu). 71Please respect copyright.PENANASuzwh5jvHB
Era, en esencia, una fuerza policial especial al servicio del shogunato Tokugawa en Kyoto, en una época de terrorismo político, asesinatos y luchas entre facciones. Tras la victoria imperial, los que no fueron ejecutados o muertos en batalla, se disolvieron.
*Edicto Haitorei: fue el decreto del gobierno Meiji que prohibió a todos los antiguos samuráis portar espadas en público, excepto a militares, policías y algunos funcionarios.
ns216.73.217.39da2


