Ikoku no recordaba el viaje desde España, sólo fragmentos sensoriales: olor a sal, voces desconocidas que gritaban en un idioma extraño, manos sucias y callosas que la empujaban como si fuera un paquete de heno y miradas que oscilaban entre perversión, condescendencia y arrogancia. A los 13 años su vida fue vendida al mejor postor, en Japón fue subastada entre fardos de tabaco, barriles de pólvora y rollos de seda, como si fuera una bestia exótica y novedosa, junto a otros esclavos de distintas etnias. Un hombre gritó un precio. Otro lo superó. El último la compró sin ni siquiera quitarle los grilletes.
El burdel en aquel puerto desconocido fue el punto en que su infancia murió. No por lo que allí pasó, sino por la certeza de que nadie vendría a buscarla ni a socorrerla. Vivir en el burdel fue comprender que el aire podía pesar. Era una mezcla persistente de ropas y cuerpos sudados, tabaco de masticar, esencias florales y almizcladas y colorete en polvo. Se le pegó a la piel desde el primer día, como una marca invisible que jamás podría limpiar. Nada allí invitaba al descanso ni al olvido. Todo estaba diseñado para que el tiempo se diluyera y ella con él.
Para una adolescente, vender la inocencia no fue una elección, sino un trámite impuesto. Cada noche significaba repetir un ritual mecánico frente a desconocidos pomposos y con los bigotes encerados, que no preguntaban nombres ni historias. No importaba el miedo, el cansancio o el asco: su cuerpo no le pertenecía y su voz tampoco. El dinero cambiaba de manos sin que ella llegara a verlo jamás. Entendió pronto que no trabajaba para vivir, sino para rendir. Ikoku no era protegida: era una inversión, un dividendo que debía ser explotado mientras conservara valor. Cuando algo se rompía, se reemplazaba.
Con el tiempo, ganó temple, ganó astucia y se hizo peligrosamente fría; cada gesto y sonrisa fueron ensayados hasta volverse naturalmente cálidos y gráciles. La fragilidad desapareció, sustituida por una compostura aprendida a golpes de vara y latigazos. La vistieron con sedas burdeos y verdes profundos que resaltaban sus ojos claros, la adornaron con joyas brillantes que no simbolizaban afecto y la endulzaban con fragancias caras. Era presentada como una rareza exquisita, algo que debía ser admirado y comentado. Los hombres ricos y excéntricos la trataban como un lujo pasajero, y algunos la recompensaban no con monedas, sino con confidencias y conocimientos. Hablaban delante de ella como si no existiera, y sin saberlo le entregaban fragmentos de poder: listas negras, rutas comerciales, estrategias militares, favores, traiciones y secretos.
Ikoku los guardó en silencio, entendiendo que la información era lo único que nadie podía arrebatarle. El burdel no la convirtió en algo bello, etéreo ni fuerte. Le proporcionó una sabiduría impropia para su edad, aprendió el idioma, economía, diplomacia y estrategia militar solo de oídas. Y esa lucidez, nacida del abuso, fue el primer paso de una libertad que ni soñaba con anhelar.
Hajime Saitō, un viudo, antiguo samurái de bajo rango, dueño de una escuela ya caída en desgracia, la compró por una suma manejable, aunque exorbitada para la gran mayoría de la población. Una salida elegante del burdel para un activo que ya no querían gestionar. Ya no era una niña moldeable, pero aún era lo bastante joven y valiosa como para convertirla en una transacción limpia. Este hombre no era amable, ni cálido. No fue un gesto de caridad, todo estaba calculado, compró su silencio, su cuerpo, su ausencia de pasado, con la promesa de un techo, comida, y una palabra simple: hogar. Sabía que no huiría, no tenía a donde ir ni a donde pertenecer. Para Ikoku simplemente, fue una jaula diferente.
Ikoku creyó que la supervivencia podía transformarse en permanencia. No fue un pensamiento romántico ni infantil sino una esperanza vaga de redención: una esposa no se revende, no se intercambia, no se exhibe. Una esposa pertenece a un solo hombre. Aquella idea, torcida pero firme, se le incrustó como una astilla de esperanza. Si era obediente. Si aprendía rápido. Si no causaba problemas. Si se volvía útil.
Durante los primeros meses, esa ilusión sobrevivió. Saitō no la tocaba. No la golpeaba sin motivo. La observaba como se observa una herramienta nueva: evaluando resistencia, límites, defectos. Le permitió bañarse con regularidad, le dio ropa limpia, corrigió su postura al caminar, su forma de inclinar la cabeza. Cada gesto era una instrucción. Cada silencio, una prueba. Ikoku confundió aquella distancia con respeto.
Soñó con lo mínimo: dejar de ser señalada, caminar por la calle sin bajar la mirada, que su extranjería se diluyera bajo un nombre japonés. Pensó que, si era desposada, la palabra "gaijin" perdería peso, que la violencia se transformaría en rutina, y la rutina, en algo parecido a la paz. No aspiraba al afecto, simplemente a no ser descartada.
Pero la casa de Saitō no era un refugio; era un escenario. Con el paso del tiempo, comenzaron las visitas. Antiguos compañeros, hombres de manos ásperas y risas gruesas, que bebían hasta perder la compostura. Ikoku servía el sake en silencio, aprendiendo a no mirar, a no reaccionar. Al principio, creyó que eran pruebas de paciencia. Luego entendió que eran cesiones. Su cuerpo volvió a ser moneda, pero esta vez envuelta en la mentira de la respetabilidad.
Aun así, aguantó, aprendiendo a anticiparse a la violencia, a moverse sin hacer ruido, a desaparecer en la penumbra. Observaba en silencio los entrenamientos samurái a través de las rendijas del tatami cada mañana: posturas, respiración, caídas controladas, el equilibrio del cuerpo que se prepara para pelear, para morir si hacía falta. Cada gesto lo memorizaba. No por ambición, sino por puro instinto. Se empapó de los manuscritos que el viudo atesoraba en su biblioteca personal y perfeccionó la caligrafía y lectura de kanjis.
Al sobrepasar la mayoría de edad, ya era una sombra férrea, firme, despierta de lo que jamás volvería a recuperar. Ikoku siguió creyendo, incluso mientras sangraba que, si aguantaba un poco más, si sobrevivía al siguiente invierno, si se volvía invisible, él la desposaría. Que el infierno tendría una salida formal.
Quizá humillado por su firmeza, por su pérdida de autoridad o por no verse capaz de esconderla ante el escrutinio público, Saitō la acusó falsamente de dejarlo tullido y de robarle las pocas pertenencias que le quedaban de su señora. La sociedad la condenó sin juicio, una “demonio europea” ingrata, culpable por defecto.
No gritó. No rogó. No lloró. Entendió que la jaula había cambiado de forma otra vez, y que quedarse significaba morir en vida. Huyó sin mirar atrás, sin nombre, sin pertenencias, sin más certeza que su propio cuerpo entrenado para resistir. Aquella huida no fue un acto de valentía, sino de agotamiento absoluto. Así, acuñó su sobrenombre Ikoku-hime, lo suficientemente bello y extraño para aquellos que la recordaban como algo etéreo, peligroso y único. Durante dos años vivió vagando y escondiéndose, sobreviviendo de los bosques y ríos; de lo que conseguía robar a mercaderes y transeúntes. Cualquier pueblo o aldea rechazaba su sombra extranjera, al desconocer su naturaleza y dar credibilidad a los rumores; pero por primera vez en su vida, fue libre, libre de decidir sobre su vida y su cuerpo, libre de elegir su propósito y libre de morir sin hacer ruido.
Pero nunca dejó de entrenar. De noche, sola, entre vigas de madera y sombras en ruinas, repetía los movimientos aprendidos rítmicamente. Los perfeccionaba con rabia sostenida. Su cuerpo respondía y se endurecía. Se templó en hierro y silencio.
Y entonces, un mediodía, vio a un niño repartir unos folletos, doblados con prisa.
—Eh… señorita, —el niño dudó—¿querría uno?
Ikoku arqueó una ceja. Esperó. No dijo nada. Aun así, el niño extendió uno de los folletos, temeroso.
El papel estaba escrito con tinta negra y trazo cuidado en caracteres japoneses: “Kodoku. Recompensa en oro. Competencia para expertos en artes marciales. Templo Tenryū -ji”.
Se anunciaba un jugoso torneo para gente lo suficientemente insensata, sin patria, sin nombre, sin futuro, como para jugarse su integridad o la triste vida que les había quedado. Nadie daría 100000 yenes de premio gustosamente por una simple competencia, algo olía mal.
Se aventuró hacia Kyoto más por curiosidad que por la promesa de un nuevo comienzo, si lo que buscaba era una excusa para morir, estaba metiéndose de lleno en las fauces del lobo.
*Templo Tenryū-ji (Templo del Dragón Celestial): fue fundado en 1339, siendo uno de los 5 Grandes Templos Zen de Kyoto. Se localiza en Arashiyama, famosa por el bosque de bambú de Sagano, siendo un enclave montañoso y apartado.
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