El conde de Caithness, indignado y desorientado, no sabía qué hacer con aquella criatura: su hija ilegítima, que lo enfrentaba con la parte más humana de sí mismo. Una parte de él —la más oculta— se aferraba a la bebé, como si pudiera redimirse a través de ella. Fuera o no fruto de un amorío sin sentido, quería conservar ese destello de vida que le recordaba a algo que nunca logró entender del todo. Pero el corazón de un noble no siempre gana la batalla. No si hay intereses más grandes que el propio amor.
La mantuvo cerca, no como una hija —como se esperaría—, sino como a una sirvienta silenciosa. Una pieza incómoda de su vergüenza. Una que esperaba vender al mejor postor cuando llegase el momento oportuno.
El egoísmo, la vergüenza y la codicia terminaron por vencer. Sumado a ello, la condesa —su esposa— deseaba con todo su ser que “esa cucaracha blanca” saliera de sus vidas. La espera para deshacerse de ella se les hizo eterna.
Las hermanastras mayores ya estaban casadas; la menor, que se había perdido cuatro presentaciones debido a su temperamento, estaba próxima a presentarse en sociedad. Y Sorcha, relegada a la cocina y al jardín, alimentaba en secreto planes de fuga. Uno tras otro, sus intentos acabaron en desastre. Nunca logró escapar más allá de los límites del castillo de Mey.
Cada vez que estaba cerca de la línea de salida, unas manos la levantaban, regresándola a su cuna. Un lugar sin salida. Se sentía incapaz de sobrepasar esa barrera que había sido impuesta por su padre.
En ocasiones soñaba con ser libre, con vivir en un lugar donde nadie temiera de su apariencia. De todos sus intentos por escapar, el último la dejó horrorizada. Por primera vez, sintió que merecía su destino.
Sabía que la vida era injusta, una consecuencia inevitable de los actos humanos. Pero jamás imaginó que unos niños intentarían arrancarle la piel. Vio la bondad y la oscuridad en sus intentos por escapar. Como esa ocasión en la que una niña del otro lado del muro se le acercó:
—Qué hermosa eres —dijo la chiquilla, subiendo al muro de piedra.
—Gracias, supongo —Sorcha no sabía si alegrarse o asustarse, pero esa pequeña persona, con el cabello recogido en dos moños, le transmitía paz.
—Yo ya puedo leer —al escucharla, le calculó siete años y pensó en todo lo que le faltaba vivir.
Sorcha, que estaba cerca de pisar el mundo exterior, se quedó sentada junto a la niña.
—Que bien por ti. ¿Y qué lees?
—Los libros que encuentro en la biblioteca de madre, aún no sé qué me gusta.
—¿Lees de todo un poco? —la niña se puso de pie.
—Creo que sí. He visto dibujos que se parecen a usted —la niña se acercó a su rostro extendiendo su diminuta mano—. Mamá dice que son hijos de la luna —susurró acercándose a su oído—. Pero madre la mayoría de las veces no está segura de lo que dice —la niña giró a ver el lugar de donde venía—. Debo irme, princesa de la luna. Madre me matará si sabe que he salido. Aunque creo que ya me andará buscando y no me esperará nada bueno. Nos vemos —se despidió alzando la mano.
Se detuvo del otro lado del bosque y se volvió a despedir.
Hijos de la luna… instintivamente levantó su rostro y se fijó en la luna creciente que apenas se veía a lo lejos. El cielo surcado de nubes grises y el sonido de unos pasos fuertes y acelerados le recordaron que ella nunca sería hija de ese astro eternamente hermoso.
Supo que el señor Draf —quien continuamente arruinaba sus planes de huida— estaba detrás de ella.
—No hables, ya sé lo que dirás —dio la vuelta y caminó por delante de él.
Cuando tenía doce años elaboró su primer plan de escape. Falló, evidentemente, pero fue en ese momento que conoció al señor Draf. Alguien que solía verse lejano y frio, pero quien más la cuido.
Sin importar las circunstancias, y sabiendo que el susodicho estuviera a unos pasos de ella, su parte favorita del día se reducía en ir al jardín. Caminar hacia el bosque, a pesar del recuerdo de los niños. Escuchar a cada uno de los animales que habitaban esa fauna encantadora le traía paz. Sentir cómo el pino silvestre, el abedul plateado y el abedul pubescente le ofrecían su aliento fresco, como si el bosque la acogiera en su seno. Le traían sensaciones ajenas de alguna vida pasada.
Si algo le agradaba de su carcelero, tendría que ser que siempre sabía cuándo dejarla sola y cuándo no. Quizá anduviese por ahí rondándola cerca, pero no interrumpía si creía que no lo ameritaba.
Sorcha cuando salía se cubría con un plaid; los rayos de luz la lastimaban. Creía que así debería ser su castigo por haber nacido. Pero ese día estaba especialmente oscuro. Así que se descubrió el rostro. Había buscado en la biblioteca de su padre el porqué de tal hecho; sin embargo, el conde de Caithness no era conocido como un lector aficionado. Su biblioteca carecía de mucha información relevante. Buscar sobre los hijos de la luna cada vez se le hacía más desalentador.
Hasta que, en el año de mil ochocientos treinta y seis, todo cambió. Con veinticuatro años, en el bosque, se encontró con un hombre que iba a caballo. Un palpito estremeció todo su alrededor. El llamado de lo olvidado estaba desencadenándose a su alrededor. Las hojas de los árboles se inquietaron, las aves se detuvieron y la brisa se ralentizó.
Se asomó desde detrás de un pino silvestre. Giró para buscar a Draf, pero este no estaba. El caballero que iba a caballo inclinó su cabeza en dirección a Sorcha. Sintiendo que la había atrapado espiándolo, salió; caminó temerosa hacía él. Una ráfaga de viento del norte la envolvió con el aroma que traía consigo ese hombre: extraño, pero no desagradable, más bien conocido.
—Esto es propiedad privada —dijo, intentando endurecer la voz.
No sabía de dónde venía ese caballero, pero algo en él la inquietó. Se acercó titubeante y logró ver la mirada que le dedicaba. No contenía temor ni repulsión, ni siquiera asco. Solo… conexión. Por primera vez, alguien no la veía como una maldición.
—No debería entrar a estas tierras. —insistió con la voz entrecortada. El sonido de los cascos del caballo tocando ramas secas la alertó.
Él no respondió. Sorcha, que ya estaba empezando a incomodarse, entrecerró los ojos. Se llevó una mano a la frente. Percatándose del sudor frío que bajaba por ella.
—Personas ajenas al castillo no pueden entrar —alzó la voz. El joven bajó del caballo y le sonrió. Sorcha se sorprendió, retrocedió en un intento de hacer más espacio entre ellos.
Las hojas crujían con cada paso que daba el desconocido. No sabiendo qué más hacer, decidió dejarlo ahí. Ya había sopesado sus opciones: lo mejor sería regresar a la residencia. No quería que su padre se enterase que salió y que se encontró con un extraño. Antes de irse, le dedicó una última mirada.
En cuanto a Nikolaus, que no se inmutaba con nada ni nadie, casi palideció al ver a Sorcha. No podía creer lo que sus ojos le mostraban: una chica de piel blanca e iris de color violeta, junto a un marcado acento escocés. Recordó a su madre en su lecho de muerte, cuando, con el último aliento, le dijo: “La chica de ojos violetas será tu salvación”. No estaba cien por ciento seguro de ello. Habían pasado tres años desde que emprendió su búsqueda. No estaba demás recalcarse que no tenía idea de cómo ella podría salvarlo. Sin embargo, allí estaba. No esperaba que fuese albina… pero no le importó. Sabía que personas como ella eran tan despreciadas por el mundo como él.
Al escucharla, intentó responder, pero su admiración era tan grande y genuina que no logró formular palabra alguna. Lo único que hizo fue bajarse del caballo, lo cual no le sirvió de mucho, ya que provocó que ella se alejara. Sabía lo que debía hacer…Supondría un problema conseguir, que el conde de Caithness Mey la entregara tan fácil, y buscar a un sacerdote que los casara sin miramientos lo más pronto posible.
Pero la conexión, por muy vaga que pareciera, lo hizo avanzar hacía lo que podría ser su destino.
***
De camino a la mansión, Sorcha percibió una extraña sensación que le invadió el pecho. No sabía si podría ser: por cómo la había visto el desconocido o porque temía que su padre se enterase de su salida. Fuera como fuese, ambas cosas quedaron en el aire al vislumbrar a su hermanastra a unos pasos de ella.
—De nuevo en el bosque, Sorcha —Ailsa habló con un gesto de desdén. Estaba sentada en las escaleras que conducían a la cocina.
—Tu madre puede regañarte si te ve ahí —intentó disimular el desagrado que le provocaba.
—Mmm, está demasiado ocupada buscando la manera de librarse de nosotras—pronunció, molesta.
La pobre flor de brezo pagó la irá de Ailsa. Quien no se molestó en tirarla y arrancar otra que surgía de la esquina de las escaleras.
Sorcha sabía que Ailsa no se parecía a sus hermanas mayores, quienes solo ignoraban todo lo que les rodeaba. Solo unos meses de vida las separaban, pero ni Ailsa ni Sorcha estaban dispuestas a callar el secreto familiar que las marcaba.
—Entonces ve ayudarle y aléjate de mí —respondió tajante Sorcha. En el pasado, hubiera saltado de emoción, pero las cosas ahora eran muy diferentes.
—A veces me pregunto si debería escaparme contigo. Quizá allá afuera estaríamos mejor —las palabras de Ailsa no las tomaba en serio. Ella tan inestable como el clima. Tampoco ayudaba la forma tan soez en la que se expresaba.
—Pues deberías seguir preguntándotelo. Si te soy honesta, tus cambios de humor me tienen sin cuidado. Ya no sé qué esperar de ti.
—No lo entiendes, Sorcha. Somos iguales. Se quieren deshacer de nosotras, y lo conseguirán —Ailsa se levantó, furiosa tiró la flor que estrujaba y se acercó a su rostro—. Y si te vas, preferiría ir contigo —murmuró con convicción. Luego desapareció por el lateral derecho de la casa.
Sorcha, consciente de que, alguien llegaría y se la llevaría lejos, tanto a ella como a Ailsa. No lo asimilaba del todo. Tampoco se irían juntas; nunca se habían comportado como hermanas realmente unidas. Su odio —tan mutuo como impuesto— las cegaba cada vez que se acercaban.
Intentó relajarse y olvidarse del revoloteo de su corazón. Seguir pensando en el porqué de su intranquilidad no le traería nada bueno.
Al entrar en la cocina, la señora Vilham se afanaba con un poco de harina. Las pequeñas partículas pequeñas de masa blanca pegadas a su rostro le daban un toque de ternura. Sin duda alguna, su persona favorita en toda la casa.
—¿Se enteró mi niña, del hombre apuesto que está en el despacho del conde?
—Creo que no deberíamos indagar en esos detalles —dijo Sorcha, sospechando que por esa razón Ailsa estaba tan alterada.
La señora Vilham veía como Sorcha se quitaba el plaid y se colocaba un delantal. Verla cambiar de vestimenta le recordaba a su madre. Pobre muchacha, su pecado había sido enamorarse de un hombre egoísta. Muy pocos sabían el origen de la pequeña Sorcha, algunos la conocieron desde niña y otros hasta ahora.
—Quizá solo sean negocios, pero es raro. Nadie viene por negocios —intentó alejar los recuerdos que tenía de la madre de Sorcha y siguió con su labor.
—¿Qué haremos para la cena?
A Sorcha no le importaba quien entrara y saliera de la oficina de su padre, o de la biblioteca, como ahora. Si estaban ahí y no en su despacho, no se trataba de algo importante.
Solo esperaba que esa persona no estuviera buscando una esposa. A las únicas solteras de la familia Campbell les disgustaba el tema del matrimonio, casi tanto como el secreto familiar.
Esperar que se marchará resultaba más esperanzador que pensar en las razones de su visita.
Si bien no imaginó que su futuro esposo sería él —un conde misterioso, reservado, con los ojos de quien no ha dormido en años—, no pidió nada más que verla. No preguntó su nombre. No ofreció ternura ni razones. Solo hizo una oferta, y el conde aceptó. La vendió como si nunca la hubiera sostenido entre sus temblorosas manos al nacer. Vendió el último vestigio de algo que pudo haber sido amor. Lo más probable para Sorcha, fue pensar que su padre ya había olvidado lo que una vez sintió por la indefensa doncella.
La enviaron sin maletas. No hubo palabras de despedida. Mucho menos un abrazo. Ni una última mirada. Claro que quería llorar, como solía hacerlo cuando era niña. Simplemente… no pasó. Y su futuro esposo apenas la miró.
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