Al bajar del carruaje y descubrir su rostro, Sorcha se sintió expuesta. La lluvia iba intensificando su marcha y le sorprendió que las personas siguieran paradas bajo lo que parecía avecinarse. Las dos filas de personas la observaban con asombro. ¿Qué había llamado su atención? ¿Acaso había sido su piel? ¿sus ojos? ¿su cabello, quizá? Instintivamente giró la cabeza hacía Nikolaus. Él no la miraba, sino que veía a una señora en particular, que estaba en medio de ambas filas. La saludo con una inclinación de cabeza con una expresión difícil de describir, casi perversa.
—Ellos serán tu nueva familia —dijo él. Sus cejas se arquearon en una invitación a caminar con él—. Ella es la señora Rosster, nuestra ama de llaves —Sorcha intentó sonreír. La señora, algo robusta y morena, le devolvió una sonrisa cálida que le llegó hasta los ojos. Pero ahí fue cuando lo percibió. Esa señora hacía que su piel se erizara.
—Mucho gusto. Mi nombre es Sorcha Fraser —dijo intentando disimular su miedo, le extendió la mano, pero la señora Rosster volteó a ver rápidamente a Nikolaus antes de responder. El ama de llaves tenía un broche con forma lunar.
—El gusto es mío, milady —tras un leve asentimiento de cabeza por parte de Nikolaus, la señora Rosster tomó su mano. Como si hubiese pedido permiso para tocarla. Aquello le incomodó a Sorcha más de lo que estaba dispuesta a admitir y al sentir su tacto se sentía como si quemará su piel.
—Esa de ahí es la condesa viuda de Eltz, mi tía —añadió Nikolaus. Sorcha hizo una reverencia casi impecable. No esperaba que él tuviera familia. ¿Qué razón habría para presentar primero a la ama de llaves que a su tía? Aunque lo sospechaba. La mujer la observaba con desprecio.
—Bienvenida —pronunció la condesa con voz melosa, pero su expresión decía lo contrario. Había una desolación profunda en sus ojos, como si su alma estuviera demasiado perdida como para apreciarla a ella. Sorcha sintió que esa bienvenida no era más que una condena envuelta en seda.
—Y bueno, a él ya lo conoces. Es nuestro mayordomo, Manfred—continuó Nikolaus, señalando al hombre que los había acompañado durante el viaje. Vestía ahora un traje negro elegante, muy distinto al que llevaba unas horas antes. Desde que lo conoció se percató que siempre olía a incienso.
—Es su confidente —murmuró Sorcha, más para sí que para ellos. Pero no lo suficientemente bajo, ya que todas las cabezas se giraron en su dirección—. Es un gusto presentarnos como se debe —corrigió o al menos eso intentó.
—Descuide, milady —manifestó Manfred, con una mirada lobuna que la hizo estremecerse. Sabía mucho más de Nikolaus que todos los presentes y eso la incomodaba.
El carraspeo de la condesa rompió la tensión. Sonaba enferma, muy enferma. Se tambaleó un poco, y Sorcha, por instinto, intentó sostenerla.
Nikolaus se molestó. En apenas cinco minutos, ella ya había tocado a dos personas… Cuando él no podía ni rozarla sin consecuencias. No es que deseara tenerla, se repetía a sí mismo, pero le molestaba que lo único que él tuviera fuera imaginar cómo se sentiría la piel de Sorcha en la suya. Era contradictorio, sí. Lo sabía muy bien.
No le importa para nada su tía, pero el linaje era más importante que los sentimientos. Aún no sabía cómo haría para que todo saliera según lo planeado. ¿Cómo tocarla sin destruirla? Porque una vez que cruzaran el umbral, ya no habría retorno.
***
Los preparativos de la boda llenaban el castillo de pasos apresurados y voces contenidas. Solo la novia permanecía ajena, encerrada en su nueva habitación. Al menos esta vez le agradaba el lugar. Las paredes de un morado lila, casi traslúcidas como sus ojos. Los acabados que tenía la cama de madera, impresionantes. Simulaban espinos de rosas y figuritas tan diminutas, que para distinguir que simulaba cada una debía acercarse. Quería creer que esa habitación había sido hecha para ella, que la había estado esperando por años. La vista inmejorable. A través de los ventanales enormes podía vislumbrar el inmenso bosque, el rio e incluso una pequeña casa a lo lejos. No deseaba más que vivir en esa casita, que aparentaba calidad y tranquilidad.
Abrió el armario que estaba cerca de una puerta. En el armario había bastantes vestidos sencillos pero hermosos. Las telas empezaban en una escala de blanco y terminaban en un color crema. No había colores llamativos y los vestidos no eran como los que solía usar. Ni siquiera parecían vestidos de paseo, noche o de fiesta. Casi se asemejaban a los camisones de dormir.
—Un gusto extraño pero elegante el del señor.
Al caminar a la puerta extra que había en la habitación sintió curiosidad. Si bien la puerta por la que entro estaba en el otro extremo de la habitación, no sabía hacia donde conducía la otra.
—¡Dios! —dijo con voz ahogada. Volvió a cerrar la puerta. ¿por qué abría una puerta que conducía a otra habitación? La intriga que sentía pudo más que su raciocinio que le decía que no lo hiciera. Al meterse de lleno a esa habitación se percató que era totalmente lo opuesto a la suya. Aunque a pesar de ser diferentes ambas se mezclaban y contrastaban bien.
Las paredes pintadas de un gris claro distaban de cualquier adorno. La cama sencilla y las sábanas que la cubrían era negras. Se acercó al armario y vio ropa de hombre. Esa habitación tenía que ser la de Nikolaus. ¿Los esposos no duermen juntos? No estaba segura. En casa su padre no dormía con la condesa, pero todos sabían la razón. Ellos no se llevaban bien.
Decidió que lo mejor era salir de esa recamara. Caminó con pasos lentos, temiendo que la encontraran curioseando.
Cuando estaba por salir, el escritorio atrapó su atención. Empezó a registrar los papeles que estaban más expuestos. No podía creer que no hubiera nada, algún indicio de por qué tenía que ser ella su futura esposa.
Resignada regresó a su habitación.
Nikolaus, en cambio, estaba harto de las insistencias de su tía. Aquella presión fue la razón principal por la que aceptó el matrimonio. Buscaba resolver dos asuntos con un solo movimiento: encontrar una esposa y a la vez, a la muchacha de ojos violetas. Pero aún no comprendía del todo cómo Sorcha sería su salvación. ¿Bastaba con que lo amara? ¿O había alguna condición oculta que no había considerado?
—La condesa viuda es todo un enigma. Sin duda podría jurar que le desagrado tu prometida —Anselm no ayudaba a disminuir el malhumor que intentaba ignorar Nikolaus.
—Creí que ya habías vuelto a tu hogar —Nikolaus deseaba salir de ese castillo, en cambio Anselm seguía ahí por decisión propia.
—Me temo que me quedare unos días —no por elección, sino más bien por la señorita que no dejaba de repiquetear a su alrededor. Había dejado a Ailsa en el carruaje. Solo esperaba que estuviera ahí o temía que ya estuviera con su hermana. Después de todo la compañía de Ailsa era un aliciente para su aburrimiento.
—Si eso quieres, te lo permito por esta vez —ambos sabían que ellos eran las personas más cercanas del uno y del otro. Después de su pequeño viaje a Escocia, tenían muchas cosas que firmar, revisar y repasar, pero lo dejarían hasta que Nikolaus ya hubiera desposado a Sorcha Fraser, y Anselm descubriera por qué le atraía tanto esa chiquilla inquieta.
Nikolaus se quedó solo intentando relajarse en su despacho. El paisaje despejado lo hipnotizó. Con las manos desnudas por fin podía sentir el aire que se colaba entre sus dedos. Después de tanto tiempo con guantes, trastocar el mundo le parecía un regalo celestial.
Nikolaus paso su mano por la herida aún fresca. Recordó a las dos mujeres llorando, al hombre tendido en el suelo y al niño que había matado en el puerto, sin incluir a los que veía borroso. Era un idiota. No tenía que desviarse. Él siempre anotaba a las personas que morían por su culpa, no lo podía evitar.
“Es la mujer” susurraban varias voces al mismo compás. No sabía qué hacer. Cada vez que estaba dentro de esas paredes se sentía observado y dirigido por algo más que el mismo.
***
Cansada del encierro, Sorcha decidió salir a explorar. Caminó sin rumbo fijo. Guiada solo por el deseo de respirar algo distinto. Las paredes de un blanco impoluto le resultaban demasiado limpias, casi inhumanas, le resultaban hostiles, como si ocultaran secretos bajo su perfección. Los criados la observaban sin disimulo. Cada paso la hacía sentirse más expuesta, más observada.
Intentó ignorar la sensación, pero le fue inútil. Busco a Nikolaus, pero no lo encontró por ningún lado. Giró una esquina, luego otra, hasta que llegó a la cocina.
—Disculpe —se acercó a una señora bajita que estaba ocupada entre ollas y sartenes—. Disculpe ¿sabe dónde puedo encontrar a Nikolaus? —la cocinera se sobresaltó, y Sorcha se dio cuenta de que su presencia no era bien recibida.
—Usted no debería estar aquí, señorita —la reprendió con una mirada severa y un acento que no le desagradaba del todo, pero que lo sintió pesado—. Entienda que pronto será la condesa de Eltz.
—Es que no lo he visto desde que llegué —dijo, con un tono casi suplicante—. Podría ayudarle a cocinar, si quiere, yo sé hacerlo y me puedo entretener —eso hizo que la cocinera se escandalizara aún más.
—¡Pero qué cosas dice señorita! Si no quiere que ni usted ni yo terminemos en problemas, lo mejor será que regrese a su habitación. Cuando sea la hora de la cena, la llamaremos… si es que quiere bajar.
—No. Me dirá dónde está Nikolaus o no pienso moverme de aquí —dijo firme, aunque su tono no era hostil.
La paciencia de la cocinera estaba por desbordarse.
—Señorita, por favor. Vuelva a su habitación…
—Pensé que conocías las normas más básicas de protocolo —la voz de Nikolaus la hizo estremecer. Su tono frío y punzante. Pensó que tomaría su comportamiento igual que al de una cría mimada.
—Lo estaba buscando —se justificó Sorcha, con el corazón en la garganta. Nikolaus se maravilló al ver su trató con la cocinera, pero había que aparentar, luego nadie la respetaría.
—No tenemos nada de qué hablar. Suba a su habitación y no salga hasta que la llamen —se alejó sin mirarla.
Sorcha le sonrió amablemente a la cocinera en señal de disculpa y lo siguió por los pasillos.
Nikolaus pensó que al caminar rápido ella dejaría de seguirlo.
—Hablemos. Solo quiero que aclaremos algunos detalles —dijo, intentando alcanzarlo. Eso hizo que se detuviera precipitadamente y chocara con su espalda.
—Limítese. Aún no sé qué hacer con usted —las palabras de Nikolaus la congelaron en seco. Nada en él le provocaba gratitud. No ahora.
Nikolaus estaba decepcionado, la insistencia con la que ella lo consumía lo estaba desequilibrando. No le importó que todos los retratos en las paredes lo vieran alejarse de ella como un ladrón. Se sentía perdido. Verla caminar por el castillo, hablar, moverse… la sentía tan parte de su mundo, y a la vez, tan ajena. ¿Debía amarla para que la salvación le llegara o el deseo sería suficiente?
Los retratos seguían colgados en su quietud solemne, pero Nikolaus no podía evitar sentir que lo juzgaban. Esos ojos inmóviles parecían saber que él no era dueño de sí mismo… ni de su destino. ¿Y si al tocarla no la destruía, sino que se destruía él?
Tenía que haber una respuesta lógica. Porque definitivamente, ella, la mujer que su destino había estado aguardando. Permitirse rozar los lugares que ella tocó lo reconfortaban. Limitarse a desear su tacto era lo que tenía. Ahora sin guantes que lo cubrieran podía sentir la huella que ella había dejado en las paredes por las que tránsito. Seguramente eso sería lo más cerca que estaría de ella.
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