Parte 1: 13 años y fuera del equipo131Please respect copyright.PENANAM09z78g7vL
Octubre 15, 1972. Yo acababa de cumplir 13 años y me sentía en mi mejor momento futbolístico. Tenía el físico de un cabro de 15, jugaba de defensa cerca del arco con orgullo y disciplina: nunca llegaba tarde a los entrenamientos, la camiseta bien puesta, la cabeza en el juego. El entrenador Fuensalida me había confiado esa posición porque veía en mí físico, temple y espíritu.
Ese día, como siempre, llegué con diez minutos de anticipación al Colegio Santa Cruz. A las 2:50 ya estaba cambiado, listo para salir del camarín. Entonces el entrenador Fuensalida me llamó a su oficina. No era tan raro, pero su expresión taciturna me encendió las alarmas: algo serio venía.
Conocía bien al entrenador Fuensalida. A diferencia de los curas, era franco, directo; no sabía disfrazar frases ni envolverlas en ambigüedades. Para nosotros era el adulto confiable, el que hablaba claro. Ese día, sin embargo, esa franqueza iba a dolerme más que cualquier gol en contra.
—Roberto, pasa —dijo—. Quiero hablar contigo antes de la práctica.
Me senté frente a su escritorio. Lo primero que me soltó me dejó helado: El padre Felipe, por orden del Padre Rector, había instruido al entrenador a hacer un espacio en la selección. El hijo de don Julio Gallo, Sebastián, debía entrar al equipo titular. La orden era textual:131Please respect copyright.PENANA43pT6FsMko
“Primero identifica al muchacho que tiene que ser sacrificado. Luego infórmale, con diplomacia pero claramente, que queda fuera del equipo. Más tarde yo hablaré con él para darle el alivio espiritual que corresponda, si fuera necesario.”
Esa frase me rebotaba en la cabeza mientras el entrenador Fuensalida la repetía con su voz grave.131Please respect copyright.PENANAtOGpNuRZSH
Yo ya conocía a Sebastián Gallo. Menudo, descoordinado, torpe. En el camarín, ya sin la camisa ni el chaleco acolchado, parecía un atado de huesos. Hasta entonces apenas lo habían dejado participar en prácticas sueltas. De pronto, se convertiría en defensa titular… en mi puesto.
El entrenador Fuensalida trató de explicarlo con su habitual franqueza:
—Roberto, tienes que entender que mis manos están atadas. He peleado esta decisión, pero Don Julio presionó al Padre Rector y al Padre Felipe. Tenemos que cumplirla, aunque eso signifique sacarte a ti. Para mí es muy duro perder a un excelente jugador con futuro. Pero así es la jerarquía.
Intenté reaccionar con incredulidad:
—¿Poner a Gallo en la defensa para reemplazarme? ¡Ese atado de huesos no aguanta ni un choque!
El entrenador Fuensalida suspiró y negó con la cabeza:
—Créeme, estudié todas las posibles posiciones. Entre todos los males, colocarlo en tu lugar es lo menos perjudicial. No hay otra opción. Lo siento, Roberto.
La rabia me subió entera. Pensé en Eduardo Andrés, el otro defensa, y exclamé:
—¡Pero Eduardo Andrés es mucho peor que yo! ¡Sáquelo a él!
El entrenador me miró serio:
—No se puede. Es Irarrázabal. Es intocable. Mis manos están atadas.
Ese día cumplía 13 años y me estaban arrebatando mi lugar en el equipo por un cabro enclenque, hijo de un padre poderoso. Con lágrimas en los ojos, intenté todavía razonar:
—¡He sido puntual, disciplinado, siempre comprometido! ¿Y me sacan por un cabro que no da pie con bola?
El entrenador Fuensalida bajó la mirada, pero no suavizó la sentencia:
—Lo sé. Por eso siempre serás bienvenido a las prácticas… pero no podrás jugar partidos contra otros colegios.
—¿Ni siquiera como reserva? —pregunté incrédulo.
—Ni siquiera como reserva —respondió—. Esto crearía presión para sustituciones. Con Gallo en la defensa es mejor que no haya nadie esperando en el banco. Pero si quieres, puedes seguir entrenando o apoyar desde la barra.
Salí de la oficina sintiendo por primera vez, de forma clara, la fuerza de los apellidos, la injusticia tangible de las jerarquías. Supe al instante que no volvería a las prácticas ni como espectador: la esencia del entrenamiento era prepararse para competir, y mi lugar, mi esfuerzo, mi pasión habían sido anulados.
Aquel 15 de octubre de 1972 me quitaron la cancha… y con ella, un pedazo de mi infancia.
Parte 2: Clases, risas y cánticos131Please respect copyright.PENANA4QBdahhuAw
La tarde se arrastraba en la clase de historia del profe Morales. El sol entraba por las ventanas polvorientas y la mayoría apenas prestaba atención. En el fondo, los cabros hueveaban mientras Roberto estaba callado. Juancho se acercó con una sonrisa de pícaro.
Juancho:131Please respect copyright.PENANAJrAozcQor8
—Oye, hueón… ¿y qué onda? ¿El Fuensalida te echó de la selección porque eras puro callampa?
Toño:131Please respect copyright.PENANAaIqHEZBjU4
—¡Eso! Dinos la firme, hueón. ¿Te sacó porque eras más malo que el pichí?
(Todos se ríen, pero saben que Roberto era el muro frente al arco.)
Roberto (riendo):131Please respect copyright.PENANAcf4YhM9UVm
—Ándate a la conchesumadre, hueones. ¿Penca yo? Si yo era el fierro de la defensa, ningún culiao pasaba por mi lado.
Juancho:131Please respect copyright.PENANA1Womd88cN8
—Ya, poh, suelta la papita. ¿Qué wea pasó?
Roberto:131Please respect copyright.PENANAGdmJEST8nB
—El viejo me llama pa’ la oficina, con la mansa cara de poto, y me sale con la frase culiá: “Tengo las manos atadas, Roberto…”
Toño:131Please respect copyright.PENANAr8EFllgLMl
—¡Jajajaja! ¡La cagó! ¡Típico cagazo con apellido metido!
Roberto:131Please respect copyright.PENANAZYq2cEULEb
—Exacto. El Gallo. Ese espantapájaros. El viejo Julio Gallo le metió presión al Colegio Santa Cruz, y al hijo lo metieron a la fuerza.
Juancho (casi gritando):131Please respect copyright.PENANA1now4W6VRo
—¡Noooo, el Sebastián, hueón! ¡Ese saco de huesos que parece percha de alambre!
Otro compañero:131Please respect copyright.PENANA5ozqWOxD5M
—¡Ese maraco no aguanta ni una pechada, hueón! Lo empujai y queda en yeso hasta la Pascua.
Roberto:131Please respect copyright.PENANA82BffW4th3
—Yo le dije a Fuensalida en la cara: “¿Está hueveando? ¿Va a poner a ese atado de huesos en defensa pa’ reemplazarme? ¡No aguanta ni la primera patada!”
Toño:131Please respect copyright.PENANA0mAdr711BA
—¡Bien, hueón! ¡Con toda la garra! ¿Y qué te dijo el viejo?
Roberto (imitando al entrenador con voz hueona):131Please respect copyright.PENANAOIZWHqYBzv
—“Ya revisé todas las posiciones posibles… y entre todos los males, este es el menor”.
(Todos se ríen, golpeando las mesas como tambores.)
Juancho:131Please respect copyright.PENANApVz0UpCe6x
—¡El menor mal! O sea, cagó el equipo igual, pero peor sería meterlo de delantero, jajajaja.
Roberto:131Please respect copyright.PENANAv8cu7h4yED
—Le dije de una: “Entonces saque al Eduardo Andrés, poh. Ese hueón es más malo que la sarna”.
Toño:131Please respect copyright.PENANAcIVW8Oaabr
—¡Jajajaja, toda la razón! El Irarrázabal ese es vaca sagrada por apellido nomás. Juega como las weas.
Roberto (imitando otra vez a Fuensalida):131Please respect copyright.PENANAv2GDiMLhwi
—“No puedo, Robertito. Es un Irarrázabal”.
(Todos hacen un largo “boooooh”, mitad risas, mitad insultos.)
Otro compañero:131Please respect copyright.PENANAiR9tHFqCv6
—Puras vacas sagradas, hueón. Si no fuera por los apellidos, estarías pateando traseros a medio mundo en la selección ya.
Juancho (le pega un manotazo en la espalda):131Please respect copyright.PENANAakUSMOawep
—¡Muralla con patas, conchetumadre! ¡Que el Gallo se meta el puesto en la raja!
Toño (levantando el puño):131Please respect copyright.PENANA2V9SaSNWjI
—¡Eso, mierda! ¡La barra está contigo, Roberto! ¡Ese palo de escoba nunca va a ser defensa!
(Todos empiezan a cantar en voz baja, golpeando las mesas:)131Please respect copyright.PENANAc2HmIHYBTu
—¡Robeerto! ¡Robeerto! ¡Robeerto!
(El profe los cachó y grita desde el frente:)131Please respect copyright.PENANAELNP6DqLCd
—¡A ver, los del fondo! ¡Silencio o los echo pa’ fuera!
Juancho (murmurando):131Please respect copyright.PENANAP3GWqkaFrB
—¡Cállese ya, abuelo! Estamos alentando a la muralla del Colegio Santa Cruz.
Todos gritan entonces en coro apoyando a Roberto:131Please respect copyright.PENANA3b1Cq8uLda
—¡Roberto, Roberto, héroe de la defensa, defensa pa’ siempre!
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Epilogo: El muro que no se bota
Pasaron los días y el equipo siguió su curso sin mí. A veces, desde lejos, alcanzaba a ver a Gallo ocupando mi lugar: una figura desarmada moviéndose en el área donde antes mandaba yo. No sentía alegría al verlo fallar; sentía una distancia fría, un vacío difícil de nombrar. Fue entonces cuando entendí que el fútbol que yo había aprendido a respetar —ese donde el sudor y la disciplina tenían peso— ya no existía en esa cancha.
Fuensalida dejó de mirarme a los ojos cuando nos cruzábamos en los pasillos del colegio. No hacía falta. Él se quedó con sus “manos atadas” y yo con las mías limpias. Don Julio Gallo consiguió un puesto para su hijo, pero no pudo comprarle algo más esquivo: el respeto silencioso de quienes sí sabían jugar.
En los recreos, cuando el profe Morales no miraba, el grito seguía siendo el mismo:131Please respect copyright.PENANALdoOD29fLQ
—¡Pásasela a la Muralla!
No gritaban apellidos. Gritaban al que no dejaba pasar a nadie. Mis compañeros no necesitaban explicaciones ni consuelos espirituales. Ellos sabían.
Con los años entendí que aquel 15 de octubre de 1972 no fue una excepción, sino una advertencia temprana. A veces las jerarquías pesan más que la destreza. Hay intocables. Y no siempre hay gritos ni lágrimas que cambien eso.
Me quitaron la cancha y me rompieron el cumpleaños. Gallo se quedó con la camiseta número cuatro. Yo me llevé algo menos visible y más duradero: la certeza de que a mí nadie me regaló nunca nada.
Y ese muro —el único que importa— no lo iba a botar nadie.131Please respect copyright.PENANAFU9nSX6KdC


