Escena 1 — El pasillo susurrante
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El eco de las voces infantiles todavía flotaba en la galería, como burbujas de aire atrapadas en piedra y liberadas lentamente.
Yara cerró los ojos un instante y dejó que aquel murmullo se mezclara con la respiración de la cueva: un pulso grave, profundo, como si las paredes tuvieran corazón propio.
El musgo fosforescente dibujaba vetas verdes sobre la roca, siguiendo líneas caprichosas que parecían imitar mapas o constelaciones olvidadas. Entre la luz filtrada de las lámparas de aceite y el brillo natural del musgo, se formaba un lenguaje de sombras y reflejos que Yara aún estaba aprendiendo a leer.
El suelo estaba cubierto de un polvillo fino que crujía apenas bajo sus pasos, recordándole que, por mucha vida que tuviera la cueva, no dejaba de ser un vientre pétreo y milenario. A lo lejos, un goteo constante marcaba un compás irregular, como un metrónomo que se negaba a la disciplina.
De camino a la sala de entrenamiento, algo rompió la cadencia: dos lámparas colgantes parpadeaban con un patrón extraño. No era el titilar juguetón de los niños, ni la señal ritual de los ancianos. El ritmo era errático, casi febril. Yara se detuvo, observando cómo la luz creaba figuras distorsionadas en la pared, una sombra alargada que parecía reptar y encogerse.
Una anciana pasó junto a ella, envuelta en un chal raído, con un leve aroma a aceite de enebro. Inclinó la cabeza en un saludo casi imperceptible y continuó su camino sin emitir palabra. El arrastre de sus sandalias se perdió en un recodo, dejando tras de sí un silencio más denso que antes.
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Escena 2 — El entrenamiento de Lira
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La sala estaba iluminada de forma desigual: racimos de lámparas colgaban a distintas alturas, y el musgo trepaba por las paredes como si respondiera a un orden secreto.
Lira estaba de pie en el centro, descalza sobre la piedra fría, con los hombros tensos y las manos abiertas a los lados. Frente a ella, un arco de pared cubierto de musgo aguardaba su intento.
—Respira con el vientre, no con los hombros —indicó Yara, acercándose lo suficiente para que Lira sintiera la calidez de su voz.
La joven inspiró, pero su pecho se levantó con rigidez. Emitió una nota sostenida que nació pura pero murió débil, y el musgo apenas titiló antes de apagarse.
—Otra vez —pidió Yara.
Lira cerró los ojos y lo intentó de nuevo. Esta vez, la luz se extendió más allá de un solo punto, formando un halo trémulo. Sin embargo, las vibraciones eran irregulares, y algunas zonas se apagaban mientras otras se encendían.
—Cuando yo aprendía, canté tan fuerte que todas las lámparas del pasillo se apagaron a la vez —rió Yara—. Mi madre dijo que había insultado al musgo.
Lira abrió los ojos con una media sonrisa.
—¿Y qué hiciste?
—Le pedí perdón. En voz muy baja. Y esperé a que él decidiera creerme.
Lira inspiró una vez más, notando cómo el aire frío bajaba a su abdomen. Cantó. La luz se mantuvo encendida, temblando al principio, pero firme luego, como si reconociera la voz que la llamaba.
En la galería lateral, un murmullo grave comenzó a llenar el aire. Varios ancianos entonaban una nota profunda, sostenida, que hacía vibrar el suelo.
—Es el tono de guardia —explicó Yara—. Si algo amenaza, todas las lámparas responden y permanecen encendidas hasta que el peligro pasa. No lo olvides.
Lira asintió, grabando no solo la información, sino el peso solemne con el que Yara lo dijo.
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Escena 3 — El corredor de los niños
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Abandonaron la sala y siguieron un pasillo que se ensanchaba hasta convertirse en un corredor alto y luminoso. Allí, varios niños jugaban, sus pasos descalzos resonando contra la piedra. Algunos daban palmas, otros entonaban notas aisladas que encendían pequeñas manchas de luz en el techo y las paredes, como si hubieran amaestrado luciérnagas.
Las risas rebotaban en las paredes y parecían multiplicarse, llenando el espacio de un caos alegre. El aire tenía olor a piedra húmeda mezclado con aceite recién vertido en las lámparas. Algún niño, al notar la presencia de Yara, intentó una nota más grave de lo habitual, consiguiendo encender una línea de musgo que conectaba dos lámparas. Los demás lo vitorearon.
—Algún día esa energía tendrá que aprender disciplina —comentó Yara en voz baja, más para sí misma que para Lira.
La joven sonrió, observando cómo los juegos imitaban, sin saberlo, el arte serio que ella misma trataba de dominar.
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Escena 4 — Los visitantes nocturnos
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Un cambio en el aire cortó en seco la ligereza. Yara lo sintió antes de verlo: la temperatura descendió levemente y un olor a tierra y fruta fermentada se deslizó por el pasillo. Levantó la vista.
En lo alto de una cornisa, a la sombra de una roca saliente, varias siluetas observaban. Los monos. Sus ojos, dos brasas encendidas en cada rostro, seguían cada movimiento abajo. Las manos, largas y huesudas, se aferraban a la piedra con una calma inquietante.
Nael apareció a su lado, como si hubiera surgido del mismo muro.
—Bajan cuando presienten cambios —dijo en un susurro—. Hay quien cree que siguen a un espíritu errante.
Yara no apartaba la vista de ellos.
Uno de los animales hizo un chasquido breve, seco, que resonó más de lo que debería en aquel silencio.
—¿Es una advertencia? —preguntó Lira.
Nael se encogió de hombros.
—O una invitación. Aquí nunca se sabe.
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Escena 5 — Encuentro con Nael
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El corredor se estrechaba ligeramente, obligando a Yara a bajar la voz por puro instinto. El eco se volvía más denso, como si la piedra quisiera atrapar las palabras antes de que pudieran ir muy lejos. Fue en ese punto cuando una silueta emergió de la penumbra lateral: Nael, envuelto en una túnica de fibra oscura que parecía absorber la luz del musgo.
No dijo nada al principio. Se limitó a caminar a su lado, sin prisas, como si hubiesen acordado encontrarse allí. Sus pasos eran casi inaudibles, y esa capacidad para moverse sin ruido siempre había inquietado un poco a Yara. Nael era de los que parecían saber lo que iba a ocurrir antes de que sucediera, y nunca hacía preguntas de más.
—¿Te has fijado en ellos? —preguntó al fin, con una voz baja y grave que encajaba en la acústica del pasillo como si fuera parte de su diseño.
Yara no necesitó que especificara.
—Demasiado cerca para mi gusto —respondió, sin girarse para mirar hacia la cornisa donde todavía intuía las siluetas de los monos.
Nael mantuvo la vista al frente.
—No les mires a los ojos. No hoy.
Hubo un silencio breve.
Yara percibía, más que veía, que Nael estaba estudiando cada detalle: el ritmo con el que respiraba, la forma en que su mano izquierda tocaba la pared de vez en cuando, como midiendo la temperatura de la piedra.
—¿Por qué no hoy? —se atrevió a preguntar, intentando que su voz sonara casual.
Nael suspiró, y por un segundo, Yara creyó que no respondería. Pero lo hizo:
—Porque hoy no devuelven lo que ven. Solo lo guardan. Y cuando guardan algo, tarde o temprano lo devuelven... pero cambiado.
La frase quedó suspendida en el aire como una gota que se niega a caer.
Yara frunció el ceño.
—¿Qué devuelven?
—A veces, lo que olvidaste. A veces, lo que quisieras olvidar. Y otras, lo que aún no ha pasado.
Sus palabras tenían la textura de una advertencia antigua, como esas frases que no necesitan explicación porque llevan generaciones pronunciándose igual.
Caminaron unos metros más sin hablar. El pasillo estaba más oscuro en ese tramo, y la luz del musgo se reducía a pequeñas manchas aisladas, como si también quisiera mantenerse al margen de la conversación. El aire era más frío, y Yara sintió cómo se le erizaba la piel de los brazos bajo la tela.
—¿Siempre bajan en grupos? —preguntó, más para no quedar atrapada en el silencio que para obtener una respuesta.
—No —dijo Nael, y la simpleza de su respuesta fue más inquietante que cualquier explicación.
—Entonces...
—Cuando lo hacen, significa que lo que buscan no es un rostro. Es un movimiento. Algo que está por suceder y que ellos quieren presenciar. —Se detuvo un instante y añadió—: Puede que seas tú. Puede que no. Pero si lo eres, lo sabrás muy pronto.
La mirada de Nael, aunque no la estaba observando directamente, pesaba sobre ella como si supiera algo que no podía o no quería contar. Ese era su modo: insinuar, preparar, nunca revelar del todo.
Pasaron bajo una arcada donde las raíces colgaban como cortinas. Yara apartó una con la mano y el contacto dejó un leve olor a tierra fresca. Más adelante, en una curva que conducía a la zona alta, un leve crujido hizo que ambos giraran la cabeza al unísono. Desde la distancia, los monos seguían allí, inmóviles, pero la alineación parecía más cerrada, como si hubieran acortado la media luna que formaban.
—No les mires —repitió Nael, pero su voz, esta vez, tenía un matiz distinto. Ya no era solo advertencia. Sonaba a reconocimiento, como si algo en la postura de los animales hubiera confirmado una sospecha.
Yara siguió caminando junto a él, sintiendo que el pasillo se volvía más largo, que cada metro que avanzaban no los alejaba de los monos, sino que los hundía más en la misma presencia. Su respiración se acompasó con la de Nael, y de algún modo, eso le dio la fuerza necesaria para no girarse de nuevo.
Cuando la curva siguiente ocultó finalmente la cornisa, Nael se detuvo.
—A partir de aquí, sigue tú sola —dijo, y su tono no admitía discusión.
—¿Y tú?
—Yo... voy a ver algo. —Hizo una pausa, y con una media sonrisa que no alcanzó a suavizar su mirada—: Si los ves otra vez, no te quedes.
Yara asintió, sin hacer preguntas.
El silencio volvió a crecer entre ambos mientras se separaban, pero ahora estaba cargado de algo que no había antes: la certeza de que todo lo que había dicho Nael no era para asustarla, sino para que supiera reconocer el momento en que la cueva, a través de los monos, decidiera pronunciar su nombre.
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Escena 6 — Advertencia silenciosa
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El pasillo parecía otro.
No había cambiado su forma —las paredes seguían curvándose como un río de piedra, el techo seguía arqueado con raíces suspendidas—, pero el aire se había vuelto espeso, saturado de algo que no era solo humedad.
Cada paso de Yara producía un leve crujido en la arena fina que cubría la losa, pero el sonido no encontraba eco. Se lo tragaba la piedra como si ésta, de pronto, hubiera dejado de querer devolverle la voz.
Avanzó unos metros y entonces los vio:
un semicírculo de monos, perfectamente alineados contra la pared derecha. No había tensión en sus cuerpos, pero sí una quietud que no era descanso: era espera. La piel oscura brillaba con pequeños destellos del musgo cercano, y sus ojos —negros, profundos— parecían absorber luz en lugar de reflejarla.
Uno de ellos, más alto, tenía en el lomo viejas cicatrices en forma de líneas quebradas.
Giró la cabeza hacia ella con una lentitud exagerada, y el gesto —a mitad de camino entre un saludo y una inspección— hizo que Yara sintiera un nudo en el estómago.
El silencio allí no era ausencia de sonido.
Era un silencio construido, deliberado, como si todo lo vivo hubiera pactado callar para escuchar algo que ella aún no oía. Ni el goteo del agua ni el murmullo lejano de la cueva llegaban hasta ese punto. El musgo mismo parecía contener la respiración.
Yara sintió detrás de sí un cambio en el aire, una presión que le erizó la piel de la nuca. No eran pasos. No era viento. Era esa clase de presencia que se percibe más con el instinto que con los sentidos.
No se giró.
Seguir adelante era lo único que tenía sentido, aunque eso significara pasar a escasos centímetros de los animales.
Lo hizo con el cuerpo erguido, intentando no alterar el ritmo de sus pasos.
Al pasar junto al primero, vio cómo sus dedos, largos y huesudos, se contraían apenas, como si quisieran rozarla pero decidieran no hacerlo. Otro inclinó la cabeza en sentido opuesto, rompiendo la simetría y dejándole claro que aquel círculo no era casual.
Al llegar al último, Yara se dio cuenta de que sus ojos no eran opacos como había pensado. Tenían movimiento. Reflejos diminutos que parecían latir, como si cada uno guardara un trozo de luz robada.
Sintió un impulso irracional de hablarles, de preguntar qué esperaban. Pero recordó las palabras de Nael: No les mires a los ojos. No hoy.
Inspiró hondo. El aire sabía a metal y a hoja seca.
Continuó avanzando hasta que la curva del pasillo rompió la línea de visión. Solo entonces el murmullo lejano de la cueva regresó, y con él, su propia respiración acelerada.
Pero el peso de esas miradas seguía pegado a su espalda, como si todavía la observaran desde el otro lado de la piedra.
Yara no sabía qué anunciaban, pero comprendió que no había sido un encuentro fortuito.
Ellos estaban allí por ella, o por algo que estaba a punto de ocurrirle.
Y en lo más hondo de su pecho, una certeza incómoda empezó a crecer: lo que fuera, ya estaba en camino.
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