Había estado advirtiendo la desagradable sensación de su mirada sobre ella desde la mañana, y finalmente a horas del mediodía lo vio poner a su corcel al paso y situarse a un costado de la Reina, mientras las monturas caminaban. Incluso cuando su condenada armadura reflejaba cada rayo del sol, lo que más descollaba de él era su irradiado disgusto.
— Alteza — comenzó ser Lancelot. Era el disgusto engendrado por el deber de confesar aquello que tenía que decirse, aunque no gustara, Alice lo sabía. —. Con el debido respeto…, creo que la más juiciosa decisión sería comunicar estas circunstancias con ser Logan y su hueste. Con todo el ejército a su espalda, vamos. No disponemos de aves de mensajería, claro, pero aquí tenéis a la orden caballos rápidos y hombres más que capaces. Sé lo que nos dijisteis a todos, pero aun así…
— Aun así, osas cuestionarme, ¿no? — El gusto de la Reina nunca había estado revuelto en tanta acidez y picor. Se le quedó observando con los ojos y el espíritu irritados por no poder siquiera dormitar durante las noches largas que padecía. — Ya os lo he dicho, ser. Es tirar una moneda al aire.
— Así es, mi Reina — Ser Covan Thompson había picado espuelas, para marchar unos cuantos pasos delante de su compañero. —. Es arriesgado, por decir lo menos. Considerando el historial del mayor de nuestros enemigos, cada decisión y movimiento lo es. Pero más vale hacer una apuesta arriesgada que perderlo todo de buenas a primeras. Hemos estado cavilando sobre ello.
Su Alteza tiró de las riendas de su yegua castaña, y el animal se detuvo de lleno. Su escolta la imitó poco después.
— ¿Y a qué conclusión han llegado vuestras cabezas? ¿Eh? — les señaló con una soberbia que no cabía en ella. Pasó a ejecutarlos con la mirada a ambos.
— No hablaré en representación de estos caballeros, sino por mí — El mayor de sus hijos tomó la palabra, quien venía al trote junto a ser Paul Wolkan. —. Madre, en todo este tiempo que hemos estado dirigiéndonos hacia ningún lugar, hubiéramos podido acudir a el Ser, o en su defecto, a Namiera. En cualquier caso, al sol de hoy, habríamos estado a esto — hizo el gesto con dos dedos poco separados. — de difundir a toda la nación el asalto de la Horda de las Bestias a la Capital. Y sobre la posible captura de mi padre.
Alice albergaba ciertas dudas en su corazón respecto a su plan, pero ya no había tiempo ni lugar para la vacilación. Pensó en abofetearlos a todos en aquel momento para que cerrasen la boca. Ganas no le faltaban.
La Guardia de la Realeza, según dictaba algún edicto, estaba en todo su derecho y libertad de prestar consejo en tiempo de guerra a quién estuviese al mando, fuera este el Rey o no. Motivo por el cual, aún en toda su extraordinaria desazón, Alice no podía echárseles al cuello. No tuvo más opción que quedarse allí a atender las palabras de dos cojones de mierda que no reunían siquiera una idea aceptable y a un hijo que hacía de nuevo honor a su herencia de Liongborth. Las voces le llegaban como un sonido chirriante, molesto, taladrador y punzante para una cabeza que no había hecho más que pasar las de Caín. Ningún otro tuvo intención de unírseles, cosa que agradeció.
En breves continuaron dando patadas de ahogado. Ella no daba su brazo a torcer. Y una vez hubo tenido suficiente y sus parpados comenzaron a pesarle, Alice los dejó con la palabra en los labios, y zanjó la discusión de golpe picando espuelas hacia al castillo de su padre, el único hombre en el que todavía podía confiar.
— Qué no se hable más de esto. — les espeto antes de partir.
Para bien o para mal, era probable que Alice hubiese ya enviudado.
O tal vez no, pues no había mejor rehén en cualquier guerra que un Rey. Pero una parte de ella le decía que lo más seguro era que sí. Su matrimonio con Leonor no había sido otra cosa que una relación por conveniencia entre lord Baron Marshall y la difunta Majestad Darren IV, qué sus huesos se pudrieran en dónde estuviese enterrado. Haberla vendido y tirado a los brazos de un hombre que solo amaba holgazanear había sido apenas uno de los tres fallos que su padre consumara para ella en vida.
No fue hasta media hora más tarde que necesitó de hacer un gran esfuerzo para que los ojos no se le cerraran por sí solos. Sacudió la cabeza un par de veces para espantar el sueño, e incluso su hijo pequeño la intentó hacer reír, pero se hallaba demasiado irritada como para prestarle atención. En un momento de despiste y debilidad, sobrevinieron las primeras cabezadas sobre la silla.
Aquel día se dejó seducir por las ideas de salvación de ser Logan. Lo imaginó, esbelto, poderoso, arribando a las puertas de la ciudad como un héroe de las leyendas con treinta mil hombres a su espalda. En sus ensoñaciones, el Ser se había hecho con una cuantiosa flota de navíos de guerra, y mandado a bloquear los puertos de la ciudad. El asedio había concluido con las llamas que emanaban de la Capital siendo consumida por la furia impotente y el último recurso del bando perdedor. Cuando Alice llegó a caballo ante las murallas, el griterío del populacho resonaba y se entremezclaba con el crepitar del fuego.
— Madre — sentía como Elliot la zarandeaba con un brazo. —. Madre. Despierta.
No recordaba haberse quedado dormida mientras cabalgaba. Se enderezó como un relámpago, una vez sintió que se caía de la montura. El sobresalto le cayó encima como un azote que espantase todo su cansancio por un momento, uno que duraría menos que un atardecer. Con sumo desconcierto observó a un par de rostros ansiosos que le devolvían la mirada. Al tercero no consiguió verlo, puesto que su vista se fue tornando gris y después negra.
— Suficiente por ahora, caballeros — la voz del príncipe Richard la escuchó amortiguada y distante. —. Dejad que descanse un poco. No ha dormido bien en días.
Lo siguiente que supo era que se había echado en brazos de ser Robert Vasíliev, quién la ayudó a descabalgar y la encaminó hasta un lugar donde todo era paz y quietud. La tendió gentilmente sobre una manta y dejó que su cabeza reposase en un cojín, como si ella fuese apenas una niña.
— Dormid cuánto queráis, mi Reina. Yo os cuido. A una mujer como vos que ha sufrido tanto es lo menos que la vida le debe.
No habría sabido decir si aquello último lo había soñado. Se quedó dormida, desvaneciéndose casi enseguida, con el arrullo sedante de un riachuelo y el sonido lejano de las abejas zumbando. Ya en sueños fue poco lo que recordó, encontrándose con imágenes, sonidos y olores oníricos que no obedecían a algo que pudiese conectar.
Cuando despertó, aún era de día. El ocaso temprano se derramaba por las rocas y las copas de los árboles. Los destellos de luz que iluminaban a una pequeña catarata y al riachuelo bajo su paso la arrancaron de la somnolencia; después estos bellos atributos del bosque la harían acercarse a la orilla. Se lavó el rostro con el agua dulce, y al distinguir su reflejo en el río no pudo evitar darse cuenta de que parecía haber envejecido cinco años en cuestión de poco más de una semana.
« Al paso que vas, Alice, conseguirás que afloren canas en menos de lo que hubieses imaginado », pensó con angustia mientras se palpaba la tez. Por suerte no había señales de patas de gallos que apareciesen junto a sus ojos ni ninguna otra arruga. Sin embargo, las bolsas y surcos grises que había ganado no desaparecerían en vano. Había acumulado tan solo unas pocas horas de sueño, pues durante las noches no hacía más que mantenerse despierta sin pegar ojo, imaginando, reflexionando, lamentándose y odiando hasta llegado el alba.
Poco después, alguien carraspeó detrás. Al volverse, se enteró que era Richard y no ser Robert, quién la observaba con gesto acongojado y los brazos cruzados. Solo con ver aquello…
— ¿Qué sucede?
— Hay que hablar — Se percató que hasta aquel segundo su hijo no le había dirigido la palabra o siquiera la mirada más que para dejar en claro su descontento surgido a cuentagotas. Al levantarse y sacudirse las faldas, él se animó a seguir. —. Mientras dormías, ordené a ser Covan y ser Lancelot que cabalgaran lo más veloz que pudieran en dirección al cuerpo de ejército más cercano.
Sintió que pronto desfallecería de tanto padecer.
— ¿Te das cuenta de lo que has hecho, Richard? — Le salieron las palabras sin pensar, pero se tragó la rabieta lo mejor que pudo. — ¿Acaso te detuviste un momento a sopesarlo en cuanto lo hacías? Me traicionaste.
— No es así, yo…
— ¡Lo hiciste! — le escupió de súbito. — « Por Dios, ¿tú también? ».
— ¡No te he traicionado! ¡Eres la mujer que me trajo al mundo! — El mismo arrebato colérico que había provocado en Leonor alguna que otra vez, se veía por completo reflejado en su hijo. — ¡Y mi padre era el Rey! ¡Si él está muerto ahora, yo tengo que sucederlo! — Su fuego interno se redujo a brasas rápidamente. Apenado, se pasó una mano por el cabello. — Yo tengo que vengarlo. Yo soy quién debería tomar las decisiones aquí.
Ella dejó de lado la consternación para mover la cabeza con cierto pesar.
— No eres del todo consciente de… — Se mordió allí la lengua. « De lo inteligente que es el hombre que amé en lugar de tu padre, de lo bien que maquinó todo esto, de a cuántos peligros estamos expuestos. » — ¿Por qué has cambiado de opinión al respecto? ¿Por qué ahora y no aquella mañana cuando te dije que tomaría el mando? — Sollozó como si el llanto hubiese estado a flor de piel, pero gracias a Dios las lágrimas jamás osaron salir de sus cuencas.
Richard se acercó a ella, y la besó en ambas mejillas. Luego, le sostuvo el rostro.
— Lamento haberte gritado, madre, pero no lamento lo que hice. Tienes que saberlo.
— No fue eso lo que pregunté. Quiero saber tus razones. — « Tus razones para traicionarme. No amagué con llorar, hijo, porque me hayas gritado », le habría encantado decirle. No podía permitir que su anhelado camino hacia el poder la apartara de él. Alice también había hecho cosas que no debía, pero sus traiciones se las llevaría a la tumba.
— Estuve torturándome con mis pensamientos cada minuto, y la idea simplemente maduró en base a todo lo que me has enseñado. Antes de que los hombres que nos siguen comenzaran a poner en duda lo que digo, ordené mis ideas y decidí... Asediaron y conquistaron la ciudad. Jerome no tenía motivos para mentirnos.
— Ya habíamos establecido un plan de acción. Lo estábamos siguiendo. — La herida, en donde fuera que estuviese, le escocía más con cada palabra, pues no hacía otra cosa que echarle sal en ella.
— Sí, lo teníamos — reconoció. — Uno muy lento, que acabaría bien solo para nosotros. Cada minuto más que retrasaba el mío alguien debía morir por mi ineptitud e indecisión. Pienso que condené a más de uno. ¿Qué clase de monarca crees que puedo llegar a ser, si permito que masacren a los que me sirven?
Su ser era una extraña amalgama de orgullo y desilusión. Comenzaba a actuar por fin con autoridad aplastante, pero sus primeros pasos eran los erróneos.
— Mejor ellos que nosotros. Mejor un niño al que nadie conocía que tu propio hermano. Mejor una Reina que un soldado al que nadie extrañará, una moza de taberna o maldito jinete de exploración. Mejor todos ellos que nosotros.
— ¿Qué ha ocurrido contigo, madre? — inquirió, desconcertado. — ¿Qué hay de lo que siempre has dicho acerca de hacer pagar a los paganos con justicia por lo que le han hecho a nuestro reino? ¿A dónde fue todo eso? Quiero pensar que has traicionado tus principios en tiempos de necesidad y no que… — Si de algo pecaba Richard Liongborth, además de indeciso, era que a pesar de que cerrase el pico a tiempo, sus labios continuaban diciendo lo que su voz callaba tal cual hiciera su padre desde siempre.
«…Que simplemente has sabido ser hipócrita. », creyó leer su madre de los movimientos de su boca.
Alice se armó de abundante paciencia para no darle un sopapo que lo rompiese uno de los labios que acabara de besarla. En vez de ello, respiró hondo, ahogando un arranque más que terminase por distanciarlos a los dos. Recordó también su reflejo en el agua y que el pesado estrés que se había estado echando al hombro degeneraría en una muerte lenta de su atractivo y juventud.
De vuelta a la formación de la comitiva, Alice estudió los rostros de los caballeros que evitaban a toda costa mirarla a los ojos. Eran nada más seis, siete si decidía contar al viejo Jerome Callaghan. El soldado la volteó a ver por un segundo, después se puso la capucha de mallas sobre la cabeza y se giró hacia otro lado en su montura. Se echaban en falta dos caballeros y sus corceles, pero sus pesadas corazas de platino las habían dejado atrás y entonces colgaban de los costados de las monturas restantes junto a los yelmos que los caballeros solo portaban para combatir.
Cuando Richard subió a lomos de su cabalgadura, Alice continuaba examinando a quienes seguían a su lado. Hizo efectivas las sospechas que había conjeturado en el camino. El Caballero Artesano hacía gala de su porte impecable habitual, pero ni bien la Reina se cruzó con él, se le descompuso el rostro apuesto.
— ¿En qué estado se encuentran vuestras heridas, ser? — La sonrisa le salió con naturalidad a Alice, aunque no supo decir bien por qué. Todavía no le entraba en la cabeza cómo un simple jinete de exploración había alcanzado una habilidad tal con los cuchillos digna de un asesino profesional.
— ¿Las de mis talones, Alteza? — Soltó un soplido altanero a la par que alegre. — Esas no son heridas, sino rasguños. Ya no me molestan, pero de haber tenido que chacanear cada dos por tres se habrían abierto como heridas de verdad.
— Ya veo — Se le quedó viendo en aserción muda de que había reconocido lo que estuviese haciendo el caballero. —. Es una pena que no hayáis podido viajar vos en lugar del buen ser Lancelot.
« ¿Quién rayos se piensa que es? » Frunció el labio en cuanto se dio la vuelta para reanudar la partida. Se había disgustado con creces al descubrir que su hijo no hubiera sido completo dueño de sus actos. Ser Paul no se había mantenido cerca de él durante los días anteriores porque nada más le preocupase su seguridad.
Incluso así, optó por depositar solo un poco de sus esperanzas en su decisión.
— Sabemos que al castellano nunca le agradó en demasía el traidor — le había explicado Richard. —. De hecho, creo recordar que más de un cortesano rumoreaba que solía evitarlo siempre que podía.
— ¿Esa caterva de zalameros? Demasiadas eran las cosas que rumoreaban.
Según Alice tenía entendido, aquellos dos discrepaban en casi todo. El castellano era hosco y si algo no le parecía lo manifestaba sin pelos en la lengua, muy distinto a los lameculos vejestorios de telas finas que los rodeaban.
En aquel punto se preguntó si no había estado basando sus juicios en sus emociones, sin mantener la cabeza fría.
Ser Robert, quién se dio cuenta de su mueca y verdadera cara tras el asunto hizo como si no la hubiese visto. ¿Por qué no todos podían comportarse igual que él? El caballero más cercano a ella siempre sabía perfectamente cuándo sonreírle, cuando mantenerse lejos, cuando no decir nada y solo servir, como si leyese sus estados de humor tan bien como un libro. Alice conocía su historia, al igual que dominaba la de todos los que le servían. Casi todas ellas eran más gloriosas que extensas.
Ser Robert, en pocas palabras, era el más joven y galante de los ocho. Apenas ostentaba unos treinta años. Se le había pedido que prestase servicio a la Corona a la edad de veinte, después de haber mostrado su lealtad a Leonor, derribando en un atropello con su cabalgadura a un mentecato de baja alcurnia que osó levantar un estilete en contra de su Rey en pleno recorrido por la ciudad. Antes de ello, se había hecho con gran nombradía en torneos de justas, descabalgando a grandes caballeros cuyos nombres Alice nunca se interesó en conocer.
Ser Bowen Threagold, en caso contrario, conservaba mucha más edad, aunque aún le sobraba gallardía. Su mayor logró en vida había sido osadamente comandar la carga de cientos de toneladas de brea y alquitrán en barcas que usarían para herir a Léviathan en el puerto de la Capital. También se había hecho con una balista modificada por ingenieros con la que consiguió descargar un puñado de arpones al cráneo de la Bestia para entorpecerla. Y cuando su mejor arma se vio destruida, se dedicó a salvaguardar la vida de quién se encontrase, sacándolos fuera del rango de la Bestia. Uno de aquellos a los que salvó fue el mismísimo padre de Alice, el cual se hallaba herido cerca de la Fortaleza del Vigía. Ser Bowen fue nombrado caballero platinado por petición propia después de haber sido condecorado como un héroe en la batalla. Sin embargo, su gloria no había comenzado aquel funesto día de verano.
Ser Paul Wolkan había abandonado a su familia ilustre, y con ello toda su herencia, a temprana edad, para perseguir las pasiones que su señor padre le prohibía como profesión. Un buen día, hacía dieciséis años, un Christopher Liongborth más falto de cerebro que el actual, lo había encontrado elaborando una espada de magnífica labor en lo que habían llamado «Herrería Artesanal de Alto Arte.» El hermano del Rey se empecinó en comprarle el arma, pero Paul se negó rotundamente, ya que había sido forjada como un regalo para alguien preciado. Al final del día, Christopher lo convenció de llevarlo engañado a la corte, haciéndole creer que exhibiría sus trabajos a todo el que quisiese ver, pero sus intenciones iban destinadas a fastidiarlo y humillarlo hasta tal punto de que perdiese los estribos. Lo cual ocurrió, y no llevó demasiado tiempo. Con esto y una metida de pata del Caballero Artesano al escupirlo a la cara, el hermano del Rey consiguió retarlo a un combate por semejante afrenta ante la corte.
Demás estaba decir que, por más instruido que Christopher se hallaba con la espada, Paul Wolkan de familia noble y padre autoritario lo estaba aún más. No obstante, en lugar de cobrarse la vida de Christopher con todo derecho, terminó por perdonarlo y de paso disculparse por lanzarle su saliva y todo su rencor. La espada estaba destinada a obsequiarla a su padre. Y de esa forma, antes de que transcurriese un mes de que a Darren IV se lo llevase una enfermedad lenta y demoledora, ser Paul había sido consagrado como miembro de la Guardia de la Realeza, después de pasar por el debido ritual de caballeros con ayunos, rezos y baños de óleo sagrado y la recepción de los sacramentos. Alice no recordaba exactamente quién había iniciado la petición, pero ciertamente la Duquesa Diane había tomado parte en ello luego.
Y en lo que respectaba a ser James Aulsebrook… Un escalofrío le recorrió la espalda al recordarlo. Alice era incapaz de pasar por alto el incidente de hacía dos días atrás. Los ojos de la Reina habían reflejado asombro, cuando le llegó la advertencia de ser James de que se detuvieran. Luego solo se escuchó el relinchido de su caballo que consiguió suavizar el clamor de la espada al cortar la carne. Y poco tiempo después, el caballero le hubo traído la cabeza del hombre al que había decapitado.
Incluso si nunca había visto a un sujeto como aquel, sabía que distaba mucho de siquiera encajar entre los celtas salvajes. Llevaba extraños símbolos dibujados con cuchillo sobre la piel curtida por la tierra. Se habría preocupado de estudiar su rostro, si no hubiese desviado la mirada del cráneo cercenado que goteaba una sangre más negra que roja.
— ¿Era simpatizante de la Horda de las Bestias? — ser Bowen interpretó las señas de uno de los gemelos Lancaster.
— Un Luciferino, tal vez — anunció ser James, quién sostenía lo que quedaba del hombre por los cabellos sucios. Lo tiró al suelo, y la cabeza cayó rodando. — Se encontraba solo, de eso sí que estoy seguro. Intentó correr, pero como veis no llegó lejos.
Resultó cierto que el indeseable se había hallado completamente solo, puesto que no se encontraron con ningún otro aun cuando rebuscaron por la zona. En aquella oportunidad, la Reina había agradecido esto, así como también agradeció que el caballero hubiese tenido el detalle de indicarle que le tapara los ojos a Elliot si así lo deseaba.
— ¿Seguro que lo acabáis de matar, ser? — le había preguntado Alice con una mano sobre la nariz. — Apesta cómo si llevase semanas pudriéndose. — En cualquier momento, el rastro sanguinolento que había dejado comenzaría a atraer moscas.
— Magia de sangre. — apuntó ser Paul con gesto de asco.
¿Era posible? No lo parecía. Aquella magia era poderosa, portadora tanto de grandeza como de desgracias, enfermedad y muerte.
— Puede que no, ser. Quizás artes más oscuras. Necromancia, por ejemplo — le sorprendió en abundancia que Richard supiese aquello. El muchacho se persignó como si fuese muy devoto. —. Nada más mirad como el trato con el Diablo lo ha corrompido.
— Precisamente por ello pienso que era un Luciferino. — concluyó ser James.
De vuelta a una realidad fuera de los recuerdos, Alice se le quedó viendo al Príncipe Heredero con gesto dubitativo, mientras los demás parecían haber echado al olvido aquel suceso. Con ocho espadas nobles a su bando había podido dormir por ratos con un ojo abierto, pero entonces conservaba menos caballeros para resguardarla a ella y a los suyos. Pero Richard era como cualquier otro joven al final del día, siempre creyéndose que era inmortal.
Los historiadores referían que los Luciferinos eran una secta de dranovenses practicantes de herejía que se amontonaban por cientos en el bosque para perpetrar sacrificios, rezos y rituales satánicos en nombre de Lucifer. Desertores de toda norma establecida, los había proscritos en sitios remotos del país y también quienes aparentaban hacer vida común entre el vulgo de las ciudades. Era todo lo que sabía al respecto, y aquello era más que suficiente. Sin embargo, antes se habría animado a pensar que solo rondaban cerca de Wickedforest, donde moraban los Lucifersons. Lo más seguro era que estos engendros e incivilizados no les llegasen ni a los talones al riesgo que siempre habían representado los celtas, diez veces malditos fueran, pero eran una plaga más que no estaba dispuesta a tolerar.
En los tiempos que corrían, ser Rey o Reina era cómo jugar con fuego, con tantos paganos de malos tratos y costumbres yendo de aquí para allá, haciendo caso omiso de las leyes de la Corona. « Celtas, vikingos y Luciferinos por igual — Anhelaba con visitar el lugar de descanso eterno de Leonor, de Darren IV, y de cada condenado Rey que hubiese venido antes que ellos, para nada más escupir sobre sus tumbas por haber hecho poco o nada por deshacerse de aquella peste que cercaba su reino. —. Son bestias tras un velo de humanidad a las que se les ha suprimido todo raciocinio.»
De la aversión que le generaban, juró para sus adentros que desvanecería de la faz de la tierra a cada salvaje tan pronto acabase aquella guerra y tan pronto iniciase la siguiente. En posición de Reina Madre, lo conseguiría. De su hijo era la Potestad Real de ahora en adelante. Con suerte, Raymond ya le habría quitado al estorbo que era su padre del camino.
No le desagradan por no compartir su religión, de esto Alice estaba segura. Aquel sentimiento básico y simplista se reservaba para hombres y mujeres de menor envergadura como el arzobispo Headmund y toda su junta de acólitos endebles.
Sus deseos por un techo seguro tan extensos eran como el cielo azul que se posaba sobre su cabeza. Lo que daría Alice a cambio por llegar antes del siguiente día... Todo el oro y joyas con los que no cargaba. Casi de rebote su pensamiento fue a caer sobre las historias que versasen sobre personas, en especial celtas, que guardaban cierta afinidad con otros mundos y las criaturas que habitaban en ellos.
De este modo, se pensaba que existían maneras para que un grupo pequeño de viajeros se moviese con rapidez de un extremo a otro del país. Era posible cubrir grandes distancias en una fracción del tiempo, eludiendo los desvíos que pudieran provocar bosques, ríos y montañas.
No conocía del todo los detalles ni los procedimientos para abrir a sus pies estos atajos. Pero aun teniendo los conocimientos en su haber, Alice no se atrevería a jugar con fuerzas de lo oculto. Y mucho menos los hombres que la acompañaban.
Esta vez montaron el campamento y dejaron descansar a sus monturas una hora de oscuridad más allá de la puesta de sol. Luego de la frugal cena, ser Robert se le acercó con una exótica petición: el viejo Jerome Callaghan solicitaba audiencia con ella. No se encontraba ni de cerca del mejor humor, puesto que sabía de antemano que aquella noche tampoco pegaría ojo. Y, por si fuera poco, minutos antes había sorprendido al paladín y a ser Paul en plena conversación en la que cierto hombre hubo sido mencionado.
— Caballeros — les escupió, irritada, a lo que ser Paul interrumpió a ser James cambiando de tema. Pero ya era tarde, Alice había salido disparada de entre los matorrales al escuchar el inicio de la conversación. —. No quiero que se pronuncie ese infame nombre a menos que sea para darme la noticia de que el traidor ha muerto.
« De seguro vendrá a quejarse », pensó. Sentía cómo la cabeza le punzaba a horrores, producto de su malestar y la falta de descanso. Se llevó las manos a las sienes para darse un masaje. En aquel momento, codiciaba nada más un trocito de aquel hongo con el que Connor Bressler había mandado a volar en sueños a ser Covan. Su hijo había salido en su búsqueda en compañía de uno de los Lancaster, pero Alice no se hacía ilusiones al respecto.
— Traedlo. Qué sea rápido.
Y así fue. En cosa de nada se encontró ante ella, al otro lado de la fogata, escoltado por el caballero; su favorito.
— Alteza. — saludó el soldado.
— Qué sea rápido. ¿Qué queríais de mí?
— ¿Os encontráis bien? — inquirió en un tono inocente cuanto menos molesto.
Le preocupaba con creces que su salud y aspecto se avinagrara de tantas inquietudes aguantar.
— ¿Os parece? — Alice levantó la vista, solo para descubrir que el aspecto de Jerome lucía en peores condiciones. Su tez, en lugar de rosada como siempre, yacía amarillenta. Tenía la frente bañada en sudores, incluso sin llevar puesta la capucha en aquella noche fresca. — Si me hartase de vino, tal vez conciliaría el sueño. Sin embargo, vos y vuestra herida se lo acabaron casi todo, soldado.
— Me apena saber que haya sido desperdiciado, Alteza. Cómo lo lamento.
Se había encogido de una pena aparentemente genuina, pero Alice no les prestó su compasión. Por el contrario, echó un vistazo a su pequeño Príncipe, dormitando envuelto en una manta bajo la tienda. Y aunque dio gracias al Cielo, porque al menos él pudiese descansar sin preocupaciones, habría deseado estar en su posición.
— ¿Qué queríais? — le repitió, conservando la poca paciencia que le restaba.
— Confesaros algo — dijo, apenado. —. Algo que vi y no os conté de inmediato. Porque no estaba seguro. Y claro, también vengo a rogar vuestro perdón.
— Entonces tomad asiento — Al instante siguiente lo recordó. Ella ya no era quién para indultarlo. —. Esperad, si una audiencia es lo que queréis, ¿por qué no aguardáis a que regrese mi hijo? Es el Príncipe el que está al mando.
— ¿De verdad? — Pareció sorprendido. — Aun así…
« Lo desconocía », se enteró. Por supuesto, con tantas guardias nocturnas iba medio dormido durante el día y también lo apartaban lo máximo posible sin necesidad de perderle el rastro. Además, su padecimiento lo estaba consumiendo lento pero seguro.
— ¿Os molestaría…? — siguió, con lo que Alice le indicó de nuevo que se sentara junto al fuego. — Quise decir, Alteza, ¿os molestaría a solas?
« Qué más da. Ni lleva armas. Dudo que, de tenerlas, tuviese las fuerzas. » Por lo que le hizo un gesto a ser Robert para que se retirase.
— Como gustéis. Siempre estoy cerca, mi Reina. — le dedicó una mirada al soldado antes de marcharse.
Antes de ir al asunto principal, le habló acerca de otra menudencia. Una que con razón versaba acerca de la tirria que le profesasen algunos caballeros y la corazonada a la que había llegado en sus noches de vigía sobre una maquinación que se había montado para deshacerse de él. Alice por mera cortesía esporádica y barata apaciguó sus ánimos.
— No me atrevo a inculpar ni a señalar a nadie, pero… — continuó diciendo.
— Basta de eso, Jerome. Por favor — La sonrisa afloró gracias al engaño y no por otra cosa. El muy imbécil parecía confiar en ella. —. Alucináis al respecto, pienso. Decidme a lo que verdaderamente habéis venido. ¿Cuál fue el secreto que guardasteis?
«El Que Nunca Miente», lo había nombrado su hijo, pero en realidad solamente él le llamaba de esa forma.
— Bueno, Alteza… — Suspiró, nada apaciguado. — Connor Bressler.
Alice pestañó repetidas veces de incredulidad. Fue todo oídos y mente para él.
— Soltadlo. — le increpó al cabo de un rato.
No obstante, no se confesó de inmediato. Primero, se llevó la mano sana a la cintura, y después sacó un trozo de tela blanca arrugada y destejida de su bolsillo. No sabía en qué estado se encontraba su otra mano bajo los vendajes ni le importaba.
— Como bien sabe Vuestra Alteza, rescaté de la ciudad a un niño y a un adulto — Su rostro de vergüenza era inadmisible, tanto que no se atrevía a mirar a los ojos a su Reina. —. Uno estaba herido en la cabeza y el otro desgraciadamente recibió una flecha en la pierna mientras escapábamos… Alteza, esto no es más que una especulación, pero… Bueno, no veo otra forma de explicarlo.
A la luz trémula de la fogata a Jerome se le notaba incluso más tembloroso. Una malla de dudas le abarrotaba los rasgos debilitados. De forma que Alice se puso en pie, y rodeó el fuego para encararlo desde arriba. La Reina era una mujer alta, pero no se sentía como gigante hasta que presionaba a un hombre para intimidarlo. Aquello le producía un placer irreprimible. Lástima que el soldado se levantara prontamente, pero aún con ello, Alice le sacaba un dedo de altura.
— Miradlo con vuestros propios ojos — Y le tendió el trozo de tela. De cerca pudo observar que también estaba manchado, de manera que no lo tocó. —. Estaba perdiendo mucha sangre, sangre roja al principio, por lo que el niño se había encargado de hacerle presión detrás de la cabeza para que no se desangrara… De un momento a otro, el sangrado paró. Justo a tiempo, porque Abel estaba demasiado ocupado preocupándose de su propia pierna. Pero la sangre roja de aquí desapareció y se tornó blanca.
El comentario le heló la sangre. Se hizo con el trapo por fin, pero no consiguió decir nada al respecto.
— Las sombras de la noche no me permitieron apreciarlo en aquel momento — siguió, cuando la mano quedó desnuda. —. Lo guardé, y no me percaté de él hasta que ese... — Lucía como si no diese con la palabra adecuada. — Hasta que Connor se hubo marchado con Atenea.
Habría seguido sin habla, si la austeridad no le hubiese ganado la partida al sobresalto que había nacido primero.
— ¿Y por qué lo mantuviste oculto hasta ahora? — le increpó con la rabia derramándose en cada palabra. — Pudiste haberlo dicho en cualquier mísero segundo. — Jerome pareció no tener respuesta. Quizá el viejo simplemente estaba asustado. — Dios Santo, claro que el desgraciado era un brujo. — Rio ligeramente por no llorar, rozando la histeria. « ¿De qué otra forma habría conseguido salir ileso de un combate contra un caballero y dejar inconsciente como si nada a otro? Y Atenea… La encontró en el bosque tan hábilmente en unos minutos » Pero su sonrisa nerviosa murió cuando se encontró con la voz del viejo soldado.
— No me lo cría, Alteza. Era impensable y tampoco estuve muy seguro hasta que me comí la cabeza de tanto pensarlo. También es que… me sentí agraviado conmigo mismo — Plantó una rodilla en tierra en muestra enfática de arrepentimiento. —. Admito que estuve tan orgulloso de por lo menos haberlo salvado a él, que al principio no pude con la idea de que era en verdad un desagradable brujo y no un hombre de dios, uno de los nuestros. Cometí un gravísimo error y ruego que me perdonéis.
Era un brujo. La Horda estaba repleta de ellos. ¿Connor pudo haberse ido para informar de su posición? Su historia corroboraba que no era un celta. Pero eso no significaba que no simpatizase con la causa de ellos. ¿O había algo que no estaba viendo?
Y la insana paranoia se apoderó de Alice Liongborth una vez más. En el fondo, en su lado más cuerdo, sabía que era la ocasión perfecta.
— Ser Robert ¡Ser Robert! — llamó.
— Connor ya se había ido lejos y vos teníais un plan — prosiguió a la desesperada, levantándose, mientras el caballero se aproximaba a ellos a la carrera. — ¿Cuál era el punto de informároslo de inmediato, Majestad? Alteza.
— Ser, vuestra espada — exigió Alice, con lo que no dudó dos veces en desenfundar y apuntar al viejo consumido por la desilusión. —. Este hombre nos ha mentido a todos. Ha incurrido en traición, encubriendo el crimen de alguien más.
— Aguardad, yo no os he mentido — musitó al borde de las lágrimas. —. No me matéis, por favor. Os he servido.
— ¿Mataros? ¿Así de rápido? Claro que no. Vuestro crimen ha sido horroroso a ojos de Dios, y merece ser castigado de la misma forma. Ser Robert, sacadlo de mi vista y del campamento. Tratad de no asesinarlo en el intento, el hombre ya está condenado a morir por su herida. Quiero que vague por el bosque en sus últimos días, y muera en soledad, sufriendo y pensando en lo que hizo.
— No os mentí, quería ganarme vuestra confianza — lo escuchó decir mientras el caballero lo hacía retroceder a punta de espada. —. Vuestro perdón, porque de verdad le soy leal a los Liongborth.
Alice se volvió con media sonrisa dibujada en los labios, y arrojó el cacho de tela manchada al fuego mientras pensaba si algún día tendría la oportunidad de usar esa pieza a su favor. «Soy una Liongborth de nombre y poco más, soldado. Nací siendo Alice Marshall. »
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