Como si ya tener el esqueleto de un gigante no fuera descomunal para ese momento. El trompeteo de elefantes, provenientes del valle los saco de su asombro.
Una manada de elefantes entraba al valle como rebaño de abejas, mientras un gigante de aspecto caucásico quemado los pastoreaba. Sus facciones eran ajenas a las de los nehesus, la de este eran una mezcla entre la de los aamus (asiáticos) y los themehu (libios), diferentes a los kemitas que eran mulatos. Era corpulento de unos ocho metros de alto, cabellos oscuros y ropas de piel de elefante. Cargaba con un cántaro de agua gigante en su espalda, al igual que sus animales cargaban con cantaros mas chicos colgados a sus costados.
—¿Qué hace esta raza de gigante aquí? —pregunto Hor confundido—. Creí que los Kushitas no acetaban a los que no fueran idénticos a ellos. Con trabajo acetaron a mi raza y eso que nos parecemos un poco.
El gigante descubrió el esqueleto y se le cayó el cantaron que cargaba de la impresión. Esta se rompió y el agua golpeo como ola a los elefantes que estaban detrás. El gigante soltó un grito de dolor dejándose caer cerca del esqueleto. El ruido de sus lamentos junto con la banda sonora de los elefantes en empatía con su amo, hicieron estremecer a los Soberanos presentes.
Un estruendo de rocas al fondo de unas montañas aviso de una roca gigante moverse y dar paso a que otros gigantes salieran de una cueva con cierta cautela. El gigante lamento en un idioma que ni Hor ni Hat conocían o les sonaba familiar.
Tras ver que era seguro salir, los gigantes dentro la cueva salieron igual de dolidos. Eran de la misma raza y con diferencias de edad marcadas. El mas viejo se apoyaba de un bastón a pasos lentos, seguido de los mas jóvenes con antorchas y una vasija funeraria. Rodearon el cadáver y prepararon entre dolor su sepultura.
Primero oraron, invocando el creador de su mundo natal. Después juntaron los huesos y los rompieron para que cupieran sobre una roca lisa y plana para luego prenderla en fuego con ayuda de unas pocas ramas secas que trajeron gigantes femeninas. Al rato de consumarse los huesos y quedar solo cenizas, las juntaron con cuidado para guardarlas en una urna funeraria.
Pudieron irse en cualquier momento, pero ambos se distrajeron al ser testigos de un funeral distingo a lo que en sus tradiciones se practicaba. Hat intento contenerse de no llorar, pero se dejo llevar y acabo chillando como si el muerto fuera un conocido suyo. Hor entendió que seguía sensible por lo de los infectados de atrás que eliminaron, y comparar la muerte de esos seres con el funeral de este gigante le conmovió.
Estaba por consolarla cuando vio detrás de ellos unos enormes ojos mirándolos fijamente. Era mucho mayor que los demás gigantes, de unos diez metros.
—Hat—le señalo con el dedo que mirara detrás.
Ella obedeció limpiándose los ojos y se paralizo al verse con el gigante. El gigante levanto la mano y la lanzo con abierta hacia ellos. Hor reacciono más rapido y jalo a Hat para salir corriendo. Salieron disparados por el camino seguidos del gigante.
—¡Un viaje normal! —se quejó Hor— ¡Es mucho pedir!
Bajando por el sendero con destino a la siguiente montaña, el gigante dio un pisotón muy fuerte que los hizo alzarse en el aire. Se lanzo de picada y logro atraparlos entre sus manos antes que cayeran. Apresados entre sus enormes manos, Hor forcejeo sin éxito. Y para peor, su lanza también estaba apretada contra él.
—Hat, usa tus poderes—le sugirió.
—¿Solo si no piensas lastimarlo también? —advirtió ella.
—Behi—dijo el gigante con un tono infantil, casi bobo.
Los chicos lo vieron alertas. El gigante se sentó en su lugar y los acerco a la altura de su cara.
—Behi sakratu—repitió mirando a Hat con la emoción de un niño.
Hor y Hat se vieron entre ellos. Ella se encogió entre hombros y trato de entenderse con él.
—Eh. ¿Hola?
—Behi sakratu. Ze behi polita—sonrió.
—Perdón, no entendemos lo que dices—se disculpó Hat.
El gigante tampoco le entendió, pues se sonrojo chiveado.
—¿Qué esperas? —le amonesto Hor con sarcasmo—. ¿Que este también se te declare? Sácanos de aquí antes de que me obligue a usar el arma.
—¡Hor! —lo regaño y el niño respingo.
—¡Dari! —se escucho la voz de una gigante llamando.
Los gigantes regresaban dentro la cueva y solo quedaba una anciana llamando al que poseía a los chicos.
—Banoa, ama—le respondió el gigante parándose.
La anciana se adelantó, quedando solo unos gigantes que conducían a los elefantes a dentro. El gigante que parecía llamarse Dari, los llevo con cuidado con él. Este caminaba de forma torpe y acelerada. Los gigantes que pastoreaban los elefantes no prestaron atención a lo que llevaba entre manos a la hora de cruzar. Ya todos dentro, colocaron la piedra que cerraba el lugar.
La cueva estaba dentro la montaña, y para bajar iban por escalones al ras de la pared. Estaba iluminado por antorchas del tamaño de hogueras. El interior era una aldea oculta al estilo prehistórico, con cuevas internas que simulaban cuartos. Algunos niños, bebes y ancianos salieron de estas para integrarse al funeral.
Todos seguían al que transportaba la urna funeraria hasta una mesa de piedra con rocas grandes, planas y lisas que prepararon previamente. Una vez todo listo, se reunieron en la arquitectura de piedra y dieron sus ultimas palabras al difunto. Una anciana dio un discurso que los espías no entendieron, y colocaron la vasija del muerto debajo de la mesa de piedra. La cerraron con otra piedra y meditaron sobre su reciente perdida. Colocaron una tabla de madera que tenía una vela de cera enredada alrededor, la prendieron y dejaron sobre la mesa donde guardaron al difunto.
“A Anpu le encantaría ver esto” pensó Hor.
Una niña se detuvo junto a Dari luego de reconocerlo. Vio asombrada a Hor, y sin cuidado del contexto insistió sobre él.
—Gizaki bat—señalo la niña.
Dari la callo en complicidad y le hizo una seña tonta de que lo siguiera hasta un túnel que llevaba al subterráneo. La niña asintió y ambos se alejaron del grupo discrepante.
—Hat—le susurro Hor.
—Si—respondió ella.
—¿Viste a donde nos están llevando? —Hat agacho las orejas, regañada—. No sabemos ni quienes son.
—No son malos—Hor la vio de reojo con una ceja alzada—. Esta vez no me equivoco. Solo mira esa tierna niña—aseguro con ternura.
Hor puso los ojos en blanco.
Salieron al túnel hasta una cantera bajo tierra que estaba fuera de servicio. Atravesaron la cantera hasta el otro extremo y entraron en otro túnel que daba a unas cuevas con pieles y rocas que simulaban camas improvisadas. Dari se arrodillo junto a una cama con la niña arriba de esta, y soltó con cuidado a los chicos. Ambos gigantes los contemplaron con asombro. Ninguno de los Soberanos supo como actuar.
—Behi—dijo la niña a Hat.
Tenia el pelo corto y ojos cafés.
—Empiezo a creer que es una forma de referirse a ti—susurro Hor y Hat asintió.
La niña acerco su dedo a ella con curiosidad y le toco sus cuernos.
—Ze behi polita—dijo la niña con dulzura.
Hat se ablando ante ella con cariño. Tomo su dedo y la niña se sobresaltó, pero dejo que Hat la tocara de la misma forma que ella. Bajo su dedo y la vio de frente con una ternura acogedora.
—Que linda niña—alago Hat encantada—. ¿Cuál es tu nombre?
La niña se recostó boca abajo frente a ellos con los pies bailando en el aire.
—Tampoco creo que ellos nos entiendan—dijo Hor, y se dirigió a Dari.
El gran gigante le daba la sensación de que era muy infantil para su edad, como si fuera un niño atrapado en el cuerpo de un adulto. Hor se aclaro la garganta e intentó comunicarse.
—Yo—se señaló a si mismo—, Hor. Ella—señalo a su compañera—, Hat. Hat—volvió a señalarla—. Hor—se señaló.
Dari roto su cabeza con el ceño fruncido, repitiendo las palabras que Hor le dijo. Ellos asintieron. Aunque por accidente termino diciendo Hathor y Hat se apresuro en corregirlo. La niña capto mas rapido y les paso una mano delante para indicarles su nombre también.
—Astere—dijo la niña con orgullo—. Dari—señalo al otro. Después se señaló a ambos al mismo tiempo—. Jentilaks.
Los Soberanos entendieron que esa era la raza a la que pertenecían. Jentilaks, gigantes de quien sabe que lugar que de seguro era muy diferente a los que ellos conocían, bastaba con ver sus rasgos físicos para teorizar el ambiente del que provenían. Algún mundo fresco y con sombras, donde el sol no agobiara y probablemente el ecosistema gobernante fueran bosques. La cuestión era ¿Qué hacían en un lugar opuesto al suyo?
—Hor, mira—le señalo Hat las paredes del lugar—. Son las mismas runas del crómlech.
Tenia razón. Las escrituras de las paredes eran idénticas a las que intentaron descifrar antes. Las paredes estaban llenas de ellas, acompañadas de dibujos al estilo cavernario. Escenas de gigantes en familia, gigantes bailando, gigantes moviendo rocas grandes para construir, gigantes cultivando en campos y gigantes fabricando artesanías. También abundaban dibujos de árboles que no conocían más allá de libros y flores hermosas. Montañas de fondo y cuevas que asemejaban casas familiares. Entre las figuras mas repetidas estaba la de una flor que tenía forma de sol, de color amarillo y hojas puntiagudas alrededor, eran carlinas.
Los gigantes siguieron la vista de ellos y se entristecieron al contemplar esos recuerdos.
—Etxea—dijo melancólica la niña con la mirada caída—. ¿Nongoa zara?
Les pareció una pregunta por el tono. Ambos permanecieron en silencio antes de responder. Ni Hor, ni Hat se habían revelado tal cual. Sabían que eran Soberanos, que ninguno de los dos era de Kush. Pero no especificaban su origen. Bueno, si Hat era más lista, puede que supiera que su compañero era un Necher de Kemet ¿pero de que raza era ella?
—Supongo que da igual—se dijo a si mismo Hor dando un paso delante sin titubear—. Kemet—respondió con firmeza—. Soy de Kemet—concluyo y sintió que se había quitado un peso de encima.
Permaneció unos segundos reflexionando y aflojo los hombros. Era la primera vez que revelaba su origen a seres que no fueran los Soberanos de Kush. Y que curioso se sentía. Estaba frente a descocidos, presentándose como lo que era sin filtro o perjuicio. Sin usar su disfraz kushita ni disimular su acento o minimizar algún rasgo natural de él. Se presento como lo que es: Un Soberano de Kemet.
—Soy Hor—repitió el con orgullo—. Soberano de Kemet, un Necher—reafirmo con un saludo cortes, digno de alguien de su estatus.
Los Jentilaks abrieron los ojos incrédulos. Pareciera que las pocas palabras de Hor, junto con su presencia dominante, bastaba para darles una idea de quien podría ser. Astere se bajo de la cama y se colocó junto a Dari para decirle algo. Dari se disgustó con lo que le dijo e hizo pucheros de remilgado. Pero la niña insistió y este se fue sobre los Soberanos para cubrirlos con cuidado, a modo de esconderlos.
Se escucho la voz de la anciana de antes porvenir de afuera y la niña corrió a ella para conducirla de la mano a la caverna. Dari se alarmo quiso llevárselos otra vez de allí, pero Hat uso sus poderes y hizo crecer un sicomoro entre ellos con tallos delgados y frágiles para no lastimarlo. Dari se asustó al inicio de ver el árbol, que para el parecía más un arbusto, y se hizo para atrás.
Cuando la Jentilak anciana llego llevada por la niña, y vieron el árbol dentro del cuarto, se maravillaron. Astere fue a buscar a los escondidos y los hallo bajo la copa del árbol. Ambos la saludaron tranquilamente en señal de paz. La niña acaricio el follaje del árbol hipnotizada.
—¿Benetako zuhaitza al da? —pregunto ilusionada— Begira, amona—le hablo a su abuela.
La abuela, que hasta ese momento se había detenido pasmada en la entrada, se acercó incrédula al mágico árbol como si fuera irreal para ella. Acerco su mano con timidez. Rozo el follaje dudosa hasta comprobar que si era real y soltar lagrimas de alegría.
—Benetako zuhaitza al da—afirmo su abuela conmovida.
Hat y Hor salieron al descubierto. Astere se los presento a su abuela, a costa del berrinche de Dari, y estos saludaron con debida cortesía.
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