Después de la caótica noche evitando que los infectados huyeran del lugar, Hor y Hat se enfrentaban a un dilema.
Hat los había encerrado dentro de sus árboles como única opción para retenerlos. El oasis parecía un bosque acogedor en medio del desierto, con un crónlech en ruinas al estilo arqueológico. Algunos halcones, buitres, milanos e insectos, no dudaron en detenerse a anidar y descansar en la frescura del lugar.
Sin embargo, oculto en ese paraíso paradisíaco aun existían esos especímenes que antes eran organismos biológicos, sufriendo su lenta y asfixiante transformación a creaturas inimaginables. Las cuales el Mar Primordial fue claro que debían erradicarse sin piedad. Y e allí el motivo porque ambos compañeros de viaje estaban en discusión.
—Por favor, Hat—le rogo Hor. Estaba sentado de piernas cruzadas bajo un sicomoro, mientras ella estaba sentada dándole la espalda con los brazos cruzados—. El Mar Primordial lo ordeno. Ya viste lo que esa cosa casi provoca. Imagina si llegan a las ciudades.
—¡Me niego! —declaro nuevamente ella disgustada.
Hor suspiro pesadamente y con exasperación. Estaban perdiendo tiempo por un conflicto ridículo a su juicio. Hat no cedía en ayudarle a extinguirlos, ni porque fueran una amenaza futura. Cuando le conto la orden del Mar Primigenio ella se horrorizo y casi que lloro. Y si revelara su cola de la misma forma que sus orejas y cuernos, de seguro estaría agitándola como latigazos.
—¿Por qué te portas así? —amonesto Hor.
—Por que son seres inocentes—se giró para responderle con seriedad.
—¿Inocentes de qué? —recriminó—. Ellos sabían con lo que se metían desde un inicio. Se lo buscaron por querer revelarse a las reglas, Hat—ella se entristeció—. YA.NO SON.SERES. PUROS. ¡Son abominaciones!
—¡Pero tienen sentimientos todavía! —finalizo quebrantada y se retiró de su lado. Las hojas de los arboles tomaron un tono otoñal.
Hor la siguió bufando.
—Los ogros también tenían sentimientos ¿te hubieras compadecido de ellos aun sabiendo que se comieron a esos niños? —la reto.
—No sigas, Hor—rogo ella llevándose una mano a los ojos.
—Ahora entiendo porque te quedabas como tonta viendo todo en lugar de hacer algo—ella freno de golpe—. ¡Lo ves!
Hat se llevó las manos al pecho dolida. Las hojas fueron desprendiéndose de sus ramas. Se limpio las lágrimas y regreso a él con los ojos húmedos.
—¿Desde cuando eres tan cínico? —acuso ella decepcionada.
Hor se detuvo y parpadeo. Lucia entre triste y molesta, pero de una forma equilibrada. Sus lagrimas intensificaban los colores de sus ojos, añadiéndole un reflejo similar al de piedras preciosas. Y la lluvia de hojas marchitas, teñía el fondo con el sentimiento de su dueña. Era la primera vez que la veía así, y le dolía.
Apretó sus puños para tomar valor y responderle.
—Perdón, si no esperabas esa faceta de mi—respondió el con sinceridad—. Hat—trato de explicarle sin volver a perder la paciencia—, sé que piensas que sueno muy cruel. No se como es el lugar de donde vienes, pero en mi mundo nos forjamos para hacer hasta lo que no queremos—ante esas palabras, ella aflojo sus hombros. Dándole la confianza a Hor de seguir—. En mi raza nos educan para priorizar el orden cósmico ante cualquier duda. Las demás razas nos ven como rígidos o hasta exagerados. Pero gracias a eso, es que hemos podido asegurar el bienestar de nuestro hogar…o eso era antes.
—¿Antes de que? —pregunto ella curiosa.
Hor negó y siguió.
—El punto es, que, aunque no queramos sentenciar a estos por muy inocentes que sean. Si los dejamos así, terminaran lastimando a seres que de verdad no tenían culpa de nada—dijo y se acercó a ella lentamente con la mano en su brazo—. Y además…somos Soberanos, para eso fuimos creados—revelo firme y Hat bajo la mirada—. Nuestro propósito de existencia: evitar que regrese el caos primordial y asegurara la armonía del cosmos.
Ninguno continuo. Hor le dio su espacio para que recapacitara y exploro lo que quedaba del campamento destruido. Apenas había amanecido, por lo que estaban a tiempo de recuperara terreno…si es que Hat aun quería seguir viajando con él.
Dentro de una tienda intacta, Hor reflexiono sobre lo rudo que la trato. Se le hacían un tema muy sencillo de resolver, que no entendía por qué Hat se complicaba emocionalmente. Cada mundo era diferente, probablemente el de ella no sufriera las crisis ni desgracias que pasaba el de él. Eso explicaba lo inocente que era y su falta de malicia, aun mas allá de su naturaleza vacuna.
Ella apareció a la entrada con unos dátiles en sus manos.
—¿Quieres comer algo? —pregunto ella cabizbaja y le enseño la fruta—. Descuida, estos no son de los arboles con…abominaciones.
Hor asintió y se sentaron juntos a la orilla del agua. El suelo estaba tapizado de hojas secas, por lo que la sombra de antes ya no existía y les daba el sol a todo su esplendor.
La primera vez que probo sus frutos el estaba inconsciente, y solo sintió el sabor que quedo en su boca. Todavía se sentía fortalecido por los primeros, pero no le caerían mal comer unos cuantos mas por prevención. Olía muy dulces y apetitosos, le hacían agua la boca. Mordió uno y abrió los ojos como platos. Estaban muy jugosos y deliciosos. Eso sí, uno más y se podría empalagar.
—¡Por Atum! —exclamo Hor—. ¡Son los frutos mas ricos que e probado en mi existencia! —alardeo y se llevo otro a la boca con la emoción de un niño comiendo un dulce…que de hecho era.
—Muchas gracias—se contentó Hat alagada y lo detuvo de comer otro.
—¿Por qué? —berrincho.
—Hay un límite—advirtió ella—, se te subirá la azúcar y no poder controlar tu imperatividad.
—Suenas como mi mama y mis nanas—refunfuño con una mueca y ella rio.
—Ahora si luces como un niño…pichoncito.
—¡Que no me llames así! —reclamo él y ella comenzó a reírse.
Hiva a volver a defenderse, pero entendió que valía la pena dejarse humillar con tal de ver otra vez su hermosa sonrisa. Los arboles también se contentaron con su creadora, vistiendo sus copas de verde y engendrando ramos amarillos.
—Entonces—intento retomar el tema con intriga—¿en qué quedamos?
Las risas de Hat fueran disminuyendo levemente hasta que ambos estuvieron a la par. El viento soplo y se fue llevando las hojas secas, al mismo tiempo que esparcía la fragancia de las flores.
—Yo—empezó ella—, no fui creada para dañar, ni destruir—confeso al fin. Hor la vio de reojo cuando ella intento una sonrisa débil—. Fuimos predestinadas para consolar y ayudar. O eso es lo que nos instruyeron desde que nos llamaron a existencia. Lo siento.
Por supuesto que no todos los Soberanos ejercían sus responsabilidades con violencia. Hor había crecido rodeado de Nechers bélicos más que de pacifistas, al punto de ser contados los que entraban en esta ultima categoría. Su madre y tía, pese a que no eran guerreras, se sabían defender de forma letal. Todas las Ojos Solares estaban criadas para ser tan letales como amorosas. El mismo buscaba convertirse en alguien fuerte y osado.
Luego recordó a Anpu, quien jamás empatizo con las peleas y por eso prefería vivir en el Duat donde los de su especie no lo orillaran a eso. Y de estar en una situación peligrosa, prefería huir antes que terminar mal ¿Por qué habrá tardada en regresar ese chacal? ¿estará bien? Seguramente, el evento de anoche afecte su habilidad de las puertas.
—Esta bien—dijo Hor sin cuestionar—. De igual forma, creo que las cosas habrían estado peor si no nos hubieras detenido anoche. Ya hiciste tu parte. Soy yo el que no ha hecho nada.
—Hor, hay algo que no entiendo—confeso ella—. ¿Por qué me exiges que los elimine por ti?
Justo lo que Hor no quería tratar, pero de mala gana debía sincerarse.
—Por el mismo motivo que no pude derrotar a la orna de Negoogunogumbars—confeso él con el orgullo por los suelos—. No poseo el nivel de poder para extinguir, solo matar. Cosa que no bastara para solucionar este problema. Tampoco cuento con un arma que me facilite las cosas.
Con un solo Ka, manipular el Heka necesario para la extinción era imposible. Ni siquiera podía hacer Heka en forma. Sus hechizos no pasaban de regeneraciones leves y espontaneas, así como de manipular algunos objetos. Fuera de eso, no dominaba elementos u artes como los demás Nechers. Prácticamente, era un completo inútil.
***
—Dyehuty ¿debe haber forma? Es imposible que no sepas resolver esta condición—exigía su madre al Gran Escriba un día que fueron a la Casa de la Vida en secreto.
Hor tenía más de medio millón de años y frecuentaba ese lugar para sus clases inéditas. Se quedaba en una habitación de estudio privada, donde podría estudiar sin ser descubierto. Su madre estaba en una habitación compartida con el Gran Escriba, mientras a él lo dejaron resolviendo ecuaciones cósmicas.
Su cultura estaba muy arraigada a las matemáticas, dado que los Camefis fundaron Kemet a base de números y lógica. Por eso se les instruida desde pequeños de forma paralela a su gramática lingüística, siendo casi una segunda lengua para ellos. Había desde las básicas, para controlar el Heka, como las que les enseñaban en la Casa de la Vida. Hasta las avanzadas, para quienes querían rebasar sus conocimientos y dedicarse a estudiar el multiverso y sus leyes.
Hor estaba cansado de hallar le respuesta a un problema y se puso a expiar a los adultos, quienes aún no se percataban.
—Yo no dije eso—negó Dyehuty con sosiego—. Dije que no se puede resolver.
—Al menos dime por qué—rogo su madre desesperada—. Hor se formó sano en mi vientre, con la semilla de Asir en buenas condiciones. El parto fue pacífico y sus nodrizas fueron Ojos Solares de buena leche. ¿Por qué mi hijo posee la condición de un hibrido con humano?
—Y justo su genética y la alimentación que recibió de bebe, fueron los que le ayudaron a generar defensas y resistencia para sobrevivir en su cuerpo inhumano—reconoció el—. Si no hubiera sido así, hasta envejeciera al ritmo de un espíritu.
—Te haces llamar el guardián del conocimiento más grande del multiverso, pero no puedes dar solución a la enfermedad de mi hijo—recrimino.
—Tu hijo no está enfermo, Ast. Esta maldito—confeso y su madre callo perpleja. Dyehuty suspiro de cansancio—. No quería decírtelo para no alterarte, pero de nada sirve que te de remedios si la maldición lo tiene atado a un síndrome muy raro.
Cuando escucho eso Hor, sintió que todas las esperanzas creadas por su madre, no valieron nada. Su madre tambaleo en su lugar inconforme e incapaz ante la verdad. Ella, siendo elogiada como una prodigio del Heka, nunca se percató que lo que su hijo tenía era una maldición que confundió con enfermedad ¿Quién habría lanzado tal maldición que pudo burlarla bajo sus narices por tantos milenios?
Justo ella iba a exigirle respuesta al Gran Escriba cuando este evidencio la presencia de Hor espiándolos.
Desde ese día, su madre se volvió loca buscando respuestas que se le negaron antes. Se puso más paranoica y sobreprotectora con él, al punto que Hor se sintió inútil. Tan inútil que casi se dejaba matar por aquellos Aj-Sa en día que conoció a Anhur, pensando que si se defendía de todas formas perdería.
Anhur fue quien lo hizo creer que sus limitantes eran hasta donde el permitía. Y por primera vez, alguien lo trato sin pena o con rudeza.
***
Hor espero a que Hat dijera algo sobre su confesión. Sus nanas tendían a mimarlo para que no recordara sus penas. Tasenet lo regañaba si no se cuidaba o seguía las reglas de su madre. Anpu por cuestión de edad lo veía como una responsabilidad. Su tía no dejaba de llamarlo con pena. Y su madre…sentía dolor por él.
Hat se acomodó en su lugar y lo miro con ternura. Por un momento, Hor la sintió como si fuera una de sus nanas. Luego, ella lo vio a los ojos y ladeo la cabeza.
—¿Y que vamos a hacer ahora? —pregunto ella.
Hor parpadeo y desvió la mirada a los sicomoros, después al agua y al final se alzó mirando al cielo.
—¡Maldito, Meruel! —grito al aire con los puños apretados, sorprendiendo a Hat—. ¡No tenemos por qué arreglar tus deficiencias! ¡Nehesu, bueno para nada!
—No creo que a tu amigo le guste que le hables así—intento calmarlo Hat con vergüenza.
—No, Hat—corrigió el—. Es su mundo, y él debe encargarse de resolver sus cosas. Ni tú, ni yo. Ya le hicimos un gran favor con los ogros y los infectados. Que ponga de su parte.
Y justo acabo de hablar. Una lanza se clavó horizontalmente frente a él, asustando a ambos. Se soltó una nota que tenía colgada en el mango y cayo flotando en las manos de Hat.
—“Ten, mal agradecido—leyó Hat pasmada del vocabulario del chico—. Acaba el trabajo de una vez, ya que estas allí. Te regalo la lanza que me atascaste antes. Su metal es anti demonios, te servirá para erradicar esas cosas tan fáciles como si yo lo hiciera con las manos” —se detuvo de leer ella— ¿Orgulloso? ¿Dónde? —bromeo y Hor rio. Siguió leyendo—. “Y antes de que me vuelvas a criticar. Estoy lidiando con problemas que ya sabes cuales son. Procuren pasar desapercibidos, y no se detengan bajo ninguna circunstancia…y gracias por lo de anoche” —culmino.
Ambos se vieron luego de analizar las palabras de Meruel. Era evidente la diferencia de esta nota con la anterior. El tono era desesperado y sin rodeos. Ni disimulo para Hat. Con eso entendieron que debían darse prisa e irse.
Hor saco la lanza, reconociendo que era con la que amenazo a Meruel cuando lo fue a ver. Empezaron por el primer infectado, aquel que ocasiono todo eso y atraparon en las ruinas del crómlech. Hat abrió un leve orifico para que la lanza pasara y se clavara en el infectado. Este soltó un grito que hizo estremecer a la pobre chica, pero a Hor no lo inmuto. Cesando, Hat retiro los árboles y verificaron que el ser estaba desintegrándose.
—¿Estas bien? —le pregunto Hor preocupado. Ella asintió sin estar convencida y fueron con los demás.
Repitieron la acción con todos. Hor era rapido y preciso, sin titubear. Pero Hat se contraia con cada grito como si ella pudiera sentir su dolor. Al final, ella acabo desplomada sobre la arena. Su bosque se había esfumado junto con el peligro que antes existía. Solo quedaba el oasis y las ruinas.
Hor la dejo superar lo vivido en privado. Lamentando que una chica tan noble como ella, tenga que pasar por estas situaciones. Y rogaba a su creador que no les pasaran más de ese tipo, porque no deseaba que se reencontrara con su hermana llena de traumas y complejos.
Ya segura de poder seguir, retomaron su viaje en silencio. En el camino jugaron a adivinar lo que veían, como una forma de distraerse de lo ocurrido y estar alertas de la redonda. Según los cálculos de Hor, ayer que corrieron hasta el cronlech más lo que llevaban antes, bien podrían estar a mitad de distancia a la cuarta catarata. Si corrían como ayer, podrían llegar en menos de un día, salvo que tengan contratiempos. Pero ninguno tenía ganas de correr e ir rapido…no por el momento.
A las horas de caminar, llegaron a la cordillera montañosa. Un terreno imprevisto y desconocido que les exigiría estar atentos a no perderse. Subieron el sendero de una de estas que daba vueltas para rodearla la montaña cuesta arriba. Con una vista al valle que les aventajaba.
—Veo, veo—fue turno de Hat—. Una cosa brillante y larga.
—Mi capa—respondió Hor un tanto distraído con el viento.
—No. Tu lanza—corrigió ella—. Hor—lo llamo sin éxito. Hor estaba perdido girando su cabeza a varios lados—. Pichoncito.
—¿Qué dijiste? —apenas reacciono sin mostrarse interesado en reclamar.
—¿Ya no quieres jugar?
—¿No hueles algo raro? —pregunto y ella olfateo.
Se detuvieron inquietos y siguieron el origen del aroma. Doblaron la esquina del sendero al otro lado de la montaña y el golpe de olor putrefacto los paralizo.
—Veo, veo—dijo Hor inconscientemente—. El cadáver de un gigante.
En el pie de la siguiente montaña, dentro del valle. Un esqueleto humanoide gigantesco en deterioro estaba tendido con aves rapaces volando sobre él. Por experiencia de convivir con Anpu, Hor dedujo que era reciente, no mayor a lo de un día. Quizás, asesinado en la noche. Aunque parecía más bien que fue devorado hasta dejar limpio.
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