Las biromes escribiendo eran una llovizna somnolienta repiqueteando en el aula. La calefacción volvió a fallar y alguna nariz hacía manifiesta su congestión. Las piernas se agazapaban una a otra en cada fila de pupitres, las manos se refugiaban en las mangas de los buzos o camperas durante la labor. La docente de Literatura borraría el contenido de la pizarra en unos minutos para volver a monologar. Los primeros días de Agosto se hacían eventualmente extensos. Adrián terminó de copiar y escribió una nota a Camila. En el ir y venir de la misma, los dedos fríos del joven rozaron el cálido tacto de ella, produciendo un leve rubor en aquél.
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—Che, vamos al cine el miércoles?
—Dale! :) qué querés ver?
—El caballero de la noche, son los últimos días en cartelera.
—Vamos, Adri ❤️ a qué hora?
—A las 17:45
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—¿Me permite, caballero?—Interceptó la docente a Adrián.
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El ritual de los demás estudiantes se detuvo y la atención recayó sobre ellos. "Que lo parió con la vieja esta..." pensó, mientras entregaba su conversación a la mujer.
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—¿Es una conversación íntima?—Inquirió con el papel plegado.
—No...no hay nada raro, profesora.—Contestó Camila en lo que ella leía.
—Pues...espero que tengan una formidable cita.—Dijo a secas.
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Unos gritos de barrabrava inundaron el salón: "¡bien ahí, minito!", "¡esa, Adrián!", "¡ídolo, matador!" sobresalían del barullo.
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—¡Ya basta, chicos! Parece que nunca han salido con una chica.—Se hizo notar Jose.
—¿Cómo que no? Preguntale a tu hermana.
—¡Ehhh!—Coreaban los de la fila izquierda.
—¡Bueno, muchachos!—Intervino la profesora—Les recuerdo que no están en la cancha. Así que se comportan, o los saco del aula y los desapruebo. 5 minutos más y borro.
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Camila le dedicó una mirada cómplice a Adrián, que apoyó el mentón sobre sus manos y fruncía el ceño de disgusto. “Manga de pelotudos", pensaba. Escribió otra notita.
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—Por favor, Cami, sé puntual.
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Llegado el último recreo se puso su gorrito de lana y salió a comprarse un alfajor. La punta de sus pies estaba helada y entumecida, asunto por el cual detestaba usar zapatos...sus zapatos. En las escaleras se cruzó a “su profesor favorito".
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—Rojas, no se pueden usar gorros en la institución.—le dijo el hombre de gabardina.
—Desde que hizo que me obligaran a cortarme el pelo —replicó apático, mirándolo desde el hombro—, mis oídos son más sensibles al frío, profesor.
—Por lo visto su ego también, joven.
—Quizás—esbozó una mueca Adrián, volteándose completamente hacia él—, tanto que he olvidado su nombre.
—Ernesto Calleri, Adrián—rechistó el profesor.
—Ah, como el dictador.
—No, Rojas...ese era Leopoldo Galtieri.
—No se me olvidará.—Se despidió de aquél hombre con un saludo militar.
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Terminó de bajar sintiendo a sus espaldas la iracunda mirada de Calleri y se encontró con el kiosco lleno, revisó sus bolsillos, en uno tenía su dinero, el otro estaba roto.
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—Uh...bueno, no se me olvidó, lo perdí, profe—murmuró mientras alcanzaba a ver un compañero al frente de la barahúnda—¡Che! ¿Comprame un Guaymallén? El negro.
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El pibe lo miró, asintió fugaz, pidió el alfajor y le extendió la mano para recibirle la plata.
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—Gracias, loco.—Ambos chocaron palmas.
—Todo bien, man.
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Caminaron juntos hasta el medio del patio, junto a la cancha, a su alrededor cada quien formaba su círculo de amistades para conversar, las bancas apoyadas en las paredes respiraban el estrés de los que tenían examen al finalizar el recreo. Los estudiantes que participarían del campeonato de fútbol de primavera iban de un lado a otro de la cancha en un entrenamiento intenso.
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—¡Boludo—dijo al cabo de un rato el chico-, no sabés lo que te perdiste! Las minas estaban zar-pa-das en la playa, y en los boliches llevaban unos vestiditos tremendos...pura joda y escabio por todos lados...¿por qué no fuiste con nosotros?
—No tenía un sope, ni ganas de ir al viaje de egresados. De haber querido y podido, hubiese preferido Bariloche a Camboriú.—Refirió Adrián, dándole un mordisco al alfajor.
—Na...qué amargo que sos.
—En serio—dijo indiferente—, además, me salió un laburo en las vacaciones y pude tramitar la beca que quería. El año que viene me tomo el palo.
—Ah...bien entonces—se cruzó de brazos, en señal de entendimiento—, ¡y seguro! Tremendo bocho tenés, la hacés de taquito. ¿Y a dónde vas a estudiar?
—A Lo...¡GOL, CARAJO!—Se interrumpió—a Londres, en la Universidad de Westminster.
—Qué zarpado che—le sonrió sorprendido—...ojalá te vaya bien.
—Sí...ah, y si necesitás mis apuntes alguna vez te los presto, por el favorcito.—indicó la envoltura vacía de su golosina.
—¿En serio? ¡Buenísimo, crack!—Le estrechó la mano con entusiasmo.
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Terminó el descanso y regresaron al aula, sin más que padecer el sueño en la clase de Derecho. Llegada la hora de la salida, Adrián hizo una llamada.
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—Che, César, ¿todo bien? ¿Alguna novedad con el albañil puto ese?
—Nada, mano, anda escondido. La exesposa me dijo que me va a avisar cuando lo vea en una taberna que está cerca. De ahí lo seguimos y encaramos, ¿te parece?
—Y sí...ya son 2 meses que nos está boludeando con la guita. En fin...¿tenés algún laburo para hacer?
—Te aviso, tengo que ir a ver unos chabones en 20 de Junio.
—Dale, nos estamos hablando.
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Cerró la tapa de su Razr y en lo que guardaba el teléfono sacó un pequeño walkman. Puso la reproducción en aleatorio y empezó a caminar en dirección a la avenida hasta el parque San Martín. Los autos de vez en cuando esquivaban los baches o enfilaban por un mismo carril.
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—¡Usá la luz de giro, la puta que te parió!—Gritó Adrián a un tipo que le tocó bocina en el cruce, con el dedo corazón en alto y los auriculares colgando del cuello.
—¡Nene! ¿Qué educación te dan en tu casa?-increpó una anciana.
—Una excelente, mi estimada señora—replicó el joven con una leve reverencia—, que tenga buen día.
—Con esa boca sucia no me parece.
—Y bueno...una cosa es tener educación y otra muy distinta ser educado.
—¿Cuál es la diferencia?
—Que el que es educado suele ser boludo.
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Se puso los auriculares, ignorando a la anciana, que lo injurió hasta que dejó de verlo entre el gentío cruzando la calle.
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Todos volvían del trabajo o de sus estudios, cabizbajos, pendientes de una lista, una pantalla, del hambre, del sueño, del sueldo, de las deudas. Adrián no pensaba en nada de eso mientras caminaba, se dejaba llevar por la música y el tránsito, hasta que llegaba al parque San Martín, en las cercanías al lago, donde se compraba un súper pancho, una Sprite y se sentaba cerca del patio de juegos.
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Buscó “Niños" de Viejas Locas en su walkman. El cielo irradiaba de un color marfil y el viento frío se estaba apaciguando. Hizo tiempo, repasando sus apuntes, hasta que abriera el puesto de una artesana, que debía entregarle un poncho que su madre encargó, y siguió caminando por pasajes vacíos hasta su casa en Villa Soledad. Se acercaba la hora de la merienda.
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La puerta del inquilinato era pesada y el chirrido al abrirla recorría el pasillo. Cruzó hasta el patio, se encaminó a la puerta de la derecha; al atravesar el umbral, un dulce y cálido aroma de naranja y dulce de leche escapaba de la cocina.
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—Uhm...qué rico—se deleitó Adrián, abrazando a Esther—... te pusiste guapa hoy, ma.
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Su mamá se volteó y correspondió a su abrazo, su cuerpo estaba tibio y perfumado a hogar.
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—¿Cómo te fue, hijito? ¡Ay, estás helado! Te dije que llevaras otra campera, ¡o te hubieras puesto el poncho!
—No pasa nada, ma, aquí está calentito—dijo Adrián, colgando su bolso en la silla—...hace mucho que no hacías pancitos.
—Sí...la verdad que tenía antojos de hacer, estaba viendo unas fotos del álbum y nos encontré en la casa de tu abuelo cebando mates, ¿te acordás? Qué lindos tiempos...¿Cómo te fue en el colegio?
—Bien, el regreso a clases es menos especial cada año—se sirvió una taza de mate cocido—. La profesora de Literatura ya nos clavó una evaluación para el miércoles, ¿podés creer?
—Y bueno...hay que retomar el ritmo después de las vacaciones, supongo.
—No creo que en dos semanas y media de descanso la gente se olvide de cómo leer y escribir—se interrumpió Adrián, en lo que tomaba asiento—...bueno, tratándose de mis compañeros puede ser.
—Debimos hacer que fueras de viaje.—Dijo la madre al cabo de un rato con un tono de culpa.
—Es un asunto que creí zanjado—sentenció el muchacho—. No hubiese ido de todas formas, mis prioridades son otras.
—Claro...pero sabés que tu papá puede financiar tu carrera en el exterior.
—Nada de eso—respondió tajante—. Para que después nos lo eche en cara, o se atribuya mis logros por poner la guita, ¡en ese caso preferiría vivir bajo un puente!
—Pero Adrián...hace dos años que estás así, a la distancia, siempre fuera de casa. Nos preocupas.
—Mamá...de vos puedo creerlo, pero no lo incluyas en las cosas que me digas. Mi papá no ha cambiado, y yo no pienso ceder.
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La merienda fue breve, entre las migas quedó la promesa de Adrián de mantenerse en contacto y de regresar de aquella travesía ni bien fuera lograda. El muchacho se retiró antes de que volviera Javier de trabajar, excusándose de que debe seguir con sus estudios.
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***
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—Qué vieja de mierda—se frotó la cara Adrián—...me hizo estudiar al pedo.
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La profesora se había sumado a un paro a último momento. Adrián apoyó la cabeza en la carpeta y se durmió hasta que terminara la hora. A la tarde tuvo que hacer unas diligencias y luego se encaminó al cine con las entradas que compró el día anterior.
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Quedaba una hora para la función, el frío azotaba en la ciudad, los vehículos colmaban ambos lados de la Virrey Toledo. Los buses acaparaban la orquesta de motores, y la gente que pasaba por ahí cruzaba, como de costumbre, sin prestar atención a los semáforos, ni respetando las sendas peatonales.
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Adrián se cansó de permanecer parado, de ser observado constantemente en las puertas del shopping. Se sentó en las bancas del casino que estaba al lado, aprovechando la discreción y que la corriente de viento era menor. Sacó “Ficciones" de su mochila y se puso a leer hasta que llegase Camila.
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Faltaban 15 minutos, en ese tiempo ya a Adrián no le apetecía seguir leyendo, la calle respiraba aún, la gente entraba y salía del casino. De tanto en tanto los que salían se fumaban un pucho, renegaban de su última jugada y volvían a entrar. En una de esas salidas, una señora ve a Adrián consternado en la banca.
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—Es raro ver tan jóvenes en este lugar, ¿Qué pasó? ¿Ya perdiste la plata de papi? Si querés te doy algo para que no te reten.
—No vine a apostar-respondió Adrián, ironizando—, vine a ver una película y espero a alguien para ello.
—¡Ah, disculpá!—Le dijo la señora, contenta—Entonces andás de cita con tu novia.
—No es mi novia, es mi amiga.—Respondió sin mirarla.
—Pero te gustaría que fuera tu novia.
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Adrián se quedó en silencio.
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—Estás jodido, nene.
—¿Por qué lo dice?—Indagó hastiado.
—Porque imagino que no es la primera vez que intentas salir con ella y no puedes, ¿me equivoco?
—Disculpe, pero eso no creo que sea de su incumbencia.
—¿Por qué?—Preguntó, sentándose a su lado con leve insinuación—¿No somos amigos?
—No...
—Eso es cruel—declaró la mujer, haciendo trucha—, ¿por que no lo somos?
—Para empezar—se levantó Adrián haciendo un gesto de distancia con las manos—, ni siquiera sé su nombre.
—Elizabeth Márquez... Liz para vos.
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Adrián frunció el ceño e hizo una mueca de aceptación.
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—Además—se interrumpió—, ¿no le parece impropio una amistad entre una mujer mayor y alguien que aún no termina el secundario?
—¿Me estás diciendo vieja, nene?
—Me llamo Adrián.
—¡Ahí está!—Cruzó sus piernas y apoyó sus manos en sus rodillas con una sonrisa de satisfacción—Encantada de conocerte, Adrián. ¿Cuántos años tenés?
—Ya va siendo hora de irme.—Respondió secamente Adrián.
—No...no te vayas. Te doy de 16, con esa carita.
—Tengo 18.
—Seguramente tu amiga te ve como de 16—afirmó con sorna—, por eso te boludea.
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Adrián se dió la vuelta y se fue a la puerta del shopping. La película ya estaba a punto de empezar.
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—No ha llegado tu amiguita—observó Elizabeth a sus espaldas—...nunca llega, ¿verdad?
—¿Y eso qué le importa a usted?
—También—continuó— te molesta el hecho de que alguien te vea conmigo, lindo.
—Sí.
—Si bien esta provincia tiene más chusmas que gente honesta, la burbuja de personas que pasa ante nosotros no nos ve, o si nos ve no les importa. En el caso de tu amiguita, no le importa verte, directamente.
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Adrián sacó las entradas de su bolsillo y las estaba por romper, pero Elizabeth lo detuvo.
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—Esa niña que estás esperando debe ser como las maquinitas que me gustan: uno pone tiempo y dinero en ellas pero rara vez devuelven lo mismo o lo que esperamos, que siempre es más. Simplemente ella no ha querido elegir aún su afortunado, y vos no querés cambiarte de asiento...o de juego.
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Adrián soltó las entradas y miró por primera vez a los ojos de Elizabeth, eran un celeste apagado, le parecían melancólicos.
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—Buscamos algo bueno en el azar, pensando que el destino juega a nuestro favor...es un oxímoron al que te estás entregando, Adrián.
—¿Y usted?
—También—río Elizabeth—. Sin embargo, puede que mi suerte haya cambiado al momento de estar aquí, afuera.
—Debo irme...—dijo, sin ánimos.
—Es una buena película, supongo que tenías muchas ganas de verla.
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Adrián no dijo nada, tampoco se movió de ahí.
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—¿Te parece una descortesía de mi parte pedirte que la veamos juntos? Te doy el valor de la entrada.
—Es un 2x1, no tenía costo la entrada.
—Entonces te invito la gaseosa y los pochoclos.
—No sé...
—Si no te has ido desde que dijiste que debías ya no lo harás. Dejá de dar tantas vueltas, Adrián. Vamos.
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El chico le dió la razón y entraron al shopping, cruzaron el patio de comidas y subieron a las salas de cine. El disgusto de Adrián se esfumó conforme avanzaba la película. "Es linda la doña, después de todo" pensó, pero se interrumpió al ver qué ella lo miraba. Elizabeth rió en silencio.
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Al salir del shopping, Adrián hablaba de las escenas de Batman con la ilusión de un niño, hasta que Elizabeth sonrió y le provocó un rubor al joven.
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—Bueno...fue una buena película.—Sentenció.
—No soy muy fanática de las películas, me gustan más las funciones de teatro...pero sí, fue interesante. Gracias por invitarme
—¡Usted se invitó sola!—Replicó entre risas Adrián.
—No me lo impediste.
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Adrián asintió, dándole la razón. Sacó sus cigarros y se llevó uno a la boca, le ofreció uno a Elizabeth.
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—No me des esa mierda.—Le arrebató la caja y se la hizo un bollo.
—¿¡Qué hacés!?
—No me levantes la voz, nene—le regañó la mujer y le extendió otra caja de cigarros, de la que se sacó uno para ella—. Tomá, no seas croto.
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El muchacho miró la cajetilla, era más alargada, de color beige con líneas moradas.
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—Fue un gusto, Adrián, pero debemos seguir nuestros caminos.
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Adrián la vio marcharse con suma elegancia hacia la parada de taxis en dirección a Tres Cerritos, asimilando lo que había pasado. Abrió la caja de cigarros y sacó uno, observando que en la misma estaba el número de teléfono de la mujer.
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—Vieja verde...—se dijo entre risas.
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