Ast reaccionó cuando Hor se estrelló contra su pecho sin esperar un abrazo.
El pobre abrazo a su madre como si de una estatua se tratara. Dura. Rígida. Sin emoción. Y no le importó. Luego de contenerse en el calor de Hat, una compañera pasajera, al fin sentía esa calidez legitima que tenia de base en su vida. La presencia de su madre.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto Ast incrédula.
Hor estuvo por responder, pero sus ojos se le adelantaron. Se aferro más a su madre y esta se rindió ante el quebrantamiento de su hijo. Paso sus brazos por su espalda y cabeza, evaluando el estado emocional de Hor. Cerro los ojos, y acaricio su calva cabeza.
—Hor, mi amor. Mi niño—le hablo con suavidad y ternura—. Lo que sea que te paso, dímelo—Hor empuño los ojos en un nulo intento de retener sus lagrima—. ¿Dónde están Anhur y tus nanas? —pregunto intrigada. Hor retuvo sus quejidos—. ¿Dónde está tu hermana?
Ast lo alejó despacio. Corraborando las penas calladas que Hor no atrevía a decirle. Su hijo había aprendido con el tiempo a ocultar sus dolencias, esto a causa de todo el sufrimiento que cargaba y no añadirle más preocupaciones a ella. Sin embargo, Ast no dejaba de examinar esos pequeños detalles que solo una madre tenía el poder de descubrir. Llegando a su pubertad, los cambios en Hor fueron más que físicos, la profundidad de su mirada maduro. Cualquiera sentiría que él era obstinado y directo, pero Ast sabía que era su fachada, una máscara frágil que en realidad ocultaba su punto más débil…solo que, en esta ocasión, no la tenía puesta.
—Hor—volvió a hablarle inquieta—¿Por qué no estas con tu hermana?
Una ráfaga de viento huracanado invadió el templo. Los tres cayeron sin prevención contra el suelo junto con aquellas antorchas, cortinas y objetos sueltos. Ast y Hor abrazados, protegiéndose mutuamente. Nebet-Het sola y sin en que sostenerse. Pasando el viento, el rugido de león propicio un temblor en toda la ciudad. El origen del rugido y destino del viento, era el mismo, el área donde estaban los Soberanos de Kush.
—Ese rugido—dijo Hor—. No es el mismo león.
Hor se incorporó seguido de su madre y se limpió la cara.
—Suena al de Apedemak—comento Nebet-Het tensa.
Ast y Nebet-Het miraron a Hor.
—Rompimos el contrato—confeso el—. Y creo que ya lo saben.
***
Hor les fue contando mientras corría al punto crítico.
—Meruel juro no decir nada de lo que pasaba, pero algo no está bien con el—siguió explicando, en lo que cruzaban el patio principal. Ast y Nebet-Het le seguían el paso, impresionadas por la repentina velocidad que el niño adquirido en poco tiempo de no verse—. Creo que Dedun debió interferir, era el único adulto que estaba al tanto.
—¡Maldito Sutej! —grito Ast furiosa—. Cuando creía que no podría jodernos más la vida, envía a sus peones para empeorar la de otros ¡Si esos imbéciles lastiman a mi hija! —bramo.
La única que no opinaba, era Nebet-Het. Si alguien conocía los alcances y desastres de su esposo, era ella. Impresionarse a ese punto era ridículo. Y es por causa de estos que podía predecir el final. Un final que Hor no permitiría, sin saber cómo.
El área de culto a Apedemak, era similar a la de su esposa, pero con tonos rojos y amarillos donde los de ella azules. Mientras que Amesemi daba un aire estelar y lunar, Apedemak gritaba fuerza de trabajo y sol. Esperarían que el lugar estuviera destruido o dañado por el supuesto enfrentamiento entre ambos Soberanos. En su lugar, todo estaba en orden y presentable. A excepción de los tres Soberanos de Kush reunidos en los pilares finales con vista al exterior.
Apedemak daba la espalda, parado firme con su cola de león ladeándose y brazos cruzados, que en esa ocasión eran solo un par, ya que su segundo par no estaba presente por tener la guardia baja, y tampoco se notaban sus dos cabezas laterales, esas también estaban escondidas. Amesemi estaba de frente, con las manos sobre el pecho entre preocupada y disgustada, similar a como estaba Ast. Y el tercero estaba sentado en el suelo, parecía ser otro teriamorfo león coronado por plumas. Si Hor no hubiera atestiguado la derrota de Anhur, pensaría que era el, sobre todo porque alrededor de este, se mantenían pequeñas corrientes de aire. Sin embargo, todo apunaba que se trataba de Arensnufis, el Soberano kushita del aire y protección.
Durante su estancia en Kush, no interactuaron mucho con él. Como era de esperarse, sus cruces eran por cortejar a las Ojos Solares. Anhur en dos ocasiones llego a correrlo, y amenazo que la tercera no se contendría de emplear sus poderes. Meruel decía que era de entre sus tíos el más sereno y se la pasaba encerrado en los templos de cuidador.
Ya cerca de ellos, descubrieron que en el regazo de Arensnufis había un cuarto muy enfermo: Dedun. Frenaron a una distancia considerable, suficiente para escuchar a Amesemi recriminar a sus hermanos por todo lo que pasaba. Ella los vio y llamo la atención.
—¡Ast, justo a tiempo! —los señalo y todos menos Apedemak voltearon a ellos.
Dedun abrió los ojos, y al momento de divisarlos, también alzo la voz.
—¡Ellos! ¡Ellos son los culpables de esto! —acuso Dedun resentido—. Me atacaron porque los buscaban a ellos. Esos Nechers. Esos malditos invasores.
—Calma, Dedun—regaño Arensnufis.
—¡¿Cuál calma, Arensnufis?! —corrigió Amesemi—. Tú mismo encontraste a Dedun moribundo luego de sobrevivir a esos Nechers desgraciados. Y aun no logramos comunicación con mi hijo.
—Deden tener una explicación.
—¡No! ¡Tu solo buscas una fuga para liberar de culpas a esas odiosas nechers a las que tanto les pisan la cola! ¡Yo nunca estuve de acuerdo con tenerlas aquí, pero ustedes me ignoraron! ¡Cada vez que ellas vienen a nuestro mundo, hay desgracias! ¡Y todo porque no pueden tener su miembro domado!
—Pero ellos—señalo a Hor y sus familiares—, no soy Ojos Solares. Y tú fuiste la que nos convenció de recibirlos aun sabiendo que buscaban refugio porque son perseguidos. Aceptaste prófugos de un mundo muy peligroso como Kemet, tarde o temprano les seguirían la pista hasta acá.
—¡Escusas! —volvió a hablar Dedun—. Los nechers rompieron el acuerdo. Me atacaron a mi y a nuestros aliados—vio a Apedemak, quien no se inmutaba de las represarías de sus hermanos o la crisis que pasaban—. ¿Cómo puedes ser tan seco ante la incertidumbre de tu hijo? Eres el primero en tomar cartas en el asunto cuando se trata de proteger nuestro mundo y ahora estas de brazos cruzados.
Amesemi convino en su recelo. Las nechers sospechaban que la pareja no concluyo el tema sobre la caja escondida y su propietaria, a causa de la llegada de sus hermanos. La kushita inyectaba un odio y rencor hacia su marido. Apedemak dejo de menear su cola y volteo al cielo.
—Mak—le llamo Arensnufis—. La sangre de Dedun se rego por el rio, y ya hay mutaciones en el ecosistema. Gracias a la noche, los humanos no se han dado cuanta todavía. Y no hemos podido rescatar o saber cómo están los rehenes espíritus. En cuanto se enteren sus creadores de este incidente…
—Nuestra reputación como mundo seguro se ira al abismo y no tendrán confianza de continuar los comercios aquí—continuo Dedun molesto—. Perderemos nuestros negocios y liderazgo sobre los demás pueblos.
—¡¿Y ustedes no tienen nada que decir al respecto?! —intervino Amesemi dando un paso a los nechers.
Ast fue quien hablo, rebasando a Hor para dejar tras ella como protección.
—Mis lores, temo lo que pasa, y desearía poder responder sus preguntas—dijo Ast y se dio una vista rápida con los suyos, para ver si estos añadían algún detalle que se le pasara. Tras comprobar que no, se volvió a los kushitas—. Pero me temo que yo también estoy confundida. Todo lo que se es por medio de mi hijo. Lo cual solo es que enviaron por nosotros para darnos cacería. Les juramos que nunca esperamos que nuestra raza actuara en contra de ustedes, no es propio de nuestra cultura hacer el caos.
—¡¿Caos?! —bufo Dedun—. Ustedes son tan conflictivos como los Theos, y esos infelices se apuñalan por la espalda a cada oportunidad.
Hor vio por el costado de su madre a los kushitas. Ella siguió disculpándose y tratando de hacer entender que no eran del mismo bando que los otros nechers. El único que ignoraba la plática era de quien más esperaría una reacción: Apedemak. Amesemi y Dedun continuaron reclamándole a Ast. Arensnufis trataba de calmar a sus hermanos y Nebeth-Het se puso a lado de su hermana para darle compañía…sin esperar muchos más que su imagen de buenaventuras de su tierra.
Apedemak tomo camino sin avisar al templo de guerra, dejando a sus hermanos frustrados de su desertacion. Ninguno quiso seguirlo. En esa área solo había armas y trofeos de victorias acumuladas por el temible kushita. Abrió las pesadas puertas y se adentró.
—Supongo que ya pensó que hará—dedujo Dedun, y una sonrisa se le escapo.
Nebet-Het agarro del brazo a Ast con fuerza. Como esposa de un necher bélico, entendía las opciones para resolver este tipo circunstancias. La cuestión era, si ellos también figuraban en la amenaza que erradicar.
Y Hor, no se quedaría esperando para saberlo.
El niño fue detrás del Soberano a desobediencia de su madre. Corrió a tiempo, antes que las puertas del templo cerraran solas y nadie más fuera capaz de abrirlas, que no sea su dueño. Su madre y tía trataron de alcanzarlo, pero las puertas cerraron en sus caras.
***
Dentro del templo, la pintura del sol en el cielo se encendió como luminaria. Gravados de leones matando y atacando monstruos, demonios, espíritus y humanos, por los muros y columnas. La luz estaba teñida de rojo brillante por culpa de las telas y murales.
En cada pilar, colgaban las pieles perfectamente arrancadas de algún cuerpo que, para el conocimiento humano, podrían tratarse de simples animales. Entre las cortinas escarlatas, adornaban cabezas humanas secas en forma de racimos de uvas. No apestaba, pero si sofocaba de solo imaginar los primeros días de muertos.
Hor se negaba a creer que los sacerdotes entraran a ese lugar, salvo que estuvieran tan corrompidos como la labor de su deidad.
Se parecía un poco ¡No! Era similar al de la masacre en la prisión.
“¿En qué me metí? —se regañó Hor—. Apedemak es un sanguinario. Fue quien topamos en la presión y casi mata a Anpu.”
Apedemak era el que purgaba la maldad y rebeldía en Kush, esos humanos decapitados eran pecadores. Así como los presos de la prisión. Así como el gigante que cremaron los Jentilaks. Así como cualquiera que se metiera en su camino, como Anpu.
“¿Por qué a mi no me daño?” medito Hor.
Lo mismo le pregunto a Nefertum sin respuesta. ¿Por qué a el ni lo toco? Nefertum le revelo que solo los ayudo porque alguien los envió ¿Quién lo forzaría a auxiliarlos ante el ataque de Apedemak luego de sobrevivir? ¿Meruel? A todo esto ¿Por qué los Sanguinarios de Kemet están señalados como culpables de la animalia de su trabajo?
—¿Sabias que ni mis hermanos entran a este lugar? —irrumpió una voz potente y gruesa que erizaba todas las vibras de su cuerpo.
Sentado en los escalones bajo su altar, el león alfa de Kush tensaba su arco con su aljaba a lado, lleno de flechas. Su melena tapaba su rostro, y se le veía rígido en su labor. Los pies de Hor se quedaron pegados al suelo. ¿Sería prudente acercarse? ¿Cómo dirigirse a el?
La única vez que lo tubo frente a frente, estaban presentes sus nanas, y ellas hacían parecer seguro la convivencia. Ni su madre con tanta seguridad y conocimiento, se daba el atrevimiento de dirigirle la palabra. Meruel no disimulaba el respecto y temor que le tenía a su padre.
Sus manos le sudaron y una ola de inseguridades y pésimas posibilidades conquistaron su mente. Entro a la boca del león, sin meditar en la posibilidad de no salir nunca. Hathor se lo advirtió, era imprudente. Todo el viaje que hicieron juntos, el diserto que cruzaron, los peligros que enfrentaron y las esperanzas de llegar a su lugar seguro ¡Derrumbados por su imprudencia!
Apedemak se levantó mientras detrás de sus hombros brotaban sus brazos extras, para tomar su aljaba y arco. Con sus brazos libres, recogió su melena en una coleta y sus rostros dormidos se revelaron. Su rostro principal poso su mirada roja sobre el pequeño necher.
—¿Sabes cuantos han tenido la osadía de seguirme con algún fin, creyendo que saldrán ilesos? —anuncio viendo el frágil cuerpo de Hor temblar ante su presencia.
Sus ojos eran los mismo que esa vez. Escarlatas. Eso era evidente porque no podría haber otro sanguinario. Lógicamente, se trataba del mismo que masacro a esos presos y encaro antes de que escaparan. Aunque, en ninguna pintura del templo se retrataba portando cuchillos para matar como en ese día, y su indumentaria no contaba con otra arma que no fuera su arco y flechas. Apedemak era enorme, bien seria un muro de frente, pero en la prisión, le parecía que apenas era unos centímetros mas alto que Anpu. Y mientras se acercaba a él, comparo su andar masivo y seguro con el acelerado y precoz de la prisión…y su melena, y su compleción física…su rostro.
—¿A que viniste, Sangre de Atum? —le regreso en sí, Apedemak, parado frente a él.
Hor pestañeo y soltó un susto.
—¿Hay otro Sanguinario? —preguntó en voz baja sin pensar en sus palabras.
Apedemak entre cerro los ojos.
—¿Qué has dicho?
—Tu no eres el mismo Sanguinario que nos atacó—explico Hor perdido en sus pensamientos—. Ese ya me habría atacado y hecho una masacre, tu eres mas selectivo, como cuando mataste solo a ese Jentilak.
—¿Cómo sabes lo del gigante?
—Vi su esqueleto. Y no dejan la misma evidencia de sus matanzas—afirmo desviando la mirada por las representaciones del lugar—. Incluso los Negoogunogumbar dejan huellas características en sus comidas.
—¿Negoogunogumbar? ¿de donde conoces a esos ogros? —Hor capto un tanto de atención.
Sus palabras se fueron de largo y revelo algo que probablemente Meruel no deseaba que supieran. Apedemak se hinco de una rodilla, para estar a la altura de Hor.
—Parece que vistes muchas cosas antes de llegar—dijo el. Hor asintió—. Tu querida madre y tía, se metieron en mis cosas. Los demás de tu raza derramaron sangre tanto de nuestras propiedades como de uno de nosotros. Y tú, osas encararme para hacerme creer que debo guardar mis armas—Hor trago saliva—. Dame un motivo para no declarar la guerra contra Kemet…o en su defecto, perdonarte este reto.


