En algún punto de su existencia
Los lirios de lluvia alzaban sus pétalos rosados como una tela suave y reconfortante. El estambre, amarillo y esponjoso, parecía un sol dormido entre la flor. Las hojas —largas, lisas y relucientes— se deslizaban al tacto, mientras el tallo verde lima, casi transparente, se curvaba bajo la brisa.
Annuncia los contemplaba, recostada sobre el césped. Se preguntaba cómo podía ser tan hermosa la tierra que los dioses destinaron a los humanos.
El viento sopló suave, meciendo los lirios. Por un instante, ese susurro la apartó de su corriente de pensamientos.
Dios, los dioses y los demonios han puesto un poco de sí, pero ninguno lo contempla con la misma sensibilidad que tienen los humanos.
Poseen la belleza, el cielo, la materia, y aun así no se detienen a sentirla. No son etéreos, pero tampoco se conmueven con lo que se desvanece. Siempre quieren más. Nunca basta. Esa esa su esencia.
Los demonios, en cambio, son los intermediarios. Existen por el rencor, la ira, la lujuria, el amor, la codicia, la venganza… Nacen del deseo. Se alimentan de él. Y son el puente: para los dioses, un instrumento; para los humanos, un espejo.
No son ni de la tierra ni del cielo.
Están entre el viento y las nubes.
Como la lluvia que hace florecer los campos… o los anega hasta destruirlos.
¿Quién manda la lluvia? ¿Quién cosecha las siembras? ¿Qué anhelan, en verdad, los demonios?
Ese mismo cuestionamiento la llevó a pecar. Esa misma incertidumbre… a amar.
Pensó que olvidaría ese sentimiento que solo pertenece a los humanos.
Enediel… su nombre aún vibra en su memoria. Obligarse a olvidar lo que una vez tuvieron le ha sido imposible. Más cuando se encuentran. Actúan como si nada quedara. Pero cuanto las miradas se cruzan… el deseo que nunca ha muerto habla. Y miente menos que las palabras.
Un llamado la sacó de sus vacilaciones. Sabía adónde debía ir. Temía a los encuentros, las miradas, el murmullo incesante de los moradores y por ello la mayoría la llamaban Sola. Un apodo pobre, sin poesía. Para todos, Annuncia es un ser perennemente extenuado.
Pero para ella, la etiqueta si la definía como tal. No encajaba en ninguno de los dos mundos que habitaba. Desde que aquel anhelo de permanencia que alguna vez la habitó se disolvió dentro de ella, nada volvió a ser lo mismo. El universo ya no le ofrecía esperanza; solo permanencia sin sentido.
La corte lunar, conformada por ciertos moradores, había cambiado con los siglos. Antes vestían con sobriedad. Ahora, túnicas con tonos cítricos y fosforescentes desentonando con las bóvedas góticas y los vitrales antiguos. Era un carnaval en una catedral olvidada.
Lo único que aún perdura de las anteriores cortes es el lenguaje refinado, recargado, como si hablaran con siglos en la lengua.
—Estas reuniones son una pérdida de tiempo —comentó Jazeriel moradora de la Mansión Lunar decimotercera. Su túnica danzaba como si tuviera vida propia.
—Son para fraternizar —murmuró Annuncia.
—Fraternizar, sí… como serpientes enredadas en alabanza humana —bufó Jazeriel, recordándole a su hermana Ailsa.
Annuncia aún dudaba si lo correcto era llamar hermana a una humana. Habían pasado dos siglos desde que se vieron por última vez.
Jazeriel, pese a su sarcasmo, la miraba con compasión. El brillo de sus ojos, alguna vez vivaz, ahora se perdían entre planos. Como si su alma se apagará poco a poco.
Ella sabía que cargar con un portal era más agotador que solo ser un recadero de sentimientos ajenos. Como lo era ella.
—¿Crees que durará mucho? —interrumpió Annuncia.
—Es probable —respondió, recordando antiguos rumores. Annuncia fue el blanco ellos.
Nadie sabía con certeza qué había pasado entre Enediel y Annuncia, pero las miradas entre ambos bastaban para alimentar el mito.
Los dioses se encargaron de ocultar los hechos. Aunque ellos no suelen inmiscuirse deliberadamente en los asuntos de demonios. Tuvo que ser algo grande… algo tremendamente grande.
—Ardesiel —lo saludó, al ver acercarse al morador de la décima mansión.
—Jazeriel, cuánto sin verte.
—He pasado algo ocupada. El tan esperado siglo XXI para los humanos me ha dado trabajo.
—Los que se han contenido a tus encantos, empezaron a flaquear con la idea de que el mundo desaparecerá.
—Al menos me divierto. Eso siempre pasa. A veces la lujuria florece, otras se marchitan. Hay generaciones impermeables al pecado.
—Y otras que lo llevan escrito en los huesos —dijo Ardesiel.
Para él, el deseo carnal incontrolable de los humanos no era habitual. Lo suyo eran otras emociones, otros laberintos.
—Muy sabio de tu parte Ardesiel —alabo Jazeriel.
—Las inconsistencia de la humanidad y su rasgo distintivo me hacen sabio —concluyó Ardesiel, con carcajadas.
—¿Y tú, Annuncia? ¿cómo estás?
Ella desvió la mirada. Recordar el pasado ajeno le revolvía el estómago. Más cuando, a quien le pertenecía lo había olvidado todo.
—Tranquilo —simplifico, no sabiendo cómo podría explicar la melancolía que la acompañaba siempre.
—Los dioses no hacen muchas peticiones absurdas ¿a qué no? —Ardesiel también se siente algo incomodo cerca de Annuncia. Aunque antes solían hacer trabajo de traducción juntos.
—No últimamente.
—Entonces, me marcho. Iré a buscar anécdotas del reluciente siglo XXI.
Ardesiel se alejó con pasos tranquilos rumbo a su hermano y amigo: Enediel, el que es más irá que reconstrucción y, por supuesto, destructor de mundos.
Quien curiosamente siempre tenía la vista fija en Annuncia. Nadie decía nada, pero todos sabían que un pecado pequeño no era castigo, a menos que se deseara con el alma.
Nadie sabía si entre Annuncia y Enediel había encuentros. Si los hubo, fueron discretos. Si no se miraran con el alma, nadie se atrevería a sospechar, pero lo hacen. Y esa es la verdadera transgresión.92Please respect copyright.PENANADWWdP8ZSMY


