Ailsa, no encontraba por ningún lado a Sorcha. Solo hacía unos minutos que iban juntas. Preguntó por ella a varias personas, todas le respondían con una negativa. Encontrarla no debería ser difícil. Su aspecto lucía diferente, creía que con eso a su favor la encontraría, pero las personas eran más ariscas de lo que esperaba.
No podía regresar al castillo, la distancia era mucha y temía que entre más tardará en encontrarla, las cosa se dificultarían todavía más.
Una anciana la llamó, la siguió. La esperanza de que la llevará con Sorcha era más importante que pensar en su propia seguridad.
—¿Su hermana es la hija de la luna?
—Sí, ¿sabe dónde está? —no le importaba el término que utilizase ni que sus palabras fueran similares a las de la otra anciana, sino verla.
Pasaron varias carpas, el cielo había empezado a nublarse. El aire húmedo era señal de que empezaría a llover en cualquier momento.
—¿Ya casi llegamos? ¿dónde está mi hermana? —la anciana no contestaba. Ailsa, no veía nada como algo bueno. Nunca escuchaba lo que su instinto le decía, se estaba amonestando por haber hecho lo que Sorcha le pedía. No conocían a nadie ni siquiera el lugar—. Disculpe…
Ailsa no pudo seguir hablando. Ver a su hermana tendida en el suelo amarrada entre estacas, la horrorizó.
—¡Sorcha! —agarro su rostro entre sus manos. Pero ella no reaccionaba.
Por primera vez volteó a ver a su alrededor. Las figuras que veía le daban miedo. Nada en ese lugar tan lúgubre era ameno. Las figuras parecían ser demonios en miniatura. Las velas que titilaban alrededor de ellas, colocadas minuciosamente sobre un círculo de tierra, la sacaron de su estupor. Eso parecía ser un ritual. Donde sea que fuera Sorcha habría personas que querrían su piel, su sangre o sus ojos.
—No entiendo por qué te has unido a ellos de nuevo —la voz de la anciana había cambiado a la de antes—. No me veas así querida. Tu escondiste el libro hace cuatrocientos años, sé que lo recuerdas, tienes que concebirlo.
Ailsa no entendía nada de lo que la mujer decía, pero con ese otro aspecto y voz, si le era conocida.
—Está loca. Déjenos ir. Mi hermana es buena persona, nunca daña a nadie, por favor —entre lágrimas e intentando calmarse Ailsa seguía rogando. Por más que lo intentara, los nudos no cedían.
Un murmullo escapó de los labios de Sorcha. No fue un nombre, fue un eco: Enediel…
—Que nos entregues el maldito libro de los veintiocho sellos lunares. Solo eso te pedimos.
—¿Si se los entregó nos dejaran ir? —hilar un plan, solo eso. Se repetía Ailsa. Su mirada vagaba incesante de un lugar a otro. No veía a nadie más, pero la señora seguía mencionando a otro —Solo necesito saber ¿Qué libro? No sé de qué me habla… —gimió Ailsa, entre rabia y miedo, mientras abrazaba a su hermana inconsciente.
—Oh, niña… claro que lo sabes. Solo que has dormido tanto tiempo, en tantos cuerpos, que tu alma se hizo torpe.
La anciana hizo un gesto con los dedos, y una figura emergió del humo, alta y lenta, como si se arrastrara desde hace muchos siglos. La máscara de hueso no tenía ojos, pero Ailsa sintió que la miraba igual. La figura arrastraba los pies como si su cuerpo aún no supiera si era carne o humo. Ailsa retrocedió de inmediato, cubriendo el cuerpo de Sorcha.
—No me obligues a hacerte daño. Devuélvenos el libro, sabemos que eres la Guardiana de la Luna Rota. —Su voz resonó como si múltiples personas hablaran a la vez.
—¡Yo no soy eso! ¡No sé nada de eso! ¡Mi hermana y yo no tenemos nada que ver con ustedes!
—Ella no es tu hermana, es Annuncia. Tú, la Portadora del Velo, eres la guardiana de la luna rota. Juntas cerraron los sellos. Juntas deben romperlos —el suelo bajo los pies de Ailsa vibró. Las velas danzaron como si soplaran un viento antinatural.
—¿Qué le hicieron? ¿Sigue viva? —la euforia iba aumentando en Ailsa. No entendía nada por más que se esforzará en llevar el hilo de la conversación.
—Aún. Pero si no recuerdas… si no eliges… no solo morirán los dos. Morirá el pacto. Morirán todos los que cargan la maldición de los Kaltenbrück y no reencarnaran jamás —la anciana se acercó, sus ojos completamente blancos—. ¿Quieres que Enediel y Ardesiel ardan en el infierno?
Los nombres la golpearon como un trueno. Algo se rompió en su mente. Imágenes. Fuego. Una torre hecha de obsidiana. Un beso sellado con sangre.
Ailsa jadeó. Se mareó por unos instantes.
—¿Qué… qué fue eso?
—Estás despertando, guardiana de la luna rota —susurró la anciana.
—¿Y si no entrego el libro?
—Entonces, lo buscaremos en las entrañas de tu alma. Aunque tengamos que romperla.
La cabeza de Ailsa palpitaba de dolor. Tantos recuerdos que no hilaba la agotaron, pero solo uno de todos ellos, logró sostener en su mente.
“Ardesiel, ayúdanos”
En la lejanía, entre las montañas y el silbido del viento, dos jinetes avanzaban con fuerza constante. Nikolaus cabalgaba al frente, su capa azotada por el aire húmedo, mientras Anselm lo seguía en silencio, atento al cielo encapotado que le advertía.
—La tormenta se acerca, será mejor que nos apresuremos —dijo Nikolaus, sin mirar atrás—. Debimos quedarnos un poco más en la feria, quizá encontrábamos algo útil.
Anselm no respondió de inmediato. El galope de su caballo empezó a perder ritmo. Una punzada invisible le atravesó el pecho, como si alguien hubiera dicho su nombre… pero no con palabras comunes.
“Ardesiel, ayúdanos…”
Detuvo su montura en seco. El nombre le dolió como un cuchillo enterrado en el alma. Ailsa. Por fin volvía a pronunciarlo, aunque no estaba seguro cómo es que ella supiera su verdadero nombre.
—¿Anselm? —Nikolaus lo notó—. ¿Qué sucede?
Anselm levantó el rostro hacia el cielo. Las nubes, tan densas como plomo, parecían respirar, moverse al ritmo de algo que solo él percibía. Sintió que una pizca de lo que fue estaba regresando.
—Ella me ha llamado…
—¿Ella?
—Ailsa —Nikolaus clavó la mirada en su amigo, confundido.
—¿La hermana de Sorcha? ¿Cómo? ¿Estás seguro? —Nikolaus se sentía perdido por las palabras repentinas de su amigo.
Anselm asintió. Sus ojos, normalmente tranquilos, se oscurecieron como si la luna los estuviese cubriendo con su sombra.
—No fue un grito, ni un pensamiento. Fue… una memoria olvidada que volvió a sangrar.
Nikolaus no entendía del todo, pero sí captó la urgencia de su amigo en la voz.
—¿Dónde están?
Anselm cerró los ojos. Por dentro, sentía una vibración que no podía explicar con lógica humana. Algo más antiguo que el tiempo, más denso que el pecado. Era como si las fibras de su alma —o lo que quedaba de ella— se tensaran, apuntando en una sola dirección: hacia la feria.
Y sin esperar otra palabra, ambos giraron sus caballos en un golpe seco y partieron con frenesí, como si la tierra misma les diera paso. Nikolaus no lo cuestiono, sabía que cuando Anselm hablaba así, el tiempo estaba contra ellos.
Y en la distancia, la voz de Ailsa aún flotaba como un eco suspendido entre los mundos.71Please respect copyright.PENANAZ659fy9flo


