Sorcha y Nikolaus no habían hablado después de esa revelación. En parte Sorcha sí creía las palabras de Nikolaus, más por lo que había ocurrido tiempo atrás en el Canal de la Mancha. Pero si solo era una excusa para alejarla.
Sorcha que no estaba segura de nada, quería seguirlo, pero ir sola no parecía la opción más lógica. Que Ailsa se uniera a ella para vigilarlo era sensato.
—¿Por qué me miras así? Me da un escalofrío cuando lo haces —sí, debía llevarse a Ailsa.
—Ya que tanto te gusta meterte donde nadie te ha llamado, te propongo algo —Sorcha sabía que Ailsa no se negaría.
—Si es salir de este castillo, con gusto hermanita.
—Exacto, eso es. Solo que, —bajó un poco más la voz—. Seguiremos a Nikolaus —las carcajadas de Ailsa no se hicieron esperar.
—No te creía celosa, pero ya veo que él saca lo peor de ti.
—No te confundas, es solo que… ¿No te parece extraño que casi todos los días se ausenten? Creí que te gustaba Anselm, pero ya veo que lo que hace te tiene sin cuidado.
Como Sorcha temía, Ailsa no podía alejar de su vista a Anselm. Si le gustaba estaba bien, siempre y cuando las cosas no acabasen mal.
—Te equivocas, él solo es mi amigo —la duda se reflejaba como un espejo en Ailsa. Ambas estaban temiendo que les gustase esas dos personas que parecían incapaces de querer.
Seguirlos se les estaba dificultando más de lo esperado. Ailsa y Sorcha iban juntas en el mismo caballo. El martirio del pobre animal de llevarlas juntas estaba tocando el corazón de ambas hermanas. No se esperaban que caminasen tanto y, por si fuera poco, que fueran rápido.
Llevaban tres horas de camino. Ya los habían perdido de vista y no tenían idea de dónde estaban, ni a dónde se dirigían ellos. Se detuvieron en un puente de piedra que se arqueaba sobre un río de aguas negras.
Sorcha no supo si, el cansancio o el peso de algo más era lo que le dificultaba avanzar. Lo mejor para ambas sería dejar descansar al caballo. Ellas también necesitaban estirar las piernas.
—Que odioso son los hombres. Cómo pueden ir volando en esos caballos —Ailsa sin ninguna pizca de decoro se recostó sobre un tronco—. Este árbol ha sido talado para que pudiera descansar.
—¿Estás justificando la tala de árboles, acaso?
—Carezco de las ganas para escucharte hablar de lo bueno o malo que puede ser esto. Relájate Sorch.
Ninguna dijo más nada. Se sentían cansadas y sin ánimos de continuar. Sorcha ya no se sentía tan insegura por su físico. Era como si en ese otro Reino, las cosas fueran más aceptables. Las pocas personas que se habían encontrado en el camino saludaban sin reparar en sus apariencias. Al menos el día de hoy, ambas llevaban corsé. Cosa que ya no hacían desde hacía un buen tiempo.
—Creo que ya los perdimos —Sorcha quería regresar al castillo. La determinación ya no habitaba en ninguna de sus células.
—Si ya avanzamos más de tres horas, deberíamos seguir —Ailsa le carcomía la curiosidad. Que Anselm siguiera a Nikolaus a todos lados la desquiciaba.
—Estoy empezando a creer que no los encontraremos.
—¡Vamos Sorch! Podemos preguntar a los aldeanos que veamos caminando. No creo que haya muchos lores andando a caballo.
Llegando a un pueblo Sorcha se cubrió con su plaid. No quería tentar a la suerte. Los ruidos y personas andando de un lado a otro, les impedía ver más allá.
Cuando se adentraron al pueblo, casi al terminar de cruzarlo, divisaron una feria. Ninguna de las dos había ido a una. La señora Vilham les hablaba de esas cosas y siempre suplicaban que siguiera.
—Dios nos ha enviado a conocer —murmuró Ailsa con un saltito de alegría—. Las monedas que le robe a mi madre al fin me servirán.
—Eso no está bien.
—Deja de ser tan mojigata Sorch, disfruta.
Había personas vestidas de forma extravagante. Lucían piedras brillantes y de colores, algunos mostraban partes de su piel que no pensaba que se podría. Entre los hombres y mujeres de los distintos puestos, veía que ambos se maquillaban igual. Las risas, los gritos y el traqueteo, le causaban un incesante revoloteo en su pecho. Como si ya lo había vivido alguna vez.
—El olor a madera es potente y la paja ¿ya viste la paja?
—También teníamos paja en casa, Ailsa.
—Sí lo sé. Hay mucho lodo, demasiado ¿ya viste nuestras botas?
Sorcha veía a Ailsa con nerviosismo y una mezcla de alegría, quizá ella si camino entre charcos y piedras rocosas, pero Ailsa no conseguía salir ni al bosque.
—Haz figuras de lodo, ahora tienes la oportunidad —bromeó Sorcha.
—¿Se puede hacer eso? —la mirada vidriosa de Ailsa la conmovió.
—Mira, andan niños corriendo descalzos.
—Dios, es verdad —Sorcha no podía seguirle el ritmo a Ailsa, pero la entendía, ella se sentía igual.
Todo era tan espontaneo y ligero. Las personas con ropa de lana gruesa y ellas con sus abrigos largos, eran como un lunar entre la piel. Resaltaban y aun así todos parecían admirar más a los músicos y a las doncellas que bailaban que a ellas mismas.
Los hombres de aspectos rudo si daban miedo, pero de ahí en más, incluyendo la neblina y la humedad le daban un aire fresco y lento a todo el lugar.
—Deberíamos ir a que nos lean la suerte —Ailsa no esperó respuesta y tomo a Sorcha de la mano.
—Espera, estas demasiado eufórica.
—Es solo que conocer todo esto es tan gratificante.
Pero para Sorcha todo parecía como un llamado a recuerdos olvidados.
Ailsa tiró de ella entre los puestos hasta detenerse frente a una carpa verde oscura, decorada con cuentas de hueso y cintas deshiladas que se mecían con el viento. El letrero, escrito a mano, decía: LECTURAS DEL HILO VITAL, SOLO VERDADES
—Aquí —susurró Ailsa, con una emoción infantil.
Sorcha tragó saliva. Algo en aquella carpa la hacía sentir observada, como si la lona misma respirara. Un escalofrío le recorrió la nuca, pero no era desagradable.
Una mujer salió de entre las sombras del interior. No era joven, pero en su mirada había un brillo que no pertenecía a ninguna edad y le recordó a la niña del otro lado del muro.
—Las estaba esperando —dijo sin sorpresa, moviendo las cuentas del umbral—. Pasen, hijas de la luna.
Sorcha y Ailsa intercambiaron una mirada inquieta. Sorcha desconcertada, se le arremolinaron todas las veces que esas mismas palabras fueron pronunciadas.
Entraron porque todo eso les pareció interesante y temeroso.
El interior estaba iluminado por velas de cera negra, y sobre una mesa baja descansaba un cuenco lleno de agua que no reflejaba nada. Solo oscuridad.
La mujer tomó asiento con un suspiro, como si llevara siglos aguardando ese momento.
—A veces —comenzó—, los hilos del destino se enredan con tanta fuerza que ninguna vida es suficiente para desenredarlos.
Ailsa frunció el ceño.
—¿Nosotras?
—Ustedes dos —afirmó la mujer—. Y no solo en esta vida.
Sorcha sintió un tirón al fondo del pecho, como si un nombre olvidado, un rostro antiguo, estuviera a punto de emerger y romperla en dos.
—¿Qué quiere decir? —habló apenas en un susurro, no sabiendo si preguntar era lo correcto.
La vidente acercó el cuenco hacia ellas, pero el agua seguía sin mostrar nada.
—Sus destinos fueron escritos hace miles de años —su voz era un arrullo grave—. En cada ciclo vuelven a encontrarse, a perderse y a sufrir. Y cada vez que nacen, lo hacen más lejos del lugar que perdieron. Sus almas cargan memorias que su mente no recuerda… pero su cuerpo sí.
Ailsa tragó saliva, su euforia cada vez más convertida en piedra.
—¿Y… ahora? —preguntó con un hilo de voz.
—Esta vez no será diferente —dijo la mujer, sin crueldad, pero sin compasión—. El dolor las seguirá. Y aquello que aman… también las buscará para romperlas.
La vela más cercana chisporroteó como si hubiera escuchado. Sorcha sintió que la habitación giraba un poco.
—¿Por qué? —logró decir—. ¿Por qué nosotras?
La vidente alzó la vista, y por un instante sus ojos parecieron no pertenecerle.
—Porque en todas las vidas han sido la llave y el umbral. Y todo umbral debe pagar un precio.
Ailsa dio un paso atrás, temblorosa —No quiero saber más —murmuró.
La mujer sonrió con tristeza.
—Las verdades no se desoyen solo porque cierren los oídos, niña. Los que buscan a los hombres que ustedes siguen… ya lo saben —Sorcha sintió un golpe frío en el estómago.70Please respect copyright.PENANAqL9QjUNrYN
Nikolaus.70Please respect copyright.PENANAsG5zqmID8A
Anselm.
La mujer bajó la mirada hacia el cuenco y, por primera vez, el agua mostró algo:70Please respect copyright.PENANAB5Brih0wlK
dos sombras avanzando por un sendero sin luz.
—Vayan —dijo la vidente—. Están más cerca de ellos de lo que creen.
Sin darse cuenta de cómo paso todo, el mundo se dobló sobre sí mismo como un telón mal corrido, y de pronto estaban otra vez en el centro de la feria, perdidas y sin saber si lo de antes había sido real o solo una imaginación.
—Creo que nos acaban de robar las monedas de mamá —intentó recomponerse Ailsa, ignorando lo acontecido.
—Deberíamos seguir haciendo lo que teníamos planeado.
—Sí.
Ambas caminaron en busca de una salida, seguir con su camino o regresar al castillo, pero entre más caminaban más enredado se volvían los callejones entre las carpas
—Niña, niña —las palabras de una anciana atrajeron a Sorcha—. Ven por acá —Sorcha no calibró si era buena idea seguirla, simplemente lo hizo, olvidándose de Ailsa.
Cruzaron casi todas las carpas hasta que llegaron a una de color negro. A sus lados tenía decoraciones que simulaban alas. Quizá de un cuervo, no estaba segura, pero el tamaño a su parecer era descomunal.
—Lo mejor es que me vaya con mi hermana —habló en un susurró que la anciana decidió ignorar—. Debo regresar, si me disculpa…
—Nos volvemos a encontrar —un hombre de aspecto relajado la tomó del brazo—. No te asustes, mi pequeña —el cuerpo de Sorcha se crispaba al escucharlo. Se empezó a remover, intentó zafarse de su agarre.
A veces Sorcha, temía acercarse a las personas. Que la vieran y supieran que no era alguien normal. Pero esa vez fue diferente. Las arcadas que envolvían su estómago y el nerviosismo que estaba por sobrepasar al terror la hicieron palidecer. Sentía que recordaba el roce de ese hombre. Su sonrisa, sus dientes, todo le recordaban a algo que no lograba despolvorear en su memoria.
—Comportarse esquiva, con un viejo amigo no es bueno, cariño —en la sonrisa del tipo brillaban dientes de oro.
—Se ha equivocado de persona —Sorcha se abalanzó hacía abajo intentado que su pesor le ayudará a escapar.
—Puedo sentir su olor en ti, de nuevo han cometido pecado —el rostro del hombre se deslizó por su cuello, como si aspirara algo más que su aroma: la esencia misma de lo que ella había sido.
Sorcha sintió la repulsión elevarse como ácido en su garganta al sentir como aspiraba cerca de ella.
—Yo no lo conozco, por favor, déjeme ir —las suplicas de Sorcha, solo hacían que el tipo riera a grandes carcajadas.
—Esta vez, él tampoco podrá salvarte.
Por más que lo intentase, Sorcha no veía a nadie con ánimos de ayudar. Los pocos que pasaban ignoraban lo que allí sucedía. Ya no sabía que hacer, de pronto ya no sentía que el aire llegará a sus pulmones. Se esforzaba en respirar, pero fue inútil. Todo se empezó a empañar hasta que el agarre de aquel hombre ya no se sintió. Y antes de que pudiera entender qué ocurría, el mundo se oscureció.70Please respect copyright.PENANAGaKtasNnyX


